¿Tiene que ser sacerdote el director espiritual? Tesis Doctoral IX

Es un artículo largo pero lo prefiero a hacer tantos fragmentos sueltos. La parte del sacerdote es el punto siguiente a éste inmediato. Si quieren completar información les adjunto este enlace:                  La Dirección Espiritual. Tesis Doctoral VIII

5.2.4. Métodos usados

Lo dicho hasta el momento nos lleva a tratar de los métodos que pueden seguirse para la dirección espiritual. Podríamos analizar de forma pormenorizada aquellos métodos por los que se dirige a un alma principiante, a una avanzada o a aquellas personas que van por caminos de santidad. No faltan manuales que lo hagan. El ya citado Tanquerey, La Dirección Espiritual del Padre Mendizábal, también citado más arriba, y Las tres edades de la Vida interior de Reginal Garrigou-Lagrange, dominico francés a caballo entre los siglos XIX y XX, que resume a través de su experiencia como director de almas y profesor el camino del alma hacia la santidad, y se ha convertido en una obra de obligada consulta.

La obra está dividida en cinco partes que se distribuyen en dos volúmenes. La primera trata de las fuentes de la vida interior y de su fin; la segunda de la purificación del alma de los principiantes; le siguen los progresos del alma guiada por la luz del Espíritu Santo y la unión de las almas perfectas con Dios. La última parte, en fin, trata de las gracias extraordinarias[1]

La riqueza de las experiencias del alma, de sus sufrimientos, sus consuelos, las temporadas de consolación y desolación, e incluso los dones místicos, son un camino apasionante para director y dirigido. La purificación primera del alma, puede necesitar al director para no desalentarnos, para ser constantes en la limpieza de los efectos del pecado original. La vía iluminativa sería un segundo proceso, más bien largo, que no iría indicando cómo el Señor quiere que practiquemos las virtudes y la vida de oración, armonizando ambas cosas con las obligaciones de cada día. Todos estamos llamados a llegar a esta fase en el camino de la santidad. En cambio, en la vía unitiva, el director debe limitarse a observar la acción de Dios en el alma, indicándole que no se deje llevar por la soberbia, ya que los dones son regalos de Dios y no mérito del alma, y ayudando a discernir aquello que sea fruto de la unión mística, a lo que puede ser provocado por la imaginación o la ilusión.

Nos basta aquí tratar más detenidamente, aunque constituya un conjunto de citas de la misma obra, por su actualidad y por su síntesis, lo que nos dice el documento de la Congregación para el Clero sobre el camino de la vida espiritual:

Es oportuno iniciar el camino de la dirección espiritual, con una relectura de la vida. Es de gran ayuda tener algunos propósitos o un proyecto de vida que incluya la relación con Dios (oración litúrgica y personal), la relación fraterna, la familia, el trabajo, las amistades, las virtudes concretas, los deberes personales, el apostolado, los instrumentos de espiritualidad. En el proyecto pueden reflejarse las aspiraciones, las dificultades, el deseo de donarse más a Dios. Es muy útil precisar los medios que se quieren utilizar en el camino de la oración, de la santidad (virtud), de los deberes del propio estado, de la mortificación o de las “pequeñas dificultades cotidianas”[2]

Hay un momento inicial en el que se tiende a hacer brotar actitudes de piedad y de perseverancia en las virtudes de oración y adhesión a la voluntad de Dios, alguna práctica de apostolado, formación del carácter (memoria, inteligencia, afectividad, voluntad), purificación, formación a la apertura y a una actitud de autenticidad sin dobleces. Se afrontan, pues, los casos de aridez, inconstancia, entusiasmo superficial o pasajero, etc. Es el momento justo para “extirpar… y plantar” (Jer. 1,10), para conocer y orientar rectamente la pasión dominante[3].

La aplicación en cada momento de la vida espiritual depende, muchas veces, de las circunstancias, del carácter de cada persona y de tener en cuenta que Dios pone en cada uno la inclinación a aquello para que lo llama. Discernir si es el momento oportuno para es mortificación concreta, para ese tipo de apostolado, para esa manera o tiempo de dedicarse a la propia familia, para poner en definitiva en orden todas las cosas que nos rodean, es tarea para la que ayuda, en gran manera, el director. Puede ocurrir que, aquello que para uno es bueno en un momento, puede no serlo para otro. Eso deben tenerlo en cuenta director y dirigido, estando prestos a corregir el sendero si se ve que no está siendo provechoso.

Un segundo momento se llama tiempo de progreso, en el que se tiende al recogimiento o vida interior, a una mayor humildad y mortificación, a la profundización de las virtudes, a mejorar la oración[4].

La desolación, o lo que San Juan de la Cruz llama “noche oscura”, purifica el alma, pero debe ir acompañada de cerca por el director para que no se descorazone el dirigido, o incluso llegue a rendirse en el camino en esta fase. Puede decirse que es la más ardua, permitida por Dios, para mayor progreso. El ejemplo más claro puede ser el que la Sagrada Escritura no da en el libro de Job, cuando lo va perdiendo todo.

Así se llega a un momento de mayor perfección en el que la oración es más contemplativa, se trata de extirpar las preferencias, distinguiendo un aspecto “activo” y uno “pasivo” (o sea secundar fielmente la acción de la gracia que es siempre sorprendente), aprendiendo a pasar la noche del espíritu (noche de la fe). La profundización en la humildad se trasforma en gestos de caridad[5].

Muchas veces es más importante dejarse amar por Dios, de forma pasiva, que el exceso de actividad, sin por ello abandonarse en lo que se refiere al trabajo. Es común que muchas personas abandonen lo que les está encomendado en un falso providencialismo; sin embargo, conviene resaltar que la obra de Dios en nosotros, es eso: obra de Dios, no progreso a fuerza de voluntad y talante. No es obra humana. Eso nos ayuda a ser humildes, sin caer en la pusilanimidad o acedia espiritual.

Cada una de las virtudes necesita de una atención específica. Las luces, las inspiraciones o mociones del Espíritu Santo se reciben en este camino, que es de continuo discernimiento para una mayor fidelidad y generosidad. Los casos concretos de gracias especiales o de debilidades espirituales o psíquicas se afrontan con el debido estudio, comprendida la colaboración de otras personas más expertas, siempre con gran respeto[6].

Como humanos que somos, todo proyecto puede ayudar, siempre y cuando no caigamos en un encorsetamiento, debido a que Dios actúa por otros medios, y muchas veces cambia el decorado de nuestro actuar. Incluso, en algunas ocasiones, cuando nosotros cambiamos el camino que Él había previsto, nos plantea un plan nuevo, un nuevo camino de salvación. Aquél que deja su vocación religiosa, estando realmente llamado, encuentra otros medios de salvación a su alcance, puestos por el Señor. El caso máximo de nuevo camino trazado por Dios, en última instancia, es el del buen ladrón al pie de la Cruz.

Es útil seguir un proyecto de vida que se puede subdividir sencillamente en un conjunto de principios, objetivos y medios. O sea, se indica dónde se quiere ir, dónde se encuentra, dónde se debe ir, qué obstáculos se pueden encontrar y qué instrumentos se deben utilizar[7].

Reducir a modos humanos, aspectos de la personalidad o el carácter, medios prácticos o similar, lo referente a la vida espiritual, puede convertir en tarea de psicólogo lo que es en sí mismo eso: espiritual. Los medios para alcanzar la gracia, la oración y los sacramentos, así como la Palabra de Dios, deben ser claves en cualquier acompañamiento espiritual, sea de religiosos o de laicos. Los medios que han recomendado los santos a lo largo de la historia, siguen vivos en toda su riqueza actualmente. No pensemos que no estamos en disposición de vivirlos o recomendarlos.

Influye directamente en la vida espiritual el «sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de la vida cristiana para construir la unidad de vida, necesaria a los presbíteros y a los fieles. Entre los medios concretos de vida espiritual, además de las fuentes principales (eucaristía, Palabra, oración…), son relevantes por su aspecto práctico la Lectio divina o meditación según métodos diversos, la práctica asidua del sacramento de la reconciliación, la lectura espiritual, el examen de conciencia (particular y general), los retiros espirituales. La lectura espiritual de santos y autores de espiritualidad es guía en el camino del conocimiento de sí, de la confianza filial y de la entrega generosa[8].

Como hemos dicho más arriba, hay malos momentos, aparentemente, en la vida espiritual. Momentos en que no se discierne cuál es la voluntad de Dios. Personas cercanas que no cumplen con su obligación o pueden vulnerar nuestra intimidad en la vida interior, o extralimitarse en sus funciones. Dificultades propias de la vida laboral o la falta de un ser querido. Todo ello influye mucho en el aprovechamiento interior y debe tenerse en cuenta por el director, debido a que es parte de su obligación, acompañar especialmente en esos momentos.

Es normal que el camino cristiano presente algunas crisis de crecimiento y de maduración, que pueden verificarse en grado diverso. La “noche obscura” de la fe se puede presentar en varios momentos, pero especialmente cuando la persona se acerca más a Dios, hasta experimentar una especie de “silencio” o “ausencia” de Dios que, en realidad es un hablar y una presencia más profunda de Dios mismo. El acompañamiento espiritual es más necesario que nunca en aquel momento, con la condición de que se sigan las indicaciones que nos han dejado los grandes santos y maestros del espíritu[9].

Pese a todo lo que podría parecer, lo que podríamos llamar progresos en el campo del apostolado, celo por las almas, frutos espirituales en la recepción de los sacramentos, no siempre suscitan alegría en los entornos religiosos, incluso por parte de la autoridad competente. Someterse en todo, cuando se piensa que se está obrando bien, pero es necesario parar en ese camino, es una muestra de santidad, que han practicado los santos. El Padre Pío tuvo que dejar por un tiempo la correspondencia por ese motivo. Eso santifica a los siervos del Señor, lo cual no excusa de que puede haber superiores que se estén equivocando. También aquí el director espiritual puede dar una luz espiritual al alma.

En el apostolado hay momentos de aridez, de derrotas, de malentendidos, de calumnias y también de persecución, la cual puede venir, por error, de personas buenas (la “persecución de los buenos”). El consejo espiritual debe ayudar a vivir el misterio fecundo de la cruz como un don peculiar de Cristo Amigo[10].

Sin embargo, no siempre es culpa de los demás, puede ser culpa nuestra, o acción de Dios que lo permite para conseguir bienes mayores. Los acontecimientos y las causas segundas muestran muchas veces la voluntad de Dios. Someterse a las nuevas normas o destinos, puede ser un paso en el camino de la santidad, aunque no lo veamos así.

En la vida cristiana se presentan situaciones particulares. A veces se trata de luces y mociones del Espíritu y deseos de mayor entrega o apostolado. Pero hay también momentos de ilusiones engañosas que pueden provenir del amor propio o de la fantasía. Pueden existir también desánimos, desconfianza, mediocridad o negligencia y también tibieza, ansia excesiva de hacerse apreciar, falsa humildad, etc.[11].

Por último, y en lo que ocurre en la vida unitiva, conviene andar con cautela, huyendo siempre del exceso de teatro o afán de protagonismo. La obediencia a la autoridad eclesiástica puede ser una señal inequívoca de que lo que ocurre viene del cielo.

Cuando se verifican casos o fenómenos extraordinarios es necesario referirse a los autores espirituales y a los místicos de la historia eclesial. Es necesario tener presente que estos fenómenos, que pueden ser fruto de la naturaleza, o también en el caso que provengan de una gracia, pueden expresarse de forma imperfecta por motivos psicológicos, culturales, de formación, de ambiente social. Los criterios que la Iglesia ha seguido para constatar su autenticidad se basan en contenidos doctrinales (a la luz de la Sagrada Escritura, de la Tradición y del Magisterio), la honestidad de las personas (sobre todo la sinceridad, la humildad, la caridad, además de la salud mental) y los frutos permanentes de santidad[12].

Por último, y para no interrumpir la explicación, añadimos dos números seguidos. Es importante tenerlos en cuenta, de lo contrario, la capacidad de absorción de algunas personas, su facilidad para “dar pena” a la hora de mostrar necesidades inexistentes o inventar, incluso, dones de Dios, puede provocar en el director un abandono de las tareas fundamentales de su ministerio, pensando que da gloria a Dios posponiendo la atención a sus obligaciones con el pretexto de ayudar a algunos que más necesiten ayuda psicológica o también psiquiátrica, y que no se curan con la dedicación de un tiempo extra que no es necesario para lo que se pretende en la dirección espiritual. En el caso de mujeres, puede llevar a amistades particulares que les hagan confundir lo que es el camino de la santidad y el ministerio pastoral, a la atención personalizada y el cariño humano.

Existen también enfermedades o debilidades psíquicas vinculadas a la vida espiritual. A veces son de carácter más espiritual, como la tibieza (aceptación habitual del pecado venial o de las imperfecciones, sin interés en corregirlas) y la mediocridad (superficialidad, fatiga para el trabajo sin un sostén en la vida interior). Estas debilidades pueden estar relacionadas también con el temperamento: ansia de perfeccionismo, falso temor de Dios, escrúpulos sin fundamento, rigorismo, laxismo, etc.

Las debilidades o enfermedades de tipo neurótico, más vinculadas a la vida espiritual, necesitan de la atención de expertos (en espiritualidad y psicología). Habitualmente se manifiestan con una excesiva riqueza de atención o una profunda insatisfacción de sí (“hysterein”) que trata de atraer el interés y la compasión de todos, produciendo con frecuencia un clima de agitación eufórica en el que puede quedar involucrado el mismo director espiritual (creyendo proteger una víctima o una persona privilegiada). Estas manifestaciones no tienen nada que ver con la verdadera contemplación y mística cristiana, la cual, admitiendo la propia debilidad, no trata de cautivar la atención de los otros, pero se expresa en la humildad, en la confianza, en el olvido de sí para servir a los otros según la voluntad de Dios[13].

Sin embargo, es más propio de este trabajo referirnos a la conveniencia o no de realizar la dirección dentro del ámbito de la confesión y algunos temas que se relacionan con esto.

Gracias también a su índole individual, la primera forma de celebración permite asociar el sacramento de la penitencia a algo distinto, pero conciliable con ello: me refiero a la dirección espiritual[14]. Queda claro, por estas palabras de San Juan Pablo II que puede seguir llevándose a cabo la práctica tradicional de enmarcar dentro de la confesión, la dirección espiritual. Es completamente normal y lógico, ya que muchas veces los criterios a seguir pueden estar relacionados con las faltas que hayamos cometido.

Esto no quita que en algunas ocasiones los fieles prefieran tratar los temas que les preocupan fuera del confesonario, o también, confesar en alguna ocasión con otro sacerdote. El director no debe absorber para sí, únicamente, la tarea de todo lo que se refiere al alma de una persona.

Es importante tener en cuenta, en este punto que hay que mantener un respeto profundo por la conciencia de los fieles, creando una relación adecuada para que se dé una apertura espontánea y actuando siempre con respeto y delicadeza.

Como hemos dicho más arriba, no solamente la conversación personal forma parte de la dirección espiritual, aunque nos centraremos en ella, debido a que lecturas, homilías, retiros y demás, incluso personalizados, abarcan un campo mucho más amplio.

5.2.5. ¿Siempre sacerdote?

Un debate interesante sobre la dirección espiritual corresponde al tema si ese ministerio pertenece solamente al sacerdote o hay posibilidad de que sea ejercido por otro tipo de personas. Está claro que todos podemos dar un consejo espiritual a cualquier otro. De hecho, hacerlo será bueno y, en algunos casos, como el padre a sus hijos, o el maestro a sus alumnos, será pecar de omisión no hacerlo. Sin embargo, nos referimos aquí a la dirección espiritual considerada como tal.

¿Es necesaria la gracia de estado conferida por el Sacramento del Orden para llevarla a cabo? ¿Es sólo conveniente? O quizás no es necesaria en ningún caso o puede ser otorgada por el Espíritu Santo por otro medio a otras personas. El Evangelio nos reproduce aquellas palabras del Señor que pueden ser sugerentes a este respecto: Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt. 18,20).

Los autores discrepan en este punto. Expondremos algunos de ellos. En primer lugar, el Padre Mendizábal, autoridad conocida en este campo, que lo resume en una cita larga, que vemos oportuno reproducir entera. Añadimos antes que su postura no es tajante y que lo que se dice a continuación no impide otras opciones que veremos más adelante:

Es un hecho histórico que la Iglesia no confía el ministerio de dirección sino al sacerdote ordenado, aunque no siempre lo confía a todo sacerdote ordenado. Quizá pueda pensarse que en el futuro podrá confiar también a no-sacerdotes. Por el momento, no entramos en esta cuestión. De todas maneras, habrá que pensar que la Iglesia no habrá procedido en esto arbitrariamente, y quizá pueda verse una conveniencia en esta designación del sacerdote si nos fijamos en el carácter mediador y profético contenido en el ministerio de dirección, y que parece convenir particularmente al oficio sacerdotal. Esta última observación no pretende, en manera alguna, poner reservas o querer eliminar el ejercicio de un oficio de dirección llevado en la Iglesia por no-sacerdotes. Al contrario, parece sumamente útil y provechoso tal oficio así ejercitado. No hay que olvidar, por ejemplo, que los padres son los primeros directores espirituales del niño cristiano en el ambiente de lo que el Concilio Vaticano II ha llamado “iglesia doméstica” (LG. 2,11). Es el oficio que, según San Pablo, cumplieron a la perfección la madre y la abuela de Timoteo (2Tim. 1,5). Esta dirección espiritual familiar está en la base normal de todo el proceso de la vida espiritual. La dirección ministerial interviene para completarla y perfeccionarla[15].

También dice Presbiterorum Ordinis: Como educadores de la Fe, en la misma línea que estamos desarrollando:

Pertenece a los sacerdotes cuidar sea por sí, sea por otros, el que cada uno de los fieles llegue, en el Espíritu Santo, al desarrollo de su vocación personal según el Evangelio; a una caridad sincera y activa, y a la libertad con que Cristo nos libertó. De poco aprovecharán las ceremonias por bellas que sean, y las mismas asociaciones, por florecientes que estén, si no se ordenan a educar a los hombres para que consigan su madurez cristiana. Para promoverlas les ayudará el que los presbíteros les capaciten para que puedan discernir en los acontecimientos, sean grandes, sean pequeños, tanto lo que las circunstancias exigen como lo que Dios les pide. Enséñese igualmente a los cristianos a no vivir sólo para sí, sino a que, según las exigencias de la nueva ley de la caridad, cada uno ponga al servicio de los demás los dones que recibió[16], y así todos cumplan cristianamente su deber en la comunidad humana (PO. 6).

En tercer lugar, añadimos una reflexión larga pero muy apropiada de Royo Marín[17]. Define al director espiritual como “el sacerdote encargado de conducir a un alma hacia la perfección cristiana”. Nos centraremos estrictamente en que considera que es “sacerdote”.

Aunque no se puede establecer una ley absoluta universal, ordinariamente hay que decir que sí. Es convenientísimo que lo sea por las siguientes razones. 1ª. Por la economía general del orden sobrenatural, que ha reservado al sacerdote el papel de maestro.

Aunque es cierto que, por el sacerdocio común de los fieles, todos los bautizados participamos de ese ministerio:

Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que os ha liberado del pecado y dado nueva vida por el agua y el Espíritu Santo, os consagre con el crisma de la salvación para que entréis a formar parte de su pueblo y seáis para siempre miembros de Cristo, sacerdote, profeta y rey[18].

El “sacerdote” en el Antiguo Testamento es el que puede hablar con Dios, el profeta es el que habla de Dios y el rey aquél que sirve a los demás estando al frente. Por ese motivo, todos somos también profetas por el Bautismo. Interpretando esto así, podría decirse que un laico también podría ser director espiritual, aunque no sea lo más común. 2º. Por la íntima conexión –a veces fusión- con el oficio de confesor. Este aspecto sí que es irrefutable. Nunca un laico llegará al conocimiento del dirigido, en su dimensión de hijo arrepentido ante el Padre que le perdona.

3º. Por la mejor preparación teórica y práctica para dirigir almas que ordinariamente suele tener el sacerdote. 4º. Por la gracia del estado sacerdotal. 5º. Por la práctica de la Iglesia, que prohíbe terminantemente la intromisión en las almas a los no sacerdotes –aunque sean superiores religiosos-, aleccionada por los inconvenientes que fácilmente se originan de ello (cf. CIC del 17 c. 530).

 Es interesante esta referencia, que tendría su equivalente en el canon 630 actualmente, y que trataremos en el siguiente capítulo. Los puntos cuarto y quinto son irrefutables y dan peso suficiente a inclinar la balanza por la dirección sólo sacerdotal de las almas.

Todo lo dicho no impide, en algún caso excepcional, dada la prudencia, caridad y formación de algunos laicos, que puedan ocuparse en esta misión de la iglesia. En Madrid podemos nombrar a Abelardo de Armas, por ser de todos conocido, como botón de muestra de laico comprometido en la misión de la iglesia.

Sin embargo –sigue Royo Marín- por vía de excepción, no habría inconveniente en admitir, en algún caso, la dirección voluntariamente escogida de una persona prudente y experimentada ajena al sacerdocio. Hay algunos hechos históricos no sólo entre los padres del desierto y en los primeros abades benedictinos, que no eran sacerdotes, sino en épocas más recientes, v.gr., los de San Francisco de Asís y San Ignacio de Loyola, antes de 1537; y hasta no faltan casos de dirección espiritual realizada por mujeres, como Santa Catalina de Sena y Santa Teresa de Jesús[19].

No obstante, en la Ordenación Sacerdotal va implícita la misión de santificar a las almas, siendo la dirección espiritual uno de los medios, mientras que, sin ser sacerdotes, sería parte de una tarea personal, pero no podríamos tomarla como misión canónica.

Sí que es cierto que el sacerdote tiene obligación de confesar, pero no está obligado, por su oficio, a menos que lo tenga expreso de director espiritual, en un seminario, por ejemplo, de dedicar tiempo a la dirección espiritual. Por ese motivo, además de ser elegido por el dirigido, él deberá aceptar el cometido, y claro está, podría negarse.

Sea o no sacerdote, es importante que posea las virtudes necesarias para este cometido, por la dignidad de lo que se pone en sus manos. Sería largo hacer una explicación detallada de las virtudes necesarias, pero sí es importante una enumeración, para que al menos, verlas escritas nos ayude a reflexionar sobre el cultivo y cuidado de cada una de ellas, antes de lanzarnos a poner por obra esta tarea eclesial. Un director espiritual debe ser sabio, discreto, experimentado, claro al aconsejar, concreto. Debe tener celo ardiente de las almas, ser piadoso, tener un carácter suave y desinteresado. Además, deberá ser bondadoso y humilde. Así mismo, a la hora de trabajar con las almas ha de atreverse a instruirlas, estimularlas, corregir sus defectos y guardar secreto de lo que sabe[20]. Es cierto que son muchas, pero creo que, sin cada una de ellas, estaríamos aventurándonos a una tarea donde el error es fácil y las consecuencias pésimas.

Podríamos terminar diciendo que cuando alguna persona, sin estas cualidades, y con más facilidad, sin ser sacerdote, ha ejercido o vaya a ejercer este ministerio, puede hacer más daño que bien, y debería reflexionar, si es estrictamente necesario y conveniente, o si sería mejor reconducir al alma a conversar con otra persona o enviarla a un sacerdote.

El Espíritu Santo puede conceder el don de consejo a quién quiera, sin necesidad de que tenga el sacramento del orden. Sin embargo, creemos que la gracia de estado conferida por la Ordenación Sacerdotal es una ayuda fundamental en la dirección espiritual, y aunque no vemos imposible que se realice por laicos como ocurre en algunos movimientos, sí nos inclinamos a que la opción del sacerdote es mejor, y en ningún caso se debería impedir que se pudiese elegir un sacerdote, pero tampoco lo contrario. La elección del director espiritual debe ser libre.

[1] Garrigou, Tres Edades, Contraportada (Palabra, Madrid 91999).

[2] Benedicto XVI, Carta Apostólica Spe Salvi (30-11-2007) 40 en: AAS 99 (2007) 1018.

[3] Congregación para el Clero, Ibid. 88-89.

[4] Ibid. 90.

[5] Idem.

[6] Ibid. 91.

[7] Idem.

[8] Ibid. 92.

[9] Ibid. 93.

[10] Idem.

[11] Ibid. 94.

[12] Ibid. 95.

[13] Congregación para el Clero, Ibid. 96-97.

[14] San Juan Pablo II, RP. 32.

[15] Mendizábal, Ibid. 54 (texto y nota a pie)

[16] Cf. 1 Pe. 4,10-12

[17] Cf. A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana (Madrid 1962) 523.

[18] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Ritual del Bautismo de niños (10-4-1970) 129.

[19] Royo Marín, Teología de la Perfección Cristiana, 523.

[20] Cf. Idem. 523-527.

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