Tesis Doctoral V: Secreto de Confesión

4.2.3. Obligaciones “a posteriori”

4.2.3.1. Obligación del Sigilo (c. 983)

El sigilo sacramental es inviolable[1]; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo[2]. El sigilo existe, aunque no se hubiera dado la absolución.

El confesor, sabiendo que ha conocido los secretos de la conciencia de su hermano como ministro de Dios, está obligado a guardar rigurosamente el secreto sacramental por razón de su oficio[3].

Este canon posee, como su equivalente del CIC de 1917, un extenso abanico de fuentes que exponemos a continuación. Así, el Ordo Penitentiae de 1973 dice: “El confesor, sabiendo que ha conocido los secretos de la conciencia de su hermano como ministro de Dios, está obligado a guardar rigurosamente el secreto sacramental por razón de su oficio”[4].

Exponemos a continuación los documentos magisteriales, cronológicamente tratados que nos han parecido más importantes sobre este tema. San León Magno también lo explica ya en el año 459:

Illam etiam contra apostolcam regulam praesumptionem, quam nuper agnovio a quibusdam illicita usurpatione committi, modis ómnibus constituo submoveri. De paenitentia scilicet, quae a fidelibus postulatur, ne de singulorum peccatorum genere libello scripta professio publice recitetur, cum reatus conscientiarum sufficiat solis sacerdotibus indicari confessione secreta. Quamvis enim plenitudo fidei videatur esse laudabilis, quae propter Dei timorem apud homines erubescere non veretur, tamen quia non omnium huiusmodi sunt peccata, ut ea, qui paenitentiam poscunt, non timeant publicare, removeatur tam improbabilis consuetudo, ne multi a penitentiae remediis arceantur, duma ut erubescunt aut metuunt inimicis suis facta reserari, quibus possint legum constitutione percelli. Sufficit enim illa confesssio, quae primum Deo offertur, tum etiam sacerdote, qui pro delictis paenitentium precator accedit. Tunc enim demum plures ad paenitentiam poterunt provocari, si populi auribus non publicetur conscientia confitentis[5].

También en el capítulo 21 del Concilio IV de Letrán podemos leer:

Caveat omnino, ne verbo aut signo aut alio quovis modo aliquatenus prodat peccatorem: sed si prudentiore consilio indiguerit, illud absque ulla expressione personae caute requirat, quoniam qui peccatum in paenitentiali iudicio sibi detectum praesumpserit revelare, non solum a sacerdotali officio deponendum decernimus, verum etiam ad agendam perpetuam paenitentiam in arctum monasterium detrudendum[6].

También el Concilio de Trento se hizo eco de la obligación del sigilo:

Ceterum, quoad modum confitendi secreto apud solum sacerdotem, etsi Christus non vetuerit, quin aliquis in vindictam suorum scelerum et sui humiliationem, cum ob aliorum exemplum tum ob Ecclesiae offensae aedificationem, delicta sua piblice confiteri possit: non est tamen hoc divino praecepto mandatum, nec satis consulte humana aliqua lege praeciperetur, ut delicta, praesertim secreta, publica essent consessione aperienda.[7]. Y también, más adelante: Si quis negaverit, confessionem sacramentalem vel institutam vel ad salutem necessariam ese iure divino; aut dixerit, modum secrete confitendi soli sacerdote, quem Eclesia católica ab initio semper observavit et observat, alienum ese ab institutione et mandato Christi, et inventum ese humanum: anatema sit.[8].

Así mismo, no solamente el Magisterio sino también los clásicos hablan de esta obligación. Regatillo nos lo resume con claridad meridiana:

Obligatio sigilli sacramentalis est: a) iuris naturalis, ne laedatur fama poenitentis et quasii contractus cum eo in receptione confessiones initus; b) dini positivi, impliciti una divina institutione et praecepto confessionis auricularis, ne fiat odiosa; c) eclesiastici ius divinum determinantis et sancientis[9] .

Santo Tomás de Aquino también aborda el tema como veremos algo más adelante. Veamos antes algunos aspectos jurídicos.

La ratio legis de esta norma es múltiple. El mismo Derecho Natural, que prohíbe difamar ilegítimamente a nadie y traicionar su intimidad personal manifestada. El cuasi-contrato establecido, tácita, pero inequívocamente, entre confesor y penitente, por el mismo hecho de acusar éste sus pecados, con la evidente condición implícita de que siempre han de permanecer totalmente secretos. El Derecho divino positivo: puesto que Cristo instituyó este sacramento y su necesidad para la salud del alma y bien espiritual del penitente. Pero dicho sacramento se haría sumamente odioso y aborrecible para los fieles si los pecados confesados pudiesen alguna vez ser revelados. El Derecho positivo eclesiástico que determina y sanciona en este canon para tutelar absolutamente y sin posible excepción alguna el “sigilo sacramental”, amparado además por el Derecho Penal Canónico[10].

Decisivo para que surja el deber del sigilo es la voluntad de confesión del penitente. Corresponde “servatis servandis” al secreto profesional necesario en todas las profesiones en las que por la índole de las mismas el profesional adquiere conocimientos que afectan al ámbito íntimo de la persona, su conciencia y libertad, y sin el cual el mismo sentido de las profesiones y la confianza que necesariamente se origina entre el profesional y la persona que requiere sus servicios entraría en crisis con grave perjuicio del bien común y tutela de los derechos de las personas. De un modo especial se verifica esto tratándose de la confesión de los pecados que afecta directamente a actos considerados pecado (y muchas veces delictivos) y que son sujetados al confesor precisamente como actos de los que toma distancia el actor en función de una conversión con raíces religiosas.

El sacerdote actúa en este sacramento (oye, conoce, juzga y absuelve) como ministro de Dios, in persona Christi; todo lo que se acusa en confesión, a Dios se le confiesa; y debe quedar sellado (sigillum) para siempre -de modo irreversible e irrevocable- en el fuero divino. De ahí su especialísima gravedad y absoluta obligatoriedad: lo conocido en confesión está fuera del tráfico humano. Santo Tomás, al tratar el fundamento dogmático del sigilo sacramental, lo formula con audaz expresión: el sacerdote: non scit ea ut homo sed ut Deus[11]. Ipsa occultatio est de essentia sacramenti, in quantum scit illud ut Deus, cuius vicem gerit ad confessionem[12]. Cualquier otra posición haría odioso el sacramento con irreparable daño para el bien común eclesial.

Hay que matizar también que el sigilo sacramental es perpetuo. Es decir, debe seguir siendo guardado, incluso después de la muerte del penitente.

No son pocos los sacerdotes que han rubricado con su sangre el respeto al sigilo sacramental. El más conocido es San Juan Nepomuceno, confesor de la Corte de Bohemia, que fue martirizado por el odio provocado en el rey al no quererle revelar los pecados que la reina le había dicho en confesión[13].

En el CIC 17 decía el c. 889 caveat diligenter confessarius. En este Código, el legislador califica la violación del sigilo con un nuevo término de singular fuerza significante: nefas est confessario… Nefas tiene en el ámbito religioso-jurídico de nuestra cultura un sentido peculiar: impío, sacrílego, execrable, contra todo lo humano y lo divino, algo de suprema iniquidad.

La violación del sigilo puede ser:

  1. a) Directa: si se manifiesta el pecado confesado y la persona que lo confesó. No es necesario que se diga el nombre de la persona, bastará que se manifiesten detalles suficientes por los que cualquiera pueda identificar al sujeto.
  2. b) Indirecta: mediante el modo de obrar o hablar del confesor: si de él surge el peligro de que se reconozca al penitente. (se hace odioso el sacramento por el gravamen que tal modo de hablar causa al penitente)[14].

Santo Tomás precisa cuál es esa materia:

El secreto de la confesión no se extiende directamente más que a las cosas que constituyen el objeto de la confesión sacramental. Sin embargo, caen también bajo el secreto sacramental otras cosas, como son todas aquellas cuya revelación podría ocasionar la revelación del pecador o del pecado[15].

En general, cae bajo el sigilo sacramental toda la materia[16] propia de la confesión, o sea, todo lo que el penitente declaró en orden a la absolución, aunque se trate de faltas venialísimas. Pero, para mayor detalle, cabe distinguir entre materia primaria y materia secundaria.

Seguimos en esto a un autor de renombre en la teología española. Antonio Royo Marín nos dice:

Materia primaria y directa del sigilo son todos los pecados del penitente, mortales o veniales, públicos u ocultos, manifestados en la confesión y conocidos sólo por ella. Los mortales caen bajo sigilo, aunque no se precise su número ni especie, y así quebrantaría el sigilo el confesor que dijera: “Fulano confesó pecados mortales”[17].

Y sigue explicando Royo Marín, aunque no lo reproducimos exactamente: Materia secundaria e indirecta son todas aquellas cosas que se dicen para declarar los pecados. Las circunstancias de los pecados (ocasión, fin, lugar, tiempo, modo, etc.). La penitencia impuesta, a no ser que sea ligerísima (v.gr. una avemaría). La absolución negada o diferida porque pueden por ello sospechar los demás que el penitente no estaba debidamente dispuesto. Los consejos que el confesor le dio. Los pecados de otras personas que el penitente -eventual, espontánea o incluso ilegítimamente- haya manifestado en la confesión, por ejemplo: el cómplice.

La materia accidental que no tiene relación directa ni indirecta con los pecados confesados, por ejemplo, defectos físicos o psíquicos del penitente, modo de comportarse en la confesión, situación económica, opiniones del penitente, etc., no cae dentro del sigilo estricto sino en la prohibición terminante del c. 984, que trataremos en el próximo apartado.

Se quebranta directamente el sigilo si, juntamente con el pecado, se designa concretamente a la persona, aunque sea enteramente desconocida de los oyentes. Y así, quebrantaría directamente el sigilo el misionero que dijera: El jefe de la tribu que estoy misionando se confesó conmigo de un adulterio, aunque ninguno de los oyentes sepa, ni haya de saber jamás, quién es el jefe de aquella tribu. Se quebranta directamente el sigilo sacramental declarando de hecho el pecado y el pecador, aunque no se diga que tal noticia la sabe por confesión, con tal que realmente la sepa por ella.

Se quebranta indirectamente el sigilo cuando, sin designar concretamente la persona que cometió el pecado o el pecado cometido por tal persona, puede conjeturarse fácilmente cualquiera de ambas cosas por los datos que facilita el confesor[18].

San Alfonso Mª. de Ligorio[19], y también la Suma Teológica, afirman que el sacerdote puede revelar aquello que ha oído en confesión, siempre y cuando el penitente le dé su permiso.

Por dos razones está obligado el sacerdote a ocultar los pecados: la primera y principal, porque el secreto pertenece a la esencia del sacramento, pues aquellas cosas las conoce como ministro de Dios, a quien representa en la confesión; la segunda razón, para evitar el escándalo. Mas el penitente puede hacer que lo que el sacerdote sabía en cuanto ministro de Dios llegue a saberlo también como persona particular, y así lo hace cuando le faculta para publicarlo; de modo que, si lo hace, no viola el secreto sacramental. Sin embargo, debe evitar todo escándalo, para que no se le considere como violador del secreto[20].

Sin embargo, hay que tener en cuenta que solamente el propio penitente puede autorizar al confesor a revelar lo que oyó en confesión en orden a la absolución sacramental. No hay superior alguno en la tierra, ni el mismo Romano Pontífice, que pueda autorizar jamás esa revelación. Esta obligación se extiende incluso al propio penitente. Es decir, ni a él le puede hablar de las cosas oídas en confesión sin su propia licencia. La razón es porque, en general, no podría hablarse con el penitente de sus pecados sin vergüenza de sí mismo, lo que haría odioso el Sacramento.

El permiso del penitente no puede presumirse jamás. Por lo que únicamente podría hacerse uso de lo oído en confesión si el propio penitente lo autorizara de una manera expresa, inequívoca y completamente libre y voluntaria. En caso de duda sobre si alguna cosa la dijo en orden a la absolución o no, hay que guardar el sigilo. Dígase lo mismo si el sacerdote duda si tal noticia la sabe por confesión o fuera de ella[21].

No caen bajo sigilo aquellas cosas que, aunque oídas en confesión, no se refieren directa ni indirectamente a los pecados del penitente. Tales son, por ejemplo, las virtudes del penitente, sus dones o carismas extraordinarios, sus buenos deseos, etc. Pero ya se comprende que el confesor no debe hablar de estas cosas, que con frecuencia disgustan a las personas interesadas y pueden hacerles perder la confianza en el confesor. La norma general y segura a la que debe atenerse invariablemente un confesor es esta sola: silencio absoluto en torno a lo oído en confesión[22].

En la práctica, el sacerdote confesor ha de guardar muy extremada y seriamente la obligación del sigilo sacramental. Nunca se permitirá a sí mismo la menor alusión, directa o indirecta, a las cosas oídas en confesión y atajará con energía y rapidez cualquier pregunta o indiscreción que pudieran cometer los demás. Tenga siempre presente la gravísima responsabilidad que podría contraer por la menor imprudencia y el daño irreparable que podría ocasionar a las almas.

Artículos relacionados con la Tesis: Tesis Doctoral (IV): El Confesor como Padre y Pastor

 

[1] Me parece especialmente interesante al análisis del canon de Fernando Loza en CECDC. Por este motivo me basaré fundamentalmente en él.

[2] C. 983: § 1. (CIC 17, c. 889 § 1: El sigilo sacramental es inviolable; guárdese, pues, muy bien el confesor de descubrir en lo más mínimo al pecador ni de palabra, ni por algún signo, ni de cualquier otro modo y por ninguna causa).

[3] OP 10-12-1973. 10.

[4] Idem.

[5] Dz. 323. S. León Magno, Carta “Magna indignatione” a todos los obispos de Campania, 2-3-459, 171. Dispongo que por todos los modos se destierre también aquella iniciativa contraria a la regla apostólica, y que poco ha, he sabido es práctica ilícita de algunos. Nos referimos a la penitencia que los fieles piden, que no se recite públicamente una lista con el género de los pecados de cada uno, como quiera que basta indicar las culpas de las conciencias a solos los sacerdotes por confesión secreta. Porque si bien parece plenitud laudable de fe la que por temor de Dios no teme la vergüenza ante los hombres; sin embargo, como no todos tienen pecados tales que quienes piden penitencia no teman publicarlos, ha de desterrarse costumbre tan reprobable, a fin de que muchos no sean alejados del beneficio de la confesión, porque o se avergüenzan o temen que sean revelados a sus enemigos unos hechos a partir de los cuales podrían ser perjudicados por las disposiciones de las leyes. Basta, en efecto, aquella confesión que se ofrece primero a Dios y luego al sacerdote, que es quien ora por los pecados de los penitentes. Porque si no se publica en los oídos del pueblo la conciencia del que se confiesa, entonces sí que podrán ser movidos muchos más a penitencia.

[6] Cf. Concilio IV de Letrán, 21, 361 en: Dz. 814: Mas evite de todo punto traicionar de alguna manera al pecador, de palabra, o por señas, o de otro modo cualquiera; pero si necesitare de más prudente consejo, pídalo cautamente sin expresión alguna de la persona. Porque el que osare revelar el pecado que le ha sido descubierto en el juicio de la penitencia, decretamos que ha de ser no sólo depuesto de u oficio sacerdotal, sino también relegado a un estrecho monasterio para hacer perpetua penitencia.

[7] Cf. Concilio de Trento, 5 en: Dz. 1683: Por lo demás, en cuanto al modo de confesarse secretamente con solo el sacerdote, si bien Cristo no vedó que pueda alguno confesar públicamente sus delitos en venganza de sus culpas y propia humillación, ora para ejemplo de los demás, ora para edificación de la iglesia ofendida; sin embargo, no está eso mandado por precepto divino ni sería bastante prudente que por ley humana alguna se mandara que los delitos mayormente los secretos, hayan de ser por pública confesión manifestados.

[8] Cf. Idem. Canon 6, 532. Si alguno dijere que la confesión sacramental o no fue instituida o no es necesaria para la salvación por derecho divino; o dijere que el modo de confesarse secretamente con sólo el sacerdote, que la Iglesia católica observó siempre desde el principio y sigue observando, es ajeno a la institución y mandato de Cristo, y una invención humana: sea anatema.

[9] E.F. Regatillo, Institutionis Iuris Canonici II, 1128: La obligación del sigilo sacramental es a) de derecho natural, para que no sea manchada la fama del penitente y casi un contrato con él en el inicio de la recepción del Sacramento, b) de derecho divino positivo, implícito en la divina institución y en el precepto de la confesión auricular, para que no se haga odiosa; c) de derecho eclesiástico y divino en la determinación y en la sanción.

[10] Cf. C. 1388, §1. El confesor que viola directamente el sigilo sacramental, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica.

[11] Tomás de Aquino, ST. Supl., q. 11, a. 3, ad 2.

[12] Ibid., q. 11, a. 4, ad resp.

[13] Cf. Lamberto de Echevarría, “16 de mayo: San Juan Nepomuceno” en: Año Cristiano II (1959 Madrid) 397-399.

[14] Es cierto que la configuración del actual c. 1388 ha excluido estos supuestos del derecho penal; pero para destruir la necesaria confianza que está en la raíz de la relación con el confesor, y en consecuencia del aprecio al sacramento, son tan perjudiciales el uso de la ciencia adquirida por el sacramento con perjuicio como el uso sin perjuicio del penitente. Lo que puede en un momento no significar perjuicio puede objetivamente considerarse como una frivolidad por parte del confesor por el mero hecho de estar comentando lo que con tanta intimidad viene expuesto y solo con un sentido sacramental, no de perjuicios o no perjuicios mundanos.

[15]Tomás de Aquino, ST. Supl. q. 11, a. 2, ad resp. Sigillum confessionis directe non se extendit nisi ad illa de quipus est sacramentales confessio. Sed indirecte id quod non cadit sub sacramentali confessione, etiam ad sigillum confessionis pertinet: sicut illa per quae posset peccator vel peccatum deprehendi.

[16] Cf. Royo Marín, Teología Moral 452-454.

[17] Ibid. 452.

[18] Cf. Ibidem. Royo Marín, Teología Moral, 454-455-

[19] de Ligorio, La práctica 240. Cierto es también que no se le prohíbe al confesor traer a cuento (generalmente hablando) algún pecado oído en confesión, cuando no existe ningún peligro de que por ahí se sepa el penitente, o cuando éste hubiera dado expresamente su permiso.

[20] Tomás de Aquino, ST. Supl. q. 11, a. 4, Resp. Respondeo dicendum quod duo sunt propter quae tenetur sacerdos peccatum occultare: primo, et principaliter, quia ipsa occultatio est de essentia sacramenti, inquantum scit illud ut Deus, cuius vicem gerit ad confessionem; alio modo propter scandalum vitandum. Potest autem confitens facere quod sacerdos illud quod sciebat ut Deus, sciat etiam ut homo: quod facit dum licentiat eum ad dicendum. Et ideo, si dicta, non frangit sigilum confessionis. Tamen debet vitare scandalum dicendo: ne fractor sigilli praedicti reputetutr.

[21] Cf. Royo Marín, Teología Moral 449-454.

[22] Ibid. 454.

[23] C. 984 § 1: Está terminantemente prohibido al confesor hacer uso, con perjuicio del penitente, de los conocimientos adquiridos en la confesión, aunque no haya peligro alguno de revelación. Fue impuesta en el Concilio Lateranense IV de 1215. Existe una Instrucción de la SCSO de 9 de junio de 1915 según la cual se prohíbe hablar de los casos sólo conocidos por confesión, aunque no haya peligro de quebrantar el sigilo; y la Sagrada Penitenciaria emitió el 1 de febrero de 1935 (AAS 27(1935) 962) unas normas acerca del modo como hay que dirigirse a ella para no violar el sigilo en los casos ocultos.

Anuncios

Un comentario sobre “Tesis Doctoral V: Secreto de Confesión

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s