No hay peor ciego que el que no quiere ver (IV domingo de Cuaresma)

     El cuarto domingo de Cuaresma se caracteriza porque el sacerdote se reviste con ornamentos de color rosa. Es el llamado domingo “Laetare” porque así empieza la antífona de entrada en lengua latina. Alégrate, Jerusalén, reuníos todos los que la amáis, regocijaos los que estuvisteis tristes para que exultéis.

     Insiste la Liturgia en la alegría en el día de hoy. Es uno de los días de Cuaresma en que se puede adornar al Altar con flores, como el día de San José y el día de la Encarnación. La oración colecta reza diciendo: haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente a celebrar las próximas fiestas pascuales. La Cuaresma es camino también para la Resurrección, no sólo para la Pasión, y hoy nos lo recuerda el Señor.

    Jesucristo le da la vista al ciego de nacimiento. El que nunca había visto la luz, la ve por primera vez. Esa luz es signo de la Resurrección y también de la Fe. Pero el ciego dice: El Señor untó mis ojos: fui, me lavé, vi y creí en Dios. Ante esto los fariseos replican: In peccatis natus es totus, et tu doces nos? Recuerdo de memoria esta frase porque la dije en una obra de teatro, en latín, en el noviciado. Lo que se aprende de niño se queda para toda la vida, por eso es bueno saberse las oraciones de memoria. Pero lo importante de esta frase no es ni la memoria ni que esté en latín, sino la soberbia de los que la dijeron por primera vez.

     ¿Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros? Y lo expulsaron. Así de fuerte y contundente, ante un milagro. Vamos a intentar profundizar algo. Aquí hay dos actitudes. La del ciego que se ha curado, que lo era de nacimiento. La de los fariseos que desprecian la prueba que demuestra su error, y también podemos considerar a aquellos que ahora son ciegos pero no lo fueron.

       El ciego dice que después de la unción de los ojos, “FUE”. Hay que ponerse en camino. Aquellos que no caminan nunca llegan. Como los que quieren que les toque la lotería pero no compran el número. Están angustiados ante la muerte de seres queridos (que es normal) pero sin Fe en la vida eterna, sin luz. Son ciego, que ya no es normal. Pero quizás, o más bien, seguro, están parados, no caminan para ver la luz. O se han acomodado en su ceguera, o no llaman a Jesús, o ni siquiera se ponen por donde pasa. Es imposible que el Señor los cure, porque salvo contadas excepciones, Jesús espera tu paso. No te tira del caballo con un relámpago, como a San Pablo. “SE LAVÓ”. Hay que reconocer que uno necesita lavarse. Si no, nos puede pasar como a San Pedro: no me lavarás los pies jamás. Después vio, y al ver, creyó. Dichosos los que crean sin haber visto, dice el Señor a Tomás. Pero incluso hay algunos que no creen aunque vean. Siguen ciegos. Dios nos puede dar la luz, pero nosotros podemos cerrar los ojos. La libertad es importante. La disposición, quizás, lo es más.

      El segundo grupo desprecia lo bueno porque se cree mejor, desprecia la ciencia del ciego, el testimonio de su sencillez brillante, porque se cree que sabe. No hay peor ignorancia que aquél que se cree que no necesita aprender, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Sin embargo, no contentos con expulsarle, con no creerlo, tuvieron que despreciarlo. Despreciar a los demás es un signo de una cultura baja y rastrera, de una falta de educación destacable. Ante esta actitud es muy difícil que Jesús pueda hacer algo. Solamente falta rezar por ellos. Tienen los ojos enfermos, pero más enferma la cabeza y en intensivos el corazón. Se ha ennegrecido. Su apellido es el orgullo. No hay que tenerles miedo. Todos son cobardes. Temían a la gente, que lo tenía por profeta. Sigue pasando. El que persigue con mentiras, suele quedarse solo, porque… se pilla antes… (parece que viva en la Mancha, amigo Sancho, tantos refranes).

      El último grupo, es el más peligroso. Porque no fue fiel. Tuvo la luz, pero por no cuidar la Fe, la perdió. No es que no quiera ver, es que no puede. Ha puesto delante una coraza, una tapa, se ha dejado vencer por el enemigo, el padre de las tinieblas y este tipo de demonios solamente se vence con oración. Este grupo no se contenta con despreciar, tiene que hacerlo mintiendo. Es el grupo de los desagradecidos, de los que muerden la mano que les da de comer, de los que entregan a Cristo porque no quieren ver que el único problema que existe, no está fuera, no está en la luz, no está ni siquiera en los ojos, está en el corazón. Para ellos pedimos hoy en esta Misa de la alegría, con estas oraciones que nos invitan reiteradamente a gozarnos con la claridad de la gracia divina, porque su cara, el espejo de su alma, deja entrever que no quieren la luz, que les da rabia que los demás la tengan, y cuando ven que no se la pueden quitar, entonces, mienten. Y lo que es peor, se creen sus propias mentiras. Por todos ellos, te rogamos, óyenos.

    Solamente queda resaltar que el Evangelio de San Juan continúa este relato con el del Buen Pastor. Creo que será importante tener en cuenta que, en alguna ocasión, podemos nosotros estar en uno de los dos grupos y que también el Señor nos buscará como ovejas perdidas. Hay que dejarse encontrar y cargar en sus hombros.

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