Tesis Doctoral II: INTRODUCCIÓN

Si no has leído el artículo anterior debes leerlo antes: La Tesis Doctoral paso a paso I

El cambio de carcelero trajo un cierto alivio: Juan podía ahora vaciar su cubo en la habitación contigua. Lo cual permitía una mirada por la ventana, un chasquido de ideas y cálculos… y vuelta al cuchitril. Una decisión va tomando cuerpo. Juan comienza a aflojar los tornillos de la cerradura, un poquitín cada día; mide con precisión la largura de sus mantas para preparar tiras que alcancen desde la ventana hasta el parapeto; ejercita su voluntad mientras su cuerpo se debilita. No hay lugar para la duda. El atardecer, la noche, las once, las doce, la una, las dos, las dos y media. Un empujón y la cerraja cede: “Dios nos bendiga”, exclama un fraile adormilado. Un minuto, dos, tres… Silencio de nuevo, y los pies descalzos se deslizan entre huéspedes que duermen, hasta la ventana que puede abrirse a la libertad[1].

Así podría describirse aquella fuga de mediados de agosto de 1578, cuando logra escapar de la cárcel en la que habían encerrado sus hermanos carmelitas a San Juan de la Cruz y que le permitiría escribir de forma bella y sencilla aquellas palabras que adquieren mayor sentido habiendo vivido preso: Porque hasta que el Señor acabe de purgarla de la manera que él lo quiere hacer, ningún medio ni remedio le sirve ni aprovecha para su dolor; cuanto más, que puede el alma tan poco en este puesto, como el que tienen aprisionado en una oscura mazmorra atado de pies y manos, sin poderse mover ni ver, ni sentir algún favor de arriba ni de abajo, hasta que aquí se humille, ablande y purifique el espíritu, y se ponga tan sutil y sencillo y delgado, que pueda hacerse uno con el espíritu de Dios[2].

Los nueve meses de cárcel del santo en el convento carmelita de Toledo, le permitieron, sin duda, acercarse a Dios en su personal noche oscura, pero los frailes que lo apresaron no obraron bien. Intentaban impedir, pensando que daban gloria a Dios, el seguimiento de la llamada a una vida observante en el marco de la vida carmelitana. El justo medio entre la libertad de los religiosos con la conciencia recta y bien formada, y la obediencia a las constituciones y normas, así como a las órdenes puntuales, es una ciencia interesante e importante, que nos permite seguir a Dios sin que se pierda la rica individualidad de la persona, el carisma propio de cada Instituto, e incluso de cada uno. Porque aquellos frailes hicieron mal apresando al santo, pese a ser superiores, y Juan de la Cruz hizo bien escapándose.

Desde estas líneas queremos arrojar algo de luz sobre la doctrina canónica en torno a la recepción y administración del Sacramento de la Penitencia, la dirección espiritual y la cuenta de conciencia, así como las relaciones entre ellas, y la evolución de la doctrina en el marco de la libertad de la conciencia que ha ido abriéndose paso en unas prácticas muy especificadas hace solamente unas décadas y que, actualmente, las reformas de las Constituciones, así como las directrices del Vaticano, están dirigiendo hacia una mayor libertad por parte de los religiosos, frente a sus superiores.

La dimensión espiritual del hombre, es una de las más importantes, sobre todo en la vida religiosa; así mismo el honor a la verdad y a la sinceridad, pueden ser imprescindibles para vivir en obediencia. También la libertad debe tenerse en cuenta porque la adhesión a la vida regular, o la mera entrega a Cristo, en cualquiera de sus formas, debe ser absolutamente libre. Mucho más, debe ser respetada la libertad de conciencia de cada uno.

Ante el caos producido en muchas congregaciones religiosas, la disparidad de opiniones sobre el tema, incluso dentro de ellas, conviene repensar si el modelo estricto de una obediencia radical, de una apertura máxima de la conciencia, de un control absoluto de la persona, es oportuno en nuestro tiempo, y está ayudando a la santificación de los religiosos y personas consagradas; o más bien, está provocando una salida en masa de aquellos noviciados y casas religiosas que habían vivido un florecimiento de las vocaciones. Cerrar los ojos ante este hecho, puede ser omisión de nuestras obligaciones, evadir responsabilidades por parte de todos, puede provocar un ingente trabajo en la Congregación para los Religiosos o para el mismo Sumo Pontífice. Creo conveniente que cada superior aplique la doctrina referente a estos temas, dejándose inspirar, no sólo por el carisma fundacional, sino también por las trazas que van aplicándose en las directrices de Roma.

Es necesario que no se repita una situación como la de San Juan de la Cruz, entre aquellos que han decidido seguir la llamada del Señor, así como evitar que, dentro de la vida religiosa, nos ocurra como dice San Ignacio de Loyola en la meditación del segundo binario: El segundo quiere quitar el affecto, mas ansí le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dexarla, para ir a Dios, aunque fuesse el mejor estado para él[3], de forma que amparados en la libertad de conciencia o en las amplitud de alguna interpretación, vivamos en religión solamente para hacer nuestra propia voluntad, queriendo que los demás, incluido Dios mismo, se adecuen a nuestro criterio personal; y no para imitar a Cristo obediente. Igual de perjudicial puede ser un fraile independiente y liberal, como un modelo de vida encorsetado y oprimido, al que no se le deje vivir con el corazón ancho y el espíritu pronto en el seguimiento de la llamada.

El tiempo, la cultura, el momento en el que estamos viviendo y, sobre todo, el Espíritu Santo, van suscitando los carismas en la Iglesia, así como la evolución de las normas. El bien común, la humildad en observar a  los demás e, incluso, la llamada personal a la santidad, nos invitan a profundizar qué quiere el Señor en este momento, en lo referente a la confesión, la dirección espiritual y la cuenta de conciencia, y el por qué de los cambios concretos que a lo largo de estas páginas podremos observar.

Es cierto que deben tenerse en cuenta la debilidad humana, en los súbditos, la tutela por parte de los superiores en la integridad de sus costumbres, pero no es menos cierto que la legislación ha evolucionado, a nivel general, y lo está haciendo a nivel particular. Estudiar el sentido de los cambios, e incluso los posibles motivos que los han provocado, -quizás por el mal uso que se ha hecho en algunas prácticas que se han convertido en habituales en la Iglesia, que anteriormente no habían dado problemas-, puede ser provechoso y, sobre todo, de mucha actualidad.

En ningún momento pretendo corregir en nada la doctrina de la Iglesia o las decisiones de superiores cualesquiera al frente de sus institutos, sino solamente aportar aquello que, con el Derecho Canónico en la mano, pueda ayudar en la tarea de entregar nuestra vida al servicio del Señor y de los demás, en cualquier forma de vivir que esté determinada por normas, sobre todo, dentro de la vida religiosa. Consciente de la realidad de aquello que dice

Para ello procederemos al análisis y a las relaciones que tienen entre sí tres prácticas que no son idénticas pero tocan campos realmente cercanos. En primer lugar, la confesión, que implica la explicación al confesor no sólo de los pecados en sí sino también de las circunstancias que los acompañan; en segundo lugar, la dirección espiritual como medio y ayuda para adelantar en el camino del Cielo. Por último, la cuenta de conciencia en la vida religiosa a los superiores.

Los límites de cada uno y los puntos en común trazan  una línea a seguir  para evitar que el abuso en estas prácticas,  perjudique  el buen funcionamiento de los institutos de vida consagrada y congregaciones religiosas y, a su vez, sin menoscabar el bien común de estos, ni en el de la Iglesia; no dañe a la persona, en el recto uso de la libertad y su conciencia. La libertad en la elección de confesor, el respeto escrupuloso a las normas por parte del que confiesa, y las conversaciones voluntarias y distendidas con los superiores, sobre temas pastorales o personales, son los puntos fundamentales de esta tesis.

Posteriormente, analizaremos la evolución de esta doctrina, sobre todo, a lo largo del siglo XX y en estos años del siglo XXI.  Dando especial importancia a las directrices vaticanas que se van imponiendo en estos últimos años.

Finalmente estudiaremos la evolución en las prácticas y constituciones de una orden religiosa: la Compañía de Jesús, de una congregación religiosa: los salesianos, de un instituto de vida consagrada, en un fuerte proceso de reforma: los Legionarios de Cristo, y también, por su semejanza en lo que respecta a la vida de comunidad, y en los fines, veremos algunos aspectos dentro de la Prelatura Personal del Opus Dei, sabiendo que no pertenecen a las órdenes religiosas, pero los temas tratados están también implicados en sus prácticas. El título de la Tesis alude a la vida religiosa, pero en sentido amplio, las tres prácticas aquí tratadas en sus aspectos, tanto relacionados como diferentes, deben ser tenidos en cuenta en toda vida en común, de larga duración o por breve espacio de tiempo. Es más importante para la Iglesia la correcta aplicación de los consejos y normas en torno a la confesión, el adelanto en la vida espiritual, el aumento de las virtudes en la vida común, que el hecho de que la llamemos vida consagrada, religiosa, clerical y laical, sin querer decir por esto, que sea menos importante la distinción; simplemente, es un apunte para especificar que no es el tema que nos ocupa.

Al final de cada apartado o capítulo resaltaremos aquellos aspectos de cada práctica intentando llegar a una valoración que permita aplicar el criterio de la tradición, así como los consejos y normas actuales, en una correcta armonía que haga más sencilla la ardua tarea de gobernar y santifique al religioso o dirigido piadoso sin verse dañado en su intimidad y libertad, y sin faltar a la verdad y a la recta conciencia.

Veremos, por último, que aquellos puntos donde hemos querido llegar más lejos que Santa Teresa en lo que podría llamarse el control sobre los súbditos, han provocado en la Iglesia de nuestro tiempo, desagradables sorpresas y en las personas, incluso, consecuencias irreparables. Ejemplos como el IVE, Lumen Dei, los Legionarios de Cristo, han arrojado a algunos de sus miembros, así como a la opinión pública, las consecuencias de no haber respetado los puntos aquí tratados. Por otra parte, la evolución de los acontecimientos durante los años de preparación de esta tesis, nos demuestra que es un tema vivo y de capital importancia. Es importante que se corrijan y que se camine concorde con la Iglesia, que es madre, en el trato personal e institucional.

Algunos superiores han pensado que aquello que tenían en su mente era la voluntad de Dios, quizás sin mirar el bien común, o sólo mirando ese bien, y no las consecuencias en el súbdito de lo que le mandaba. Quizás con afán vano de saber o controlar, o directamente para provecho propio. La alegría de muchos corazones, la paz del espíritu e incluso la eficacia apostólica dependen de que conveniencia, libertad, respeto y otros aspectos se tengan en cuenta en las tres prácticas aquí estudiadas.

Quisiera añadir que, con respecto a la bibliografía, no he pretendido aportar la documentación completa de cada capítulo, debido a que ya existe en los manuales al afecto, sino solamente aquella que he consultado en la realización de este trabajo. La documentación de Santos Padres, del Magisterio y de los teólogos, así como los estudios sobre cualquiera de los tres temas es realmente inmensa. Añadir otros libros, artículos e incluso, artículos de internet me parece algo demasiado extenso y poco práctico.

Siempre se podrá ampliar lo que aquí está escrito, pero si estas líneas como dice San Ignacio en el Prosupuesto de sus Ejercicios Espirituales: para que así el que da los exercicios espirituales como el que los recibe, más se ayuden y se aprovechen[4], sirvieran para que en el ejercicio del sacerdocio yo mismo pueda adelantar en las prácticas aquí expuestas, tanto al practicarlas para mí como para los demás, bien empleado estaría el tiempo dedicado.

Quisiera terminar esta introducción mostrándome de nuevo unido a todo lo que enseña la Santa Madre Iglesia y, si en algo no estoy en la misma doctrina o puede ser interpretado de forma distinta a ella y a la tradición, sea corregido inmediatamente, considerándome en lo herrado como dice San Pablo: Esto debes enseñar y recomendar. Si alguno enseña otra cosa y no se atiene a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, está cegado por el orgullo y no sabe nada; sino que padece la enfermedad de las disputas y contiendas de palabras, de donde proceden las envidias, discordias, maledicencias, sospechas malignas, discusiones sin fin propias de gentes que tienen la inteligencia corrompida, que están privados de la verdad[5].

Siendo esto así, creo que la sabiduría en la Iglesia, tanto en la doctrina como en la legislación puede evolucionar. ¿Es posible que se dé en la Iglesia un progreso en los conocimientos religiosos? Ciertamente que es posible, y la realidad es que este progreso se da.

En efecto, ¿quién envidiaría tanto a los hombres y sería tan enemigo de Dios como para impedir este progreso? Pero este progreso sólo puede darse con la condición que se trate de un auténtico conocimiento de la fe, no de un cambio en la misma fe. Lo propio del progreso es que la misma cosa que progresa crezca y aumente, mientras lo característico del cambio es que la cosa que se muda se convierta en algo totalmente distinto. […] Este crecimiento debe seguir su propia naturaleza, es decir, debe estar de acuerdo con las líneas del dogma y debe seguir el dinamismo de una única e idéntica doctrina[6].

En este sentido pienso que seguir una línea de respeto a la persona y a su dignidad, está en armonía con la fe y debe adelantarse en ello, suponiendo un enriquecimiento, cuyo camino contrario es muy grave y peligroso. Si bien, hay que tener el cuidado oportuno para no pasarnos por el otro lado, llegando a un liberalismo abusivo que haga la obediencia algo relativo y la dirección se convierta en un pacto más que una guía.

Las normas no solamente tienen que estar preparadas para ser regidas por santos y personas eximias; tanto en política como en religión, en el mundo empresarial como en el apostólico, las normas deben aplicarse y ser útiles cuando las cosas van mal. Para eso fueron escritas. Cuando todo va bien, no hace falta la ayuda de una legislación concreta. Ya lee el hombre en el corazón lo que debe hacer cuando está llevado por el buen espíritu[7]. Es cuando éste falta cuando debe aplicarse la ley y el espíritu de la ley.

Veo necesario que se adecúen las Constituciones, las normas internas y el sentir de todos a esta línea trazada por el deseo y la legislación que llega desde Roma a todo el orbe entero, a fin de que en el seguimiento de Cristo y en la respuesta a su llamada universal a la santidad no se dañe ni la dignidad de la persona ni su libertad.

[1] Cf. Mathew, I.,  El impacto de Dios, (Burgos 2003) 98.

[2] Juan de la Cruz, Noche oscura del alma II, cap. VII.3.

[3] Ignacio de Loyola, Ejercicios espirituales, 154.

[4] Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 22.

[5] 1 Tm 6, 2-5.

[6] Vicente de Lerins, Primer Conmonitorio, PL. 50, 667.

[7] Cf. Agustín de Hipona, Enarratio in Psalmos 57, 1: Dios escribió en las tablas de la Ley lo que los hombres no leían en sus corazones. También en Cat. I. C. 1962.

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