Pregón de Semana Santa en Mota del Cuervo

     Saludos al párroco, autoridades, presidentes y juntas de cofradías, banda de música y toda Mota del Cuervo.

     El pregón de este año no va a ser un recorrido por las calles del pueblo, como pensé hacer en un primer momento, ni tampoco por las fechas del Triduo Pascual. Tampoco vamos a decir que empieza la Semana Santa porque si tú no quieres, no empieza. Es más, no empezará nunca.

     Dios es muy respetuoso y, si te has fijado, de su sangre que decíamos “derramada por todos los hombres”, ahora decimos “derramada por muchos”, ¿por qué? Para respetar la voluntad de los que no la quieren.

     Si tú quieres que Cristo muera por ti estos días, si quieres que resucite y te dé la seguridad de tu Resurrección, ponte a sus pies en el Calvario mismo, en la sierra de los Molinos, o junto al paso que procesiona, o en la misma Iglesia, o en tu casa, donde quieras, también junto a cualquiera que sufra y, en lugar de hablar, escucha lo que te dice: Madre, ahí tienes a tu Hijo. Hijo, ahí, en Manjavacas, tienes a tu Madre, para compartir con ella los quebrantos de todos los Viernes Santos de tu vida y de la humanidad.

    Por tanto, puedo deciros que hoy, solamente vamos a hablar con Jesús, desde la Cruz, o a la Cruz, como queráis decirlo. Y solamente con sus palabras, pero aplicadas para ti y para mí, para cada uno.

     Hace pocas semanas me llegaba al teléfono una foto de una Virgen decapitada, destrozada. Debajo ponía perdónalos porque no saben lo que hacen. Un sacerdote comentó “sí que lo saben”. Hoy, dos mil años después, es difícil de pensar que haya alguien que no tenga claro lo que ofende a Cristo. Aquellos sayones que habían vivido entre los gladiadores y pendientes de “pan y circo” puede ser que no entendieran o que no supieran lo que hacían con Cristo, pero tú y yo. Tantas veces advertidos, de palabra y con los acontecimientos de la vida. Con el ejemplo de tantas personas buenas, tú y yo puede que hagamos padecer a Cristo sin saber bien lo que hacemos, aunque solamente sea por nuestras indiferencias, por nuestros cambios y nuestra falta de constancia. Hoy amo a Cristo, mañana no le conozco. Ahora sí, luego no.

     Sin embargo, si consideramos la Misericordia de Dios, es entrañable saber que no tiene en cuenta lo que hacemos, que nos podemos aprovechar de la sangre de Cristo, solamente hace falta aceptar su Redención. Las obras de misericordia, también si vienen del Cielo, es necesario aceptarlas. Muchas veces nos cuesta más aceptarlas que hacerlas, recibir un favor que ofrecerlo. Intentemos recibir los bienes que nos dan, mucho más si vienen de lo alto, aún más si vienen desde la Cruz.

     Cuando ponemos algunas cosas, muchas cosas, todas las cosas delante de Dios, cuando elegimos cualquier obligación, por pequeña que sea, y aunque no corra prisa, para ponerla antes del “Santificarás las fiestas”, para darle a todo más importancia que a la Misa dominical, le estamos obligando a Dios a decir: perdónalos porque no saben lo que hacen.

     Y nuestra conciencia quizás nos repite: “Sí que lo sé, sí”. Aunque en la barra de un bar, en el campo o cuando me enfado se me escape un voto, una mala palabra contra mi querida Virgen, o utilizo cualquier expresión contra la Eucaristía, porque lo hacía mi tío, aunque nunca mis padres, o porque todo el mundo lo dice, o porque no lo he pensado, entonces, entonces sí que puedo decir que no sé lo que hago. Y también puedo decir, si aún me acuerdo de cómo se dice: Dios mío, perdóname. Te amo. Aunque no sepa vivirlo así siempre.

     Ni tampoco puede ser que sepamos lo que hacemos con los daños familiares, las críticas, las mentiras o las envidias. Ni al comer carne los viernes cuaresmales, o incluso el Viernes Santo. Me lo enseñó la abuela, es cierto, pero o no me acuerdo… o no me quiero acordar. Ni al retrasar la confesión como dijimos en la Parroquia, o llevar años sin comulgar, porque me da vergüenza, porque eso me haría cambiar cosas, porque busco excusas en los pecados de los curas, o en la falta de tiempo, como habría hecho en el Calvario, para, como los Apóstoles, salir corriendo. Perdónanos Señor, que no sabemos lo que hacemos.

     Jesús siguió hablando, había guardado silencio en casa de Herodes, con Caifás había hablado poco, en muchas ocasiones de nuestra política española, Jesús ya guarda silencio. ¿Le harían caso si hablara? Aún podríamos decir más, ¿le escucharían siquiera? Hemos callado la voz de Dios, pero Jesús sigue hablando. Nos da como la última oportunidad. No dice aquellas palabras al aire, no sólo se las dice a San Juan, hoy, aquí, cada día, en cada Misa, en cada Calvario, en cada Cruz te dice a ti, HIJO DE LA VIRGEN DE LA ANTIGUA DE MANJAVACAS. Te dice a ti hoy: Hijo, ahí tienes a tu Madre.

     ¡Qué duro y qué difícil es cuando alguien pierde un hijo! Y quizás más duro por lo inaceptable, cuando una madre ha perdido un hijo teniéndolo vivo. Situaciones tantas como colores, pero si no quieres que María sea tu Madre, le estás respondiendo a Dios en su patíbulo, le estás diciendo “no, gracias” a quién te da lo mejor que tiene en el último momento, le estás rechazando la mejor herencia, cuando sólo te pide una palabra: Correspondencia. Corresponder al amor de Dios es una tarea del día a día, no solamente de la Semana Santa. Pero corresponder al amor de Madre es un regalo, que no es bueno saber apreciar, ya cuando no tienes mamá.

     No esperes que sea tarde. Respóndele a Jesús en la Cruz. Respóndele a la Virgen cuando vayas a la ermita. Dile claro y fuerte de palabra y con tu vida, que hijo tiene para rato, y que podrá estar orgulloso de él, siempre y cuando, Ella eche una mano.

     Los relatos de Madres e Hijos son innumerables en la música, en la poesía, en el teatro y en el cine. Sin embargo, mejor que todos ellos es el relato tuyo, esas estampas de tu infancia a los pies de la cama, arrodillado con tu madre, o poniéndote el traje de Primera Comunión, o quizás también, despidiéndola en su lecho de muerte. Como sea, cada uno recordando a su madre, le pueda decir, en la tierra como en el Cielo, Madre: aquí tienes a tu hijo. Hoy le dices a la Dolorosa, a la patrona, o la mamá de cada día, que puede contar contigo y que sepa perdonar aquellas veces que no te ha tenido, tantos momentos que no estamos a la altura. Que las flores del Cementerio no tengan que repetir las veces que no le dijiste TE QUIERO. Que los Sacramentos, cuando llegue tu hora, no tenga que traértelos corriendo el párroco del “más vale tarde que nunca” sino que estemos en familia con las cosas de Jesús, con los Sacramentos de la Iglesia, con el corazón de la Madre que, si Simeón le prometió espadas, tú le pongas tus virtudes a sus plantas.

     Y ahora, una palabra que siempre tuvimos olvidada, que nos parece que no va con nosotros, que recuerda sus frases difíciles del Evangelio, “id malditos al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer, porque tuve sed y no me disteis de beber”. En tantos vecinos nuestros necesitados de compañía, en tantas personas que sufren a nuestro lado mientras la tele nos lamenta de los refugiados y niños en las guerras, sin que, ni unos ni otros, ni las teles, ni nosotros hagamos nada ni por aquellos, ni por estos. Que no sólo la caridad está lejana, sino muchas veces en tu propia casa.

     Hoy, en su nombre, en el vuestro, en el de cada miembro de tu familia, como cualquiera que pide eso que puede dar la mano derecha sin que se entere la izquierda: Tengo sed. Le había prometido a la samaritana un agua que le quitaría la sed para siempre, y ahora habían conseguido resecarle casi el alma. ¿Habéis pasado sed alguna vez? No lo tengo claro. Sed de esa que no se sabe cuándo vas a beber, sed al sol manchego, en el campo o siendo peregrino. Cristo sólo probó el brebaje, para no despreciar el detalle. No desprecies nunca a quién te ofrece algo. Da tanto gozo saberse querido y aceptar de quien te quiere. No es malo ni tampoco rebajarse, dar las gracias y recibir lo que te dan.

      También si viene de Cristo. Quizás os parece que no lo necesitáis, pero la peor sed, la de verdad, la que hace daño, es aquella que tienes cuando ya no te das cuenta, ni siquiera, de que no has bebido. Jesús, en realidad, hoy no necesita agua, ni tampoco vinagre. Necesita que tú te acerques. Si ya hace tiempo, te tocará hacer como el hijo pródigo, ¡cuántos amigos siguen cerca de Dios y están mejor que yo! ¡cuán distinto era yo cuando era monaguillo, cuando rezaba al ir a dormir, cuando le pedía a Dios trabajo, o simplemente que fuera bien la cosecha! Aún no es tarde, porque Él lo dice cada día. Ven, ven y tráete agua.

     Esta noche estarás conmigo en el Paraíso. Yo no he sido ladrón, quizás alguna vez Cristo mío, le he robado la fama a alguien, o he tenido envidia, o he perdido la paz, aunque no me la hayan robado, eso nunca. Pero quiero que me digas las mismas palabras que al ladrón. Me conformo que no me digas cosas bonitas en la subida al Calvario, comprendo que tenga que ser a veces Cirineo, que me tengan que obligar las necesidades de los míos, ya que no tengo el valor de Verónica para hacerlo de corazón. Y si en mis pequeños calvarios, me parece que no me hablas, no me disgusto, Señor, si me dices sólo una vez, lo que le dijiste al ladrón. Esta noche, Señor, o la que quieras, quiero estar contigo.

     Para eso debo confesarte, como él, ante quien te insulta, debo reconocer lo que hago mal, “Éste qué mal ha hecho, nosotros estamos pagando nuestra pena”, decía mientras lo defendía. No está fácil hoy día hacer justicia, ni siquiera decirla. Preferimos callar, mirar para otro lado, y el que venga detrás…

     Es cierto que alguna vez, quizás unos más que otros, o quizás también en unos momentos más que en otros, parece que Jesús se ha dormido en la barca, habiendo tormenta. El salmo que rezó en la Cruz podemos rezarlo tantas veces, pero recémoslo con Él: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos mi oración no te alcanza. Dios mío, de día te grito y no respondes; de noche, y no me haces caso. ¿Alguna vez has rezado así? Alguna vez parece que Dios no se acuerda de ti, aunque sepas que los lirios se visten elegantes y que los pájaros cantan porque saben que tienen siempre alimento. Tú que estás en paro, que sufres por tus hijos, que son libres, pero que quizás no eligen lo que tú les enseñaste, tú que estás enfermo y no has podido venir hoy, o no podrás casi ni rezar el Viernes Santo, tú que pasas la Semana Santa o la santa semana cocinando, sin oír ni un gracias, ni un te ayudo, ni siquiera un siéntate, porque no ven que se te caen los brazos, tú que estás solo, no sufras… no desmayes sin esperanza porque Dios es infinito, y pronto su favor te alcanza. Ya lo verás, pero no esperes a verlo a que te haga ver que te ha escuchado.

     En esta noche, en cada noche de éste triduo de Pascua, en cada momento de tu vida, vive de la manera que haga posible, que nunca oigas de sus divinos labios que tú, tú también le has abandonado. Que no te pase como Judas que no esperaba su perdón, ni como Santiago que corrió a esconderse, ni como San Pedro, que se hizo el desconocido, pero le salió mal, porque precisamente ese día, tocaba dar la cara. Hay situaciones en la vida que son oportunidades, ocasiones de alabar a Cristo, de decir que eres su amigo, de no dejarle solo. San Pedro perdió esa, quizás has perdido tú alguna, como yo. Pero pídele a Dios hoy que la de ayer, o la de hoy, o la de cuando fuera, haya sido la última, que no haya más. Esa es la oración que hoy quiero que alcance al Cielo.

     ¿Sabéis cuándo diremos Todo está cumplido? El día de la Resurrección, pero no éste dieciséis de abril, sino el día de la nuestra, la del Juicio Final, la que nos dará la entrada definitiva en cuerpo y alma en el Paraíso. ¿Qué no piensas ir? Porque yo sí, ¿Qué no te lo crees? Pues pide la Fe. Porque tú también formas parte del plan de Dios. De la misma manera que un paso se lleva entre todos, la Pasión de Cristo fue para todos, pero Él, Él es respetuoso. Con San Agustín te digo “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Necesita que le digas que quieres seguir sus planes, que quieres hacer su voluntad, aquí en la tierra como en el Cielo, porque para eso hemos sido creados.

     Yo le pido hoy a Dios, y a su Bendita Madre de Manjavacas, poder decirle y que todos le digáis con voz clara y serena, en el momento de la muerte, aunque algunos digan que prefieren no enterarse, yo le pido para todos que podamos decirle como Jesús, sabiendo lo que decimos, después de pedirle perdón y que le amamos con toda el alma: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. No quedará hacer nada más. Entrar, preguntar por ella, por tu madre, por la mía y por la de todos. Darle un abrazo fuerte, sin prisa, que tenemos tiempo, dándole gracias por haber nacido en un pueblo que la tiene por Patrona. Y si llegas antes que yo, pídele por mí, que no se me olvide el compromiso de hoy, de esta Semana Santa, de toda la vida, de reunirme con Ella un día, con Jesús, José y María.

     Quisiera terminar con unas palabras a cada uno, no tendré tiempo de saludaros a todos y pediros una oración por mí, por todos los sacerdotes, porque seamos de verdad imagen de Cristo, pero sí te puedo decir desde aquí, como si estuviéramos solos, tú y yo, mujer moteña, amigo que escuchas, músico, sacerdote, casado o soltera, niño o joven, déjame que te diga, como decía mi madre, con el corazón en la mano:

No hay santo sin pasado

ni pecador sin futuro.

Costalero de la Mota,

si tu vida te ha cansado

tenlo siempre por seguro

lo de antes poco importa.

Cuando ante tu ventana

veas pasar a los santos,

y también si vas debajo,

no lo dudes más, da el paso:

pide perdón como tantos

quizás pecas a destajo.

No está bien vivir la Fe

sin esperanza ni paz

o sólo una vez al año.

Tú amas a Dios, yo lo sé,

pero crees que no eres capaz

de poner al mal apaño.

Cuando Jesús Nazareno

o el Cristo del Perdón

y la Virgen de la Soledad

te dejen escuchar sereno

piensa en la Resurrección

sin olvidar a la Piedad:

“Sufre, pues por ti sufrí

y en cuanto adverso te viene

sabe que así te conviene

pues todo viene de mí.

La bondad me puso aquí,

la ingratitud me clavó,

y pues todo es por tu bien

bebe una gota por quién,

un cáliz por ti bebió”.

Hoy la Virgen de la Aurora

y San Juan Evangelista

te dicen, hija de Mota:

“Confía en Nuestra Señora”.

Porque en toda Semana Santa,

también al pie de la Cruz,

por su sangre gota a gota,

te llegará siempre la luz

DE LA VIRGEN DE MANJAVACAS.

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