Las Siete Palabras (II)

Las Siete Palabras (I)

       La primera palabra de Jesús fue de perdón, la segunda de salvación, la tercera de consuelo a su Madre. Hasta ahora el Redentor no ha pensado en sí mismo. Pero ahora que se ha despojado de todo: su perdón, el Paraíso, su Madre… es el momento de sentir el abandono absoluto, el mayor desamparo. Su cuerpo está destrozado, los dolores lo atenazan. Jesús quiere llamar la atención sobre otro dolor mucho más intenso, profundo y cruel, el dolor de su alma. Es más, junto a él se achican sus padecimientos corporales.

            La tierra se ha cubierto de tinieblas. Es la hora del adversario, el momento de la lucha suprema entre el Hijo de Dios y el príncipe de este mundo (el mal y el tentador). El grito es desgarrador. ¿Por qué me has abandonado? Es el grito que se escapa de aquel pecho humano que se retuerce en la Cruz, sintiendo todo el peso de la iniquidad que tuvo su comienzo en la rebeldía del ángel más encumbrado y que se extiende del pecado del primer hombre hasta continuar en la serie interminable de pecados personales. Y Jesús hombre, parece que va a quebrarse bajo ese peso, la queja sale de la boca de la víctima, con voz fuerte y vibrante. Todos han de ver que quien sufre en la Cruz es hombre verdadero que sale de las miserias humanas y experimenta con fuerza sin par los zarpazos del sufrimiento moral y físico. ¿Por qué me has abandonado? Son las palabras con que comienza el Salmo 21, se trata de un salmo profético que habla de los padecimientos del Mesías.

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza

Dios mío, de día te grito y no me respondes; de noche y no me haces caso.

Porque tú eres el Santo y habitas entres las alabanzas de Israel

Pero yo soy un gusano, no un hombre,

vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;

al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza:

“Acudió al Señor, que lo ponga a salvo, que lo libre, si tanto lo quiere”.

Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores,

me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos.

Ellos, me miran triunfantes. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

            Dios permitió que su divino Hijo experimentara el desamparo, reprimió en aquellos momentos la corriente de su gloria, ¿por qué? Para amparo de los hombres, la serpiente de bronce colocada por Moisés en el desierto, figura de Cruz, podía salvar a los israelitas de la mordedura mortal pero no les daba la Redención. Pero en la Cruz la víctima no había de tener la insensibilidad del metal sino un corazón cálido palpitante, un corazón desamparado al que pudieran ampararse después los corazones heridos.

            ¿Por qué me has abandonado? Comienza el Salmo 21 con palabras de queja y desacierto que concluyen en un cántico de grandeza y glorias del Reino mesiánico.

Los desvalidos comerán hasta saciarse, alabarán al Señor los que lo buscan

¡Viva su corazón por siempre!

 Lo recordarán y volverán al Señor hasta de los confines del orbe;

en su presencia se postrarán las familias de los pueblos

porque del Señor es el Reino, Él gobierna a los pueblos

contarán su justicia al pueblo que ha de nacer: “Todo lo que hizo el Señor”.

            En boca del crucificado vislumbran ya un anuncio esperanzado de júbilo, ya que en los padecimientos experimenta el premio que merecen. Es la hora de las tinieblas, ¡Sí! Pero se inicia el canto de la victoria. Palabras nuevas porque ¿quién iba a pensar? Viendo la prepotencia del mal, que el bien triunfaría, la debilidad sobre la fuerza que, en el desamparo del hombre, Dios tendería al hombre su mayor amparo.

            Quinta palabra: ¡Tengo sed!

            Nos dicen los médicos que la sed es sintomática de las hemorragias, acompaña las grandes pérdidas de sangre: la deshidratación de los tejidos, la sequedad de las mucosas, sobre todo la boca… reclaman a voz en grito el agua. La sed es un tormento más de los crucificados y no el menos cruel, dicen algunos estudiosos que incluso aceleraba la muerte la falta de líquido.

            También éste tormento del cuerpo lo experimentó el divino crucificado. Y a ésta sed física, vino a juntarse otra: ¡con sed de hacernos el bien, murió Cristo! Con sed amorosa se encarnó y entró en este mundo, con sed anduvo toda la vida terrena recorriendo infatigable las aldeas de Galilea y Judea predicando el reino, sed de salvarte.

            ¡La sed de Cristo! ¡La sed del Hijo de Dios! ¡Sed que le movió a bajar a la tierra en forma de siervo de Yaveh! en una vida dura coronada con la Cruz. Cristo tiene sed de almas, de todas las almas. Tiene sed mientras haya un alma que corra peligro. Una sed más insaciable que la sed que provoca su pérdida de sangre; sed de salvar a cuantos fueron creados para la inmortalidad, sed de santos y pecadores. Sed de dar cumplimiento hasta la última de las profecías. Y muere con sed para que entendamos que en este mundo no hay nada que apague nuestros deseos… que sólo Dios llena nuestros vacíos. Y el que a Dios tiene no tendrá más sed.

            La quinta palabra sigue resonando en la vida cristiana y vuelve a manera de estribillo en la vida de los justos y santos. Santa Teresita nos dice: Un domingo, al cerrar mi devocionario, después de la Misa quedó fuera de las páginas una estampa que representaba a Nuestro Señor en la Cruz: de modo que sólo dejaba ver una de sus manos divinas perforadas y ensangrentadas. A su vista experimenté un sentimiento nuevo e inefable. Derritiose de dolor mi corazón al contemplar aquella y preciosa sangre que caía en tierra sin que nadie se apresurase a cogerla, resolví permanecer siempre en espíritu al pie de la Cruz para recibir el rocío divino de salvación y esparcirlo después en las almas. Desde aquél día el grito de Jesús moribundo: tengo sed, resonaba cada instante en mi corazón y lo encendía en un amor vivísimo, desconocido para mí hasta entonces. Anhelaba dar de beber a mi amado, sentíame devorada por la sed de las almas y quería a todo trance arrancar de las llamas eternas a los pecadores.

            Repara hermano en que la sed de Cristo nace de lo mucho que ha corrido por buscarte, mira el sudor, el cansancio y el trabajo que le cuestas… dale pues de beber, que Cristo corre con sed por llegar a coger tu alma antes que el demonio.

            Sexta palabra: ¡Todo está cumplido!

            Todo está cumplido hasta la última tilde, toda la Escritura. Todas las profecías: nació en Belén, como anunció Miqueas, de una madre Virgen, como dijo Isaías, vino al mundo a las setenta semanas de años -dijo Daniel- curó enfermos, devolvió la vista a los ciegos, resucitó muertos, liberó cautivos del pecado, como esperaba el pueblo judío instruido por los profetas, le cercó una jauría de mastines…

            Todas y cada una de las profecías está cumplida. ¡Todo está consumado! Bastaba una gota de sangre, un solo suspiro, una sola lágrima suya para redimirnos… pero quiso darse por entero en su empeño de rescatarnos. Consumatum est.

            Fue la primera vez en la historia que unos labios humanos podían pronunciar, en propiedad, estas palabras. Ninguno antes de Jesucristo por poderoso o genial que fuera. Los césares del mundo si no morían asesinados, morían amargados de su mismo poder, sin haber realizado lo que se habían propuesto y al morir experimentaban la inevitable frustración. ¡Alea iacta est! Salir de este mundo sin haber concluido su papel. Y es que en éste gran teatro del mundo los actores salimos de escena antes de concluir la representación.

            El mismo Moisés sólo pudo llegar a los límites de la tierra prometida, pero no pudo entrar en ella. La Cruz del Gólgota es el primer mojón que señala el límite de una vida perfectamente acabada. Está cumplida la voluntad del Padre. En adelante los hombres en medio de sus luchas, tentaciones, sinsabores, tormentos, desalientos… tendrán un dechado de vida acabada. ¡Aquella que parece terminar en la Cruz!

            Todos los justos que mueren en el Señor, por muy grandes que hayan sido sus tribulaciones, por muy amargo que haya sido el pan de su vida -aunque hayan pasado como unos pobres fracasados a ojos del mundo- pueden repetir con paz y sosiego en el alma la palabra de consuelo, la palabra de obediencia a la voluntad del Señor, la palabra del soldado que muere en su puesto de guardia. ¡Todo está cumplido! Mi vida ha alcanzado la medida que tú Señor, me señalaste.

            No huyamos de la Cruz, nos conviene no huir sino perseverar en ello hasta que todo se cumpla en ti, conforme a la voluntad de Dios como perseveró nuestro Señor Jesucristo hasta poder decir: ¡Todo está cumplido! 

            Séptima palabra: Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu

            Invocando al Padre entró Cristo en el mundo: ¡He aquí que vengo a cumplir tu voluntad! Y con la invocación del Padre inicia Cristo los padecimientos en la Cruz en la oración del Huerto. Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.

            Ahora, cuando va a concluir su vida otra vez, se dirige al Padre: Padre mío, a tus manos encomiendo mi espíritu. Nos dicen los evangelistas que lo hace clamando con voz potente, grande y sonora. ¿Por qué esta insistencia en el último grito del Crucificado?

            Tras aquella voz muy grande con que se despojaba Cristo de esta vida terrena late el recuerdo de aquél “he aquí para hacer tu voluntad”. Los crucificados mueren extenuados. Y Jesús, después de pasar tres horas de tormento y toda una noche de maltrato, humanamente no tendría fuerzas para susurrar palabra. Aquella “voz muy grande” que nos dicen los evangelios era milagrosa.

            No era el final de la vida de un hombre sino de un Hombre. Dios, era el sello inconfundible de su misión, indicio patente de que como entró en el mundo por libre y espontánea voluntad dejaba también la vida porque quiso.

            Ya lo había anunciado al proponerles a sus discípulos la parábola del Buen Pastor: yo doy la vida por las ovejas, nadie me la quita, sino que la doy libremente; y soy dueño de darla y recuperarla. Y para demostrarlo, en contra de todas las leyes fisiológicas, estando en el extremo de la extremaunción. Clamans vocem magnam en que vibra el acento de los profetas, la augusta majestad del rey, toda la omnipotencia de Dios: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

            El sacrificio para ser perfecto ha de ser voluntario y espontáneo. El Sumo Pontífice ha de ofrecer la víctima con pleno dominio de su voluntad, no obligado, no a la fuerza. Vino porque quiso y deja la vida porque quiere. No se la arrancan, Él mismo la da. La da en rescate por los pecados de los hombres.

            Esta alma sacratísima de Cristo, víctima total durante todo el tiempo transcurrido desde la Encarnación hasta la Cruz va a separarse ahora de su cuerpo sagrado y llagado (en el que se ha cebado toda la malignidad del poder de las tinieblas). Sagrado cuerpo que cuando sea desclavado de la Cruz, recibirá las tiernas caricias de la Madre Dolorosa, y será lavado por las lágrimas piadosas (lágrimas que María contuvo para derramarlas como rocío refrescante sobre el rostro de Jesús).

            Jesús piensa en su alma y la encomienda al Padre. Ésta es la última estrofa de este canto nuevo que se oye en el Calvario y envuelve toda la tierra con dulces acentos nunca oídos. Al escuchar esa voz vigorosa, voz imperiosa, el centurión realizó su confesión de Fe: “Verdaderamente, éste hombre era Hijo de Dios”. Una voz que pronuncia, con fuerza, palabras de aliento: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”.

            Desde que se pronunció esta palabra en la cima del Gólgota, la muerte ha perdido su aguijón, de la cruz siguen bajando raudales de consuelo y de paz; la muerte no provoca desesperación… Para el que ama a Dios es tránsito, retorno a la casa del Padre, abrazo amoroso de Dios, descanso de tanto afán y cansancio.

            Basta mirar a cómo mueren los santos. Tocaba a su fin la vida de San Juan de la Cruz, y dando las doce de la medianoche y tocando la campana del convento preguntó que a qué tocaban; le dijeron que a maitines, y posando su mirada cariñosa sobre cada uno de los frailes que le acompañaban -como despidiéndose de ellos- dijo: “Me voy al Cielo a rezarlos”. Y besando los pies del Crucifijo que tenía entre las manos, cerrando los ojos, sin visajes de agonía, suavemente, entregó su vida al Señor diciendo: “In manus tuas, Domine, commendo spirritumm meum”. Pide que cuando llegue la hora definitiva sepas rendir tu vida a quien la dio con esa misma paz, dureza y Fe.

            Queridos hermanos, las siete palabras son siete fuetes de sabiduría para la vida cristiana, son sabiduría humana. Son fuentes de consuelo pronunciadas hace dos mil años, no sólo no pierden su vigor, sino que sus ecos no se han apagado cuando estas palabras encuentren resonancia en todos los corazones, cuando resuenen como un coro compacto en las conciencias de los individuos como de las naciones. Cuando todos (los paganos que aún no han conocido el Evangelio y los cristianos paganizados que han olvidado su mensaje) cuando todos, sin diferencia de latitudes, puedan escuchar atónitos la nueva tonada de las siete palabras y se dejen tocar el corazón por ellas mirando a Cristo expirando en la Cruz, exclamarán: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios”.

            Sólo entonces habrá paz en las conciencias y en los pueblos, y comenzará una nueva era que tendrá por himno aquella tonada nueva nunca oída. Entonces será dulce el vivir y dulce el morir porque todos después de un sosegado “consumatum est”, después de una vida según la voluntad de Dios, podrán repetir con confianza: “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu”, sólo entonces habrá sido aniquilada la hora de las tinieblas. Amén.

Para oír las Charlas Cuaresmales completas: Charlas Cuaresmales

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2 comentarios sobre “Las Siete Palabras (II)

  1. Muchas gracias por sus reflexiones. Me han hecho mucho bien, especialmente, las que se refieren a las 7 palabras. Ahora toca lo mejor, aunque también lo más difícil: ponerlas en práctica.

    Un abrazo, padre.

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