Tesis Doctoral VII. Fin del capítulo primero. Juez y médico

4.2.1.2.  Hacer las veces de juez y de médico

  1. a) Como juez, ser ministro de la misericordia divina y procurar el honor de Dios. 

Cuando celebra el sacramento de la Penitencia, el sacerdote ejerce el ministerio del Buen Pastor que busca la oveja perdida, el del Buen Samaritano que cura las heridas, del Padre que espera al Hijo pródigo y lo acoge a su vuelta, del justo Juez que no hace acepción de personas y cuyo juicio es a la vez justo y misericordioso. En una palabra, el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso con el pecador[1].

El oficio de juez debe ejercerlo porque la absolución es una sentencia: “Ad sententiam iudicialem, qualis est absolutio, requiritur potestas iudicis, cognitio causae, pronuntiatio iuxta merita et demerita”[2]. Por eso necesita la potestad y el conocimiento. Sin embargo, se insiste en que no puede faltar la visión curativa o las palabras que no solamente den la absolución al fiel que viene arrepentido, sino también la esperanza de solución.

Más concretamente a lo dicho anteriormente del Catecismo, el canon 978 nos dice que el sacerdote al oír confesiones desempeña juntamente “el oficio de juez y médico”: y ha sido constituido por Dios ministro de la justicia divina y al mismo tiempo de su misericordia, para que procure el honor divino y la salvación de las almas[3]. No es confesor para condenar, sino para perdonar y para sanar. Así pues, ha de juzgar, pero ha de curar, ha de reprimir, pero siempre para salvar.

La experiencia del pasado y de nuestros tiempos demuestra que la justicia por sí sola no es suficiente y que, más aún, puede conducir a la negación y al aniquilamiento de sí misma, si no se le permite a esa forma más profunda que es el amor plasmar la vida humana en sus diversas dimensiones. Ha sido ni más ni menos la experiencia histórica la que entre otras cosas ha llevado a formular esta aserción: “summum ius, summa iniuria” (DM. 12).

Por esta razón cabe resaltar junto al juzgar, el papel de la misericordia en el Sacramento de la Penitencia.

Todo sacerdote -y también todo cristiano- sabe que la confesión es, en primer lugar, el Tribunal de la Penitencia, pero con trámites muy simplificados: el reo, el pecador, es a la vez un fiscal que se acusa a sí mismo; el sacerdote oye, juzga e impone una penitencia, un castigo, por los delitos cometidos. Pero el tribunal de la Penitencia es muchísimo más que todo eso, pues -a diferencia de los tribunales de los hombres- no es sólo un instrumento de justicia, sino sobre todo y ante todo un instrumento de misericordia; no está hecho para salvaguardar la sociedad y protegerla, sino para salvar al hombre pecador, y en lugar de condenar al reo reduciéndolo a prisión para que pague su deuda con la sociedad, le absuelve, dándole la libertad al romper los lazos con los que el pecado le tenía prisionero.

Así como el juez ha de oír primero las razones de las partes y luego examinar las pruebas y, finalmente, sentenciar, así también el confesor debe principiar por conocer el estado de conciencia del penitente, descubrir después sus disposiciones y, por último, dar o negar la absolución.

Para aplicar las palabras del código es evidente que debe cuidarse el confesor de no manifestar ni impaciencia, ni cansancio, ni extrañeza por los pecados que le cuenta. Toda la actitud del confesor debe estar impregnada de rectitud, de comprensión, de solicitud, de compasión, pues es pastor, el buen pastor. No debe escandalizarse por nada como tampoco se escandalizó Cristo en el trato con la Samaritana, o con el buen ladrón, y así dijo Él mismo: “No he venido a buscar a los justos sino a los pecadores” (Mt. 9,13).

Así puede leerse en el Vademécum para los confesores:

El ministro de la Reconciliación tenga siempre presente que el sacramento ha sido instituido para hombres y mujeres que son pecadores. Acoja, por tanto, a los penitentes que se acercan al confesionario presuponiendo, salvo que exista prueba en contrario, la buena voluntad que nace de un corazón arrepentido y humillado (Sal. 50,19), aunque en grados distintos de reconciliarse con el Dios misericordioso[4].

El sacerdote, pues, necesita también tener paciencia. Saber escuchar no es sólo un arte, sino también una muestra de delicada caridad. Hay que dejar que los penitentes arrojen todo aquello que les pesa en su corazón. Dejar que la gente hable a su manera, que lo haga como pueda; no hay que impacientarse nunca, ni cortar con sequedad. Es importante saber que en el Sacramento de la Penitencia las almas vienen a buscar a Cristo.

Es cierto que la obligación de hacer examen de conciencia le incumbe al penitente. Sin embargo, es indudable que el confesor, al dar con un pecador que no se ha examinado suficientemente, esté en el deber de preguntarle[5], primero, acerca de los pecados que haya cometido, y luego sobre la especie y el número de los mismos. Obran mal los confesores que despiden a los penitentes torpes con el encargo de que ellos mismos examinen más diligentemente su conciencia. Por mucho que ellos se esfuercen nunca harán un examen como se lo haría el confesor. Por otra parte, despidiéndolos así, existe el peligro de que, asustados ante la dificultad de examinarse ellos mismos, se retraigan de la confesión y permanezcan en sus pecados. Por tanto, debe el confesor por sí mismo examinar a estos penitentes preguntándoles por los Mandamientos[6].

Aún sería peor enviar de nuevo a examinarse a alguno de estos rudos penitentes que hubiese callado pecados por vergüenza, aun cuando hubiese que rehacer las confesiones de muchos años atrás, pues es mayor entonces el peligro de que no torne ya y se pierda. Pero tenga cuidado el confesor de no ser con esta clase de penitentes excesivamente minucioso en las preguntas. Hágaselas tan solo acerca de los pecados más usuales dentro de su condición y sus alcances. Más aún, puede el confesor prescindir de toda pregunta cuando el penitente, rudo y todo, demuestra suficiente instrucción y diligencia en confesar los pecados y circunstancias, atendidas su condición y capacidad[7].

Algunos prefieren examinar los pecados uno a uno conforme se los van manifestando, para no hacer repetir al penitente alguna cosa, en caso de que se hubiera olvidado el confesor. Sin embargo, hay peligro de que al ir interrumpiéndole el penitente se olvide de algo que hubiese querido decir, por lo que esta práctica no nos parece adecuada.

No va acertado tampoco el confesor que para formarse un juicio acerca de la cualidad del pecado, si es grave o leve, pregunta a esta gente ignorante si ellos lo tenían por mortal o solamente por venial; pues estos tales suelen responder sin analizar lo que se les ha preguntado.

Cuando de un pecador habituado no puede saberse con certeza el número de sus pecados, comience el confesor por enterarse del estado en que se encuentra, esto es, de su género de vida, de las ocupaciones a las que vive entregado… Sin embargo, no se aventure el confesor a emitir en esto un juicio exacto. Basta que se haga una idea general del número de pecados y forme un juicio en confuso, teniéndolos por tantos cuantos son delante de Dios. No se inquiete el confesor si, después de dos o tres preguntas, no ha sacado, a su parecer, sino una idea muy imprecisa, pues pretender más claridad, tratándose de conciencias embrolladas y confusas, es moralmente imposible.

Excitar al penitente al dolor es el oficio más importante del juez en el confesonario, ya que, sin él, no tendría sentido la confesión y sería difícil hablar de arrepentimiento. Es algo que hay que hacer con frecuencia, debido a que los penitentes suelen estar poco preparados y no muy bien dispuestos. Pueden bastar para ello algunas razones breves pero encendidas, sobre la vida infeliz del pecador, sobre el peso de la culpa, sobre el remordimiento de la misma, sobre la facilidad de la enmienda, sobre los bienes y la tranquilidad de espíritu que proporciona el arrepentimiento, sobre el Paraíso que es el premio que corresponde al alma en gracia, sobre la bondad de Dios Padre a quien se ha ofendido.

Unido al dolor debe ir un buen propósito de enmienda, para lo cual es también importante la invitación del confesor y, sobre todo, la oración del penitente conocedor de su debilidad, que implora la ayuda de la gracia de Cristo a través del Sacramento.

Quisiera añadir aquí las palabras del Papa San Juan Pablo II en su Exhortación Apostólica post-sinodal Reconciliatio et Paenitentia:

El Sacramento de la Penitencia es, según la concepción tradicional antigua, una especie de acto judicial; pero dicho acto se desarrolla ante un tribunal de misericordia, más que de estrecha y rigurosa justicia, de modo que no es comparable, sino por analogía a los tribunales humanos[8].

  1. b) Como médico, ser administrador de la divina misericordia y procurar la salvación de las almas (c. 978 1).

El administrador de la divina misericordia debe ser, como su nombre indica, misericordioso, recibiendo a todos con caridad, procurando encontrar el remedio oportuno para cada penitente.

Sacerdos autem sit discretus et cautus, ut more perici medici superinfundat vinum et oleum vulneribus sauciati, diligenter inquirens et peccatoris circumstantias et peccati, quipus prudenter intelligat, quale debeat ei praebere consilium et cuiusmodi remedium adhibere, diversi experimentis utendo ad sanadum aegrotum[9].

Pero reflexionando sobre la función de este Sacramento, la conciencia de la Iglesia descubre en él, además del carácter de juicio en el sentido indicado, un carácter terapéutico o medicinal. Y esto se relaciona con el hecho de que es frecuente en el Evangelio la presentación de Cristo como médico[10], mientras su obra redentora es llamada a menudo, desde la antigüedad cristiana, “medicina salutis”. Es gracias a la medicina de la confesión que la experiencia del pecado no degenera en desesperación. El Rito de la Penitencia alude a este aspecto medicinal del Sacramento, al que el hombre contemporáneo es quizás más sensible, viendo en el pecado, ciertamente, lo que comporta de error, pero todavía más lo que demuestra en orden a la debilidad y enfermedad humana:

La Pasión de nuestro Señor Jesucristo, la intercesión de la Bienaventurada Virgen María y de todos los santos, el bien que hagas y el mal que puedas sufrir, te sirvan como remedios de tus pecados, aumento de gracia y premio de vida eterna[11].

El confesor, como médico, debe aplicar el remedio a la enfermedad espiritual que el pecado produce en el alma. Existe una debilidad espiritual que no desaparece ni aun cuando el pecado haya sido borrado. El oficio del médico es tan delicado como importante; de su manera de proceder depende la corrección, el mejoramiento y la perseverancia del penitente.

Debe hacerse el diagnóstico espiritual del penitente y conocer las causas y raíces más importantes del pecado. Una vez conocidas, debe aplicar el remedio, buscando por cuanto es posible, los más eficaces para remediar el mal que desea curar.

El confesor tiene la obligación de advertir a los penitentes sobre las transgresiones de la ley de Dios graves en sí mismas, y procurar que deseen la absolución y el perdón del Señor con el propósito de replantear y corregir su conducta[12].

Cada alma es un pequeño mundo y todo pecado una enfermedad espiritual. Si es grande la diversidad de los individuos, bajo el aspecto corporal, de manera que es dificilísimo encontrar fisonomías idénticas, más variado es el mundo psíquico. Si las enfermedades de orden físico son innumerables, de manera que se ha dicho que no existen enfermedades sino enfermos, así también en el campo espiritual existe una gama infinitamente varia de situaciones. Querer aplicar a todos los individuos los mismos remedios sería lo mismo que querer curar todas las enfermedades usando siempre la misma medicina.

Sin embargo, es doctrina común de maestros y doctores que son buenos remedios para combatir el pecado la oración frecuente, humilde y confiada, la frecuencia de Sacramentos, la huida de las ocasiones, sin la cual, todo lo demás será casi del todo ineficaz, la lectura de libros piadosos, la renovación frecuente del propósito de no volver a pecar, la meditación de los novísimos y de la Pasión del Señor.

Hecha la oportuna corrección o amonestación, es preciso que el confesor atienda a disponer al penitente con actos de verdadero dolor y propósito para recibir la absolución, teniendo en cuenta que son raros los penitentes que llevan hecho el acto de dolor.

En la amonestación[13] o aviso a los penitentes de la licitud e ilicitud de ciertas acciones que practican, hay que proceder con gran prudencia y cautela, porque no siempre es conveniente declararles toda la verdad. Y así, se debe avisar a los penitentes que por conciencia errónea piensan que es pecado lo que no lo es, o mortal lo que sólo es venial.  Royo Marín nos dice al respecto que:

En la duda sobre si el aviso habrá de ser provechoso o perjudicial, es mejor omitirlo, si no se espera de él mucha mayor utilidad, ya que los pecados formales hay que evitarlos con preferencia a los materiales, y siempre queda el recurso de avisar en tiempo más oportuno[14].

Esta ignorancia es muy nociva al penitente y se le hace un gran bien sacándole de ella. También se debe advertir a quien ignora, aunque sea inculpablemente, los primeros principios morales o las conclusiones próximas (v. gr., la materia propia del decálogo). La razón es porque esta ignorancia o no es invencible, o dejará de serlo muy pronto, y cabe el peligro de que, si se omite la admonición, el penitente se afirme más y más en el pecado por la mala costumbre, y sea después mucho más difícil la enmienda. De igual modo ocurre con aquellos que tengan ignorancia inculpable, pero de la cual puede originarse daño notable al bien común y con los que dudan y preguntan.

En cambio, no se debe, de ordinario, avisar a los penitentes que se hallen en ignorancia invencible, si del aviso no se espera ningún fruto (v.gr., si dada su mentalidad, se prevé con certeza que no harán caso alguno), a no ser que la omisión del aviso origine mayor mal que el aviso mismo (v. gr., si la ignorancia ha de causar mayor daño o escándalo público) o que la ley la prescriba positivamente. Tampoco se debe avisar en el caso de que se hallen en ignorancia invencible, aunque pueda esperarse fruto del aviso, si se prevé daño grave de un tercero a consecuencia del mismo. La razón es porque, así como no urge la obligación con grave daño propio, tampoco con grave daño ajeno, con tal que la cosa misma pueda hacerse sin pecado formal por la ignorancia invencible[15].

Tribunal de misericordia o lugar de curación espiritual; bajo ambos aspectos el sacramento exige un conocimiento de lo íntimo del pecador para poder juzgarlo y absolverlo, para asistirlo y curarlo. Y precisamente por esto el sacramento implica, por parte del penitente, la acusación sincera y completa de los pecados, que tiene por tanto una razón de ser inspirada no sólo por objetivos ascéticos (como el ejercicio de la humildad y de la mortificación), sino inherente a la naturaleza misma del Sacramento”[16]. El Concilio de Trento[17] ya lo dejó claro, como queda claro hoy, si pensamos en un médico que receta a todos sus enfermos cualquier analgésico sin escuchar ni el lugar ni la intensidad ni tampoco el tiempo de sus dolores. La doctrina del Concilio es clara y concreta, por el bien que se sigue en los penitentes al declarar sus pecados, así como por la necesidad de saber lo que se está perdonando. Es corriente actualmente despreciar esta práctica con el apelativo de “tridentina”, incluso por miembros del clero. Téngase en cuenta que puede ocurrir que aquél que la desprecia para los demás es porque no la practica para sí, o también, porque ha dejado de ver sus efectos en los fieles del directo efecto de no sentarse en el confesonario.

[1] Cat. I.C, 1465.

[2] E. Regatillo y M. Zalba, Theologiae Moralis Summa III. De Sacramentis, 366.

[3] C. 978 § 1: Al oír confesiones, tenga presente el sacerdote que hace las veces de juez y de médico, y que ha sido constituido por Dios ministro de justicia y a la vez de misericordia divina, para que provea al honor de Dios y a la salud de las almas (CIC 17, c. 888).

[4] Cf. Pontificio Consejo para la Familia, Vademecum para los confesores sobre algunos temas de moral conyugal (12-2-1997) 3, 2.

[5] Cf., OP. III, 18: El sacerdote, si es necesario, le ayudará a hacer una confesión íntegra.

[6] Así encontramos las palabras de San José Cafasso al respecto: Cuando uno hace lo que puede y sabe, el Señor no pretende más de él. Además, aunque faltase el examen del penitente, hay que contar siempre con el trabajo del piadoso e inspirado confesor que suplirá eventualmente lo que el penitente no ha hecho o ha hecho deficientemente. A. Graciolli, Modelo de Confesores San José Cafasso (Madrid 1957) 68.

[7] Los detalles sobre el trato personal se han recogido y pueden ampliarse en: DE LIGORIO; La práctica. 57-64.

[8] Juan Pablo II, RP. 31,2.

[9] El sacerdote, por su parte, sea discreto y cauto y, como entendido, sobrederrame vino y aceite en las heridas, inquiriendo diligentemente las circunstancias del pecador y del pecado, por las que pueda prudentemente entender qué consejo haya de darle y qué remedio, usando de diversas experiencias para salvar al enfermo. Concilio IV de Letrán, 21 en: Dz. 813

[10] Cf. Lc. 5,31 No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos. Con la conclusión No he venido a llamar a los justos sino a los pecadores.

[11] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Ritual de la Penitencia 25-1-1975, 104.

[12] Pontificio Consejo para la Familia, VC, 3, 5.

[13] Cf. A. Royo Marín, Teología Moral para Seglares II (1994 Madrid) 440.

[14] Idem. 441.

[15] Idem.

[16] Juan Pablo II, RP, Ibid.

[17] Concilio de Trento, Doctrina sobre el Sacramento de la Penitencia (25-11-1551) C. 7. Si quis dixerit, in sacramento paenitentiae ad remissionem peccatorum necessarium non ese iure divino confiteri omnia et singula peccata mortalia, quorum memoria cum debita et diligenti praemeditatione habeatur, etiam occulta, et quae sin contra duo ultima decalogi praecepta, et circumstantias, quae peccati speciem mutant […] anatema sit.

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