San Francisco de Sales y sus “amigos”

    San Francisco de Sales fue el principal inspirador de San Juan Bosco y de toda la familia salesiana. De ahí viene su nombre. Además de ser Doctor de la Dirección Espiritual, me llamó la atención de su vida, grabada por las Esclavas de Cristo Rey, que acompañaron nuestros Ejercicios Espirituales, mientras comíamos.

     En el tercer cassette se escucha la parte titulada “Misionero en Chablais”. No he podido menos que compartir el texto exacto, para pedirle al Señor saber terminar las críticas como las terminan los santos. Espero que les sea de provecho como lo fue para mí.

     La vida de Francisco, en este primer tiempo de su sacerdocio, puede parecer fácil al menos al exterior la virtud para que resplandezca mejor debe pasar por la prueba. La presencia de este joven sacerdote en quien brillaban tantas cualidades y que en tan poco tiempo había escalado los más altos puestos en las almas grandes hace brotar la estima y su ejemplo las estimula y arrastra, pero en las almas pequeñas la cercanía de los santos suele producir envidia y esta trae como consecuencia la crítica y hasta la difamación. Camino peligroso que no suelen descubrir los que se dejan llevar por ella.

    Esta fue la prueba que tuvo que sufrir Francisco ya en los primeros años de su vida sacerdotal, el obispo de Ginebra, monseñor Granier que, desde que le conoció, casi profetizo los altos designios que Dios tenía con este joven, admirando cada vez más la virtud y el mérito de su dean, le pedía consejo en todas las dificultades que le salían al paso en la administración de la diócesis. Encontrando sus respuestas muy acertadas. Esta plena confianza del obispo con Francisco despertó la envidia de algunos como suele suceder con cierta frecuencia y no faltaron quienes no pudiendo soportar el afecto y favor de que era objeto Francisco sin que él nunca lo hubiera ambicionado, procuraron quitarle ante el obispo el buen concepto que esta tenia de el.

    Las acusaciones que le hacen van encubiertas bajo capa de bien, en frases de San Ignacio, y a veces son las que más daño hacen. Le dijeron al obispo que Francisco con su actuación se convertía en un censor perpetuo que desaprobaba su manera de obrar y gobernar. Y que, si no lo hacía de una manera directa con sus expresiones equívocas y malignas, hacía la crítica más dañina. Que era un intrigante, que se constituía en señor y quería elevarse sobre su obispo, que tenía el arte de ganar al pueblo haciéndose seguir y aplaudir con perjuicio de la dignidad episcopal de la cual no parecía hacer caso, que era un reformador que quería variarlo todo, transformándolo todo según las ideas de su amor propio, que todo esto tenía que tenerlo en cuenta el obispo y corregirlo si no quería arrepentirse más tarde de la excesiva indulgencia con él.

    El obispo Granier, demasiado caritativo y santo para aceptar todos estos cargos y demasiado prudente para tomar ninguna determinación ruidosa, les dejó hablar y guardó silencio, esperando que el tiempo, disipando las falsas acusaciones, descubriera la verdad en todo su esplendor. Juzgó con acierto que no debía dar crédito a un mal que él no hacía, mientras no estuviera sólidamente probado. Pero como cuando se habla mal de una persona, aunque quien reciba la confidencia no la quiere aceptar, fácilmente algún mal hace, el obispo, sin darse cuenta, y como a pesar suyo, ya no demostraba a Francisco ni le afecto ni la confianza anterior.

    Éste, bien pronto lo notó y la nueva frialdad con que le trataba le hizo conocer, sin poderlo dudar, que su obispo no era con él, el mismo de antes. Sostenido por el testimonio de su conciencia, que no le acusaba de haber obrado mal, sufrió en silencio aquella prueba, sin dejar entrever ni al obispo ni a nadie que comprendía el cambio que se había obrado respecto a su persona y con toda fidelidad sigue realizando sus funciones ordinarias. El obispo, al ver su actitud tan humilde, tan bondadosa y tan fiel, cansado de las prevenciones que querían ponerle contra un hombre a quien no podía menos de amar, por fin, un día le llamo y le descubrió con franqueza todo lo le habían dicho de él.

    Francisco oyó las acusaciones con serenidad exterior e interior. En su semblante se leía la paz y confianza que es incapaz de fingir una persona culpable. Con humildad, trató de responder a cada una de las acusaciones, pero el obispo no se lo permitió, convencido plenamente de su inocencia. La grandeza de alma de Francisco quedó más patente cuando monseñor Granier se quejó con indignación de quienes le habían calumniado y quiso tomar algunas medidas contra ellos. Entonces, este joven sacerdote, maduro en virtud, afligido por el golpe que iba a herirlos tomó al punto su defensa como si fueran sus mejores amigos, suplicó al obispo que los perdonase poniendo el más empeño en excusarlos que el que ellos habían puesto en perderle.

    Esta es la venganza de los santos la vivida y enseñada por Jesucristo vencer al mal con bien. Así vivía Francisco y esto es lo que predicaba con el ejemplo y con la palabra nada como el testimonio es capaz de convencer a los hombres.   

    Ahora, ¡vete, y haz tú lo mismo!

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