Creo en la resurrección de la carne

resurreccion-sotanarural    Nos encontramos las lecturas, las oraciones, las preces y el Evangelio hablándonos de la Resurrección de los muertos. “Dios de vivos, no de muertos”. Después de que el rey Antíoco insistiera a la madre para que convenciera al hijo menor, a fin de salvar su vida, traicionando a Dios; la madre, después de tanta insistencia dijo a su hijo: ¡Hijo mío, ten piedad de mí que te llevé nueve meses en el seno, te amamanté y te crié durante tres años, y te he alimentado hasta que te has hecho mozo! Hijo mío, te lo suplico, mira el cielo y la tierra, fíjate en todo lo que contienen, y ten presente que Dios lo creó todo de la nada, y el mismo origen tiene el género humano. No temas ese verdugo; mantente a la altura de tu hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos. La respuesta del niño es digna de ser leída completa: 2 Mc 7, 30-38.

     La verdadera diferencia entre los creyentes y los que no lo son, es la respuesta a la pregunta de si hay vida después de la muerte. En muchas cosas podemos pensar diferente, pero el que no cree que hay resurrección no tiene Fe ninguna. Recuerdo una homilía preciosa en un entierro. Aquél párroco tenía miel en lo labios cuando hablaba. El marido yacía de cuerpo presente, y la viuda, en el primer banco, una señora de Misa y comunión diaria dejó salir un suspiro y se le oyó decir: “Ay, si fuera verdad”. ¿Cómo puede ser que las encuestas digan que el 23% de los católicos cree en el infierno, el 48 % en el Papa y solamente un 54% en la resurrección de la carne.

    Voy a tratar de hacer tres grupos. Algunos piensan que somos iguales que los animales. Esto es falso. Nos distingue el alma, pero si alguien no cree que tengamos alma, dirá que nos distingue la inteligencia; y alguno dirá que hay una chimpancé inteligente, y otro dirá que los delfines son muy listos, pero siguen nadando y saltando siempre igual, como las hormigas llevan miles de años haciendo los hormigueros de la misma manera. Sin embargo, lo que está claro que nos distingue es la distinción entre el bien y el mal. Un mastín de los Pirineos entra en un corral y mata a todas las gallinas si no le disparas. Y lo digo después de haber tenido mi brazo entre sus fauces. Es imposible hacerle entender que los niños llegan al colegio. Está preparado para matar gallinas, no se puede dar cuenta de que puede matar sólo dos para comer hoy. No distingue el bien y el mal. Los seres humanos sí.

   Una vez esto claro, los cristianos y los judíos creen en la resurrección de los muertos. Todos los demás no creen que el cuerpo volverá a la vida. Eso es lo que nos distingue. Al igual que Cristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos. Y, entonces, podemos preguntarnos, ¿qué distingue a los católicos? Los católicos nos distinguimos porque tenemos una Madre en el Cielo, que es la Virgen Santísima, la Madre de Dios. Desde el momento en que Jesús se la dio a San Juan y en él a todos nosotros, al pie de la Cruz, cuando le dijo “Madre, ahí tienes a tu hijo”, podemos decir que nuestra religión se distingue de las demás en que tenemos madre en el Cielo. Y no da lo mismo tener madre que no tenerla. Aquél que no comprenda esto es que no se sabe poner en la piel de otro, o que le falta un viaje al cementerio. Cuando uno pierde a su madre, entiende lo importante que es saber que en nuestra religión tenemos Madre.

    Hoy le pedimos a la Virgen Santísima la Fe suficiente para, no solamente creer en la resurrección, sino también esperarla, y tener el coraje de hablar de ella a los demás. La Fe suficiente para poder decirle a las que suspiran como aquella mujer que sí que es verdad. Y también, le damos gracias a Dios, por haber querido compartir con nosotros a su Madre bendita. Que la Virgen del Amparo sea nuestra Madre en cada momento de nuestra vida, para que, como los macabeos, sepamos orar por nuestros difuntos con el pleno sentido de lo que estamos haciendo. Si no hay resurrección, si no creemos en ella, no tienen sentido ni nuestras fiestas ni nuestras procesiones, ni siquiera nuestros entierros. Creo que la resurrección de los muertos. Amén. Aleluya.

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