Oro como Rey

     Los Reyes le traen al Niño tres regalos útiles y simbólicos a la vez. Podríamos decir que si solamente hubieran sido simbólicos, de poco le hubiesen servido a la Virgen Santísima, y si hubiesen sido solamente prácticos,no estarían en el Evangelio, sino sólo en los villancicos. “Li darem panses, li darem figues i mel i mató”. El queso, la leche, el zurrón y la zambomba fueron presentes importantísimos pero con menor significado.

    Como acaba de decir el Santo Padre en una entrevista al diario “Avvenire”: Algunos siguen sin comprender, o blanco o negro, aunque sea en el flujo de la vida en donde hay que discernir. Es decir, separan la teoría de la práctica y nos encontramos ante situaciones de una postura ya asumida, que provoca división con críticas hechas con espíritu malvado que no son honestas. Se ve inmediatamente cuando ciertos rigorismos nacen de una falta, de querer ocultar dentro de una armadura la propia y triste insatisfacción. 

     La teoría está clara. Cristo reinará, porque es Rey, como reza el letrero de la Cruz: JESÚS NAZARENO REY DE LOS JUDÍOS, y reinará cuando vuelva con la majestad de su realeza. Pero no porque nosotros le preparemos de una manera maravillosa su reinado. La sangre de los mártires, el testimonio de los santos, y sobre todo, el Sacrificio de la Cruz y el misterio de la Eucaristía son los que preparan el Reino de Cristo.

     Sin embargo, para la práctica hay que recordar algunas cosas. Es importante tener en cuenta lo que podemos leer en el número 677 del Catecismo de la Iglesia Católica: El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal. Es decir, que no reinará porque hagamos las cosas muy bien, ni seremos la causa de su reinado. Debemos adorarlo como tal, a Él todo honor y toda gloria.  Debemos poner los medios a nuestro alcance para que en los hospitales, en las escuelas, en el congreso, en las leyes, Cristo sea considerado como Rey, pero no reinará por eso ni a través de eso.

    Mientras Cristo vuelve, reina desde la Cruz. Y si queremos seguir su ejemplo debe ser a través de la Cruz. El misterio de la Cruz es un misterio de obediencia, porque Jesús hizo la voluntad del Padre al dar su vida por nosotros. La primera obediencia es al Papa, y como nos enseña San Ignacio, no solamente una obediencia de acción, sino de voluntad y corazón. Debemos amar lo que hace y dice con lealtad, según las “normas para sentir con la Iglesia” que están en sus Ejercicios. Todos aquellos que creen que el Papa se está equivocando en lo que el Espíritu Santo le inspira en el gobierno de la Iglesia, todos los que leen a aquellos que lo critican, con la falsa excusa de que se puede ir en contra porque no está hablando “ex cátedra”, no solamente demuestran su estulticia, sino que además, piensan que ellos sí provocarán el Reino de Dios, pero por ellos, no a través de la Iglesia, a la que Dios hará descender desde el Cielo como esposa (también en el número 677).

    El tradicional refrán los cataloga como aquellos que “son más papistas que el Papa”. Ya lo dice el Señor: “No vayáis tras ellos”. Anuncian humo, pero no de incienso. Predican su doctrina, no la del Señor, siguen sus propias capillitas haciendo proselitismos absurdos para que los sigan a ellos, en lugar de a Cristo. Es más peligroso de lo que parece. Al final, caen en lo mismo que hacía Lutero, y como él, pueden hacer mucho daño a aquellos que se alimentan sólo de su doctrina. “La iglesia no es un equipo de fútbol que busca hinchas” -ha dicho también el Papa -. “Ciertas maneras de contraponer las cosas de la doctrina frente a las cosas de la caridad pastoral, no siguen el Evangelio y crean confusión”. Contraponer la teoría y la práctica puede ser un síntoma de esto mismo que dice el Papa.

    Lo importante no es “la Iglesia de Pablo” o “la de Apolo”, lo importante es la iglesia de Cristo. Debemos superar el “me gusta este cura” o “aquel cura”, este grupo o el otro grupo, el misterio de la muerte y resurrección de Cristo lo celebra la Iglesia en cada altar desde hace dos mil años. Abrid el corazón a Cristo para que reine, pero sobre todo, o mejor dicho, también, abrid la mente para no pensar que sólo reina como a ti te parece, o como le parece a éste o al otro. A nosotros nos toca la mirra de los entierros antiguos, la mirra de Baltasar, así como pedirle que se acelere su vuelta; a Él, todo honor y toda gloria. ¡Ven Señor Jesús! ¡Ven pronto Señor!

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