Pescadores de hombres

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    En este plano en tres dimensiones se ve claramente, la cercanía de unos pueblos a otros en lo que era el lago de Genetsaret. Esos pueblos de la zona tranquila de Israel donde querían tanto a Jesús. Aunque, como en todas partes, en unos más y en otros menos. Juan Bautista es arrestado. Su función ha terminado, ahora ya le tocará esperar a ser testigo de Cristo con la sangre, como lo fue San Sebastián, Santa Águeda o lo están siendo los mártires asesinados en los países de próximo Oriente.

    La colocación detallada de los lugares en la Historia Sagrada son una señal de su veracidad. Si hubieran escrito cosas falsas de aquellos pueblos entre sus compatriotas y familiares, ellos mismos se hubieran encargado de terminar sus mensajes. Pero el Evangelio de hoy desciende a la llamada concreta. A uno en particular, como a ti y como a mí, como cada inspiración que recibimos del Espíritu Santo.

    Jesús predica la conversión, espera, mira, habla y convoca. En los pueblos donde lo acogen, es más fácil que le escuchen. Si las familias acogen al Señor, es más sencillo que los niños le sigan. El primer paso para seguir al Señor es quitar de nuestra vida aquellas cosas que nos impiden escuchar la voz del Señor o seguirle. Y lo dice de forma cierta y concreta. Directa. Sin rodeos. “Convertíos”. Te lo dice a ti y a mí. Basta ya de medias tintas, de sí pero no, de voy rezando pero juzgo a los demás, o nunca rezo pero me digo a mí mismo que sí que creo. Así Jesús no va ni a mirarnos.

    Después Jesús espera paseando. Cada uno tiene su momento. Nosotros tenemos prisa. Los padres quieren que los hijos lo aprendan todo de golpe y de un solo golpe, los profesores, muchas veces, también, los confesores. Todos tenemos prisa. Cada uno tiene que aportar un poco en el llamamiento de los demás por parte del Señor, pero el encuentro es entre Dios y el alma. Tú puedes estar en un punto concreto, pero si estorbas porque te predicas a ti mismo, o porque impides la obra del Espíritu, no eres pescador de hombres, eres lastre. No eres anzuelo sino veneno.

    Jesús nos mira. Hay miradas que no se olvidan. Se quedan los ojos clavados sabiendo que queremos decir algo. Sin necesidad de que sean siempre “miradas que matan” hay miradas que nunca se olvidan. La mirada de Jesús tenía que ser especial. Aquella de si quieres ser perfecto vende lo que tienes, estas miradas mientras estaban trabajando los pescadores, aquella de con un beso entregas al Hijo del hombre. Hoy te mira Jesús, como quieras, te mira desde la Cruz, o desde la cuna, o paseando por tu trabajo, o en tu casa, o desde las redes de la internet. Te mira, y espera que tus ojos le digan: “Dime, Señor.”

   Y entonces, sólo entonces, cuando tú le estás diciendo con tus ojos que le escuchas, cuando has dejado de hacer las demás cosas, cuando estás a solas con Él, es cuando te dice: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres. Ante ese llamamiento no hay obligación de seguirle. Es una decisión libre, pero siempre está presente en cada ocasión que la vida nos pone delante. Para ser pescador de hombres, no hace falta ni siquiera ser misionero, ni sacerdote, para ello sólo hace falta seguir a Cristo. Ven conmigo, dice Jesús. El que sigue a Jesús arrastra. Hay pesca de anzuelo, de red, de arrastre también. Lo que no podemos hacer nunca, si Jesús nos ha mirado, es decirle que no diga nada, hacerle callar.

    El que se convierte, mira a Jesús, lo escucha y lo sigue, sea pastor, pescador, mecánico o enfermero, religioso o estudiante, misionero o médico sin fronteras, tiene algo que engancha, que pesca y arrastra. Tiene amor, tiene misericordia, tiene frutos, tiene paz, porque tiene a Dios. Proclamad el Evangelio, sí, tú también. NO TENGAS MIEDO.

   Homilías de otros domingos: Las Tres Llamadas¡PONEOS EN CAMINO!

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