La Dirección Espiritual. Tesis Doctoral VIII

Como introducción puedes leer: La Dirección Espiritual: ¡PELIGRO ACCIDENTE!

5.2. Líneas fundamentales de la Dirección Espiritual

5.2.1. Naturaleza y fundamento teológico

Por la comunión de los santos, no solamente formamos un solo cuerpo con las almas del purgatorio y los santos del cielo, sino también entre nosotros. Ayudarse unos a otros forma parte esencial de la vida cristiana. Así, las obras de misericordia espirituales: corregir al que yerra, dar buen consejo al que lo necesita, consolar al triste, e incluso, enseñar al que no sabe, pueden ser tarea indispensable para todos aquellos que formamos el pueblo de Dios.

Esta ayuda se concreta en la dirección espiritual, como podemos ver en este texto de forma clara:

El fundamento de esta práctica del “acompañamiento” o “dirección” espiritual está en la realidad de ser Iglesia comunión, Cuerpo Místico de Cristo, familia de hermanos que se ayudan según los carismas recibidos. La Iglesia es un conjunto de “mediaciones” que corresponden a los diversos ministerios, vocaciones y carismas. Todos tienen necesidad de los demás, también y especialmente en el campo del consejo espiritual. Se trata de buscar y aceptar un consejo que viene del Espíritu Santo por medio de los hermanos[1].

Hay que tener en cuenta que no todo el mundo posee la ciencia necesaria y los dones para practicar el oficio de la dirección espiritual, de forma que tampoco podemos caer en ir dando consejos sin medida a todo aquél que encontremos, porque puede ocurrir, en caso de que sea un buen consejo, que no nos lo acepten con agrado, ya que “no hay peor consejo que aquél que nadie te ha pedido”. Asegura el ministerio de la dirección englobarlo en el marco del oficio encomendado por la Iglesia.

En el bautismo y en la confirmación, todos hemos recibido los dones del Espíritu, entre los cuales es relevante el don de “consejo”. La experiencia eclesial demuestra que algunas personas poseen este don de consejo en un alto grado o que, al menos, están llamadas a servir a los otros aportando el carisma recibido. La dirección o consejo espiritual se ejerce, a veces, basándose en un encargo confiado por la autoridad eclesial o por la comunidad eclesial en la que se vive[2].

Así pues, se incluiría en la dirección espiritual todo el abanico existente entre el consejo fraterno y ayuda momentánea que se le puede brindar a aquella persona que lo necesita, hasta la dedicación habitual y plena prestada a quien la busca como orientación vital, es decir, hasta el oficio de dirigir aplicado plenamente a una persona que se somete a la dirección[3].

5.2.2. Objetivo específico

Es imprescindible, en todos los casos, si es que estamos hablando de una dirección espiritual en el pleno y tradicional sentido de las palabras, que tiene que estar claro que el fin al que queremos acompañar a la persona es la gloria eterna. No se entiende otro tipo de consejo, obra de caridad o interés, que no vaya dirigido a tal fin, o estará dentro de otro marco, como las obras de misericordia, la solidaridad, o la filantropía. Así pues, el fin único es Cristo. La forma de llegar a Él será tan diferente como diferentes somos todos, pero no podemos quitarlo de nuestro objetivo principal, y con Él, el Cielo.

Ante todo, se presupone que la acción de ayuda incide en un fiel cristiano animado por un impulso interior de entrega ilimitada al servicio de Dios hasta el sacrificio de sí mismo: La presencia de este impulso es fundamental y se requiere para que hablemos estrictamente de vida espiritual, que la ayuda direccional trata de fomentar y auxiliar. Debe haber precedido la conversión afectiva con sus efectos característicos. Sin esa disposición no haremos sino jugar con palabras y ficciones carentes de seriedad y de verdadero compromiso personal. En el caso de que no existiera aún tal disposición, la ayuda que se presta podría llamarse direccional sólo en cuanto se ordenara a obtener dicha conversión afectiva con las disposiciones interiores que le acompañan.

Como acabamos de decir, es necesaria la voluntad del que recibe la dirección. En el caso de no ser aceptados los consejos o las advertencias, no podríamos estar hablando de una dirección espiritual como tal, porque se entiende que hay aceptación por las dos partes.

De hecho, la dirección espiritual supone una entrega de quien se deja dirigir. Como todo trabajo de asistencia personal, supone una entrega de sí mismo al cuidado del asistente. Es una característica de la ayuda direccional. Podemos exhortar incluso a quien no nos quiere oír, pero no podemos prestar asistencia de dirección a quien no se somete espontáneamente a ella. El mero hecho de prestarse dócilmente a recibir ayuda, denota ya alguna presencia de la disposición interior de entrega[4].

El director no suple la tarea del dirigido, es decir, es importante dejar claro que las decisiones las toma aquel que actúa, asumiendo la responsabilidad de sus actos. Obedecer los consejos es bueno, decidir actuar como nos indican también, pero no por eso, la obediencia disminuye la responsabilidad de lo que estamos haciendo. Con frecuencia, el director aconseja según lo que le hemos querido contar y de la forma que hemos elegido para hacerlo. Por tanto, puede decirse que hemos manipulado lo que nos contestará. Además, haber pedido consejo no exime de la responsabilidad de la decisión tomada.

La ayuda ha de ser tal que no se reciba de forma meramente pasiva, sino que se presta para que el sujeto mismo se la asimile y vaya rectificando él mismo su propio camino. En este sentido, no es auténtica la ayuda direccional que supla la acción del fiel, no dejándole más libertad que la de seguir lo que se dice [5].

Es importante añadir que la sinceridad, para que no ocurra lo que acabamos de decir más arriba, es parte fundamental en la tarea de discernir y seguir la voluntad de Dios en nuestra vida ordinaria y en las decisiones extraordinarias que condicionarán el resto de nuestros días: elección de estado, cambio de residencia… No ser sincero con el director, sobre todo ante estas actuaciones, puede hacer daño, sobre todo a largo plazo, no solamente a nosotros sino a los que dependen de nosotros. La sinceridad puede prevenirnos de no empezar una casa que no podemos terminar de construir (Cf. Lc. 14, 28)

La apertura espontánea del corazón viene a ser la condición bajo la que se realiza la ayuda de dirección espiritual. La multitud de funciones y actividades diversas que abarca la entera obra directiva se ejercen en el campo estricto de la interioridad manifestada espontáneamente[6].

Esta confianza que posibilita que un alma quede en manos de su director, es un instrumento de Dios para caminar hacia la santidad, siempre y cuando, el director esté en manos de Dios. Sin embargo, si no tiene buena intención, o si, sencillamente, no es una persona de oración, el director puede hacer mucho daño, utilizando para mal la confianza que se ha depositado en él, llegando por ésta misma a la manipulación, o a sacar provecho propio, en lugar de buscar el bien del dirigido o dirigida. Es conveniente no olvidarse nunca de que las almas no son nuestras, son de Dios.

Si alguna persona utilizara para el mal, aquello que conoce en dirección espiritual o, directamente, influyera mal a su dirigido podríamos aplicarle las palabras del Evangelio: Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar (Mt. 18,5).

Por ese motivo, aunque no sea lo común, conviene estar alerta para que nunca busquemos el propio bien a través de nuestro ministerio y para alertar a alguna persona que pueda pasarle algo similar.

5.2.3. Dinamismo y proceso

A través del trato personal, del conocimiento y, sobre todo, de una sencilla, sincera y llana conversación, el director va orientando al dirigido. Ya en el Antiguo Testamento hay una conversación del profeta Natán con el rey David para moverle al arrepentimiento por su pecado, al matar a Urías. Conversación que termina con el arrepentimiento de David (2Sam. 12,1-14). También habla el Señor numerosas veces con los discípulos y con algunas otras personas en el Evangelio. Con Nicodemo (Jn. 3,1-17), con la samaritana (Jn. 4,6-21), con los discípulos que van a Emaús (Lc. 24,13-33). A ellos, así como a los Apóstoles, les va enseñando poco a poco la doctrina, tanto con sus predicaciones como con su ejemplo de vida. El hecho de que muchos puedan acompañarlo les permitió un aprendizaje que cala más hondo que la más rica conversación: a nosotros que hemos comido y bebido con Él (Hch. 10,41).

El P. Mendizábal se atreve a valorar la entrevista direccional diciendo que:

Aunque la entrevista direccional no sea en sí un sacramento, sí puede decirse, sin embargo, momento privilegiado y fuerte del sacramento primordial que es la Iglesia, en cuanto misterio de Cristo glorioso en ella[7].

La conversación sensible corresponde y pretende ser resonadora de la invisible, que no es simplemente paralela, sino que está incorporada en la sensible. La acogida y cordialidad con que el director recibe al dirigido tiene que aparecer, al mismo tiempo, superior al director mismo, aunque vivida en el corazón del director, que queda marcado por ella. El director acoge al fiel, pero en el director le acoge Cristo; […] Se hace humanamente visible la bondad divina, no simplemente la bondad humana que subyace a la vida de gracia[8].

La entrevista direccional, más allá de las imperfecciones que cada uno tenga, puede y debe parecerse a las conversaciones de Cristo. Podríamos decir que al igual que la fe es un encuentro con Cristo, en la medida en que el director se parezca a Jesús, y hasta el punto en que el dirigido vea en él al Señor, esta conversación puede ser similar a la que tenían los santos que tantas veces coincidieron en el tiempo, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, San Ignacio y San Francisco de Borja, y tantos otros que dedicaron su vida a la ayuda direccional del prójimo. El santo portero de Montesión, Alonso Rodríguez, dedicaba sus ratos libres en la portería del Colegio a escribir notas en pequeños papeles que entregaba a los que pasaban. De esta pequeña dirección surgió el ansia de ir a las misiones de San Pedro Claver[9]. La tarea de quien aconseja forma parte de las obras de misericordia espirituales, pero no es menos encomiable aquél que se deja aconsejar.

Por este motivo, además de la docilidad, hace falta confianza. Sin ella, es muy difícil que pueda darse una verdadera dirección espiritual. Por otra parte, los dos, director y dirigido, necesitan tener humildad. Es la virtud que le permitirá a uno revelar aquellas cosas que no le parezcan del todo ejemplares, por lo que podrá ser mejor aconsejado; así como el director, sabrá que actúa en nombre de Cristo, no por sí mismo. Suele ocurrir que en algunas ocasiones hay personas que ocultan aquello que les parece que no gustará al director. Es muy difícil, en esos casos, aconsejar correctamente.

En segundo lugar, se debe tener claro que no pretendemos santificarnos al modo pelagiano, sino dejar a Dios llevar nuestra vida cumpliendo su voluntad. No somos nosotros los que hacemos la obra, sino que es Él, y debe ser Él cada día. Por tanto, no sería lógico ir cambiando el director hasta encontrar aquél que nos dice lo que queremos oír. Aunque parece un consejo innecesario, es cierto que muchas veces ocurre y debe advertirse sobre esta realidad.

El dirigido debe saber también que las decisiones que toma son suyas. No es irresponsable de lo que hace como si fuera un autómata que ejecuta lo mandado. El director debe saber transmitir al dirigido que las decisiones son suyas, que los consejos son un punto más a tener en cuenta antes de discernir lo que Dios nos pide en cada momento[10]. La dirección no es un resorte de comodidad para no reflexionar, sino más bien, una guía o referencia, porque nadie es buen juez en causa propia.

La libertad del dirigido de explicar algo o no hacerlo, a seguir el consejo exactamente o sólo una aproximación, o directamente, a hacer lo contrario, no debería enojar al director, porque la responsabilidad de los actos depende del dirigido y él solamente debe actuar en aquellos momentos y para aquellas consultas que se le necesite. No son los directores los que dirigen a las personas a modo de radio control. Incluso, en ocasiones, el director es testigo de la obra que el Señor hace en las almas, ya muy lejos de lo que le alcanza su visión espiritual. Quien no reconoce esto puede estar privando a sus dirigidos de vuelos más altos.

Por este motivo, cuando los directores espirituales, por diferentes causas, por ejemplo en los comienzos de una institución, como ha sucedido prácticamente siempre: San Ignacio de Loyola y sus compañeros en el caso de los jesuitas, San Juan Bosco y los primeros salesianos, etc., actúan también como superiores, pueden convertir en mandatos sus consejos, y pueden perjudicar a esa alma, quitándole esa autonomía que todos tenemos dada por Dios, e incluso, forzando su libertad y llegando a perjudicar en gran manera, a los que se interpreta como díscolos, simplemente porque han visto que el Señor les pide otra cosa. Debemos abrir los ojos en este campo y tener en cuenta que quien piensa “a mí no me pasará”, puede estar ya actuando de esa forma. Veremos algunos ejemplos más adelante.

Las entrevistas personales pueden ser más largas al principio y es mejor que sean presenciales. Cuando ya se conocen director y dirigido, pueden hacerlo por correspondencia e incluso por teléfono, en caso de necesidad, aunque no es muy conveniente. En muchas ocasiones no es difícil entender la situación en la que se encuentra la otra persona. Los medios de comunicación actuales no deben ser un obstáculo ni para la dirección, ni para utilizar los que han funcionado toda la vida. No debe el director dejar de tocar la realidad en la que se encuentra el dirigido, aunque la frecuencia de entrevistas dependerá de cada uno de los casos.

Es importante tener en cuenta que no se puede caer en el paternalismo de impedir que el alma dirigida sea libre, creando una dependencia que no sería en ningún caso provechosa para el dirigido ni para la labor del director. Otras medidas además de la conversación, como lecturas, homilías, prácticas de piedad y, sobre todo, la oración personal, forman parte de la dirección espiritual de los cristianos. Muchas veces pueden hacer más bien, que el propio director. Ciertamente, la obra de santificación la lleva a cabo el Espíritu Santo que obra habitualmente a través del contacto de la oración, y de la mortificación. El papel del director es distinguir la acción del Espíritu de la acción del alma misma o del mundo o del demonio y ayudar a disponer el alma para la acción de Dios y evitar los engaños. Por ese motivo, debe el director tener una formación amplia para aconsejar qué prácticas de piedad debe recomendar a cada uno, asistencia a retiros, Ejercicios Espirituales, lecturas, de forma que no elabore un patrón único para todos, sino que sepa dar a cada uno aquello que más le conviene para cumplir lo que Dios le pide en cada momento.

También puedes encontrar otros capítulos de la TESIS en: Tesis Doctoral VII. Fin del capítulo primero. Juez y médicoTesis Doctoral VI: Los conocimientos adquiridos y los Superiores

[1] Congregación para el Clero, Ibid, 77.

[2] Congregación para el Clero, Ibid, 77.

[3] Cf. Mendizábal, Ibid. 33.

[4] Ibid. 35-37.

[5] Ibid. 35-37.

[6] Idem.

[7] Mendizábal, Idem, 64.

[8] Ibid., 65.

[9] Cf. P. Sáinz Rodríguez, Año Cristiano IV, Día 30 de octubre: San Alonso Rodríguez (Madrid 1959) 238-239.

[10] Cf. Congregación Para el Clero, El Director 109. El cristiano debe actuar siempre con total libertad y responsabilidad. La función del director espiritual es ayudar a la persona a elegir y a decidir libre y responsablemente ante Dios lo que debe hacer con madurez cristiana. La persona dirigida debe asumir libre y responsablemente el consejo espiritual, y si se equivoca no ha de descargar la responsabilidad en el director espiritual.

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