Los que se creen que todo lo hacen bien

    En  las largas filas de bancos de las muchas iglesias del mundo, hay personas que se sientan al final, o bien porque lo han hecho siempre, o bien porque les da vergüenza ocupar un banco que esté delante o, simplemente porque les parece. Cambiar esta costumbre, incluso teniendo bancos enteros vacíos, puede ser una tarea imposible en cualquier pueblo que como tal se precie. Sin embargo, el Evangelio de este domingo no nos habla del lugar que ocupamos en el templo, aunque a él se refiera, sino de la actitud.

    Uno de los problemas que ha tenido el Papa Francisco ha sido predicar directamente contra todos aquellos que alguna vez o siempre, nos hemos creído que lo hacíamos todo bien. Esos que como dice la parábola te doy gracias porque no soy como los demás. Si alguna vez te crees mejor que otro, puede ser por ignorancia, por presunción o, sencilla y llanamente porque eres soberbio. Lo único que nos salva son los méritos de Cristo en la Cruz, aceptarlos, hacerlos propios, es una tarea para la que hace falta solamente una cosa: humildad.

    De tal manera es así, que podemos llegar el día del juicio final y decirle a Dios, no traigo nada, solamente la sangre de Cristo. Es decir, que la obra de la salvación en nosotros está más en voz pasiva que activa. Es mejor dejarse amar por Dios que solamente amarlo, es mejor recibir con paciencia que atacar con audacia, es mejor pedir perdón que ufanarse. Esto es mucho más profundo de lo que parece, y la actitud contraria se adentra en el alma haciendo un mal irreparable.

    Cuando uno reconoce que hace daño a los demás, incluso sin querer, que muchas veces somos obstáculo para que otros cristianos conozcan cómo sería Jesús, que juzgamos a los otros sin saber lo que Dios les está pidiendo, que nos creemos poseedores de la sabiduría divina y exigimos que nos hagan caso, en lugar de invitarles a poner las cosas ante Dios, y después decidir en conciencia; en definitiva, cuando mantenemos una actitud como la del fariseo del primer banco, estamos despreciando a otros, estamos perdiendo la ocasión de que la gracia de Dios actúe, porque Jesús vino para los enfermos no para los sanos.

     El publicano del último banco, no tiene ese oficio porque el Señor eligió uno al azar, sino porque en el pueblo de Israel, los publicanos se habían vendido al opresor romano, y se enriquecían a costa de arruinar a la población pobre. Es decir, no sólo tenían fama de ladrones sino que atentaban contra la religión. Es cierto que siempre ha habido personas así, pero el de la parábola de hoy, se ha dado cuenta, pide perdón, y el Señor lo ha perdonado. Cuando llevamos tiempo actuando de una manera concreta, sin pararnos a pensar si estamos haciendo lo correcto, sin reflexionar sobre nuestra conducta, puede ocurrirnos lo del fariseo.

    Recuerdo una buena mujer que me dijo hace poco: “Tus escritos no aportan nada, ya sé todo lo que dices”. Quizás el error está en pensar que escribo para enseñar. El fin de este Evangelio es reflexionar. Nunca escribo para nadie en particular. Para eso está el correo electrónico o la llamada telefónica. Las homilías dominicales son para todos pero, si cabe, ésta concretamente, además de ser una narración hermosa, es una narración oportunísima. El problema de nuestro tiempo estriba en que pensamos que nada nos hace falta, que ya lo sabemos todo.

    Incluso, dentro de la Iglesia, aunque vemos el ejemplo de los santos que reconocían sus faltas, teniendo muchas menos que cada uno de nosotros,  puede ocurrir que pensemos que la frase: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa” no está acuñada ni rezada para cada uno, sino solamente para los infelices indignos. ¡Cuidado! Nadie es digno de recibir al Señor, en todo caso, los niños, como les dijo el Señor: “Dejad que se acerquen a mí, de los que son como ellos es el Reino de los Cielos”. Tampoco es una misión imposible, porque con la gracia de Dios, no sólo es posible sino fácil. Acercarnos a la Eucaristía debidamente preparados es una gracia de Jesús, que nos hace santos, pero es Él. Siempre Él.

     Pidamos hoy, en la Santa Misa, no probar nunca lo que ocurre si nos apartamos del Camino, de la Verdad y de la Vida. Feliz domingo.

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