La vuelta de la Virgen desde el Calvario

            En este sábado, dedicado a la Virgen María, y como final de estas charlas cuaresmales quisiera compartir con ustedes una experiencia bonita de mi vida.

            Mientras estudiaba Teología el señor obispo D. Juan Antonio Reig, que estaba entonces en Castellón, me envió a Nules, un pueblo dedicado principalmente a la naranja, de unos diez mil habitantes. El día de sábado santo acudía la Parroquia a la residencia que tienen a escuchar las palabras del párroco, para terminar, rezando, y con algún canto, las estaciones del Vía Crucis, pero recorridas de modo inverso, acompañando a la Virgen Santísima, desde el sepulcro hacia su casa.

            Hoy también, con la Virgen de la mano, te toca a ti, desde tu casa, acompañar a nuestra Madre, aquella que da nombre a nuestra Radio, aquella que te acompaña por el camino de tu vida, o quizás aquella a quien rezabas cuando eras niño aquello de Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía. Te toca acompañarla a Ella, en este duro trayecto, escuchar sus palabras, secar sus lágrimas, sepa tu corazón hija mía, querido hijo que me escuchas, que no puede haber más amor, que acompañar a una Madre en ese camino de dolor, mientras recuerda a su hijo agonizante.

            La distancia entre el sepulcro y el lugar del monte Calvario donde fue crucificado el Hijo, permitían a la Madre y a cualquiera que fuese y que acude todavía hoy, ver los dos lugares en casi el mismo golpe de vista. Sin embargo, el sepulcro, que es pequeño, debió tener clavados los ojos de la Virgen Santísima durante largo rato. Quién sabe si allí por primera vez alguien se arrodilló y besando el suelo dijo en voz alta el ya tradicional Te adoramos, Oh Cristo, y te bendecimos que, por tu Santa Cruz, has redimido al mundo.

            Y llega el momento de marchar. La Virgen sabe que allí en el Sepulcro no se quedará mucho tiempo, sabe que resucitará, pero se preocupa porque se ha dado cuenta que los Apóstoles han perdido el ánimo. Se ha dado cuenta que Pedro llora amargamente, Judas ni se sabe dónde está; Juan está triste, muy triste; los demás han huido. A los sucesores de Jesús, a la Iglesia de entonces no le queda Fe. Toda la Fe de la Iglesia, en ese momento estaba en María. Por ese motivo hemos de acudir a ella cuando nos falten las fuerzas o nos asalten las dudas.

            Y subiendo un poco en lo alto, llega al pie de la Cruz de nuevo. Quiere recordar esa imagen que nunca olvidará ni Ella ni nosotros. Esa postura del Hijo muerto en los brazos de la Madre. Miguel Ángel la hizo en mármol, pero ella estaba allí, de carne y hueso, de corazón y alma. Allí donde le recogió las espinas una a una, los clavos, donde le limpió la cara. Allí está por el suelo, hasta que lo coge Juan el cartel de Pilato. “Iesus Nazarenus, Rex iudeorum”. Sabe María lo que significan esas palabras. Se acuerda de la casita de Nazaret, de San José, no en vano le llamaron tanto el hijo del carpintero. A Ella le daba gozo, y a José lo enternecía. Se acuerda la Virgen de la despedida de su esposo con su Hijo a un lado y Ella al otro.

            Allí le viene a la memoria aquello que había guardado en su corazón, quién sabe si hasta este día: “Gloria a Dios en las alturas” cantaban los ángeles, mientras Melchor, de hinojos, le dejaba a Jesús, a sus pies, el oro de Oriente. Aquel presente que significaba que Jesús era Rey. Y aquí reza especialmente por todos los que vino a buscar y no le recibieron, porque además de Madre, es Corredentora.

            Y hablando de Madre, Juan y la Virgen, antes de marchar, vuelven a mirarse y parece que escuchan claramente, “Ahí tienes a tu Madre. Madre, ahí tienes a tu hijo”. ¿Piensa en ti María ahora mismo? ¿Pensó ya en ese día? Una madre no se olvida de ninguno de sus hijos, sean suyos o adoptados, tenga uno, tres o cinco. Tampoco la bendita hija de Joaquín y Ana se tenía que olvidar de ti, ni en ese momento ni ahora. En esa ardua empresa que les han confiado comienzan el regreso a casa. ¡Cuánto cuesta volver del cementerio! Mi sobrino Juan Pablo, con sólo tres años, en la puerta del cementerio, quieto, sin querer salir, señalaba en la altura el nicho de mi madre y decía: “No viene la abuelita”. “Espera allí -le dijo su padre- la venida de Jesús”. Ven, Señor Jesús. Hay que volver a casa, hay que seguir adelante, no sin antes recordar la túnica que se jugaron a los dados. La que era toda de una pieza. La que le había tejido Ella misma. Cuando se la arrancaban del cuerpo, un poquito se la estaban arrancando también a Ella.

            Nos falta llegar al lugar de las caídas… caídas que tenían que recordar los primeros pasos de cuando era niño. Las primeras veces que llegaría Jesús a explicarle los desprecios, los desaires, las amenazas de tantos hijos del pueblo judío, desde los que no quisieron darle posada, hasta esos momentos que, como todos los niños, lloraría porque le había pasado algo.

            Las mujeres de Jerusalén, se habían ido a su casa, no la esperaron, quizás prefiere volver sola. Pero no, sola no vuelve, están atónitos, mojándose bajo el Cielo que se ha oscurecido, como si no pasara el tiempo, el Cirineo y la Verónica. Si te imaginas la cara de agradecimiento de la Madre a ese señor que no conocía pero que nunca volverá a ser una cara desconocida para Ella. Si te imaginas que esa mirada, con esa misma cara, quizás con menos dolor, es la que te regala María cada vez que, con cualquier favor, ayudas a cualquiera que sufre, al que no puede con la Cruz,  a aquél que, pocas veces, sí, pero suficientes pasa en la vida, en un momento concreto, sin que nadie te obligue, sin que el romano te señale, te deja hacer de Cirineo, y contigo su cruz comparte.

            Juan tiene prisa por volver a casa, quizás tiene miedo, más por María que por él. Aunque nadie se percata de que es la madre de Jesús. Olvidan pronto las gentes los favores, las personas, las caras y las lágrimas. Ella quiere pararse. Vuelve a arrodillarse: “Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”. ¿Por qué paras, Madre? Aquí ha caído, la segunda vez. Le han empujado, justo después de que llegaras tú, Simón. Simón de Cirene. Nunca olvidaré tu nombre. “Gracias, María, ¿puedo llamarte Madre?

            Y lo que iba a pasar ahora no podía esperarlo ni Juan ni la Virgen y mucho menos Simón. Realmente su vida iba a cambiar. Ha aparecido Santiago, temeroso porque Juan no vuelve, y los cuatro, son invitados por la Verónica, a su casa, cerca del Templo, para contemplar algo. Juan no quiere, Simón no sabe que decir, y la Virgen como siempre, dice que SÍ. Como su Fiat, su disposición primera a todo lo que vendría, a las alegrías de Nazaret, la dureza de Egipto, las espadas del profeta Simeón, y la voluntad de San José. Y la del Padre. “Vamos, Verónica; donde quieras vamos”. Sólo entrar en la casa, como encima de una cómoda, extendido, aún húmedo, el paño casi iluminado con el que se jugó el tipo delante de los romanos. ¿Lo sabría la Virgen, el regalo que contenía? Juan cae arrodillado, Santiago, que ya ha perdido el temor, lo besa. El de Cirene contempla… Y la Virgen le da un abrazo a Verónica que tampoco olvidará nunca.

            Allí se quedan contemplando el rostro de Jesús. El regalo que le dio, y el que tenemos nosotros. Tantas veces, los judíos, los apóstoles, los niños, tenían los ojos fijos en Él. Quizás nos falta mirar más a Jesús y menos a nosotros mismos, quizás nos falta de la mano de María entrar en las casas de quién lo necesita para ver al Señor. “Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto” dirá pronto la Magdalena, muchas veces parece que no sabemos hacia dónde mirar, parece que el sagrario es la última puerta a la que llamamos, parece que hemos perdido el norte, como decía Él mismo parece que vamos como ovejas sin pastor. Nos falta Madre, nos falta mirar el rostro del Hijo y mirarnos menos a nosotros mismos. El “hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo” lo rezamos mucho, pero lo vivimos poco.

            Si algún día no sabes, como Santiago en este momento, lo que quiere Jesús de ti, ve a buscar a la Virgen Madre. Ella te lo dirá. Pero, aunque estamos muy bien rezando juntos, hay que despedirse. Le da un beso, le promete que volverá, memoriza la casa, ella se queda con esa mirada de amor y cariño, le regala el paño, pero la Virgen no lo coge. Dicen algunos que los regalos no se regalan.

            Quieren ir a casa, pero la Virgen pide. Lleva dos días que no ha pedido nada, pide volver al sitio, donde entre el alboroto de la gente, ayudada por Juan, se encontraron las dos miradas. Las miradas más limpias de la humanidad, la mirada de Dios, y la que transmitía al Espíritu Santo, la de la llena de gracia. El de Cirene se ha ido a casa, que lo esperan los suyos. Ya en esa casa se respirará siempre otro aire. Cristo cambia la vida. Santiago y Juan la miran y, ahora sí, caen de rodillas: “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que, por tu Santa Cruz, has redimido al mundo”.

            ¿Cuántas veces en medio del dolor, cuántas veces en la prisa del día a día, tus ojos se han parado junto a los de Cristo? Quizás en una Comunión, en un entierro, ante una enfermedad, en un mal momento. Llega ese instante en que paras, piensas y te dices: ¿Dónde está el Señor? ¿Por dónde seguimos? Si vas al Sagrario y lo haces con frecuencia, estarás cierto que Jesús te ha hablado, quizás no podrás decir lo que te ha dicho, pero sabrás que te habla. Decía un buen amigo antes de morir.

            Nos toca rezar con la Virgen, quizás volver paseando, a su lado, sin decir nada. Parando donde cayó por primera vez, de la mano de María, aprentándola en su dolor. Si nunca has apretado la mano de alguien que sufre, tu corazón se ha endurecido. Pídele a la Virgen que te enseñe qué es la ternura, pídele que te vislumbre por qué el Santo Padre insiste. Quizás te falta volver con muchas personas de muchos Calvarios, como ha hecho hoy San Juan, quizás te falta doblar la rodilla muchas veces. Quizás… mejor no sigo, piensa en silencio qué te falta para vivir estos momentos con una intensidad que marca.

            Y sí, llegamos a la puerta de “El Enlosado”. Le cargan la Cruz, oh Cruz fiel, camino para el Cielo. El Padre Cué nos cuenta cómo ahora en Jerusalén, todos los días a las tres de la tarde, todos quieren llevar la Cruz. Pero después, cuando llegan a casa, todo el mundo se esfuma. Tenemos miedo a la Cruz, a veces a la nuestra, pero siempre a la de los demás. Como el sacerdote y el fariseo damos un rodeo cuando hay alguien que sufre. Pocas veces somos samaritanos con aquella frase hermosa que llega cuando tú no puedes completar los favores: cuida de él, y lo que gastes de más te lo daré a la vuelta. Hay veces en las que en lugar de decir eso, nos damos la vuelta.

            Aquí la Virgen casi no ha podido ver nada. Los romanos, la turba que empuja sedienta de sangre y de curiosidad mal sana. Los desagradecidos amargados que ya no recuerdan ni sus palabras ni sus milagros, no dejan espacio a las almas buenas que esperan desde su sitio, el tremendo desenlace de la suma injusticia. Y aquí duelen, como en tantas otras ocasiones, los silencios de aquellos que, sin ahora recordarlo, o peor aún, negándolo en su memoria, habían recibido las palabras, los bienes y parabienes, los milagros de Jesús, y hoy, callan, esperando que griten las piedras, porque lo que hoy se entiende por “dar la cara” no es virtud más que de valientes y, en aquella plaza, en las plazas de cada pueblo, de tu tierra, donde te vieron nacer, Jesús, en el Nazareth de tu alma y de tus padres, ya no quedan valientes. Es más cómodo mirar para otro lado, o ponerse del lado que más caliente, invocando que los sacerdotes y ancianos de la Ley ya sabrán lo que hacen, con la excusa de que no es mi cometido, o que es mejor callarse cuando las cosas no se comprenden bien. Lo que sea, menos defender a Cristo, la verdad o a sus ministros. Jesús lo sabía, y tú, tú también lo sabes. La que no se lo esperaba era su Madre.

            Parece que no llega el final; han estado agradeciendo a los que recogieron la sangre empapando grandes paños y manteles. Los primeros manteles de Altar que recogieron la sangre del Salvador, la sangre que una y otra vez iba a hacerse presente en todos aquellos que hiciéramos en memoria suya el memorial de su Pasión. Ahora hay silencio en esos lugares. Jerusalén sabe que algo no se ha hecho bien en aquella tarde del primer Viernes Santo.

            Pero falta un lugar, un sitio acostumbrado y chico, al otro lado del valle, pero cerca. Juan quiere llevar a la Virgen al Huerto de los Olivos, sólo para verlo, para contarle cómo y dónde rezaban, para pedirle perdón también él por haberse dormido, por no haber velado con Jesús, ni siquiera una hora. Aquí los miles de adoradores nocturnos que por todo el mundo acompañan a Jesús, presente en la Eucaristía, están también con la Virgen María. Ya no hablan, solamente se miran. La vuelta ha terminado. Hay que volver al Cenáculo que nos esperan los demás. Las santas mujeres, Andrés, Pedro, Bartolomé, tú y yo. Esperemos a nuestra Madre, también al volver de los Calvarios de la vida, al sentir caer nuestras lágrimas, con motivo o sin él. “Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que, por tu Santa Cruz, redimiste al mundo”.

            En el Cenáculo, algunos no se atreven ni a alzar la vista. Otros le dan un abrazo de Madre. Todos oran, esperan, quizás desesperan. Nadie duerme. Tienen miedo, pero ahora, la Virgen está con ellos. La cosa cambia. Ha vuelto Juan, estaba también con ellos Santiago, menos mal. Estaban preocupados. No volvía. Allá donde estés, cualquier día que sufras, dale la mano, y vuelve a tu vida, vuelve siempre con María.

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