Las Siete Palabras (I)

     Entre relámpagos, truenos y llamaradas habló Dios a su pueblo en el monte Sinaí, manifestándose como soberano del Universo. El pueblo aterrado y despavorido se mantuvo lejos.

      En otro monte, se nos manifiesta hoy el Señor. Y aunque tendremos ocasión de meditarlas muchas veces yo quisiera ir desgranando las SIETE PALABRAS de Jesús en la Cruz. Desde el Monte Calvario hoy Jesús te habla en casa, en el coche o paseando. En este monte, el pueblo sí se acercaba a Él sin respeto, sin temor, con mofa y ultraje y escarnio. Cicerón había descrito la Cruz como el suplicio más cruento y espantoso propio de esclavos; y sólo con los conocimientos de la ciencia médica moderna, hemos comprendido en todo su alcance lo horrendo de esta pena de muerte.

    Los clavos de herrero de punta roma y forma piramidal, rugosos, con asperezas y rebabas propias del hierro forjado en yunque a golpe de martillazos, iban barrenando tejidos y venas, nervios y arterias, triturando así los huesos en multitud de esquirlas que quedaban incrustadas en la carne… Particularmente doloroso era clavarle la segunda mano, por las violentas tracciones del cuerpo.

     Pero más sufrimiento provocaba taladrar los pies que por su configuración anatómica en forma de sólida bóveda ofrece una mayor resistencia natural a la perforación, por lo que se hacían necesarios golpes violentísimos. Los estudios médicos nos informan del tremendo dolor del reo, de su espantosa pérdida de sangre por las hemorragias provocadas y de sus angustiosas contracciones por sus calambres, de la falta de oxígeno si se dejaba caer en los pulmones, y del tremendo desgarro de los pies si se apoyaba en ellos para poder respirar.

     Pero para hacernos una idea completa del suplicio hemos de añadir los sufrimientos psicológicos y morales: la traición de Judas, el abandono de sus amigos, la humillación de su desnudez, las burlas, la presencia de su Madre…

     En el caso de nuestro crucificado, hay que ahondar más aún: su bondad, su mensaje no merecían tal ignominia; el misterio sobrenatural que en él se encierra hacen inexplicable a la razón humana tal desenlace. ¡Todo el poder de Dios oculto en la aberrante Cruz! El Dios que podía aparecer en el Calvario con la misma fuerza sobrecogedora que lo hizo en el Sinaí (entre relámpagos y truenos) se deja herir indiferente. Cátedra de Cristo, el Calvario nos ofrece lecciones de vida cristiana. Vamos a desentrañar el sentido de las palabras allí pronunciadas.

¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!

            Son palabras nuevas, ¡jamás escuchadas en la historia! ¿Suplicar por aquellos que le están crucificando, por aquellos que le hieren y blasfeman? Son palabras tan nuevas y santas que hicieron estremecerse al infierno y llenaron de espanto al demonio, al príncipe de las tinieblas, a aquél que tantos golpes había asestado contra aquella sagrada humanidad para moverla a impaciencia. El diablo con el perdón no contaba.

            Para resumir los tiempos previos a Jesús podemos retratar dos imágenes. El pulgar boca abajo de las batallas de gladiadores, y el “ojo por ojo, diente por diente”. Basta recordar aquella turba enfervorecida, ansiosa de ver sangre derramada que en los circos exigía que el vencedor diese muerte al vencido derribado a sus pies, con el pulgar boca abajo. Éste proceder en los espectáculos públicos sólo era el exponente de un ambiente pasional. Por ello, aquellos que no renunciaban al placer terrible de ver hundirse el arma en las carnes del vencido (en absoluto desconocido que en nada les había ofendido) ¿cómo podrían renunciar a lo que consideraban una ofensa: ¿vengarse de una ofensa, de un atropello que directamente les hería? Por eso en la justicia era normal lo del ojo por ojo… se trataba quizás de frenar el ansia de sangre, pero potenciando la venganza. Nada se sabía aún del perdón de Jesús.

            Bajan entonces, en este ambiente, del Calvario, palabras de perdón, de amor a los enemigos, nunca oídas. Aquél que había padecido abandono, flagelación, burla, coronación de espinas, que había tropezado y caído con la cruz a cuestas, el que no abrió la boca en ningún momento para quejarse o defenderse, habla ahora para pedir a Dios perdón por sus enemigos. Y además le llama Padre, para moverlo a compasión por el Hijo que pide. Excusa la necedad de los que quieren matar a Dios, pide perdón por el peor crimen de la historia.

            Ya en el sermón de la montaña había dicho: “Habéis oído que se dijo: ojo por ojo, diente por diente; yo os digo que no hagáis resistencia al agravio, y si uno te golpea en la mejilla, preséntale la otra. Habéis oído que se dijo “Amarás a tu prójimo”, yo os digo más: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien al que os aborrece y orad  por los que os persiguen y calumnian”.

            En el monte de las Bienaventuranzas promulga la ley nueva y ahora en el Calvario, marca la medida, la medida del que ama sin medida, orando por los que le crucifican.

            La primera palabra del Salvador en la cruz suscitó vigorosa resonancia en el correr de los siglos. EL primero que la repitió fue San Esteban mientras una lluvia de piedras caía sobre él. El eco de esta palabra llena las actas de los mártires hasta nuestro tiempo. Las primeras comunidades cristianas rogaban por sus comunidades mientras las diezmaban a base de mártires. Esa oración breve prosigue en todos los que perdonan.

            Tú y yo somos perdonados, porque hemos sido enemigos. Perdonemos a nuestros enemigos porque somos perdonados.

            Tú puedes perdonar a esa persona que lleva tiempo haciéndote daño, porque no te hará tanto como le hacían a Jesús los que le clavaban en la Cruz, porque Él te perdonó a ti, y porque si amamos sólo a los que nos aman, ¿qué premio vamos a tener? Perdonar llena el corazón. La venganza y el odio, la rabia, solamente lo ensucian y ennegrecen.

             A quién se aprovecha de tu trabajo en la oficina, a quién te hace perder el tiempo, a quién te insulta o no te saluda, tú puedes perdonarlo. Ya sé que él no lo hace, que ella además lo desprecia, pero eso también lo sabe Jesús y te lo premiará en el Cielo. Además, aunque cueste darnos cuenta, se va haciendo realidad, uniendo el perdón a la confianza y a la oración, aquello de Santa Teresita del Niño Jesús: Pon amor donde no hay amor y encontrarás amor.

            Segunda Palabra: Hoy estarás conmigo en el Paraíso.

            En el Calvario hay tres cruces. De ellas cuelgan tres ajusticiados; para el que mira de lejos, los tres debieron haber cometido alguna cosa muy grave. Los tres merecieron ser condenados a la pena más grave de aquel tiempo. Los que ajusticiaron al nazareno sabían lo que debían hacer para desacreditar al hijo del carpintero. Está en el infame patíbulo, entre dos ladrones, el que pretendía ser Hijo de Dios.

            ¿Hay alguien que se atreva a creer en sus enseñanzas? ¿Habrá alguien que sostenga la divinidad de ese extraño y extravagante profeta, de ese maestro sin escuela que con tanta osadía pretendió corregir a los doctores de la Ley?  ¿No será verdadera locura seguir creyendo en Cristo viéndolo perder entre ladrones?

            Por si ese agravio fuera poco, se pone aún más de manifiesto su extravío, colocándole el motivo de ejecución: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Y unos se burlan de ese pretensioso rey, coronado de espinas, y cosido con clavos a su extraño trono que provoca carcajadas. Otros, se indignan porque lo consideran una grave ofensa para su pueblo. El cartel -dicen- debe ser retirado.

            Los escarnios se multiplican; se enfurecen aún más, se exacerba la saña y todos se contagian. El clima de indignación arrastra consigo a uno de los mismos crucificados, que con despecho se vuelve al paciente y manso compañero de suplicio para espetarle: “¡Si tú eres el Cristo, el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros!”, parece que se oye resonar aún el “haz que estas piedras se conviertan en pan, esta vez, no en boca de serpiente.

            ¡Cuántas veces nos unimos a lo que dicen todos, aun sabiendo que está mal! ¡Cuántas veces tomamos la posición más cómoda, la del sol que más calienta! Porque no somos capaces de mostrarnos claros con la verdad, aunque nos quedemos solos. La verdad nos hace libres. Por eso hay muchos esclavos, porque no siempre defender la verdad es lo sencillo. Igualmente, ¡cuántas veces le pedimos a Dios que aparte de nosotros el sufrimiento! La misma voz que el ladrón: Sálvate y sálvanos a nosotros. ¡Qué pocas veces se oye: No se haga mi voluntad sino la tuya, o aquí está la esclava del Señor!

            ¿No hay una sola voz que consuele a Jesucristo? Abre la boca otro ladrón. El que quizá comenzó también blasfemando, así parecen insinuarlo los Evangelios, pero la gracia obra el milagro de su conversión. Pasó de golpe, por ser fiel a la gracia, de blasfemo a confesor. Este ladrón reprende a su compañero: “¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Nosotros merecemos esto, pero éste ningún mal ha hecho”. Y el joven ladrón, fiel a su oficio, quiere robar la gloria del Paraíso en el último suspiro. “Señor, ¡acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Lo reconoce por Mesías, por Rey, por Dios, la gracia ha comenzado su tarea. Brilla ya junto a la Cruz el precursor de los grandes convertidos que nacieron del costado abierto del Salvador.

            El Buen Ladrón no vio milagro, ni luz, ni voz sobrenatural como San Pablo u otros convertidos. Vio a Cristo mismo y pasó de ladrón a mártir en un suspiro. Su arrepentimiento sincero y el reconocimiento de la divinidad oculta de Cristo fueron suficiente prenda de salvación.

            Y se oyeron las palabras que aún resuenan y queremos que resuenen en la hora de nuestra muerte: ESTA NOCHE ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO. Como Copérnico pidió para su epitafio, pedimos nosotros para los nuestros y para cada uno: “No la gracia de Pablo ni el perdón de Pedro, sino la misericordia que concediste al ladrón en la Cruz, ¡Oh Señor! Dámela a mí”.

Tercera palabra: Mujer, he ahí a tu Hijo

            María no sólo estaba junto a la Cruz sino que estaba de pie. El mundo se trastorna, la tierra se estremece… pero el corazón de la madre está entero, dolorido y triste pero resuelto a cumplir la voluntad de Dios. ¡Qué Fe tan grande! ¿Cuál será el secreto de su fortaleza?

            ¡El amor del Hijo! Allí está María porque el amor del Hijo no la dejaba alejarse; cada momento que le quedaba de vida era precioso para la madre, aunque hubiera de pagarlo con sangre de su corazón. Allí debía quedar recogiendo con amor las miradas, palabras y estremecimientos de Jesús. Quizás como tú, como todas las madres.

            Allí repitió su Fiat (Hágase) el mismo que dio en Nazaret, lo repite ahora en el Calvario, ¿podría olvidarse de tal Madre, Cristo que tuvo palabras de perdón para sus verdugos y de salvación para el ladrón arrepentido? La mirada agonizante de Jesús se posa sobre María. Madre e Hijo se miran, Redentor y Corredentora. Y Jesús dice primero a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”. Y le llama mujer para recordarnos la promesa de salvación hecha en el Génesis, apenas cometido el primer pecado, y si de un árbol vino la perdición, de una nueva raza, la madre de los hijos de la luz, le impone ser madre de todos los hombres. Madre comprensiva y amorosa que acuda en auxilio de sus Hijos en necesidad. Esa es la diferencia de los cristianos y los demás. Que tenemos Madre en el Cielo.

            Y le llama mujer por no aumentar su dolor, porque al verse tan afrentado y hecho oprobio y escarnio de todos, no quiere llamarle Madre de su deshonra, porque ella es Madre de su limpieza, de aquel cuerpo santo concebido en su seno virginal e inmaculado por obra del Espíritu Santo.

            Desde el Calvario bajan palabras de Amor que hablan ternuras y caricias de Madre. “Hijo, tú que sufres, tú que lloras, tú que clamas auxilio en trance de perderte, tú que andas sediento de cariño, sostén y auxilio… Mira, ahí tienes a tu Madre”. Jesús te lo repite a ti, hoy: “Ahí tienes a tu Madre”.

            No exagero al afirmar que todos los que amamos a Cristo sentimos y vivimos con intensidad la tercera palabra pronunciada en la Cruz. Un momento de dolor y sufrimiento en el que para recobrar fuerzas hay que agarrase a esta tercera palabra.

            ¡Cristiano, Hijo que sufres, ahí tienes a tu Madre!

¡Oh Jesús bueno! Que tan generoso te mostraste en la Cruz, que diste al ladrón que se convierte, el Paraíso, y al discípulo Juan a María como Madre, usa de esa generosidad, dame en esta vida ser fiel devoto de María y que de su mano alcance el Cielo.

     Y a ti, ahora sí te llamo, Virgen y Madre mía, déjame que te rece una vez más: Dios te Salve, Reina y Madre de misericordia. Vida, dulzura y esperanza nuestra: Dios te Salve.

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