Tesis Doctoral (III) Canon 630. Libertad para elegir confesor

Tesis Doctoral II: INTRODUCCIÓN

4.3. Libertad para elegir confesor (630 §1, §2, §3, §4)

En el canon 991 podemos leer uno de los derechos de los fieles que como apunta Rincón-Pérez bien pudiera configurarse como fundamental, aunque no aparezca situado en el Código dentro del marco sistemático del estatuto fundamental del fiel[1]: Todo fiel tiene derecho a confesarse con el confesor legítimamente aprobado que prefiera, aunque sea de otro rito. Este canon nos parece de suma importancia para el desarrollo de la tesis, así como aquél que se le corresponde respecto a la obligación de los ministros: Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho a recibirlos (c. 843 §1).

También el canon 905 del código de 1917 nos dice textualmente: Todo fiel puede confesar sus pecados al confesor legítimamente aprobado que fuere más de su agrado, aunque sea de otro rito.

Antes de hablar sobre este derecho en la vida religiosa (Canon 630), del que nos ocuparemos más específicamente, conviene resaltar que el canon 240 §1 preserva este derecho también a los seminaristas[2]:

Además de los confesores ordinarios, vayan regularmente al seminario otros confesores; y, quedando a salvo la disciplina del centro, los alumnos también podrán dirigirse siempre a cualquier confesor, tanto en el seminario como fuera de él.

El código anterior también reconoce este derecho a los religiosos, como trataremos más adelante, limitándonos aquí a transcribir los dos cánones que precedieron a la legislación actual:

  1. 519 Sin perjuicio de las constituciones que prescriben o aconsejan confesarse en tiempos determinados con los confesores señalados, si un religioso, aunque sea exento, acude para tranquilidad de su conciencia a un confesor aprobado por el Ordinario del lugar, aunque no se halle incluido entre los designados, la confesión, revocado cualquier privilegio contrario, es válida y lícita, y dicho confesor puede absolver al religioso aun de los pecados y censuras reservados en la religión.

Y el c. 520 §2 añade: Si una religiosa, para tranquilidad de su espíritu y para mayor aprovechamiento en los caminos de Dios, pide algún confesor especial o director espiritual, el Ordinario debe ser fácil en concedérselo, velando, sin embargo, para que no se introduzcan abusos con motivo de semejante concesión, y si se introdujeran debe eliminarlos con cautela y prudencia, dejando a salvo la libertad de conciencia.

Y el canon 522: Si, a pesar de lo dispuesto en los cánones 520 y 521, alguna religiosa, para tranquilidad de su conciencia acude a un confesor aprobado por el Ordinario del lugar para oír confesiones de mujeres, la confesión hecha en cualquier iglesia u oratorio, aunque sea semipúblico, es válida y lícita, revocado cualquier privilegio contrario; y la Superiora no puede prohibirlo ni hacer investigaciones sobre el particular, ni siquiera indirectamente; y las religiosas tampoco tienen que dar cuenta de eso a la Superiora.

Es de destacar que estas dos disposiciones fueron escritas en una época distinta a la actual en la que no había una exaltación, a veces irracional, de la libertad en sí misma. Lo cual nos muestra la importancia de la elección libre en este campo, siendo la iglesia adelantada, en lo que se refiere al bien de las almas, a las corrientes que después hablarían de la libertad de la persona, de religión, de culto, o de pensamiento. La libertad de conciencia está tutelada en la Iglesia por la práctica multisecular, que se convierte en legislación a medida que va siendo necesario.

Una respuesta de la Pontificia Comisión para la auténtica investigación de los cánones del Código aclaraba que también es válida la confesión

si alguna religiosa, para tranquilidad de su conciencia, se confiesa con un confesor aprobado por el Ordinario del lugar para oír confesiones de mujeres, válida y lícita será su confesión, con tal que la haga en una iglesia u oratorio público o semipúblico, o en otro lugar legítimamente destinado para oír confesiones de mujeres, seglares o religiosas; y esto no sólo si se trata de un lugar designado habitualmente, sino también de otro que lo has sido a modo de acto, es decir para un caso particular[3].

Estos puntos siguen en el canon actual protegiendo esa libertad de forma más concreta, y teniendo en cuenta que actualmente las licencias ministeriales de cualquier obispo capacitan para confesar en cualquier parte del mundo, siempre y cuando las licencias no hayan sido revocadas por causa justa como dice el canon 967 §2[4].

  1. §1. Los Superiores reconozcan a los miembros la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual, sin perjuicio de la disciplina del instituto.

El decreto “Perfectae Caritatis” del Concilio Vaticano II es otra de las fuentes, junto con las citadas anteriormente, de este canon:

Los superiores, por su parte, que han de dar cuenta a Dios de las almas que se les han confiado (cf. Heb 13,17), dóciles a la voluntad de Dios en el desempeño de su cargo, ejerzan su autoridad con espíritu de servicio a los hermanos, de suerte que expresen la caridad con que Dios los ama. Rijan a sus súbditos como a hijos de Dios y con respeto a la persona humana, promoviendo su subordinación voluntaria. Por tanto, déjenles especialmente la libertad debida en cuanto al sacramento de la penitencia y la dirección de conciencia[5].

Es importante destacar, en torno a la libertad de recibir el Sacramento, lo que legisla el Código de las Iglesias Orientales en su canon 474 §2.:

Quedando a salvo el típico[6], que aconseja la confesión con determinados confesores, todos los miembros del monasterio, sin perjuicio de la disciplina monástica, pueden recibir el sacramento de la penitencia de cualquier sacerdote dotado de la facultad de administrar este sacramento.

Dos párrafos completan la normativa vigente sobre esta materia, los cuales exponemos a continuación, detallando cómo hacer posible el principio enunciado en el primer párrafo.

630 §2. De acuerdo con la norma del derecho propio, los Superiores han de mostrarse solícitos para que los miembros dispongan de confesores idóneos, con los que puedan confesarse frecuentemente.

630 §3. En los monasterios de monjas, casas de formación y comunidades laicales más numerosas, ha de haber confesores ordinarios aprobados por el Ordinario del lugar, después de un intercambio de pareceres con la comunidad, pero sin imponer la obligación de acudir a ellos.

Las fuentes de estos dos cánones, así como ellos mismos, protegen el derecho de las religiosas y, por extensión, también los religiosos, aunque en los monasterios donde hay sacerdotes es más sencillo por razones evidentes, a confesarse de forma frecuente y a que las superioras provean a sacerdotes para que desempeñen esta tarea. En el código de 1917, leemos el canon 518 §1:

Nómbrese en todas las casas de religión clerical proporcionalmente al número de religiosos de que constan, varios confesores legítimamente aprobados, con potestad, si se trata de religión exenta[7], para absolver también de los casos reservados en la religión.

El decreto Dum canonicarum legum también explica la importancia del derecho que tienen las religiosas a confesarse habitualmente, incluyendo aquellos sacerdotes que ellas deseen[8].

Es interesante tratar a continuación el siguiente apartado del canon 630 §4. Los Superiores no deben oír las confesiones de sus súbditos, a no ser que éstos lo pidan espontáneamente. También en este canon vemos la relación directa con el 518 de 1917:

  • 2. Los Superiores religiosos, que tengan potestad para oír confesiones, cumpliendo los requisitos que el derecho exige, pueden oír las de los súbditos que espontáneamente y por propio impulso se lo pidan; mas sin causa grave no deberán hacerlo de una manera habitual. Y §3. Guárdense los Superiores, ni por sí mismos ni por otro, de inducir a ningún súbdito por violencia, miedo, exhortaciones importunas u otra forma cualquiera, a que se confiese con ellos.

Respetando este canon, protegemos el anterior canon 942 §2 anteriormente tratado. Es cierto que se reserva la posibilidad al súbdito de poderse confesar con el superior, pero solamente en caso de necesidad, por lo que puede entenderse que quedaría excluida una confesión habitual por deseo espontáneo del alumno; sin embargo, este deseo no debe ser impedido ya que la libertad de elegir confesor está por encima de la norma de que no lo sea el superior. Trataremos más detalladamente este aspecto al hablar de la dirección espiritual, por su relación en el tema del confesor en los seminarios. Es importante que el penitente no pueda ni siquiera sospechar que se ha hecho uso de alguna cosa relacionada con su confesión en cualquier decisión disciplinar posterior a ella, incluso habiendo transcurrido tiempo.

Estas normas resumen dos aspectos a tener en cuenta en su conjunto, especialmente en esta tesis en la que nos encontramos. En primer lugar, la libertad del súbdito en torno a la frecuencia o no de la recepción del Sacramento de la Penitencia y, también, a con quién confesarse. Un derecho claro que no siempre se tiene en cuenta. De ahí la insistencia de la legislación. En segundo lugar, la necesidad de que los superiores se apliquen en facilitar la presencia de confesores a los religiosos. Está muy bien expuesto en el comentario al canon 630 de D.J. Andrés:

Todos los Superiores, sin excepción, deben reconocer y defender teórica y prácticamente la libertad del consagrado respecto a ambas prácticas, pues deben ser los primeros garantes de sus derechos y gobernarlos como a hijos de Dios cuya dignidad y libertad personal deben respetar.  

Es posible que ocurra que en teoría sea respetado, pero luego la práctica y el día a día demuestren que no es así. Pondremos un ejemplo sencillo. Si los días preparados para confesarse son concretos y los sacerdotes que acuden, en un desarrollo normal de los acontecimientos, y por facilitar su tarea pastoral, están marcados, puede ocurrir que ciertas novicias que se confiesan los martes, solamente puedan hacerlo con el confesor que acude “los mismos martes”. Esta práctica debería vigilarse y corregirse por los males que pueden seguirse de ella, sin necesidad de que haya mala intención en ella, sino solamente por no haberlo vigilado. En caso de querer ejercer determinado control es incluso punitivo.

Se dice debida libertad: a) por ser obligatorio que la reconozcan; b) por tratarse de personas; c) por ser exigida por la recepción de un sacramento y por la declaración del ámbito más íntimo de la persona, protegido explícitamente, al menos, por los cánones 220[9] y 642.

Es cierto que no deben incluirse prácticas abusivas ni ceder a manías personales o afectos concretos, pero pienso que deberíamos pasarnos antes por dejar demasiadas facilidades para la elección que por cercenar éstas.

Con la salvedad sin perjuicio de la disciplina del instituto, la norma previene la posibilidad de que de una incorrecta interpretación de tan determinante defensa de la libertad de las conciencias pudieran seguirse por parte de los miembros de la comunidad, frecuentes y superfluas salidas de la casa e infracciones de las normas y de la disciplina interiores. Lo que a su vez obliga intensamente a los Superiores a cumplir con lo establecido en los parágrafos siguientes[10].

La necesidad de proveer de confesores idóneos a las religiosas, sobre todo en aquellos monasterios de clausura es evidente por razones obvias. Esa capacidad de los confesores, no solamente radica en que estén debidamente facultados para oír confesiones, aunque ahora ya no sea necesaria la facultad expresa para confesar religiosas del antiguo código[11], sino que también hay que tener en cuenta las razones peculiares de cada comunidad para elegir uno u otro, así como el número, quedando a juicio de cada casa y superiora el número necesario para que tengan que nombrarse dos confesores o más.

La existencia de confesores nombrados, no debe impedir que cualquier sacerdote pueda confesar a cualquier religiosa sin que por ello nadie muestre ningún tipo de desdén o menosprecio a las religiosas que así lo decidan, bien por razones motivadas, o simplemente por el derecho que le ampara para elegir a quien desee para confesar, sin necesidad de explicar los motivos. Sería vulnerar la libertad de cada una imponer un confesor concreto limitando, por ejemplo, los días de confesiones a los días que vienen unos sacerdotes u otros. Prácticas de este tipo pueden dañar gravemente los derechos a la intimidad de cada religiosa, así como el respeto al fuero interno que todos deben tener, sobre todo, con los súbditos que se les han encomendado.

Los abusos en este campo han provocado, en los últimos tiempos, serios problemas en algunos institutos de vida consagrada que han debido o quizás, incluso, deberían modificar su normativa vigente, durante el tiempo de la realización de esta tesis, y que estudiaremos más adelante.

Quisiera terminar este capítulo con unas palabras hermosas del Papa Francisco en su última bula “Misericordiae Vultus” dedicadas a los confesores:

Nunca me cansaré de insistir en que los confesores sean un verdadero signo de la misericordia del Padre. Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables. Ninguno de nosotros es dueño del Sacramento, sino fiel servidor del perdón de Dios. Cada confesor deberá acoger a los fieles como el padre en la parábola del hijo pródigo: un padre que corre al encuentro del hijo no obstante hubiese dilapidado sus bienes. Los confesores están llamados a abrazar ese hijo arrepentido que vuelve a casa y a manifestar la alegría por haberlo encontrado. No se cansarán de salir al encuentro también del otro hijo que se quedó afuera, incapaz de alegrarse, para explicarle que su juicio severo es injusto y no tiene ningún sentido delante de la misericordia del Padre que no conoce confines. No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y la súplica de perdón. En fin, los confesores están llamados a ser siempre, en todas partes, en cada situación y a pesar de todo, el signo del primado de la misericordia[12].

Olvidar esta enseñanza puede hacer mucho mal a las almas, y aplicarla es cauce de mucha gracia y gozo en el alma, del confesor y de los fieles.

La Tesis Doctoral paso a paso I

 

[1] Rincón-Pérez, “La libertad”: Ius Canonicum 28 (1988) 479.

[2] Sobre este tema hay una explicación interesante en el artículo de R. Serres López de Guereñu, “El respeto de la distinción entre el fuero interno y Externo en la formación sacerdotal”: Revista Española de Derecho Canónico 63 (2006) 605-654 que trataremos con detenimiento al hablar del mismo aspecto dentro del campo de la Dirección Espritual.

[3] PCICC. Resp. III (20-11-1920) en: AAS 12 (1920) 575.

[4] Quienes tienen la facultad de oír confesiones tanto por razón de su oficio como por concesión del Ordinario del lugar de incardinación o del lugar que tienen su domicilio, pueden ejercer la misma facultad en cualquier parte, a no ser que el Ordinario de algún lugar se oponga en un caso concreto, quedando en pie lo que prescribe el c. 974 §2 y §3.

[5] Pablo VI, Decretum Perfectae Caritatis (28-10-1965) 14: AAS 58 (1966) 702-712.

[6] Con el nombre de “típico” se refiere a las Constituciones determinadas de cada Monasterio.

[7] Se refiere a aquellos religiosos que están en sus casas e iglesias, exentos de la jurisdicción del Ordinario local. Cf. CIC 1917, c. 615

[8] Cf. 3. Religiosi igitur, de propia coniunctione cum Deo fovenda solliciti, frequenter, i.e. bis in mense ad Paenitentiae Sacramentum accederé satagant; Superiores vero frequentiam huiusmodi promoveré studeant atque provideant ut sodales alternis saltem hebdomadis ac etiam saepius, si id cupiunt, sacramentalem confessionem peragere possint. 4.b. Tamen, quo melius communitatum bono consulator, monasteriis vitae contemplativae, domibus formationis et communitatibus numerosioribus confessarius ordinarius detur; et saltem monasteriis praedictis necnon domibus formationis etiam extraordinarius, nulla vero facta obligatione ad illos accedendi. 4.d. Ordinarius loci confessarios accurate seligat, qui congruenti maturitate aliisque necessariis qualitatibus polleant; ipse iudicet de numero, aetate et duratione in muñere, necnon ad illos nominandos vel uulterius confirmandos procedat collatis consiliis cum communitate cuis interest. SCRIS, Decreto Dum Canonicarum legum (8-12-1970): AAS 63 (1971) 318.

[9] A nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad.

[10] D.J. Andrés, CECDC, c. 630 (Pamplona 1997) 1577.

[11] c. 876 §1. Para oír válida y lícitamente las confesiones de cualesquiera religiosas y novicias, necesitan jurisdicción especial los sacerdotes, tanto seculares como religiosos, de cualquier grado u oficio que sean, quedando revocados toda ley particular o privilegio en contra, y salvo lo que prescriben los cánones 239 §1, nº.1, 522 y 523.

[12] Francisco, “Bula Misericordiae Vultus”, AAS 107 (2015) 17.

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