Las almas no son nuestras. Y luego pasa lo que pasa: abuso de autoridad. Tesis Doctoral XII

 

5.4 Características importantes para evitar abusos

Más arriba hemos explicado el peligro de dominar a la persona dirigida para sacar provecho propio. Sin llegar al extremo explicado puede ocurrir que no entendamos lo que está pidiendo Dios a esa persona, y no le dejemos correr por ese camino por no entenderlo nosotros. En ese sentido podemos leer:

La dirección se vicia igualmente en la medida que se infiltra el espíritu de dominio, el cual lleva derecho a sofocar la maduración espiritual que se pretendía con la dirección. El espíritu de dominio hará que el director no trate de estimular al dirigido a que elija por sí mismo, sino que tenderá a imponer sus elecciones e ideas, sofocando la responsabilidad personal e inalienable del dirigido. El peligro es mayor en la dirección de mujeres, que fácilmente pueden buscar un apoyo en el director. La consecuencia inmediata de esta orientación dominativa puede ser, en ocasiones, la imprudente imposición del voto de obediencia al director mismo[1].

Aunque en realidad, no es necesario llegar a este extremo para que la práctica de la dirección espiritual sea abusiva en este aspecto. Bastará con que alguno de los dos actúe de esa forma, o crea que es mejor así para la salvación del alma. Esto no es cierto. El director es guía, no superior. Y el Superior de una comunidad no debería, en principio, ejercer la dirección espiritual de los miembros encomendados a su gobierno.

Es muy importante aplicar aquí, las palabras del decreto de Graciano: Merece perder el privilegio quien abusa de la potestad que le fue concedida: “Privilegium meretur amittere, qui concesa sibi abutitur potestate”[2]. El daño que puede llegar a hacerse al abusar de este oficio, recomienda y urge a que antes no se lleve a término el ministerio que, a hacerlo de malas maneras, conculcando cualquiera de los derechos del fiel cristiano.

5.4.1. Importancia de la libertad

Bien por motivo de la juventud, bien por cualquier otro, algunas comunidades, Institutos de Vida Consagrada, o Institutos Laicales, han rechazado a los sacerdotes como directores espirituales, asignando laicos concretos o diversos superiores para la atención a la dirección espiritual. Me parece un abuso grave de autoridad, un pasar por encima del criterio de la Sagrada Escritura y la Tradición, en definitiva, la privación de un derecho fundamental del cristiano.

Se ha dicho que el sacerdote debe limitarse a perdonar los pecados, pero no a dirigir el alma. Estas palabras las he vivido, las he oído, y he visto sus consecuencias. No debería tolerarse en algún modo. Las consecuencias, como veremos más adelante, se están viendo en la práctica de la iglesia actual. Las superioras, sobre todo en el caso de mujeres, están practicando la dirección espiritual a sus súbditos, e incluso en algunos directorios se expresa que así debe hacerse, como veremos más adelante.

No cabe duda que el director de almas ha de estar bien formado, como dice Santa Teresa:

Procure siempre […] comunicar sus almas con personas que tengan letras, en especial si los confesores no las tienen, por buenos que sean. Son gran cosa letras para dar en todo, luz. Será posible hallar lo uno y lo otro junto en algunas personas, y mientras más merced el Señor os hiciere en la oración, es menester más ir bien fundadas sus obras y oración[3].

Sin embargo, estas palabras pueden llevarse al extremo, pensando que, por el bien de las almas dirigidas, es mejor que los superiores determinen a quién se le debe adjudicar la encomienda de dirigir a los súbditos, sin preguntarles, ni siquiera a ellos. Aunque en los principios de la vida religiosa, a los recién llegados, se les puede indicar para facilitar su elección, quién es el idóneo para ese cargo.

También deberíamos hablar del método escogido, sobre todo actualmente. Las cartas, los correos electrónicos, incluso los teléfonos móviles y las aplicaciones actuales; es decir, los medios de comunicación masiva han alterado la comunicación personal, llegando al anonimato incierto de algunos interlocutores o a la falsa identidad. Saltando este obstáculo y conociendo a la persona en cuestión, creemos que todos los medios son buenos para dar un consejo, siempre y cuando se usen rectamente. Sin embargo, son legítimas las limitaciones que algunas casas religiosas han puesto a estos medios, bien por seguir un espíritu de pobreza, bien por favorecer el silencio interior, o por cualquier otro motivo. La presencia de aquellos sacerdotes que no interfieran en sus horarios o costumbres la vida de comunidad, debe ser garantizada de forma absoluta para todos los miembros que viven en religión. En este punto el Código de Derecho Canónico es muy claro, y aunque estudiaremos este canon en un capítulo propio conviene llamar la atención sobre este punto aquí mismo:

Los Superiores reconozcan a los miembros la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la dirección espiritual, sin perjuicio de la disciplina del instituto (c. 630 §1).

Como veníamos diciendo la norma previene la posibilidad de que de una incorrecta interpretación de tan determinante defensa de la libertad de las conciencias pudieran seguirse, por parte de los miembros de la comunidad, frecuentes y superfluas salidas de la casa e infracciones de las normas y de la disciplina interiores. Lo que, a su vez, obliga intensamente a los Superiores a cumplir con los establecido en los parágrafos siguientes[4].

Aunque esto lo trataremos en otro capítulo.

Por lo dicho en este canon que todos los superiores sin excepción

Deben reconocer y defender teórica y prácticamente la libertad del consagrado respecto a ambas prácticas, pues deben ser los primeros garantes de sus derechos. […] Se dice debida libertad por ser obligatorio que la reconozcan; por tratarse de personas y por ser exigida por la recepción de un sacramento y por la declaración del ámbito más íntimo de la persona, protegido explícitamente[5].

Vamos a insistir en el hecho de que no todos somos iguales y que Dios puede pedir a cada alma algo distinto, incluso dentro de la misma comunidad o instituto.

Además de lo dicho, el respeto a la libertad exige, además, un modo de tratar a las almas, que se manifiesta, entre otras cosas, en no aplicar un mismo “patrón” a todos, en no tener un modo único de orientar, aunque sea uno el fin de la vida cristiana: la identificación con Jesucristo. Por esto, el que guía a otros cuenta con la diversidad de las personas y no se ata a unos esquemas rígidos; no convierte la necesaria unidad (una sola es la santidad) en uniformidad[6].

Dar seguridad en el seguimiento de Cristo es muy importante, dar luz cuando no se ve en la oscuridad, aclarar en la duda, pero dejar seguir adelante cuando se tiene claro lo que Dios le pide a cada uno, manifestado de formas diversas.

La dirección espiritual se orientará más bien a quitar, si lo hubiera, el miedo a ejercer la libertad, a tomar decisiones que comprometen, a tener iniciativa en la propia vida interior, en la manera de santificar la familia, en el apostolado, en el modo de realizar el trabajo. Es precisamente esta libertad responsable, comprometida, la que forja las virtudes y permite alcanzar la madurez propia de una persona adulta que quiere orientar su vida según la voluntad de Dios[7].

Cuando lo que estamos diciendo, por el motivo que fuese no es respetado, el religioso puede cambiar de director, después de haberlo puesto en la presencia del Señor y considerando que no le mueven motivos personales humanos, sino la mayor gloria y el bien de su alma o de las almas.

 Deben tenerse en cuenta los motivos para el cambio de director de Tanquerey:

Mas siempre hemos de tener presente que la Iglesia insiste muchísimo sobre la libertad que todos hemos de tener para elegir confesor; si pues, tuviéremos justas razones para ir con otro, no hemos de vacilar un punto en hacerlo. ¿Cuáles podrán ser estas razones principales? 1. Si, a pesar de mucho procurarlo, no tenemos para con nuestro director el respeto, la confianza y la franqueza de que dijimos, hemos de mudar, aun cuando apenas tuviéremos razón, o ninguna, para sentir de esa manera: jamás podríamos sacar provecho de sus consejos. 2. Aún con mayor razón, si hubiéremos temor de que nos apartara del camino de la perfección, por su modo harto a lo natural de ver las cosas, o porque manifestara en algunas ocasiones una afición demasiado fuerte y sensible hacia nosotros. 3. También será cosa de mudar, si echáremos de ver claramente que carece de la ciencia, prudencia y discreción necesarias.

Rara vez ocurren estos casos; mas, cuando se ofrecieren, hemos de tener presente que de nada aprovecha la dirección, si el director y el dirigido no colaboran juntamente con mutua confianza[8].

Queda, pues, claro, que el fiel goza de libertad absoluta en la elección de su director siempre que aquel que se elige pueda realizar ese ministerio y no haya otro impedimento grave por motivos de clausura, distancia, o exceso de trabajo, por nombrar algunos ejemplos.

5.4.2. Fuero interno y externo

Lo que vamos a tratar aquí se refiere fundamentalmente a la dirección espiritual en los seminarios y en la formación sacerdotal en su conjunto, pero bien puede aplicarse también a la vida religiosa, e incluso a cualquier dirección espiritual. Es interesante para este tema el artículo sobre fuero interno y externo de R. Serres[9] y lo seguiremos en su argumentación e ideas.

La distinción entre el fuero interno y externo es habitual y tradicional en la vida de la Iglesia y constituye una expresión de la protección de la conciencia y de la intimidad de los fieles en relación a la función de gobierno de los Pastores y superiores de la Iglesia. Uno de los cánones del Código de Derecho Canónico paradigmático en este aspecto es el que establece la prohibición con carácter absoluto para cualquier superior de hacer uso en el gobierno exterior del conocimiento de pecados que haya adquirido por confesión (c. 984 §2)[10].

Haciendo referencia también el código a la ciencia conocida en confesión, sin necesidad de que sean pecados (c. 984 §1), como se dijo más arriba.

El Código de Derecho Canónico utiliza la expresión “fuero externo” referida al gobierno exterior de cualquier superior dotado de potestad de jurisdicción, es decir, al ámbito de la actividad de gobierno que es pública, mientras que el “fuero interno” es el modo oculto de ejercicio de esa misma potestad de jurisdicción, cuyos actos –realizados en el fuero interno- no son de conocimiento de la comunidad. Por tanto, en el lenguaje del Código vigente el fuero interno y el externo son dos modos distintos de ejercicio de la misma potestad de jurisdicción.

La expresión “fuero interno” tiene también otro sentido más amplio, referido al ámbito de la conciencia o de la interioridad de la persona, no como ámbito de ejercicio de ninguna potestad jurídica eclesial, sino como ámbito propio de la persona, que debe ser respetado y protegido de cualquier tipo de injerencia ajena a la voluntad de la persona misma, como una exigencia que surge de la propia dignidad personal.

El fuero interno, a su vez puede ser sacramental o extrasacramental, dependiendo de que la manifestación de la conciencia se realice dentro del sacramento de la penitencia –en orden a recibir la absolución- o fuera del mismo[11].

San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica post-sinodal nos refiere la importancia de esta distinción:

Respetando la distinción entre fuero interno y externo, la conveniente libertad en escoger confesores, y la prudencia y discreción del ministerio del director espiritual, la comunidad presbiteral de los educadores debe sentirse solidaria en la responsabilidad de educar a los aspirantes al sacerdocio[12].

Está prohibido en el código actual pedir referencias para la admisión al seminario, no sólo al confesor sino también al director espiritual, así como de la salida del seminario (c. 240 §2) debido a que obligaría a transmitir en el juicio propio a dichas personas, juicios de valor que se sostendrían en lo conocido mediante el fuero interno. Esas decisiones corresponden al Obispo, al rector del seminario y al equipo de formadores, sin incluir al director espiritual.

En el Código de 1917 eran solo los confesores los que estaban explícitamente excluidos de ofrecer su parecer sobre el seminarista a los superiores de fuero externo[13], para tutelar el sigilo sacramental e impedir el uso de los conocimientos adquiridos en confesión en el gobierno exterior. En el Código vigente se ha ampliado esta norma al director espiritual, ofreciendo así una explícita protección legislativa al fuero interno extrasacramental, lo cual es totalmente congruente con la naturaleza de la dirección espiritual y de la función del director espiritual, que exige confidencialidad y, por tanto, la discreción y la reserva acerca de todo lo tratado en el ámbito de la dirección espiritual.

Aunque el deber de secreto del director espiritual respecto de los superiores de fuero externo no estaba regulado explícitamente, como se ha dicho, sí lo estaba en otros documentos normativos de la Santa Sede, como, por ejemplo, en las normas de 1955 para los directores espirituales de los seminarios, en cuyo primer artículo establece: “El director espiritual debe cumplir su papel secreta y ocultamente. En consecuencia, ha de permanecer totalmente ajeno a las cuestiones disciplinares. No tratará jamás con el rector de cada uno de los alumnos en particular; y con mayor razón se abstendrá de manifestar su juicio”[14].[15]

Además de tener en cuenta lo dicho sobre el respeto por el fuero interno, queda claro que la persona que se dedique a la dirección espiritual en un seminario deberá reunir otras cualidades como “una particular sensibilidad para los procesos de la vida interior de los alumnos”[16].

No podemos tratar aquí todo lo referente a la elección de los formadores del seminario, simplemente destacar que aquella persona que actúa como moderador de la vida espiritual del seminario, y que es conocido en cánones como director espiritual, no tiene por qué ser la misma persona encargada de la ayuda personal que cada seminarista puede elegir al llegar, e incluso trae ya escogido con anterioridad porque es quien le ha acompañado hasta su entrada como seminarista y seguido los pasados de su llamada a la vida sacerdotal.

Quiero añadir que la distinción de fueros es también un acto de confianza en la responsabilidad del propio seminarista en su formación. […] La apertura sincera de la conciencia a los responsables de fuero interno, así como la obligación del seminarista de tener en cuenta el juicio de idoneidad realizado en el fuero interno se basa en la responsabilidad personal del seminarista, que, al mismo tiempo, que ve protegida su intimidad y su libertad por el principio de la distinción de fueros, no debe valerse de ello para actuar en el fuero externo prescindiendo del discernimiento realizado en el fuero interno[17].

Pero, si el seminarista se aprovecha de la situación, si prescinde de lo que ha hablado con su director en el fuero interno. ¿Qué tiene que hacer el director? ¿Qué ocurriría si de no hacer nada se sufrieran graves consecuencias, incluso para el interesado?

Creemos que, en ese caso, tampoco se tendría que revelar nada de lo tratado. Se podría insistir hablando con él de nuevo, pero el bien del secreto del fuero interno, respetar esa seguridad, no solamente es un ejemplo para él, sino un bien para todos. El fin no justifica los medios. Los males que se podrían seguir de haber revelado o actuado a expensas de lo que se ha conocido en el fuero interno, traería consecuencias a largo plazo, mayores que las que pueden seguirse de las eventuales malas acciones del candidato.

Es importante la distinción de fueros no solamente para cada candidato sino para la iglesia en general. Lo revelado en la dirección espiritual queda entre Dios y el alma. Puede decirse que el director puede ser canal de comunicación, no de transmisión al exterior. Si esto no queda claro, la dirección se hará con miedo y sin sinceridad. Tengamos sumo cuidado aquí. Ampliamos estas ideas en el apartado que sigue.

5.4.3. Secreto de lo tratado

Respecto a la importancia de guardar el secreto de todo lo escuchado en la dirección espiritual debemos considerar que es la base de la confianza. El dirigido no explicará nada al director si no está persuadido de que éste guardará secreto. Este secreto no obliga como el sigilo sacramental, que tiene impuestas las penas canónicas, pero es muy importante respetarlo, por la importancia que dan a ello las almas que se confían a la dirección y porque el perjuicio de no hacerlo así sería grave y un error profesional para uno mismo y para la persona de la que se le ha revelado parte de lo que confió.

Las almas suelen llevar muy a mal esta clase de indiscreciones; y con frecuencia basta este solo capítulo para hacerles perder la confianza en su director. Sobre todo, si se trata de almas muy adelantadas, con fenómenos y carismas sobrenaturales, hay que extremar la prudencia y discreción por los grandísimos inconvenientes que podrían seguirse de lo contrario. Reprima el director el prurito de querer comunicar esas cosas bajo el pretexto de edificación y no tema sobrepasarse nunca en el rigor y severidad de su silencio[18].

Así mismo, podría exigirse o, al menos, se da por supuesto, que tampoco el dirigido explicará aquello que se le ha dicho, por un pacto tácito de confianza mutua, aunque, al tratarse de cosas de su vida, sería menos grave que las explicara él, que aquél que le está dirigiendo.

Cuando, bien sea dentro de la vida religiosa como fuera de ella, algunas personas detectan falta de prudencia o exceso de comunicación de aquello que ellos han dicho, aunque sea mínimamente, estamos ante una pérdida inmediata de la confianza que es la base principal de la dirección espiritual. Puede decirse que es el abuso que más pronto se detecta y que antes termina con cualquier dirección comenzada. El hecho de pedir permiso a la persona para hablar del tema tratado con ella o con otros, no debería tenerse por costumbre, debido a que el permiso puede otorgarlo forzado por las circunstancias. Por otra parte, si la persona dirigida quiere tratar algún tema concreto, ella lo sacará en conversación, aunque es posible mostrar interés preguntando de vez en cuando, sin por ello convertir nuestra dirección en algo agobiante.

La personalidad, la costumbre de cada dirigido o dirigida, y el momento concreto de cada uno darán luz suficiente para saber llevar cada cosa y cada caso dentro de la prudencia necesaria.

Otros artículos de la Tesis: Dirección Espiritual en la Vida Religiosa. Tesis Doctoral XITesis Doctoral V: Secreto de Confesión

[1] Mendizábal, Ibid. 45.

[2] D.74 c.7 de poen.

[3] Teresa de Jesús, Camino de Perfección V, en: Obras Completas (Madrid 1942) 244.

[4] D.J. Andrés, Comentario Exegético al Código de Derecho Canónico, c. 630. (Pamplona 32003) 1582.

[5] Idem.

[6] Idem.

[7] F. Fernández de Carvajal, Ibid, 80-81.

[8] Tanquerey, Compendio, 557.

[9] R. Serres López de Guereñu, “El respeto de la distinción”: Revista Española de Derecho Canónico 63 (2006) 605-654.

[10] Cf. R. Serres., El respeto de la distinción, 605-610.

[11] Cf. Serres, Ibid. 605-606.

[12] San Juan Pablo II, Pastores Dabo Vobis, 66 en: AAS 84 (1992).

[13] CIC 1917, c. 1361 §3.

[14] Sagrada Congregación para los Seminarios y las Universidades, Normas para los directores espirituales de los seminarios (1-7-1955) I,1.

[15] R. Serres, Ibid.

[16] Congregación para la Educación Católica, Directrices sobre la preparación de los formadores en los seminarios (4-11-1993) 43.

[17] R. Serres, Ibid. 653

[18] Royo Marín, Ibid. 527, 7º.

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