El Bautismo de Jesús

   Dice la Ordenación General del Misal Romano, recién editado en su tercera edición en lengua castellana, que tendremos ocasión de comentar en breve, que la homilía es parte de la Liturgia, y muy recomendada, pues es necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o de algún aspecto particular de las lecturas de la sagrada Escritura, o de otro texto del Ordinario o del Propio de la Misa del día, teniendo siempre presente el misterio que se celebra y las particulares necesidades de los oyentes. Esto pueden leerlo en el número 65. En otro lugar dijo el Papa que la homilía debe ser breve, de unos siete minutos aproximadamente. Me pregunto qué misterioso efecto de la autosuficiencia personal nos puede hacer pensar que nuestras ideas particulares y nuestros relojes harán más bien que aquello que nos manda la Iglesia.

     Corremos el peligro de hablar en las homilías de lo que se nos pasa por la cabeza sin haber repasado el texto evangélico o las lecturas. Sin haber preparado el principio ni tampoco el final, y someter a los fieles a un refrito de temas inconexos mal explicados de duración interminable, que no muestran más que ignorancia o, a lo sumo, desobediencia. Recuerdo en una ocasión que un sacerdote me predicó en uno de mis pueblos sobre los pecados capitales en la Vigilia Pascual. Le dije: “En adelante, en este día, al menos en mis pueblos, predica sobre la Resurrección de Cristo”. Pero no lo escribo por esto sino por la respuesta. Me dijo: “Yo no sé predicar sobre la Resurrección”. Si no sabemos hablar de Cristo, de su Bautismo, de su Pasión, de su Resurrección o de cualquier pasaje evangélico, tenemos un problema monumental, que debe ser corregido.

    Pero el verdadero problema de nuestro tiempo es que no reconocemos los errores, nos pensamos que lo hacemos todo bien. No hay sentido del pecado, ni del dolor que podemos provocar a los demás con nuestros errores. Jesús fue contado entre los pecadores. No se amedrentó a la hora de colocarse en la fila de aquellos que iban a bautizarse con Juan el Bautista. Allí en el Jordán, no molestaban a nadie, pero todos sabían que eran pecadores. Juan solamente molestaba cuando hablaba. Si rezaba y estaba calladito, ni molestaba a Herodes, ni molestaba a los romanos. Sin embargo, él sí se dio cuenta que no era lógico que fuese el ministro en el Bautismo del Señor. Aunque se sometió a su voluntad y lo bautizó. Conviene que así cumplamos toda justicia, dice el texto actual. Y el anterior decía: Conviene que hagamos lo que Dios quiere. El “hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo” nos viene muy bien cuando Dios quiere lo que queremos nosotros, pero si no, no ocurre igual. Como cuando convencemos a nuestros padres para que nos manden lo que queremos hacer, o a nuestros superiores para que nos den los permisos o los destinos que queremos.

    Ya el profeta Isaías habla de su siervo, del elegido de Dios. Mi hijo amado en quien me complazco. Si hacemos lo que Dios quiere, si queremos lo que Dios hace, Él mismo se encarga de nosotros y de nuestra vida. no hay que temer aunque seamos contados en la lista de los pecadores. El Señor se encarga de poner todo en su lugar, donde corresponde. Y ocurre más pronto de lo que parece. Como cuida de los lirios del campo y del alimento de los pajaritos. Mucho más cuidará de nosotros, que somos sus hijos. El Cielo se encarga. Confiemos, tengamos esperanza. Cumplamos cada uno nuestra misión, cumplamos toda justicia.

   Con esta fiesta, junto a la de los Reyes Magos y las bodas de Caná, meditamos la Epifanía del Señor. La manifestación gloriosa a los gentiles, no solamente al pueblo judío. Pero la estrella de los magos se veía a simple vista, aunque no todos la siguieron. Podemos tener la luz muy cerca y que no nos lleve a Jesús. Podemos pensar que estamos siguiendo a la verdadera estrella y que no nos encontremos con Jesús sino con Herodes. Que oigamos voces, pero no la voz del Padre. Pidamos al Señor, en este día del Bautismo, que antes de que se vaya la Navidad, nos deje la luz de Dios, la Palabra del Padre, y la ternura del niño de Belén. El que no viva el Evangelio con ternura, arrancará de los corazones que le encomienden la paz de la Navidad.

Otros sermones similares: El Bautizo de Juan PabloCatequesis sobre el Bautismo

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