Tesis Doctoral VI: Los conocimientos adquiridos y los Superiores

4.2.3.2. No hacer uso de los conocimientos adquiridos en la confesión (c. 984 §1)

No sólo se prohíbe delatar el pecado y al pecador sino también está absolutamente prohibido al confesor usar la ciencia habida por confesión, en gravamen del penitente, (y en nuestra opinión, aunque sea sin gravamen del penitente e incluso en el caso en que no haya peligro alguno de revelación[23]), pues el supuesto de revelación está ya sancionado en el c. 983.

La ratio legis es la tutela del mismo sacramento y de la libertad y plena confianza de los fieles: si se pudiera hacer uso, “con perjuicio del penitente”, de lo conocido por confesión, se haría odioso el sacramento y apartaría a los fieles de recibirlo.

El sujeto al que se impone la prohibición es el confesor. El objeto o materia prohibida es: hacer uso… de los conocimientos adquiridos en la confesión, es decir, no lo que es materia propia (directa o indirecta) del sigilo (c. 983), sino todo lo conocido ex confessione; aunque no se haya impartido la absolución.

Lo que se prohíbe al confesor es el uso externo (por acción o por omisión) en virtud de tales conocimientos. No se le prohíbe el uso estrictamente personal (ad intra) que pueda o deba hacer el ministro: por ejemplo, para orar por el penitente, tratarlo con especial benignidad, intensificar el estudio de la Teología moral y del Derecho Canónico para resolver el caso concreto, mejorar su propia vida espiritual, etc.

La cláusula “con perjuicio del penitente” es la específica y circunscribe la prohibición legal. Tal perjuicio sería todo aquello que -objetiva o subjetivamente- pudiera ocasionarle daño o molestia, material o espiritual; lo cual redundaría inevitablemente en daño del mismo sacramento y de los demás fieles.

Esta explícita cláusula tiene su origen en una proposición rechazada y prohibida por el Santo Oficio (18-11-1682), según la cual, sin violar el sigilo, sería lícito usar de los conocimientos adquiridos por la confesión -incluso con perjuicio del penitente- siempre que el daño que a éste se le seguiría fuese mayor que si no se utilizaran dichos conocimientos: “Dicha proposición, en cuanto admite el uso de dicha ciencia con el gravamen del penitente, debe ser totalmente prohibida, aun con la dicha explicación o limitación”[24].

El criterio general que subyace en la norma es que se debe guardar siempre la máxima reserva y suma prudencia sobre todo lo oído, conocido y deducido en y por la confesión; evitando todo comentario -incluso en predicaciones- sobre lo sucedido o conocido en este sacramento. En esta materia nunca será excesiva la prudencia; al contrario, siempre será lo más seguro y aconsejable: por respeto al sacramento y a los penitentes; y para evitar cualquier sombra o posibilidad de escándalo.

Así lo expresaba un ilustre moralista: “Confessarius ne loquatur de rebus confessionis nisi cum Deo, orando pro paenitentibus”[25].

Es interesante aclarar que el sacerdote puede hablar de lo que oyó en confesión cuando lo sabe también fuera de ella. Dice así Santo Tomás:

Sobre esto hay tres opiniones. Algunos dicen que lo que uno oyó en confesión no puede decirlo de ninguna manera, aunque lo sepa por otra vía, ya sea antes, ya después. Otros dicen que la confesión impide decir lo que se sabía con anterioridad a ella, pero no lo que se conoce después. Ambas opiniones por exagerar el sigilo de la confesión, perjudican a la verdad y a la justicia, cuya observancia es obligatoria. Porque el pecador podría ser más fácil en pecar si no temiese ser delatado por aquél con quien se confesó, aunque reiterase el pecado en su presencia. De modo semejante, la justicia quedaría muy perjudicada si después de haberlo oído en confesión no pudiera dar testimonio el confesor de aquello que vio con sus propios ojos fuera de la confesión. La tercera opinión afirma, con más fundamento, que aquello que el hombre sabe de otro modo, bien sea antes de la confesión, bien sea después, no está obligado a ocultarlo en lo que conoce como hombre[26].

 4.2.3.3. Prohibición de usar para el gobierno lo oído en confesión de sus súbditos (can. 984 §2)

El que está constituido en autoridad no puede usar en modo alguno en el gobierno externo el conocimiento de pecados, que haya adquirido por confesión en algún tiempo[27]. Debe existir una clara división del fuero externo y del fuero sacramental[28], de otro modo, aparte del abuso de utilizar para intereses humanos conocimientos que pertenecen exclusivamente al fuero de la conciencia (forum Dei), se hará necesariamente odioso el sacramento con el perjuicio gravísimo que de ello se seguirá.

Ya el Papa Clemente VIII en 1593 escribía: Tam Superiores pro tempore existentes quam confesarii, qui postea ad superioritatis gradum fuerint promoti, caveant diligentissime, ne ea notitia, quam de aliorum peccatis in confessione habuerunt, ad exteriores gubernationem utantur”.[29] También podemos leer en el Código de Derecho Canónico de 1917, en el c. 890 § 2: Ni los que son Superiores a la sazón, ni los confesores que después fueren nombrados Superiores, pueden en manera alguna hacer uso para el gobierno exterior, del conocimiento de los pecados que han adquirido en confesión[30] y, por supuesto, tengamos presente la legislación actual.

Como una aplicación del c. 984 § 2 se establece que ni el Maestro de Novicios o su socio, ni el Rector del Seminario o de otro Instituto de educación deben oír las confesiones de los alumnos que viven con ellos en la misma casa; a no ser que los alumnos se lo pidan espontáneamente en casos particulares[31]. Aún la excepción prevista ha de utilizarse con muchísima cautela; la desconfianza en el secreto absoluto sobre manifestaciones personales de conciencia será el desprestigio insoslayable del sacramento[32].

Adviértase, sin embargo, que no se incluye la cláusula con perjuicio del penitente; por consiguiente, la prohibición es absoluta e incondicionada: nunca se puede hacer uso, para el gobierno exterior, del conocimiento de los pecados adquirido por confesión, ni en perjuicio ni en beneficio de nadie.

Este canon favorece el cumplimiento del c. 984, protege la espontánea libertad y la plena sinceridad de estos penitentes concretos (novicios, seminaristas y alumnos residentes) y reafirma la absoluta separación entre el fuero externo y el fuero interno de conciencia.

El canon preceptúa que los sacerdotes señalados en el texto legal no oigan, de modo habitual y ordinario las confesiones de quienes conviven en la misma casa y están sujetos precisamente a la obediencia y disciplina de tales sacerdotes, que ejercen sobre dichos alumnos una autoridad de fuero externo.

Con esta prohibición, el legislador señala claramente un importante criterio normativo-pastoral. La prohibición no es absoluta. Los requisitos necesarios para que pueda llevarse a cabo son dos:

  1. Que la iniciativa parta siempre de los alumnos, quedando implícitamente prohibido aconsejarles o incitarles de cualquier modo a que se confiesen con tales sacerdotes.
  2. Que sea en casos particulares, lo que refuerza el sentido y fin de la norma, es decir, que tales confesiones no deben ser habituales ni ordinarias, sino algo excepcional.

Este canon es, en realidad, complemento del anterior, en orden a facilitar su estricto cumplimiento en dos supuestos delicados especialmente: el noviciado y el seminario.

Sin la seguridad por parte de los novicios y seminaristas en lo que se refiere al fuero interno de la conciencia, el Sacramento de la Penitencia no gozaría en estos casos de la misericordia y bondad que le son propias y sería mirado por ellos con miedo o, al menos, con cierto recelo; cosa que debe ser evitada por completo.

En el principio de su Encíclica “Dives in Misericordia”, San Juan Pablo II nos muestra la relación de la paternidad con la misericordia. El Sacramento de la Penitencia, también llamado Sacramento de la Misericordia, nos exige una imitación de la Paternidad divina en el trato con aquellos que se nos acercan a pedir perdón de sus pecados. Esta imitación, acompañada de la fe, debe llegar al punto de poder satisfacer el deseo de los fieles que, a nosotros, como Felipe a Jesús, nos suplican: Muéstranos al Padre y nos basta.

El pastor tiene que responder a los fieles con temor y temblor, pero también con mucha fe, la respuesta de Jesús a Felipe: El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?  Así pues, yo he de poder decir: quien me ve a mí, ve al Padre. La paternidad del presbítero ha de ser, en la cotidianidad de su estilo de vida, en sus palabras y en sus gestos, la revelación del amor del Padre celestial, que Jesús hizo accesible y quiso ofrecer por medio de sus discípulos a toda criatura.

Esforcémonos en ser auténticos ministros de la misericordia. Tal vez más que en otros, en la celebración de este Sacramento es importante que los fieles tengan una experiencia viva del rostro de Cristo Buen Pastor. El abrazo del Padre, la alegría del Buen Pastor, ha de encontrar un testimonio en cada uno de nosotros, queridos hermanos, en el momento en que se nos pide ser ministros del perdón para un penitente[33].

¿Quién podrá ser padre así? ¿Quién podrá darlo todo, realmente todo? Nos conforta la garantía y la promesa de Jesús: El Padre mismo os ama (Jn. 16,27) Si es Él el que nos ama, el que nos ama a todos, el que hace posible el de otro modo imposible amor, entonces todo ministro ordenado sabe que puede ser padre con el corazón de Dios, sabe que puede amar en Aquel que ama a todos, que no excluye a nadie[34].

El confesor que es realmente padre debe también ser comprensivo de las dificultades propias de cada alma, de la buena voluntad manifestada ya por la simple presencia en el confesionario, de los buenos deseos más o menos ocultos que hay que revelar al alma misma y hacer que surjan de lo mejor de su corazón. Debe también ser firme en cuanto a los principios; que no se trata, por otra parte, de explicarlos fatalmente, sino que deben guiar nuestra conducta y orientar nuestras decisiones; firmeza para estimular al alma, ayudarla a levantarse, a sacudirse, si es preciso, y a superarse. Por supuesto, debe ser también, bondadoso, que será la expresión de la caridad misma del buen Pastor con su oveja perdida o simplemente herida[35].

Es interesante considerar las palabras del Decreto Presbyterorum Ordinis: Los fieles cristianos, por su parte, deben ser conscientes de sus deberes para con sus presbíteros, amándolos con un amor filial como a pastores y a padres (PO 9). Si los fieles deben vernos como padres y pastores, es evidente que deberemos comportarnos como tales. Puede darnos luz para ello la parábola del Hijo Pródigo. Hemos de tomar en consideración cómo el padre salía en busca de su hijo perdido, cómo le estaba esperando cuando decidió volver, cómo le mató el ternero cebado, cómo se alegró e hizo fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado (Cf. Lc. 15, 11-32).

Sin embargo, la misericordia no debe enfrentarse para nada a la verdad y a la coherencia. En algunos casos el Sacramento de la Penitencia no es accesible a todos, bien porque sobre ellos haya una censura, para lo cual el penitente deberá acudir al tribunal pertinente según sea la pena, bien porque la situación, o estado de vida no le permite recibir los sacramentos.

Deben tenerse en cuenta por su coexistencia y mutua influencia dos principios importantes.

El primero es el principio de la compasión y de la misericordia, por el que la Iglesia, continuadora de la presencia y de la obra de Cristo en la historia, no queriendo la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, atenta a no romper la caña rajada y a no apagar la mecha que humea todavía, trata siempre de ofrecer, en la medida en que le es posible, el camino del retorno a Dios y de la reconciliación con Él. El otro es el principio de la verdad y de la coherencia, por el cual la Iglesia no acepta llamar bien al mal y mal al bien. Basándose en estos dos principios complementarios, la Iglesia desea invitar a sus hijos, que se encuentran en estas situaciones dolorosas, a acercarse a la misericordia divina por otros caminos, pero no por el de los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía, hasta que no hayan alcanzado las disposiciones requeridas.

Sobre esta materia, que aflige profundamente también nuestro corazón de pastores, he creído deber mío decir palabras claras en la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, por lo que se refiere al caso de divorciados casados de nuevo[36]o, en cualquier caso, al de cristianos que conviven irregularmente[37].

Con estas palabras el Papa San Juan Pablo II deja clara la importancia de la fidelidad a la verdad plena, lejos de una deseducativa compasión que no está acorde con la verdadera actitud de un padre en la labor de corregir y enseñar a sus hijos, porque el Señor corrige a los que ama como su padre al hijo preferido (Prov. 3,12).

Por último, el padre y pastor, debe serlo de forma individual. Es imposible la atención detallada, el ejercicio de médico y juez, el saber dar el remedio y consuelo apropiado, la saludable dirección espiritual temporal, en la extendida costumbre de, por motivos insuficientes y no contemplados en ningún momento por la ley canónica, dar la absolución general a varios penitentes a la vez.

La confesión individual e integra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión en cuyo caso, la reconciliación se puede tener también por otros medios.

 En el canon 960 el código expresa claramente la intención del legislador y la importancia de la confesión individual[38].

Dicha confesión es la ocasión que tiene Jesucristo Pastor de acercarse a cada alma en su original, irrepetible e insustituible dignidad[39]. San Juan Pablo II, en su primera Encíclica decía:

Por tanto, la Iglesia, conservando fielmente la praxis plurisecular del Sacramento de la Penitencia -esto es, la práctica de la confesión individual unida al acto de dolor y al propósito de enmienda y de satisfacción- defiende el derecho particular del alma humana; es decir, el derecho relativo al encuentro personalísimo de cada hombre con Cristo crucificado que perdona, que es igualmente el derecho de Cristo hacia todo hombre por Él[40].

San Juan Pablo II no ha dejado de insistir en este “vero e fondamentale diritto dei fideli”[41] y en el correspondiente deber de los pastores de garantizar su cumplimiento, explicando las diversas razones que los fundamentan.

El encuentro personal entre el confesor y el penitente es la forma ordinaria de la reconciliación sacramental, mientras que la modalidad de la absolución colectiva tiene un carácter excepcional. La pastoral misma debería tener en mayor consideración este aspecto para equilibrar sabiamente los momentos comunitarios en que se destaca la comunión eclesial, y aquellos en que se atiende a las exigencias de la persona individualmente. Por lo general, las personas esperan que se les reconozca y se les siga, y precisamente a través de esta cercanía sienten más fuerte el amor de Dios[42].

En esta perspectiva, el Sacramento de la Reconciliación se presenta como uno de los itinerarios privilegiados de esta pedagogía de la persona. En él, el Buen Pastor, mediante el rostro y la voz del sacerdote, se hace cercano a cada uno, para entablar con él un diálogo personal hecho de escucha, de consejo, de consuelo y de perdón. El amor de Dios es tal que, sin descuidar a los otros, sabe concentrarse en cada uno. Quien recibe la absolución sacramental ha de poder sentir el calor de esta solicitud personal. Tiene que experimentar la intensidad del abrazo paternal ofrecido al hijo pródigo: Se echó a su cuello y le besó efusivamente (Lc. 15,20)[43].

Sin embargo, el canon 961 dice:

No puede darse la absolución a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual y con carácter general a no ser que: 1º. Amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente; 2º. Haya una necesidad grave, es decir, cuando teniendo en cuenta el número de penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación[44].

La disciplina sobre las absoluciones colectivas tiene una historia relativamente reciente[45]. Los dos primeros Documentos están motivados por las dos guerras mundiales. Se trata de una Declaración de la Sagrada Penitenciaría Apostólica de 6 de febrero de 1915[46], en la que se daba licencia a los militares para recibir la absolución de forma colectiva, ante un peligro inminente, incluso autorizándoles para recibir después la Eucaristía, siempre y cuando acudieran a recibir la absolución cuando el peligro terminara; y de las facultades concedidas por Pío XII a través de la Sagrada Congregación Consistorial el 8 de diciembre de 1939[47], en la cual se pueden leer veintiuna disposiciones que facilitan la actividad de los capellanes militares ante la ya declarada segunda guerra mundial para la administración de los sacramentos. La disposición número trece se refiere también como la anterior declaración a la absolución de los militares de forma colectiva, ante un peligro inminente.

El 25 de marzo de 1944[48] la Sagrada Penitenciaría dicta una Instrucción en la que, además de cuando se dé peligro de muerte por guerra o por otras causas, se concede la facultad de absolver a varios a la vez, cuando se verifique otra grave y urgente necesidad, proporcionada al precepto divino de la integridad de la confesión.

El 16 de junio de 1972 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó las Normas Pastorales Sacramentum Paenitentiae. Estas normas fueron la respuesta a la petición de muchos obispos de que el Magisterio se pronunciara al respecto de la vigencia y actualidad de la doctrina del Concilio de Trento en torno a la confesión. Así lo hizo al decir se ha de mantener con firmeza y se ha de continuar poniendo fielmente en práctica la doctrina del Concilio de Trento[49], refiriéndose especialmente a la integridad de la confesión[50].

De todo lo dicho puede concluirse con unas palabras de la Nota explicativa al canon 961 de la PCITL del 8 de noviembre de 1996:

De la susodicha normativa se deduce que cuanto está prescrito en el c. 961 sobre la absolución general reviste el carácter de excepcionalidad y permanece sometida al dictamen del c. 18: “leges quae exceptionem a lege continent, strictae subsunt intepretationi”; por tanto, aquélla debe ser interpretada estrictamente[51].

Es evidente que en todos los casos que se prevén en el canon, y en todas las circunstancias para las que se permite y se ha permitido la absolución colectiva a partir de 1915, no se pueden incluir las celebraciones comunitarias de la Penitencia con absolución colectiva y sin confesión individual de los pecados que se han extendido, al menos por España, en los últimos años.

Es obligación de los párrocos evitar que se produzcan abusos:

Esfuércese el párroco para que la Santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad parroquial de fieles; trabaje para que los fieles cristianos se alimenten con la celebración piadosa de los sacramentos, de modo peculiar con la recepción frecuente de la santísima Eucaristía y de la penitencia; procure moverles a la oración, también en el seno de las familias, y a la participación consciente y activa en la sagrada liturgia, que bajo la autoridad del Obispo diocesano, debe moderar el párroco en su parroquia, con la obligación de vigilar para que no se introduzcan abusos (c. 528 §2).

El asiduo cuidado en la formación de los fieles, la invitación frecuente a la recepción del Sacramento del Perdón y, sobre todo, la fidelidad y el amor al ejercicio de la confesión propia y de los fieles, hará que, incluso en aquellos lugares donde se había introducido la costumbre de absolver colectivamente a los penitentes sin motivo ninguno, desaparezca por completo y se vuelva a la práctica de la confesión individual e íntegra de los pecados.

Para el buen ejercicio del Sacramento de la Penitencia, cabe destacar según las palabras de San Juan Pablo II, la importancia de la confesión propia. Es hermoso poder confesar nuestros pecados, y sentir como un bálsamo la palabra que nos inunda de misericordia y nos vuelve a poner en camino. Sólo quien ha sentido la ternura del abrazo del Padre, como lo describe el Evangelio en la parábola del hijo pródigo, puede transmitir a los demás el mismo calor, cuando de destinatario del perdón pasa a ser su ministro[52].

Recurramos asiduamente, queridos sacerdotes, a este Sacramento, para que el Señor purifique constantemente nuestro corazón, haciéndonos menos indignos de los misterios que celebramos. Llamados a representar el rostro del Buen Pastor, y a tener por tanto el corazón mismo de Cristo[53].

Artículos anteriores sobre la Tesis: Tesis Doctoral (IV): El Confesor como Padre y Pastor

[24] Dz. 2195. [Proposición:] Es lícito usar de la ciencia adquirida por la confesión, con tal de que se haga sin revelación directa ni indirecta y sin gravamen del penitente, a no ser que se siga del no uso otro mucho más grave, en cuya comparación pueda con razón despreciarse el primero, añadida luego la explicación o limitación de que ha de entenderse del uso de la ciencia adquirida por la confesión con gravamen del penitente excluida cualquier revelación y en el caso de que del no uso se siguiera un gravamen mucho mayor del mismo penitente. [Censura:] Dictam propositionem, quatenus admittit usum dictae scientiae cum gravamine paenitentis, omnino prohibendam esse, etiam cum dicta explicatione sive limitatione.

[25] D.M.Prümmer, Manuale Theologiae Moralis, III (Roma 1958) 321.

[26] Tomás de Aquino, ST. Supl. q. 11, a. 5.

[27] C. 984 § 2: Quien está constituido en autoridad no puede en modo alguno hacer uso, para el gobierno exterior, del conocimiento de pecados que haya adquirido por confesión en cualquier momento.

Cf. (CIC 17 c. 890 § 2).

[28] Cf. SCSO Instrucción el 961915; y también el Monitum de la Sagrada Penitenciaría de 12-2-1935, en: AAS 27 (1935) 62.

[29]Tanto los superiores durante el tiempo que permanecen en el cargo, como los confesores que después sean promovidos al rango de superiores, evitarán con extrema diligencia, usar, en el gobierno exterior, el conocimiento de los pecados de otros que hayan adquirido en la confesión.  Del “Decreto dirigido a todos los superiores de institutos religiosos” de 26-5-1593, c. 4, en: Dz. 1989.

[30] Es interesante la nota a pie de página que advierte: Debe tenerse presente la instrucción de la Sagrada Congregación del Santo Oficio de 9 de junio de 1915 por la cual se prohíbe hablar de casos conocidos solamente por la confesión, aunque no haya peligro de quebrantar el sigilo, L. Miguélez Domínguez, L. – S. Alonso Morán, – M. Cambreros de Anta, Código de Derecho Canónico (1945 Madrid) 391.

[31] Cf. c. 985: El maestro de novicios y su asistente y el rector del seminario o de otra institución educativa no deben oír confesiones sacramentales de sus alumnos residentes en la misma casa, a no ser que los alumnos lo pidan espontáneamente en casos particulares. (CIC 17, c. 891).

[32] Con esta norma hay que relacionar la de los cc. 239 § 2, 240, 246§ 4, 630 §§ 1, 2, 4.

[33] Cf. Juan Pablo II, Carta 2002, 6.

[34] Cf. Nguyen van Thuan, F.X., El gozo de la esperanza (2004 Madrid) 39-41.

[35] Cf. G. Courtois, El joven sacerdote (1956 Madrid) 57.

[36] La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. […] La reconciliación en el Sacramento de la Penitencia -que les abriría el camino al Sacramento Eucarístico- puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. FC. 84.

[37] Juan Pablo II, RP, 34.

[38] De la confesión íntegra excusa y puede excusar una imposibilidad física o moral. La imposibilidad física se da, por ejemplo, si no se conoce la lengua, o no hay tiempo material para realizarla. Una imposibilidad moral se da cuando existe un grave incómodo, que puede referirse a situaciones psíquicas, muy particularmente en situaciones de escrúpulos o trastornos de conducta, a revelación de personas o situaciones de intimidad familiar u otras. I. Pérez de Heredia, Sacramento de la Penitencia (1993 Castellón).

[39] J.T. Martín de Agar, La celebración del Sacramento de la Penitencia. Aspectos Canónicos (1991) 24.

[40] Juan Pablo II, Encíclica Redemptor Hominis 20, AAS 71 (1979) 257-324.

[41] Juan Pablo II, Discurso a la Penitenciaria Apostólica (31-3-1990).

[42] Cf. Juan Pablo II, Carta 2002, 9.

[43] Juan Pablo II, Ibid, 9.

[44] En el §2 se dice: Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las condiciones requeridas a tenor del §1.2, el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa necesidad. No faltan Conferencias episcopales en Europa que declaran que actualmente no se dan en su territorio situaciones estables de grave necesidad, como las de Francia, Alemania, Italia y España. Efectivamente, dada la facilidad de comunicaciones que existe hoy en Europa, es difícil imaginar una situación en la que los penitentes puedan verse privados por largo tiempo de la posibilidad de confesar sus pecados.

[45] Cf. T. Rincón-Pérez, “Los Derechos de los fieles y el Sacramento de la Penitencia” en: Ius Canonicum, XXXIX, 77, 199, 232-234.

[46] Penitenciaría Apostólica, Declaración An licet milites (6-2-1915) en: AAS 7 (1915) 72.

[47] Sagrada Congregación Consistorial, Facultatem Index facultatum en: AAS 31 (1939) 711.

[48] Sagrada Penitenciaría Apostólica, Instrucción Ut dubia en: AAS 36 (1944) 155.

[49] Congregación para la Doctrina de la Fe, Normas Sacramentum Paenitentiae: AAS 64 (1972) 510

[50] Cf. Rincón Pérez, Ibid. 237-239.

[51] Pontificia Comisión para la Interpretación de los Textos Legislativos, Nota explicativa sobre la absolución general sin previa confesión individual, 8-11-1996 en: Communicationes, 29 (1997) 177-181.

[52] Cf. Juan Pablo II, Carta 2001, 10.

[53] Ct, Ibid, 11.

 

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