Dirección Espiritual en la Vida Religiosa. Tesis Doctoral XI

 

5.3. La Dirección Espiritual en la Vida Religiosa

5.3.1. Consideraciones Generales

Un capítulo completo del documento El Sacerdote – Confesor y Director Espiritual – Ministro de la Misericordia Divina, trata este tema específicamente. Ello nos ilustra ya de entrada sobre la importancia de este tema en la vida religiosa pues, en gran parte, la suerte de la Iglesia depende de estas personas y lo que éstas sean y la calidad de su vida consagrada depende, en gran medida, de la dirección espiritual que reciban.

En el capítulo dedicado a la dirección espiritual en la vida consagrada dice:

Las personas consagradas, según sus diversas modalidades, siguen una vida de radicalismo evangélico y “apostólico”, añadiendo «una especial consagración, mediante la profesión de los consejos evangélicos. En la vida consagrada es necesario tener en cuenta el carisma específico (“carisma fundacional”) y la consagración especial (por la profesión), como también las diversas modalidades de vida contemplativa, evangélica, comunitaria y misionera, con las correspondientes Constituciones, Reglas, etc.[1].

Al emprender la tarea de dirigir a los religiosos, o más bien a las religiosas, ya que ellos tienen la facilidad de dirigirse con miembros de su propia orden, que también los confiesan; es imprescindible, como acabamos de leer, empaparse de aquel camino que han elegido para seguir al Señor, así como de las características fundamentales del carisma principal. No hacerlo así puede perjudicar a las almas, llevando lo que podríamos calificar como una doble dirección que no acabaría bien.

Es conveniente que el director pueda aconsejar a la persona antes de emprender el nuevo camino, advirtiéndole de aquellos puntos de su vida interior que necesita fortalecer, así como de los escollos que va a encontrar en el nuevo camino. Seguir dirigiendo a los candidatos a la vida religiosa una vez hayan entrado en religión, puede ser conveniente, al menos al principio, debido al conocimiento que el director tiene de sus virtudes y defectos o inclinaciones. Es cierto que no es posible en todos los institutos religiosos, pero no por ello deja de ser recomendable.

El recorrido hacia la vida consagrada sigue las etapas que prevén una preparación tanto para lo inmediato como a largo plazo, profundizando la autenticidad de la vocación con el soporte de convicciones o motivaciones evangélicas (que disipen las dudas sobre la identidad), de libres decisiones, siempre para llegar a la verdadera idoneidad (conjunto de cualidades).

Existen problemas concretos que se pueden considerar sólo de “crecimiento” y de “maduración” si la persona consagrada presta una atención asidua a la dirección espiritual: problemas que pueden ser de soledad física o moral, de fracasos (aparentes o reales), de inmadurez afectiva, de amistades sinceras, de libertad interior en la fidelidad a la obediencia, de serena asunción del celibato como signo de Cristo Esposo ante la Iglesia Esposa, etc.[2].

La vida de comunidad, la convivencia diaria, sobre todo en los conventos de vida de clausura, la cercanía incluso en los ministerios concretos y en los oficios de la casa, pueden constituir la dificultad más grande, donde más hay que limar de la propia personalidad para hacer fácil la vida a los demás y saber no dar importancia a todo lo que no la tiene. Por otra parte, los consejos evangélicos y el modo de vivirlos puede ser la clave de la dirección de las almas consagradas.

La dirección espiritual de las personas consagradas presenta aspectos peculiares, además de los ya indicados más arriba. El seguimiento evangélico, la vida fraterna y la misión reciben impulso de un carisma particular, dentro de una historia de gracia, con la profesión o compromiso especial de ser visibilidad en medio del mundo de Cristo casto, pobre y obediente y memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús[3].

Hay que hacer ver y vivir a todos los consagrados que el voto de virginidad, no viene a quitar el amor, sino a darlo más profundamente, el de obediencia no quita la libertad, sino que da la verdadera, y el de pobreza, enriquece en la imitación de Cristo pobre. Son aspectos que el mundo de hoy no comprende, quizás por la falta de formación religiosa, y es importante que aquellos candidatos no solamente lo sepan, sino que lo hayan hecho suyo profundamente.

Esta dirección de la persona, que sigue una forma de vida consagrada, presupone un camino peculiar de contemplación, perfección, comunión, (vida fraterna) y misión, que forma parte de la sacramentalidad de la Iglesia misterio, comunión y misión. Es necesario ayudar a recibir y a vivir el don, así como es, pues se trata de seguir más de cerca a Cristo, […] persiguiendo la perfección de la caridad en el servicio del Reino, tendiendo a un amor de totalidad, personal y nupcial, que hace posible «encontrarse “más profundamente” presente, en el corazón de Cristo, con sus contemporáneos.

Los sacerdotes que están invitados a prestar este servicio de acompañamiento espiritual saben que «todos los religiosos, hombres y mujeres, por ser la porción selecta en la casa del Señor, merecen un cuidado especial para su progreso espiritual en bien de toda la Iglesia[4].

De todo lo dicho concluimos que es importante tener en cuenta que en este caso se añaden algunas cualidades más a las ya dichas sobre el director espiritual, tratado en general. El conocimiento del carisma propio, así como el respeto por el superior, en cada caso, de la persona dirigida, deben ir al unísono, para no provocar ninguna situación de doble obediencia o de desorientación. De la misma manera, el superior, deberá tener en cuenta que es bueno y recomendado por la Iglesia que no interfiera en la dirección espiritual de sus súbditos, así como no hablar de ellos con el director espiritual. El abuso en estas prácticas puede traer muchas consecuencias perjudiciales para los miembros del instituto y de cada comunidad. También es importante la prudencia del director para no interferir en la comunidad del religioso o religiosa que dirige.

Para todo ello es importante que la elección de los que van a ejercer ese ministerio sea llevada a cabo con riguroso cuidado, para evitar desmanes posibles, cuando no probables, o al menos desviaciones por pequeñas que sean, que pueden terminar, y de hecho terminan, en abandono de la vida religiosa, lo cual es un grave mal, aunque algunos no lo aprecian como tal, o del movimiento en cuestión.

5.3.2. La figura del confesor extraordinario

El Concilio de Trento, en la sesión XXV, De regularibus et monialibus, en el capítulo X, ordenó que se les pusiera a las religiosas un confesor extraordinario dos o tres veces al año, para que pudieran confesar con él. Además, les recomendaba confesar una vez al mes:

Attendant diligenter Episcopi, et caeteri superiores monasteriorum sanctimonialium, ut in constitutionibus earum admoneatur sanctimoniales, ut saltem semel singulis mensibus confessionem peccatorum faciant; et sacrosanctam Eucharistiam suscipiant, ut eo se salutari praesidiio muniant ad omnes oppugnationes daemonis fortiter superandas. Praeter ordinarium autem confessorem alius extraordinaribus ab Episcopo, et aliis superioribus bis, aut ter in anno offeratur: qui ómnium confessiones audire debeat[5].

Fue Benedicto XIV el Papa que facilitó a las religiosas confesarse con un sacerdote diferente al confesor ordinario, para evitar que fuesen sometidas a problemas de conciencia de cualquier tipo. La Bula Pastoralis Curae[6] hace un recorrido específico sobre toda la legislación existente a partir de la norma establecida por el Concilio de Trento, dando a las religiosas la seguridad de ser provistas de un confesor extraordinario. Puede considerarse como una carta magna sobre la libertad de conciencia[7]. El párrafo principal de la Bula[8] dice así:

Quoniam vero tam in suprius allegato Clementis XI Edicto quod in Sinodalibus plurium Episcoporum Constitutionibus statutum est se conspicimus ut quo tempore extraorinarius Confessor alicui communitati deputatus ministerio suo fungitur ordinarius Confessor nullum ipsi impedimentum aferre audeat multoque minis praesumat per id temporis alicuis Monialis sive Superioris sae sive Novitiae sive Conversae neque demum alterius cuiusque personae intra septa Monasteriiia aut piae Domus commorantis Sacramentalem Confessionemm audire, Nos id quoque aprobatione nostra roborantes, confirmantes statuimus, mandamus ut Episcopi quidem si de Monasteris aut Domibus eorum regimini subjectis agatur Regulares autem Superiores quo ad illas Commmunitates attinet quibus ipsi praesunt pro huiusmodi Legis implemmennto advigilent, conntravenientes meritis paenis coerceant et aficiant.

Es de destacar que el Papa incluye aquí a los confesores de cualquier casa piadosa. En ese sentido hemos creído oportuno incluir aquí, no solamente a los Institutos de Vida Consagrada, sino aplicar la tesis a cualquier tipo de vida en común en religión, aplicando el título de la tesis en sentido amplio, a cualquier “vida religiosa”, a la que aquí añadiríamos, en la terminología actual, asociaciones laicales que practican los consejos evangélicos y la vida comunitaria, con legislación particular de cualquier tipo.

En el código anterior la compleja regulación de la confesión, sobre todo de las religiosas, y las licencias que había que pedir para llevarla a cabo, complicaba la libertad de elección de los confesores. Así, el capítulo II, del título X: Del Régimen de Religiones, llevaba por título “De los confesores y capellanes”[9], y tenía una detallada normativa que se ha resumido en el canon 630 del presente C.I.C., que dice en su apartado primero: “Los Superiores reconozcan a los miembros la verdadera libertad por lo que se refiere al Sacramento de la penitencia y la dirección espiritual, sin perjuicio de la disciplina del instituto”. Salvaguardar esa disciplina y facilitar la presencia de confesores idóneos (§2) y confesores ordinarios aprobados por el Ordinario del lugar (§3) corre a cargo de cada Superior.

El código anterior especificaba más:

Si una religiosa, para tranquilidad de su espíritu y para mayor aprovechamiento en los caminos de Dios, pide algún confesor especial o director espiritual, el Ordinario debe mostrarse fácil en concedérselo, velando, sin embargo, para que no se introduzcan abusos con motivo de semejante concesión, y si llegaran a introducirse debe eliminarlos con cautela y prudencia, dejando a salvo la libertad de conciencia[10].

Es destacable cómo, incluso en el caso de que hubiera abusos que perjudicaran a la comunidad, el código ya resalta la importancia de que la libertad de conciencia quede a salvo. Añadimos aquí dos párrafos de S. Alonso Morán en el comentario al canon 520, que nos parecen fundamentales para lo que estamos diciendo:

Por lo que a las “Superioras” atañe, deben tener bien grabado en la memoria que no están autorizadas para intervenir directamente en remediar los abusos si llegaran a introducirse. Sólo les toca informar al Ordinario del lugar sobre las cosas que hallen dignas de ser corregidas, dejando al arbitrio del mismo la aplicación de los remedios[11].

Lo que estamos diciendo es muy importante y queremos destacarlo. El sufrimiento que ocasiona esta práctica abusiva, que existe realmente en muchas comunidades, hace que pongamos especial ahínco, ya que no se trata de algo pasado, o poco frecuente. Incluso con capa de bien, algunas superioras pretenden llegar más lejos de lo que está permitido o mandado en su oficio. La elección del confesor es libre, y los motivos pertenecen al alma y a Dios. Ninguna religiosa tiene por qué explicar los motivos de su elección, y ninguna directora o superiora tiene derecho a preguntarlos. Avísese de esto inmediatamente cuando ocurra a la autoridad competente. El miedo, la presión psicológica e incluso el maltrato de esta índole hacen mucho daño a las comunidades y a las almas. La falta de sentido común de las superioras en este campo, puede determinar el final de una casa religiosa.

Aún sería más reprobable la conducta de las Superioras si tratasen de inmiscuirse en lo concerniente a la petición de confesor especial o de director espiritual, con instancias inoportunas para que la religiosa les manifieste las razones que la mueven a ello; siquiera pretendan cohonestar su intromisión con el propósito de ejercer una obra de caridad, cual sería librar a la religiosa de escrúpulos o preocupaciones infundadas, o cosas por el estilo, que alegan a veces las Superioras, sin duda con muy buena intención, pero con no pequeña molestia de las súbditas, poniéndolas en el duro trance de manifestar cosas de conciencia porque no las tilden de caprichosas o muy aferradas al propio juicio, de no ser francas con la Superiora, etc.[12]

También el canon 528 otorgaba ese derecho a los religiosos varones: si un religioso pide algún confesor especial, concédaselo el Superior, sin investigar lo más mínimo el motivo de la petición ni manifestar que no le agrada. Y, por último, añadimos los tres cánones, aunque sea una cita larga, porque tutelaban en gran medida la libertad de conciencia de los religiosos, incluso descendiendo a detalles. Es decir, nuevamente vemos, que no es garantía la modernidad de la tutela de la libertad.

Reproducimos los cánones del código de 1917 completos porque, aunque actualmente están simplificados, puede hacernos reflexionar sobre el hecho de que ha sido un aspecto respetado en la iglesia desde hace mucho tiempo.

521 §1. A cada comunidad de religiosas se le asignará un confesor extraordinario que por lo menos cuatro veces al año debe ir a la casa religiosa, y todas las religiosas han de acudir al confesonario al menos para recibir la bendición. §2. Los Ordinarios de los lugares donde haya comunidades de religiosas designarán algunos sacerdotes para cada casa, a los cuales puedan aquéllas recurrir fácilmente para confesarse con ellos en casos particulares, sin que sea preciso acudir cada vez al Ordinario del lugar. §3. Si una religiosa pide alguno de esos confesores, a ninguna Superior le es lícito, ni personalmente ni por medio de otros, directa ni indirectamente, indagar el motivo de esa petición, ni oponerse de palabra o de obra, ni por ningún título manifestar desagrado.

  1. Si, a pesar de lo dispuesto en los cánones 520 y 521, alguna religiosa, para tranquilidad de su conciencia, acude a un confesor aprobado por el Ordinario del lugar para oír confesiones de mujeres, la confesión hecha en cualquier Iglesia u oratorio, aunque sea semipúblico, es válida y lícita, revocando cualquier privilegio contrario; y la Superiora no puede prohibirlo ni hacer investigaciones sobre el particular, ni siquiera indirectamente; y las religiosas tampoco tienen que dar cuenta de eso a la Superiora.

 La intención del legislador de descender menos a la casuística en el nuevo canon, no significa que no tengan que tenerse en cuenta las normas amplias sobre la libertad de elegir confesor que acabamos de citar[13]. Hay que destacar que privar de esa libertad puede hacerse de una manera muy sutil, como marcando un día de confesiones concreto, sabiendo la superiora el día que acude a confesar un confesor y no otro. Puede parecer pueril o inverosímil, pero es grande el daño que puede seguirse por no dejar a las novicias, por ejemplo, o postulantes, tanto en varones como en órdenes religiosas de mujeres, esa debida libertad. En consecuencia, debería corregirse tanto la práctica como convencimiento el interior de algunos superiores que se exceden, quizás por celo excesivo, aunque no sea con mala intención, en el control de las conciencias de sus religiosos.

Actualmente, en los cánones, no existe la figura del confesor extraordinario para las comunidades religiosas, sin embargo, es una práctica que se sigue teniendo para salvaguardar todos los derechos que se fueron detallando en el código anterior. Pese a las prescripciones que ponía el derecho para elegir confesor, como haber cumplido cuarenta años (524 §1), ya se tenían claras todas las libertades en torno al Sacramento de la Penitencia, así como a la dirección espiritual, y a la separación de fuero interno y externo. Incluso detalla el canon que las enfermas pueden elegir libremente el sacerdote que las confiese, aunque no esté entre los destinados para religiosas[14].

También el código de 1917 obligaba a los novicios a acudir al confesor extraordinario para evitar que no acudiera a confesarse con este, teniendo necesidad de ello. Esta obligación ya no existe y el canon 566 §4 ya no está en el código actual. Decía así: Cuatro veces, por lo menos, al año se dará a los novicios confesor extraordinario, al cual deben presentarse todos siquiera para recibir su bendición. La intención del legislador era facilitar su libertad de confesar, pero se ha entendido que, a favor de una libertad, estaba conculcando otra.

Es evidente que el confesor tiene que procurar no mezclarse en las decisiones de fuero externo, ni mover a desobediencia a aquellas personas que confiesa, así como no permitir que los superiores o superioras pretendan llegar a las conciencias de los miembros de la comunidad a través del confesor. Estos abusos se dan en el día a día de nuestra vida consagrada y tendrían que ser radicalmente apartados, así como aquellos que los ponen por obra, siendo, al menos, removidos del cargo.

El canon 630 es claro en ese sentido, aunque no detalle tanto como los cánones del código anterior que hemos apuntado anteriormente. Lo analizaremos en el próximo capítulo.

Terminamos con las palabras sobre este tema que escribe Santa Teresa a sus religiosas. La cita es larga, pero merece la pena tenerla en cuenta en su totalidad. Creemos que no haber aplicado en la actualidad los consejos de la santa de Ávila, ha provocado muchos de los desmanes que diremos a continuación.

Que porque no traten más de un confesor piensan granjean gran cosa de religión y honra del monasterio; y ordena por esta vía el demonio coger las almas, como no pude por otra. Si piden otro, luego parece van perdiendo el concierto de la religión. ¡Oh, que si no es de la Orden! Aunque sea un santo, aun tratar con él les parece les hace afrenta.

Esta santa libertad pido yo, por amor del Señor, a la que estuviere por mayor, porque siempre el obispo o provincial que, sin los confesores ordinarios, procure algunas veces tratar ella y todas, y comunicar sus almas con personas que tengan letras, en especial si los confesores no las tienen, por buenos que sean. […] Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con perfección, es todo nuestro bien; sobre ésta asienta bien la oración; sin este cimiento fuerte, todo el edificio va falso. Si no les dieren libertad para confesarse, para tratar cosas de su alma con personas semejantes a lo que he dicho. Y atrévome más a decir que, aunque el confesor lo tenga todo, algunas veces se haga lo que digo; porque ya puede ser él se engañe, y es bien no se engañen todas por él; procurando siempre no sea cosa contra la obediencia, que medios hay para todo, y vale mucho a las almas, y así es bien, por las maneras que pudiere, lo procure[15].

Deja claro la santa la importancia que tiene la libertad de cada una de tratar cosas del alma, no sólo con el confesor asignado, sino con algún otro, a fin de que pueda guiarla hacia la santidad, con más visión que el confesor ordinario.

5.3.3 La dirección espiritual de los superiores

También Santa Teresa en sus Constituciones explica claramente el punto que hay que tratar con la superiora. Haber sobrepasado este límite, puede constituir una de las causas de los desmanes de muchos institutos religiosos de nuestro tiempo. Veamos cómo detalla lo que tiene ser objeto de conversación con la superiora, dejando, la materia de pecado para el confesor, como es lógico, pero no se respeta en todos los lugares:

Den todas las hermanas a la priora, cada mes una vez, cuenta de la manera que se han aprovechado en la oración, cómo las lleva Nuestro Señor: que su Majestad la dará luz que, si no van bien, las guíe; y es humildad y mortificación hacer esto y para mucho aprovechamiento[16].

Como ejemplo de lugares en los que no sea así, basta un punto de un directorio que debería ser revisado por el motivo de lo que estamos tratando: En la dirección espiritual, las hermanas se confían a las Superioras, como representantes de Dios, para ser guiadas hacia la santidad en el cumplimiento de la voluntad del Señor y en el servicio a la Iglesia, según el carisma del instituto[17]. El cumplimiento de esta norma no es libre ni en la teoría ni en la práctica. Los cambios de destino provocados por esta espontaneidad exigida, la imposibilidad de abrir el alma al confesor cuando esto se exige en pláticas y amonestaciones, entendiendo que la única vía de dirección espiritual es la superiora, hacen mucho daño a los religiosos. No les corresponde a las superioras la dirección de las almas, sino el gobierno. Esta intromisión, como venimos diciendo, ha provocado graves daños a religiosas, sobre todo en nuestro tiempo. Se trata de una extralimitación en sus competencias, avaladas a veces por sus directorios, como hemos podido ver.

Es muy distinto el matiz que sobre este tema refleja Santa Clara en sus Constituciones:

La abadesa, como hermana y madre, averigüe con diligencia y procure que se provea a cada hermana de las cosas necesarias, según las condiciones de los lugares, tiempos y personas, de modo que no se permita lo superfluo ni se niegue lo necesario. La abadesa consuele a las afligidas y sea refugio de las atribuladas; no sea que, por no hallar en ella remedios saludables, se apodere de las débiles el mal de la desesperación. Sus hermanas, considerando que la abadesa es la hermana a quien se le ha impuesto la carga más pesada, deben ofrecerle con arado su colaboración, manifestando sus opiniones y cumpliendo sus mandatos con espíritu de fe y de todo corazón[18].

Es doctrina común dentro de la orden que la Santa quería que se ofrecieran al Señor tal como son cada una, sin interferir en su propia personalidad.

Este modo de obrar, demuestra lo que creemos que debe ser el modelo de actuación en la dirección dentro de la vida religiosa. Si bien, es lógico que debería procurarse, como ciertamente lo hacen, como todos los cristianos, la eliminación de las faltas en el camino de la santidad. Sin embargo, no se debe eliminar el carisma propio y sujetar a todos a un mismo patrón, que suprima iniciativas apostólicas e impida el trabajo pastoral en el aprovechamiento de las cualidades de cada uno.

Es común limitar la acción del Espíritu en lo que sobresale y hace específico el don de Dios en cada alma. Puede ser más fácil pero no más fructífero. Entendemos que la ciencia y la prudencia del superior debe procurar sacar lo mejor de cada uno y no limitarlo. Vigilemos que la envidia no aparezca cuando no seamos capaces de imitar lo que hacen las almas que nos están confiadas, como si se tratara de una excentricidad, lo que puede ser un carisma. Una originalidad personal, lo que puede ser voluntad de Dios. El consejo de Gamaliel puede darnos luz al respecto: En el caso presente os digo: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosas de hombres, se disolverá; pero, si es cosa de Dios, no lograréis destruirlos, y os expondríais a luchar contra Dios (Hch. 5, 38-39).

Una cosa es atender a sus necesidades para poder cubrirlas y otra muy distinta ordenar que se abra la conciencia de forma expresa y obligatoria como hemos visto.

No creemos por tanto que el dominio sobre las conciencias o la manipulación se haya llevado a cabo en la Iglesia en la antigüedad, más bien pensamos que es una costumbre en los institutos de nueva creación para combatir una liberalidad excesiva, pero que debería tenerse en cuenta para evitar futuros desmanes como los que expondremos más abajo.

La voluntariedad de la conversación con el Superior queda clara en el §5 del 630, así como la prohibición de que los Superiores induzcan a los súbditos a que les manifiesten su conciencia. Las Constituciones y directorios de muchos Institutos recomiendan la solicitud a los Superiores y el cuidado de sus súbditos, pero esto no implica que los dirijan espiritualmente. Es cierto que, para muchos aspectos, sobre todo del trabajo pastoral, de las salidas del monasterio o casa religiosa, así como para los oficios o ministerios, será conveniente ir informando al director o superior y, en la medida que sea necesario, éste establecerá las normas generales o particulares para cada caso, sin que, por ello, se establezca, en ningún caso en director espiritual de los súbditos.

Cabe decir que, si ya lo era antes de ser elegido superior, siempre y cuando, sea conveniente y el religioso lo desee, puede seguirlo siendo. Incluso podría seguir confesándose con él, porque entra dentro de la libertad del penitente: 630 §4: Los Superiores no deben oír las confesiones de sus súbditos, a no ser que éstos lo pidan espontáneamente.

Sobre el análisis de este canon volveremos más adelante.

[1] Congregación para el Clero, Ibid. 117.

[2] Congregación para el Clero, Ibid. 118-119

[3] Congregación para el Clero, Ibid. 120.

[4] Congregación para el Clero, Ibid. 120-121.

[5] Concilio de Trento, XXV, X. Pongan los obispos y demás superiores de monasterios de monjas diligente cuidado en que se les advierta y exhorte en sus constituciones, a que confiesen sus pecados a los menos una vez en cada mes, y reciban la sacrosanta Eucaristía para que tomen fuerzas con este socorro saludable, y venzan animosamente todas las tentaciones del demonio. Preséntenles también el obispo y los otros superiores, dos o tres veces al año, un confesor extraordinario que deba oírlas a todas en confesión, además del confesor ordinario.

[6] Benedicto XIV, Bula Pastoralis Curae (5-8-1784)

[7] Cf. Alonso Morán, ibid. 785.

[8] Benedicto XIV, Bula Pastoralis Curae, 17 en: F. De Ajofrín Tratado Theológico-místico-moral. Mas porque miramos hallarse establecido tanto en el edicto arriba alegado de Clemente XI, cuanto en las Constituciones Sinodales de muchos Obispos que en el tiempo que ejerce su ministerio el Confesor extraordinario señalado para alguna comunidad el Confesor ordinario no se le atreva a causar algún impedimento y menos intente oír Sacramentalmente confesión de cualquier monja, ya sea la Superiora, Novicia o Lega, ni finalmente de alguna persona que vive dentro del Monasterio o Casa piadosa nosotros mismos fortaleciéndolo y confirmándolo también con nuestra aprobación establecemos y mandamos que los Obispos en los Monasterios o Casas sujetas a su gobierno y los Superiores Regulares en cuanto a las Comunidades que son de su dirección velen para el cumplimiento de semejante ley y corrijan y castiguen con las penas merecidas a los contraventores.

[9] Cf. Cc. 518-530.

[10] CIC. 17 520 §2.

[11] S. Alonso Morán, Comentarios al Código de Derecho Canónico I, 783

[12] Ibid.

[13] Cf. c. 6 §2. Se interpretan los nuevos cánones a la luz de los del CIC 1917.

[14] Cf. CIC. 17 c. 523.

[15] Teresa de Jesús, Camino de Perfección V.

[16] Teresa de Jesús, Constituciones: “De lo que está obligada a hacer cada una en su oficio”.

[17] No escribimos el Instituto al que pertenece, por entender que va directamente contra el canon 630 §5. y no nos toca a nosotros corregir, en este momento, nada concreto. Éste ha sido el único Instituto de Vida Consagrada que no ha querido colaborar en la redacción de esta tesis. Pese a las reiteradas insistencias en la necesidad de consultar algunas fuentes, no quisieron, tras entrevistarme con la Madre General, facilitar nada esta investigación. La fuente consultada se ha citado gracias a una fotografía tomada en una de sus casas.

[18] Clara de Asís, Reglas y Constituciones de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara (Roma 1988) 104-106.

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