Tesis Doctoral (IV): El Confesor como Padre y Pastor

4.2. Deberes del Ministro de la Penitencia

4.2.1. Para con uno mismo

4.2.1.1. El Confesor como padre y pastor[1]

“Dios rico en misericordia” (Ef. 2,4) es el que Jesucristo nos ha revelado como Padre; cabalmente su Hijo, en sí mismo, nos lo ha manifestado y nos lo ha hecho conocer[2]. A este respecto, es digno de recordar aquel momento en que Felipe, uno de los doce Apóstoles, dirigiéndose a Cristo, le dijo: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”; Jesús le respondió: “¿Tanto tiempo ha que estoy con vosotros y no me habéis conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn. 14, 8-9). Estas palabras fueron pronunciadas en el discurso de despedida, al final de la cena pascual, a la que siguieron los acontecimientos de aquellos días santos, en que debía quedar corroborado de una vez para siempre el hecho de que “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo” (Ef. 2, 4-5) […] Una exigencia de no menor importancia, en estos tiempos críticos y nada fáciles, me impulsa a descubrir una vez más en el mismo Cristo el rostro del Padre, que es “misericordioso y Dios de todo consuelo” (2 Cor 1,3)[3].

Con estas palabras el Papa San Juan Pablo II, en el principio de su Encíclica “Dives in Misericordia” nos muestra la relación de la paternidad con la misericordia. El Sacramento de la Penitencia, también llamado Sacramento de la Misericordia, nos exige una imitación de la Paternidad divina en el trato con aquellos que se nos acercan a pedir perdón de sus pecados. Esta imitación, acompañada de la Fe, debe llegar al punto de poder satisfacer el deseo de los fieles que, a nosotros, como Felipe a Jesús, nos suplican: Muéstranos al Padre y nos basta (Jn. 14, 8).

El pastor tiene que responder a los fieles con temor y temblor, pero también con mucha Fe, la respuesta de Jesús a Felipe: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?  Así pues, yo he de poder decir: quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn. 14,9). La paternidad del presbítero ha de ser, en la cotidianidad de su estilo de vida, en sus palabras y en sus gestos, la revelación del amor del Padre celestial, que Jesús hizo accesible y quiso ofrecer por medio de sus discípulos a toda criatura.

Esforcémonos en ser auténticos ministros de la misericordia. Tal vez más que en otros, en la celebración de este Sacramento es importante que los fieles tengan una experiencia viva del rostro de Cristo Buen Pastor. El abrazo del Padre, la alegría del Buen Pastor, ha de encontrar un testimonio en cada uno de nosotros, queridos hermanos, en el momento en que se nos pide ser ministros del perdón para un penitente[4].

El canon 959 explica la conveniencia y necesidad de este Sacramento:

En el sacramento de la penitencia los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar.

No nos parece necesario abundar más en los detalles de esta práctica, aunque sí que hablaremos de las obligaciones del sacerdote en cuanto confesor. El ministro de la penitencia debe tener en cuenta unas prácticas y el modo de actuar para que el Sacramento no se haga oneroso para los fieles.

Esta idea fundamental que venimos desarrollando está muy fuertemente afirmada en la nueva edición del Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros, publicada en 2013. Allí se asevera que:

El sacramento del perdón es un signo eficaz de la presencia de la palabra y de la acción salvífica de Cristo redentor. En él, el mismo Señor prolonga sus palabras de perdón en las palabras de su ministro mientras, al mismo tiempo, transforma y eleva la actitud del penitente que se reconoce pecador y pide perdón con el propósito de expiación y corrección. En él se actualiza la sorpresa del hijo pródigo en el encuentro con el Padre que perdona y hace fiesta por el regreso del hijo amado (cf. Lc 15,22)[5].

           

Antes de disponerse a confesar, o quizás en todo su ministerio, el sacerdote debería considerar que es ministro de la misericordia divina y que toda su tarea debe ir acompañada de la ternura y espíritu de acogida y escucha que puede tener un padre con su hijo.

El confesor, como padre, ha de recordar –afirma Royo Marín- que en el tribunal de la penitencia está haciendo las veces de Cristo. Por lo mismo, ha de recibir a los pecadores con gran benignidad y dulzura y ha de hablarles con aquella suavidad y mansedumbre con que les recibía y hablaba el mismo Cristo cuando dijo que “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos, y no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia (Lc. 5, 31-32)”.

Detallando en concreto el modo de actuar podemos diferenciar los diferentes pasos a tener en cuenta. El celo pastoral debe urgir al sacerdote a no pensar que es indiferente el retraso en la confesión de cualquier cristiano. Royo Marín lo detalla así:

  1. a) Disponer a los pecadores indispuestos, con el fin de que puedan ser absueltos enseguida, arrancándoles de las garras del enemigo. Cometería un grave pecado contra la caridad si por su incuria o falta de celo pastoral tuviera que permanecer el penitente largo tiempo en estado de pecado mortal.

Además de la acogida es importante dar un remedio eficaz a aquella persona que no quiere permanecer en el pecado, de forma que podría decirse que no solamente hace falta dar la absolución sino también la “solución” al problema que motivó el pecado o, al menos, un camino hacia ella.

  1. b) Preocuparse del aprovechamiento espiritual de los penitentes encaminándoles, según su condición y estado, hacia la perfección cristiana. En este sentido, todo buen confesor ha de ejercitar, de algún modo, el oficio de director espiritual, no contentándose con arrancar al penitente del pecado, sino procurando también que avance poco a poco por los caminos de la unión con Dios.

Adquiere importante papel en este trabajo considerar con el autor, que no basta limitarnos a escuchar una lista de pecados, sino que, sobre todo, en aquellos penitentes que lo requieren, la dirección espiritual está presente, al menos eventualmente, cada vez que administramos el sacramento de la penitencia.

La preferencia del ministerio en lo que se refiere a la confesión debe aplicarse en el día a día de la tarea pastoral. No solamente por la disposición en los horarios parroquiales, escolares o en los hospitales, sino en cualquier lugar y en cualquier momento que se solicite. Si no está esto claro, cualquier otra tarea pasará por delante de lo más importante, que es facilitar a las almas recuperar su estado de gracia.

  1. c) Prestarse fácilmente a oír en confesión a cualquiera que se lo pida y en cualquier momento oportuno, aunque no tenga cura de almas y no tenga estricta obligación de acudir al confesonario[6].

Lo que acabamos de describir son exigencias tremendas que nos hacen trepidar. Parece que están fuera de nuestros limitados alcances. Nos conforta la garantía y la promesa de Jesús: “El Padre mismo os ama” (Jn. 16, 27). Si es Él el que nos ama, el que nos ama a todos, el que hace posible el de otro modo imposible amor, entonces todo ministro ordenado sabe que puede ser padre con el corazón de Dios, sabe que puede amar en Aquel que ama a todos, que no excluye a nadie[7].

Al concretar en el ministerio de la Penitencia podemos afirmar que el oficio de Padre y Pastor se llevan a la práctica, en primer lugar, en el hecho de tener conocimiento de los penitentes. El Buen Pastor conoce por su nombre a las ovejas: Yo soy el buen Pastor y conozco a las mías y las mías me conocen, como me conoce el Padre y Yo conozco al Padre, y doy mi vida por las ovejas (Jn. 10,14-15). La dedicación puntual y constante al tiempo dedicado a la confesión es una de las maneras con las que el sacerdote debe dar su vida por las ovejas.

La atención paternal por parte del confesor tiene varios aspectos importantes que debemos reseñar. Respecto a la recepción de los penitentes San Alfonso María de Ligorio nos dice:

Para cumplir con las obligaciones de un buen padre es preciso que el confesor rebose de caridad. Y lo primero en que la ha de manifestar es en recibir a todos, sean pobres o incultos o pecadores. Los buenos confesores […] saben que este sacramento no fue instituido propiamente parra las almas piadosas, sino para los pecadores, ya que para el perdón de las faltas veniales no es necesaria la absolución sacramental, pudiéndose perdonar por otros medios.

Una vez recibidos, deben ser escuchados con caridad y comprensión. Así lo dice el santo:

Mayor aún debe ser la caridad del confesor al escuchar al penitente. Cuide mucho de no manifestar ni impaciencia, ni cansancio, ni extrañeza por los pecados que le cuenta; […] Cierto es que, tratándose de gente tímida, debe abstenerse el confesor de reprender durante la confesión, porque pudiera acontecer que el penitente, atemorizado, callase los demás pecados que aún le quedan. Mas esto entiéndase como regla ordinaria; porque hay casos en que, antes de pasar adelante en la confesión conviene corregir al punto –como cuando el penitente declara algún pecado de especial gravedad o que ya echó raíces en él-, a fin de que comprenda la gravedad de sus culpas; pero sea de suerte que no se moleste ni amedrente el pecador. Por último, concluida la acusación, es preciso que el confesor se esfuerce con mayor ahínco por hacer comprender la multitud y gravedad de sus pecados y el triste estado de condenación en que se halla. Pero siempre con caridad. […]

En conclusión, estamos ante un elemento absolutamente crucial en un tema profundamente delicado, del que depende la salvación de las almas.

He aquí la manera de salvar a los pecadores: tratarlos con toda la caridad posible. De lo contrario, si dan con un confesor severo que, en vez de levantarles el ánimo, los trata con dureza, vienen a aborrecer la confesión y, abandonándola, están perdidos[8].

El confesor, que es realmente padre, debe también ser comprensivo de las dificultades propias de cada alma, de la buena voluntad manifestada ya por la simple presencia en el confesionario, de los buenos deseos más o menos ocultos que hay que revelar al alma misma y hacer que surjan de lo mejor de su corazón. Debe también ser firme en cuanto a los principios; que no se trata, por otra parte, de explicarlos fatalmente, sino que deben guiar nuestra conducta y orientar nuestras decisiones; firmeza para estimular al alma, ayudarla a levantarse, a sacudirse, si es preciso, y a superarse. Por supuesto, debe ser también, bondadoso, que será la expresión de la caridad misma del buen Pastor con su oveja perdida o simplemente herida[9].

Todo lo dicho en estos párrafos es cierto, pero adquiere, si cabe, más importancia, en la consideración de este Sacramento en el marco de la Vida Religiosa. El conocimiento de ésta como tal, la aplicación del carisma peculiar de cada instituto, las disposiciones de las constituciones y reglas en torno a la confesión y la dirección espiritual deben ser tenidas en cuenta por los sacerdotes al escuchar las confesiones de los miembros de las distintas comunidades religiosas. Ésta será la única forma de actuar como verdaderos padres y pastores de las almas que acudan a recibir el perdón del Señor a través de la confesión.

El amor mutuo, tan importante en la vida religiosa, pasa por el conocimiento, el arrepentimiento y la fidelidad al propio carisma. Concretar las obras de misericordia en aquellos que viven con nosotros en comunidad es necesario para tener en cuenta que aquellos que han dejado padre y madre, tierras, hermanos… han de recibir de sus hermanos de comunidad el ciento por uno, pero no las persecuciones a las que se refiere el Señor que se supone vendrán del exterior (Mt.19, 29). Conocimiento mutuo en la caridad, arrepentimiento de los pecados y fidelidad al espíritu fundacional están vinculados a la práctica de los Sacramentos.

San Juan Pablo II desglosa lo que acabamos de decir de una forma magistral:

En la vida comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno pasa contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se disfruta del propio don, sino que se multiplica a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera propio. En la vida de comunidad, además, debe hacerse tangible de algún modo la comunión fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado (cf. Mt. 18,20)

Cuando el santo desciende a concretar a lo que se está refiriendo, nos habla del amor que nos llega a través de la Sagrada Escritura, y de la Penitencia y la Eucaristía, también en el contexto de la vida comunitaria. Es decir, no solamente para vivir una vida cristiana, sino para que la vida de comunidad pueda ser un verdadero camino de santidad para nosotros y para los demás.

Esto sucede merced al amor recíproco de cuantos forman la comunidad, un amor alimentado por la Palabra y la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la Reconciliación, sostenido por la súplica de la unidad, don especial del Espíritu para aquellos que se ponen a la escucha obediente del Evangelio[10].

Más concretamente, el documento perfila la necesidad del Sacramento de la Penitencia y de la Dirección Espiritual como fundamento del camino espiritual hacia Dios dentro de la vida religiosa:

También el esfuerzo de una continua conversión y de una necesaria purificación, que las personas consagradas realizan mediante el sacramento de la Reconciliación, está íntimamente vinculado a la Eucaristía. Ellas, a través del encuentro frecuente con la misericordia de Dios, renuevan y acrisolan su corazón, al mismo tiempo que, reconociendo humildemente sus pecados, hacen transparente la propia relación con Él. La gozosa experiencia del perdón sacramental, en el camino compartido con los hermanos y hermanas, hace dócil el corazón y alienta el compromiso por una creciente fidelidad.

Junto a la recomendación del sacramento de la Penitencia, y estrechamente ligada a este último encontramos la práctica de la dirección espiritual, a la que nos invita el santo polaco, sobre todo en los principios de la vida consagrada.

Para progresar en el camino evangélico, especialmente en el periodo de formación y en ciertos momentos de la vida, es de gran ayuda el recurso humilde y confiado a la dirección espiritual, merced a la cual la persona recibe ánimos para responder con generosidad a las mociones del Espíritu y orientarse decididamente hacia la santidad[11].

Para el buen ejercicio del Sacramento de la Penitencia cabe destacar, según las palabras de San Juan Pablo II, la importancia de la confesión propia. Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo, puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro[12].

Recurramos asiduamente, queridos sacerdotes, a este Sacramento, para que el Señor purifique constantemente nuestro corazón, haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos. Llamados a representar el rostro del Buen Pastor, y a tener por tanto el corazón mismo de Cristo[13].

Pero además de la confesión propia, principalmente para comportarnos como padres y pastores de las almas, debemos tener en cuenta la confesión de los demás, mucho más en lo que se refiere a la vida religiosa. La confesión de todas aquellas personas que han decidido seguir a Cristo, imitándole en la pobreza, la castidad y la obediencia. Así mismo, es importante tener en cuenta, en el ministerio sacerdotal, la tutela que el mismo derecho hace de cada uno de los requisitos de este Sacramento, y la aplicación de la legislación propia de cada Instituto, respetando los derechos de cada uno de los miembros. Es decir, que ni el sacerdote debe sobrepasar los límites del carisma propio de cada Instituto, ni tampoco el Instituto debe impedir que cada religioso se acerque libremente al confesor que quiera y en el marco del Sacramento cuente con Cristo, en la persona del sacerdote, para abrir su alma de par en par sin ningún miedo, sin recelo, con paz y alegría. Intentaremos explicarlo en los puntos que siguen.

Otros artículos sobre la Tesis: Tesis Doctoral (III) Canon 630. Libertad para elegir confesorTesis Doctoral II: INTRODUCCIÓN

[1] Para la redacción de este capítulo he utilizado algunos fragmentos de A. M. Domenech Guillén, Deberes del Ministro de la Penitencia (Valencia 2008) por haber encontrado en ellos aquello que quería expresar de forma exacta.

[2] Cf. Jn. 1,18; Hb 1,1-3.

[3] Juan Pablo II, Carta Encíclica Dives in Misericordia (30-11-1980) 1, AAS 72 (1980) 1117-1232.

[4] Cf. Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes Sacramento de la Confesión (17-3-2002) 6.

[5] Congregación para el Clero, El Sacerdote – Confesor y Director Espiritual – Ministro de la Misericordia Divina (Roma, 2013) 24.

[6] A. Royo Marín, Teología Moral para seglares II, Los Sacramentos (Madrid, 1994) 442.

[7] Cf. F. X. Nguyen van Thuan, El gozo de la esperanza (Madrid, 2004) 39-41.

[8] A. M. de Ligorio, La práctica del Confesor, (Madrid 1989) 59-63.

[9] Cf. G. Courtois, El joven sacerdote, (Madrid 1956) 57.

[10] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Vita Consecrata (25-3-1996), en AAS 88, (1996) 337-486,

[11] Ibid. 95.

[12] Cf. Juan Pablo II, Carta a los sacerdotes Reconciliación Sacramental (25-3-2001) 10.

[13] Ibid. 11.

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