La Cuenta de Conciencia. Tesis Doctoral XIII

         6.1. La Conciencia

El tema de la conciencia se nos presenta como fundamental en todo nuestro estudio. No parece oportuno incluir en estas páginas un tratado sobre la conciencia; sin embargo, sí que deben tenerse en cuenta algunos aspectos que deben iluminar todo aquello que vamos a tratar.  San Pablo nombra la conciencia en varias de sus cartas:

Ésta es la recomendación, hijo mío Timoteo, que yo te hago, de acuerdo con las profecías pronunciadas sobre ti anteriormente. Combate, apoyado en ellas, el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe (1Tim. 1,18-19). El fin de este mandato (el plan de Dios) es la caridad que procede de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera (1Tim. 1,4-5).

Doy gracias a Dios -escribe también el Apóstol-, a quien, como mis antepasados, rindo culto con una conciencia pura… (2Tim. 1,3) Y también San Pablo, ahora a los Corintios, les dice:

El motivo de nuestro orgullo es el testimonio de nuestra conciencia, de que nos hemos conducido en el mundo, y sobre todo respecto de vosotros, con la sencillez y sinceridad que vienen de Dios, y no con sabiduría carnal, sino con la gracia de Dios (1Cor 1,12).

 La insistencia del Apóstol nos muestra la importancia en la vida cristiana del respeto por la conciencia.

La conciencia moral puede definirse como el dictamen o juicio del entendimiento práctico acerca de la moralidad del acto que vamos a realizar o hemos realizado ya, según los principios morales[1].

Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal. Juzga también las opciones concretas aprobando aquellas que son buenas y denunciando las que son malas. Atestigua la autoridad de la verdad con referencia al Bien supremo por el cual la persona humana se siente atraída y cuyos mandamientos acoge[2].

Gracias a la conciencia podemos asumir con responsabilidad aquellos actos que realizamos en la vida. Cuando nos encontramos con una persona que actúa como un irresponsable, solemos decir que “no tiene conciencia”.

Es, por tanto, importante, tener en cuenta la formación de una conciencia recta, adecuándola a la realidad objetiva de las cosas. Cuando tenemos la conciencia bien formada podemos formular juicios según la razón, de acuerdo al orden querido por Dios para todas las cosas. Leemos en el catecismo que la conciencia se forma a lo largo de toda la vida[3].

Sin embargo, pese a la buena formación, el pecado original, nuestras pasiones o la conveniencia del momento pueden provocar que nuestra conciencia se deforme.

El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral[4].

Pero, aunque no sea así, aunque poseamos para un caso concreto una conciencia formada y recta, puede haber situaciones en las que no sepamos cómo actuar correctamente. Cuando no sabemos cómo actuar debemos consultar.  En caso de estar seguros, más vale esperar.

Sin embargo, cuando estamos ciertos de que no podemos hacer algo, por importante que sea, o por mucha autoridad que tenga quien lo manda, no podemos actuar contra nuestra conciencia porque nos estaríamos engañando a nosotros mismos.

En la vida religiosa, también debemos actuar conforme a la conciencia. Es importante para la paz del corazón no actuar contra lo que la conciencia dicta en cada momento. Sin embargo, puede ocurrir que la seguridad de la rectitud de los superiores, o el convencimiento del súbdito de que debe obrar de una u otra manera, pueden provocar alguna distorsión en el día a día de la vida religiosa o apostólica, e incluso, algún abuso por parte de superiores, si no se tiene en cuenta que Dios habla también en el interior de cada uno y que las almas no son nuestras, son del Señor. Lo cual no debe hacernos olvidar las palabras de San Juan Pablo II: Es verdad que el hombre debe actuar en conformidad con el juicio de su propia conciencia; pero también lo es el hecho de que el juicio de la conciencia no puede pretender establecer la ley; sólo puede reconocerla y hacerla suya[5].

De la misma manera, podemos decir que es engañoso –y esto habrá que tenerlo en cuenta en todo el desarrollo de este trabajo-

Contraponer los derechos de la conciencia al vigor objetivo de la ley interpretada por la Iglesia; en efecto, si es verdad que el acto realizado con conciencia invenciblemente errónea no es culpable, también es verdad que el mismo sigue siendo objetivamente un desorden. Por lo tanto, cada uno tiene el deber de formar rectamente la propia conciencia[6].

La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral:

En lo profundo de su conciencia, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado (cf. Rm 2, 14-16) (GS. 16).

Por todo ello la conciencia moral debe estar sujeta, como hemos dicho más arriba, al principio moral objetivo.

Es un error contraponer autoridad y subjetividad; por tanto, el superior debe tener en cuenta la conciencia del religioso, y éste debe adecuar su conciencia a la verdad y, también, escuchar su voz, porque hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 5,29). Según este pensamiento, y viene muy bien aplicarlo a la vida religiosa, destaca la conocida frase de J.H. Newman Si yo tuviera que llevar la religión a un brindis después de una comida –lo que no es muy oportuno hacer- desde luego brindaría por el Papa. Pero antes por la conciencia y después por el Papa[7]. El buen superior es entendido correctamente sólo cuando es considerado conjuntamente a la primacía de la conciencia, por lo tanto, no contrapuesto a ella, sino más bien garantizado y fundado sobre ella[8].

El consejo evangélico de obediencia, abrazado con espíritu de fe y de amor en el seguimiento de Cristo obediente hasta la muerte, obliga a someter la propia voluntad a los Superiores legítimos, que hacen las veces de Dios, cuando mandan algo según las constituciones propias.

Insiste en todo ello la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica al hablar sobre el aprendizaje de la obediencia en lo cotidiano:

Por consiguiente, a la persona consagrada le puede ocurrir que “aprenda la obediencia” también a base de sufrimiento, en situaciones particulares y difíciles: Por ejemplo, cuando se le pide abandonar ciertos proyectos e ideas personales, o renunciar a la pretensión de gobernar él solo la vida y la misión; o las veces que humanamente parece poco convincente lo que se pide (o quien lo pide). Por tanto, quien se encuentre en estas situaciones no olvide que la mediación es por su propia naturaleza limitada e inferior a aquello a lo que remite, tanto más si se trata de la mediación humana en relación con la voluntad divina; y recuerde también, cuando se halle ante una orden dada legítimamente, que el Señor pide obedecer a la autoridad que en ese momento lo representa, y que también Cristo “aprendió la obediencia a fuerza de padecer” (Hb 5, 8)[9].

Sin embargo, deben tenerse también en cuenta unos aspectos que recuerda el mismo documento y que deberían aplicar los superiores, al menos en los casos que fuera necesario:

– recordar que, según el espíritu del evangelio, la diversidad en las ideas no debe convertirse nunca en conflicto de personas;

– insistir en que la pluralidad de perspectivas ayuda a profundizar los asuntos;

– favorecer la comunicación, de forma que el libre intercambio de ideas aclare las posiciones y haga emerger la contribución positiva de cada uno[10].

 

Después de todo lo dicho debemos dejar dos cosas claras. Primero que, fruto de un equilibrio sano y que no siempre es fácil conservar, que a través de los superiores (siempre que manden conforme a la ley de Dios y de la Iglesia, de acuerdo con las Reglas y Constituciones propias) se manifiesta siempre la voluntad de Dios, aun cuando el superior sea malo y actúe con torcida intención.

Lo segundo es que la autoridad ha de respetar escrupulosamente la conciencia de sus súbditos y sus derechos y que puede hacer un ejercicio desordenado de la autoridad, abuso de autoridad, y que es contemplado por la ley canónica y ha de lucharse contra él con la prudencia debida y los medios que la Iglesia establece, a saber, diálogo e intercesión de otras personas que puedan dar arreglo, apelación a la autoridad eclesiástica del mismo instituto o de la jerarquía, denuncia en los casos que fuera la única solución posible.

Así, tengamos en cuenta el código 1389 §1.

Quien abusa de la potestad eclesiástica o del cargo debe ser castigado de acuerdo con la gravedad del acto u omisión, sin excluir la privación del oficio, a no ser que ya exista una pena establecida por ley o precepto contra ese abuso.

  • 2. Quien, por negligencia culpable, realiza u omite ilegítimamente, y con daño ajeno, un acto de potestad eclesiástica, del ministerio u otra función, debe ser castigado con una pena justa.

Teniendo esto claro hay que evitar la posibilidad de ver abuso cuando hay cosas que no gustan o no quiero cumplir. Es fácil excusarse al no actuar como quieren los superiores, teniendo muy en cuenta que deberíamos estar más prontos a obedecer que a pensar que los superiores nos están oprimiendo o abusando de su autoridad. Sin embargo, en aquellas ocasiones en que este aspecto de la importancia de la conciencia no se tiene en cuenta, puede dañarse gravemente la integridad espiritual y moral del religioso. Debemos considerar la normativa de los institutos de vida consagrada y demás estatutos donde hay una relación de obediencia, teniendo en cuenta que alguno de los superiores puede no ser, por la circunstancia que fuere, el idóneo; y la legislación debe prever el abuso de la autoridad, por el bien de los súbditos.

Desgraciadamente, en muchas ocasiones, se legisla y se organiza, presuponiendo que todo irá bien: que los súbditos aceptarán los trabajos que se les encomienden, que se encontrarán en perfecto estado de salud, que ningún superior se mostrará arisco con los miembros de la comunidad, que nadie estará interesado en aparentar delante de los hombres, sino solamente en ganar el cielo. A causa del pecado original, y de la debilidad humana, esto no ocurre así; y no haber previsto los errores en el comportamiento de unos y otros provoca, muchas veces, grave incómodo a las personas.  En el espíritu de obediencia al que los religiosos se comprometen en el seguimiento de los consejos evangélicos, es importante tener en cuenta que no se vulnere el canon 220: A nadie le es lícito lesionar ilegítimamente la buena fama de que alguien goza, ni violar el derecho de cada persona a proteger su propia intimidad. Este canon no tiene correspondencia en el código de 1917, lo cual indica, la evolución en este aspecto, ya desde la base.

No debemos olvidar que la conciencia es un

Santuario ante cuyo umbral todos deben detenerse, incluso el padre y la madre, cuando se trate de un niño. Sólo el sacerdote tiene allí acceso como médico de las almas y como ministro del sacramento de la penitencia; pero ni aun por eso deja la conciencia de ser un santuario reservado, del cual Dios mismo quiere que esté guardado el secreto con el sigilo del más sagrado silencio[11].

Con este estudio no quiero ni siquiera señalar ninguna conducta en ningún sentido de ningún superior, ni tampoco de ningún instituto, sino solamente iluminar algunos puntos oscuros en la relación de estas prácticas; alertando, por otra parte, que la evolución de la legislación eclesiástica, ha tenido lugar por el peligro que conlleva el abuso por parte de algunos, o la posibilidad de él, cuando la mayor gloria de Dios o el bien de las almas, no son el móvil del obrar de algunos; o también, ante la posibilidad de que la misión concreta de cada momento llegue a anteponer el fin concreto a la dignidad de la persona, pudiéndose instrumentalizar esa donación de la libertad que cada religioso hace de sí mismo a Dios al emitir sus votos.

Es decir, por el hecho de su donación, no se puede utilizar al religioso, no se le puede decir que él dio su vida a Dios para manipular sus decisiones. La libertad de conciencia es un bien fundamental que no puede cercenarse en ningún caso. Estando bien formada la conciencia, como se ha explicado más arriba, cada uno debe obrar conforme a lo que ella le pida. La conciencia no se entrega, ya es de Dios, desde que nacemos, y Él respeta nuestra libertad, razón de más para que la respetemos nosotros en los demás.

 

6.2. Definición de la cuenta de conciencia

Entendemos por “cuenta de conciencia” la explicación de todo aquello que ocurre en el alma, pensamientos, palabras, obras y omisiones, y cómo influyen en ella, que un súbdito da a su superior. No incluimos en la definición el término “libre”, debido a que lo trataremos en los apartados siguientes.

El Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús define la cuenta de conciencia como la manifestación que un religioso hace en tiempos determinados a su superior, como a padre y guía, a fin de que éste le conozca y dirija mejor para bien del súbdito y de la comunidad[12]. Se trata de un encuentro personal y privado entre ambos que, aunque no es el único medio que responde a la finalidad de que los Superiores conozcan bien a sus súbditos, el contenido de esta apertura tiene una peculiaridad concreta en lo referente a la relación, la comunicación y el conocimiento del súbdito por parte de cada superior. Por este motivo constituye una figura jurídica peculiar, que debe ser tratada por separado, aunque se relacione con otras prácticas de la vida espiritual y religiosa[13]. Se trata, no específicamente de los pecados, defectos o faltas que constituyen materia de la confesión, sino de aquellos aspectos negativos relacionados con los anteriores como tentaciones, ansiedades, angustias o malas inclinaciones y deseos, así como los buenos propósitos, los progresos en la vida de oración, y demás aspectos positivos de la vida interior[14].

Esta práctica de la Cuenta de Conciencia data desde los primeros tiempos de la vida religiosa. Así cuenta Casiano:

De aquellos Padres antiguos que a los que de nuevo entraban a servir a Dios le proponían, como primera letra del A, B, C, que todas sus tentaciones y pensamientos malos, y todo lo que pasase por su alma, lo habían de descubrir luego a sus mayores y maestros; y era éste como primer principio entre ellos[15]. San Juan Clímaco dice que halló en un monasterio de gran santidad a muchos monjes que traían un librito pequeño colgado de la cinta, en el cual escribían cada día todos sus pensamientos, para dar cuenta de ellos a su pastor, y dice que era aquél mandamiento de su superior[16].

Esta costumbre fue extendiéndose en la vida religiosa hasta que San Ignacio, en el texto de las Constituciones de la Compañía de Jesús, la introduce como obligatoria:

Considerando en el Señor nuestro, nos ha parecido en la su divina Magestad, que mucho y en gran manera importa que los Superiores tengan entera inteligencia de los inferiores; para que con ella los puedan mejor regir y gobernar, y mirando por ellos enderezarlos mejor in viam Domini[17].

Es decir, tras diversas conversaciones con los superiores, los religiosos van dejándose conocer interiormente, a fin y efecto de que su destino sea lo más acertado posible y puedan ser enviados donde se espera mayor servicio de Dios y bien de las almas. Esta práctica, como tal, lleva el nombre de Cuenta de Conciencia. Si bien, es cierto que no es original de San Ignacio, como hemos dicho, debido a que en muchas órdenes religiosas se practicaba ya, sí que hay que considerar que su evolución ha sido fundamental en la Compañía de Jesús, debido a que no se ha practicado siempre de la misma manera. Es cierto que constituye el quicio de su apostolado, como explicaremos más adelante, pero ha evolucionado. También otros Institutos, a partir del Concilio Vaticano II, han cambiado su práctica y, sobre todo, lo que era obligatorio para muchos religiosos, ha pasado a ser totalmente potestativo, llegándose a prohibir las costumbres contrarias, como veremos en su momento.

Hay que decir que la cuenta de conciencia en la Compañía de Jesús, está esencialmente vinculada a la misión; sin embargo, desde muy antiguo se estilaba en la Iglesia, siendo entendida solamente para bien de los religiosos que la practicaban, en todos los aspectos de la vida espiritual. Así, San Bernardo escribe en el noveno sermón sobre el Cantar de los Cantares:

Muchos de vosotros, hermanos míos, en sus hablas íntimas conmigo, al darme cuenta de sus conciencias, duelense con frecuencia de sentir sequedades, arideces, desolaciones y un como embotamiento y pesadez de espíritu que les incapacita para penetrar las cosas sublimes y elevadas, impidiéndoles gustar en lo más íntimo las dulzuras del Espíritu Santo[18].

 A este fragmento el comentarista añade una nota a pie de página que dice lo siguiente, y que incluimos en el texto por su relación directa con el tema:

Tenemos un ejemplo de dirección espiritual. Antiguamente se le daba también el nombre de confesión. Los monjes se creían obligados a ella, aunque no bajo la misma gravedad que a la confesión de los pecados propiamente dicha. Se la denominaba confesión privada y se tenía en las celdas. La sacramental se denominaba confesión común, y para ella se reservaba día y lugar determinados[19].

Que, en el siglo XII, S. Bernardo escriba sobre esta práctica quiere decir que no fue introducida por S. Ignacio, ni mucho menos impuesta por él, por primera vez a sus religiosos, sino que provenía de antiguo.

Estaba encaminada a la ayuda espiritual que el Superior fuera capaz de prestar al súbdito con orientaciones y consejos adecuados a lo que éste manifestara para que, recibiéndolos y siguiéndolos si quería, pudiera sacar provecho de ellos. Con todo, en algunas ocasiones se contemplaba que el Superior también podía adoptar medidas y decisiones de gobierno que afectaran directamente al súbdito, y a las cuales éste debería obediencia, a partir de lo que le diera a conocer en esa apertura[20].

En algunos casos dependía de la voluntad de llevarla a cabo por parte del religioso, pero para algunos institutos su práctica era obligatoria.

Sin embargo, pese a que queda claro que es una práctica de tradición multisecular, sí debe decirse que, actualmente, se ha limitado mucho su práctica, restringiéndola solamente a lo referido a la misión apostólica de cada uno, especialmente en la Compañía de Jesús y, sobre todo, haciéndola del todo potestativa por parte de cada religioso, en todos los institutos religiosos.

A partir del Concilio Vaticano II su práctica está considerada de forma totalmente voluntaria, cambiando, incluso, los estatutos de diversos Institutos de Vida Consagrada, para adecuarse a la normativa vigente en la Iglesia y también a la mens del legislador.

Estudiaremos en esta Tesis si deberían modificar estas prácticas los Institutos de nueva creación que la han impuesto como obligatoria, o si mantenerla podría interpretarse como un nuevo carisma de la Iglesia, o más bien, como una práctica libre que acepta el religioso, cuando se incorpora a dichos institutos, sabiendo que comporta esta obligatoriedad. Así mismo, deberíamos llegar a dilucidar, o al menos, así lo intentaremos, si jurídicamente, una vez admitido en el instituto está obligado jurídicamente a ponerlo por obra, o si solamente se le recomienda su práctica, pero sin consecuencias jurídicas.

 

6.3. El canon 630 §5

Los miembros deben acudir con confianza a sus Superiores, a quienes pueden abrir su corazón libre y espontáneamente. Sin embargo, se prohíbe a los Superiores inducir de cualquier modo a los miembros para que les manifiesten su conciencia. Así resume el canon de 1983 lo que ya decía el de 1917 en el canon 530 §1:

Terminantemente se prohíbe a todos los Superiores religiosos inducir de cualquier modo a sus súbditos a que les den cuenta de conciencia. §2. Pero a los súbditos no se les prohíbe que puedan, libre y espontáneamente, abrir su alma a los Superiores; más aún, conviene que acudan a ellos con filial confianza, manifestándoles, si son sacerdotes, las dudas y congojas de su conciencia.

 Y, en nota a pie, añade el comentarista lo que podría ser el principio de las advertencias en este campo:

La cuenta de conciencia bien llevada, así de parte de los Superiores como de los súbditos, puede producir admirables frutos de perfección; de lo contrario, puede originar consecuencias desastrosas[21].

Con el decreto que nombramos a continuación, quiso la Sagrada Congregación terminar con las prácticas contrarias a lo que se pretendía cuando se legisló en ese sentido, debido a que no parecía que fuera a abusarse de su uso. El abuso pudo ser lo que provocara la reflexión en este cambio que ahora estamos estudiando.

Para impedir éstas y fomentar aquéllos publicó la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares el decreto “Quemadmodum” (17 de diciembre de 1890), abrogando cualesquiera disposiciones relativas a la cuenta de conciencia, que en las constituciones de los institutos laicales existieran, y prohibiendo rigurosamente a todos los Superiores de esos Institutos que ni directa ni indirectamente traten de inducir a los súbditos a manifestarles su conciencia[22].

Ya podía ocurrir, también entre laicos, que quisieran aprovechar la cuenta de conciencia para dominar unos a los otros, con el pretexto de ser superiores. Es una mal entendida práctica del cargo de superior, que no viene a ser servido sino a servir.

Vemos cómo más adelante, no sólo se referiría la reforma del código a los institutos laicales sino también a los clericales, llegando a desaparecer, como veremos más adelante, tras la publicación del código actual, entre los que lo tenían específicamente permitido como la Compañía de Jesús o los Legionarios de Cristo. Así podemos ver en el comentario al Código de Derecho Canónico de 1917 esta explicación:

El código hizo extensiva dicha prohibición a todos los Superiores, ya sean de religión laical, ya de clerical, permitiendo, sin embargo, lo mismo que hiciera el mencionado Decreto, y hasta elogiando a los súbditos que abran su espíritu a los Superiores y les expongan también las dudas y ansiedades de su conciencia: pero esto último sólo en el caso que los Superiores sean sacerdotes, y siempre a condición de que aquéllos procedan libre y espontáneamente[23].

Podemos ver, después de leer estos párrafos que el principio de la evolución de esta práctica es anterior al Concilio Vaticano II. Recalcamos que estamos en una época en que las libertades no están tan admitidas a nivel social, e incluso podemos llegar a decir que la Iglesia se adelantó a su tiempo al dar importancia a la libertad de pensamiento, dentro de la sana doctrina, y a la libertad de conciencia.

Relacionado con este aspecto también podemos leer el canon 719 §4, refiriéndose a los religiosos: Tengan con libertad la necesaria dirección de conciencia y busquen en sus propios Directores, si así lo desean, los consejos oportunos. El “si así lo desean” merece ser tenido en cuenta. Es un aspecto que ha ido adquiriendo mayor relevancia y que constituye uno de los pilares fundamentales en el caminar de los religiosos hacia Dios, a través de las normas y directrices que rigen sus vidas.

El seguimiento de los consejos del superior no debe obligar en conciencia y los superiores deberían tener el cuidado al mandar cualquier cosa relacionada con aquello que han conocido en la cuenta de conciencia que, si el religioso se viera, a su entender, perjudicado por lo que ha explicado, la práctica de la cuenta de conciencia se haría indeseable. Por tanto, pensamos que el superior que escucha a sus súbditos, debería ser capaz de mantener aquello que se le ha confiado de esa forma, en su fuero interno, para que no influyera en las decisiones de su gobierno. Actuar de otra manera podría inducir a pensar, o incluso a actuar como si lo conocido de ese modo fuera un modo de control, que podría estar vulnerando la dignidad de la persona, en el caso de que se use de mala manera, como dominio absoluto de la persona, si se utilizara de malas maneras, al haber acudido con sinceridad a la conversación personal con su superior. Este hecho iría directamente en contra de la confianza y la apertura de corazón que pide el canon.

Es de notar que esta práctica, como la acabamos de describir, sería contraria al espíritu de San Ignacio. A lo largo de la historia, ha producido grandes frutos de santidad, pero entendemos que, quizás por lo poco delicados que han sido en su práctica, también por la influencia del pecado original en los superiores, o por la falta de mortificación de la propia voluntad en los súbditos, actualmente, la autoridad competente, tanto en la Iglesia en general, como en los institutos en particular, ha tenido a bien cambiar la práctica, y podemos encontrarnos ante un nuevo caso de evolución de la legislación.

Solamente debemos cuidar no pasarnos al extremo de aislarnos del superior en el ser y en el obrar, con el pretexto de que dar cuentas al superior es algo libre. El sentido común, el conocimiento de los súbditos y la vida interior, pueden iluminar en la forma de que actualmente se lleve a cabo, huyendo de la imposición y, sobre todo, de la manipulación, a través de esta práctica.

Otra cosa distinta sería que el religioso pidiera al superior ayuda para solucionar cualquier problema concreto y se mostrara abierto a alguna modificación concreta de su vida diaria a instancias del Superior.

También queda claro que las cuestiones relacionadas con el desempeño de las tareas pastorales, de los oficios, la disciplina exterior o la observancia de las reglas o la adecuación a la vida propia del instituto y a su carisma, sí que pueden ser preguntados por el superior. Es normal que el superior aconseje el mantenimiento de un camino emprendido en materia espiritual, o que lo modifique; que retoque o reforme algún aspecto de su vida o que aconseje al escuchar, sin imposición ni exigencia, la mejora de alguna dimensión personal de su vida en algún aspecto concreto.

6.3.1. Aplicación de la norma: Libertad de llevar a cabo la cuenta de conciencia

Antes de tratar el tema específico de la libertad en el caso de la cuenta de conciencia es interesante tener en cuenta algunos aspectos referidos a los superiores y a la obediencia. Es esclarecedor para lo que vamos a tratar reflexionar sobre los cánones 618 y 619:

Ejerzan los Superiores con espíritu de servicio la potestad que han recibido de Dios por ministerio de la Iglesia. Por tanto, mostrándose dóciles a la voluntad de Dios en el cumplimiento de su función, gobiernen a sus súbditos como hijos de Dios, fomentando su obediencia voluntaria con respeto a la persona humana, escúchenles de buena gana y fomenten sus iniciativas para el bien del instituto y de la Iglesia, quedando sin embargo siempre a salvo su autoridad de decidir y de mandar lo que deba hacerse.

Los Superiores han de dedicarse diligentemente a su oficio, y en unión con los miembros que se les encomiendan, deben procurar edificar una comunidad fraterna en Cristo, en la cual, por encima de todo, se busque y ame a Dios. Nutran por tanto a los miembros con el alimento de la palabra de Dios e indúzcanlos a la celebración de la sagrada liturgia. Han de darles ejemplo en el ejercicio de las virtudes y en la observancia de las leyes y tradiciones del propio instituto; ayúdenles convenientemente en sus necesidades personales y cuiden con solicitud y visiten a los enfermos, corrijan a los revoltosos, consuelen a los pusilánimes y tengan paciencia con todos.

Es notable la diferencia con el canon 501 del código de 1917: §1:

Los Superiores y los Capítulos, conforme a las constituciones y al derecho común, tienen potestad dominativa sobre sus súbditos; y en la religión clerical exenta, gozan de jurisdicción eclesiástica tanto para el fuero interno como para el externo.

 El código ha pasado de una apreciación casi exclusivamente jurídica a tratar de una forma mucho más pastoral y espiritual la relación superior – súbdito de una forma similar a la que resumía San Juan Pablo II en el XV centenario del nacimiento de San Benito:

En la soledad que se ha instaurado en nuestros tiempos y que acá y allá presenta el aspecto de una “sociedad carente de padres”, el Santo de Nursia ayuda a recuperar esa dimensión primaria –quizá demasiado descuidada por los que ejercen la autoridad- que llamamos paterna. San Benito hace entres sus monjes las veces de Cristo y ellos le obedecen como al Señor, con los sentimientos que el mismo Salvador tenía hacia el Padre. A esa obediencia – escucha, propia de los hijos, que así contribuyen a modelar la figura del Padre, responde la penetrante consideración que San Benito tiene por todos sus monjes, respetando la persona de cada uno en su totalidad[24].

 Comportarnos como un padre trata a sus hijos no es algo que disminuya la autoridad ni que perjudique a la comunidad, antes al contrario, ayuda al funcionamiento del instituto y a llevar a cabo las diferentes tareas que van detallando los dos cánones antes transcritos: ejercer la potestad como servicio, fomentar la obediencia voluntaria, tener respeto a la persona humana, escuchar de buena gana, fomentar sus iniciativas, dar ejemplo en el ejercicio de las virtudes y en la observancia de leyes y tradiciones, ayudar en las necesidades de cada uno, cuidar con solicitud, visitar a los enfermos, corregir a los revoltosos, consolar a los pusilánimes y tener paciencia con todos. Es una lista larga pero digna de ser meditada y vivida, no sólo por los superiores religiosos, sino por cualquiera que ostente una autoridad, en la Iglesia y fuera de ella.

En esa línea, el capítulo de la obediencia, que transcribiré entero por su oportunidad, del decreto Perfectae Caritatis, sobre la adecuada renovación de la vida religiosa, nos muestra la evolución en este campo al decirnos:

Los religiosos por la profesión de la obediencia, ofrecen a Dios, como sacrificio de sí mismos, la consagración completa de su propia voluntad, y mediante ella se unen de manera más constante y segura a la divina voluntad salvífica. De ahí se deduce que siguiendo el ejemplo de Jesucristo, que vino a cumplir la voluntad del Padre, “tomando la forma de siervo”, aprendió por sus padecimientos la obediencia, los religiosos, movidos por el Espíritu Santo, se someten en fe a los Superiores, que hacen las veces de Dios, y mediante ellos sirven a todos los hermanos en Cristo, como el mismo Cristo, por su sumisión al Padre, sirvió a los hermanos y dio su vida por la redención de muchos. De esta manera se vinculan más estrechamente al servicio de la Iglesia y se esfuerzan por llegar a la medida de la edad que realiza la plenitud de Cristo[25].

Hasta este punto podemos leer todo lo que la tradición venía explicando de la obediencia. El modelo de Cristo obediente hasta la muerte sigue vivo en las palabras del Papa Francisco a los religiosos en la clausura del año de la vida religiosa en Roma[26]. Nada cambia, por tanto, en el fundamento del valor de la obediencia. Pero vemos a continuación cómo se hacen varias referencias expresas a la dignidad de la persona y a la libertad de cada uno.

En consecuencia, los súbditos, en espíritu de fe y de amor a la voluntad de Dios, presten humilde obediencia a los Superiores, en conformidad con la Regla y las Constituciones, poniendo a contribución las fuerzas de inteligencia y voluntad y los dones de naturaleza y gracia en la ejecución de los mandatos y en el desempeño de los oficios que se les encomienden, persuadidos de que así contribuyen, según el designio de Dios, a la edificación del Cuerpo de Cristo. Esta obediencia religiosa no mengua en manera alguna la dignidad de la persona humana, sino que la lleva a la madurez, dilatando la libertad de los hijos de Dios[27].

Entregar la libertad por el voto de obediencia, no quita la libertad, sino que la dignifica. Esto no implica que la potestad sobre los súbditos sea infinita y abarque todos los campos de la vida. El documento puntualiza a continuación algunos aspectos que venimos resaltando en este estudio, y que no sería conveniente olvidar.

Mas los Superiores, que habrán de dar cuenta a Dios de las almas a ellos encomendadas, dóciles a la voluntad divina en el desempeño de su cargo, ejerzan su autoridad en espíritu de servicio para con sus hermanos, de suerte que pongan de manifiesto la caridad con que Dios los ama[28].

Gobiernen a sus súbditos como a hijos de Dios y con respeto a la persona humana. Por lo mismo, especialmente, déjenles la debida libertad por lo que se refiere al sacramento de la penitencia y a la dirección de conciencia[29].

Destacamos que los dos aspectos que hemos dicho para todos los fieles, sobre la libertad de elegir confesor y la frecuencia de las confesiones, así como de la dirección espiritual, también debe estar presente entre los religiosos.

Logren de los súbditos, que en el desempeño de sus cargos y en la aceptación de las iniciativas cooperen éstos con obediencia activa y responsable. Por tanto, escuchen los Superiores con agrado a los súbditos, procurando que empeñen su actividad en bien del Instituto y de la Iglesia, quedando, no obstante, siempre a salvo su autoridad para determinar y mandar lo que debe hacerse[30].

Todo ello no debe llevar ni a un absolutismo, por parte de los superiores, ni a un libertinaje, por parte de los súbditos. El espíritu de familia debe ser el que vaya armonizando lo que debe hacerse en cada momento y cómo debe llevarse a cabo, salvando, a ser posible, la riqueza del carisma personal que Dios da a cada uno.

Los Capítulos y Consejos cumplan fielmente la función que se les ha encomendado en el gobierno y en el modo que, respectivamente, les es propio, realicen la participación y preocupación de los miembros en pro de toda la comunidad[31].

Para todo ello, a los religiosos y a todos aquellos que viven en comunidad y con exigencia de vivir según los consejos evangélicos, aunque no sean específicamente religiosos como tales, les será de gran utilidad el conocimiento de su estado, de su alma, del fruto de su apostolado, de su corazón; que poco a poco irá manifestando libremente el religioso, e incluso cualquier cristiano en su particular cuenta de conciencia.

Es importante tener en cuenta que ejercer el derecho de mantener la intimidad no debe ser oneroso, en ningún aspecto, para el religioso. Tampoco debe ser obligatorio dar cuenta de la propia conciencia, aunque a lo largo de la historia lo ha sido en muchas ocasiones. Lo que este punto quinto del canon nos recomienda es algo muy próximo o equivalente a la dirección espiritual libre y espontánea con el Superior, que en algunos casos puede haber sido obligatoria, sobre todo en lo referente al fuero y régimen externos. Si el Superior, en el ejercicio de su cargo, se gana la confianza del súbdito, esta práctica no solamente no será perjudicial, sino muy provechosa para cualquier persona que viva bajo disciplina.

Sin embargo, es importante tener en cuenta que

la libertad viene a ser la misma que la requerida respecto al sacramento de la penitencia. El Superior hará muy bien en exigirla en mayor grado, pues es parte interesada y la dirección espiritual pudiera también ocasionarle dificultades para el gobierno externo[32].

No obstante, pese a su importancia, creemos que el momento, la profundidad, los temas a tratar y todos los aspectos relacionados con la cuenta de conciencia como tal dependen del religioso propiamente. De no ser así, no se respetaría la libertad que los cánones piden, y se dificultaría el buen funcionamiento de la relación súbdito – superior en algo tan primordial como el respeto a la intimidad. A la vez de todo lo dicho, no deja de ser oportuno que el superior haga ver al súbdito los aspectos sobre lo que debe sincerarse para aprovechar bien este medio de santificación. Dejándole libertad, como venimos diciendo, pero evitando que olvide la importancia de tocar ciertos aspectos o de no querer revelar algunas cosas que sean muy importantes para su provecho propio.

La justa armonía entre superior y súbdito en esta conversación puede ser la clave del buen funcionamiento de la comunidad e, incluso, de la santidad de los religiosos.

 

6.3.2. Los abusos en torno a esta práctica

Muy difícil que no se haga uso de lo conocido cuando, en algunos institutos, la religiosa está obligada a dirigirse especialmente con su superiora. Puede ser cierto que, en ciertos casos, aumente la confianza maternal con la superiora. Sin embargo, puede ocurrir lo contrario y, en ese caso, la religiosa no está protegida contra el abuso de poder de su superiora.

En la historia reciente hemos tenido algunos cambios en las Constituciones de ciertos institutos de vida consagrada que trataremos más adelante, bien por algunos problemas surgidos en torno a diversos institutos (Legionarios de Cristo), bien porque se ha estimado oportuno aplicar las nuevas normas y esa tendencia que se está estudiando en el presente escrito, bien porque los escándalos en diversas partes del mundo, por motivos varios, han obligado a ello. No se puede negar que:

La vida consagrada ha seguido en estos años caminos de profundización, purificación, comunión y misión. En las dinámicas comunitarias se han intensificado las relaciones personales y a la vez se ha reforzado el cambio intercultural reconocido como beneficioso y estimulante por las propias instituciones. Se aprecia un loable esfuerzo por encontrar un ejercicio de la autoridad y de la obediencia más inspirado en el Evangelio que afirma, ilumina, convoca, integra, reconcilia. En la docilidad a las indicaciones del Papa, crece la sensibilidad a las peticiones de los Pastores y se incrementa la colaboración formativa y apostólica entre los Institutos[33].

Sin embargo, en algunos lugares no ha sido así, algunos institutos han tardado en aplicar las directrices que se venían recomendando y se han seguido problemas morales y disciplinares. Veamos algunos ejemplos como muestra, antes de estudiar detenidamente otros de mayor calado.

Los casos particulares también están tratados en la Tesis, pero alargarían mucho estos artículos. Si alguien los desea consultar puede escribirme a antoniomariad@hotmail.com

Otros artículos relacionados: Dirección Espiritual en la Vida Religiosa. Tesis Doctoral XITesis Doctoral VI: Los conocimientos adquiridos y los Superiores

[1] A. Royo Marín, Teología Moral para seglares I, Moral fundamental y especial (Madrid 1996). 156

[2] Cat. I.C. 1777.

[3] Cf. Ibid. 1784.

[4] Ibid. 1792.

 

[5] San Juan Pablo II, Discurso a la Rota Romana (10-2-1995).

[6] San Juan Pablo II, “Formar rectamente la conciencia”: Ecclesia (1997) 35.

[7] J. H. Newman, Carta al Duque de Norfolk, (Madrid 1996) 82.

[8] Cf. J. Ratzinger, “Conciencia y verdad, El Brindis del Cardenal”: 30 DÍAS, Año V (1991) 43, 68.

[9] CIVCSVA, El servicio de la autoridad y la obediencia; 10.

[10] Ibid 25.

[11] La coscienza è quindi, per dirla con una immagine tanto antica quanto degna, un santuario, sulla cui soglia tutti debbono arrestarsi; anche, se si tratta di un fanciullo, il padre e la madre. Solo il sacerdote vi entra come curatore di anime e come ministro del Sacramento della penitenza; nè per questo la coscienza cessa di essere un geloso santuario, di cui Dio stesso vuole custodita la segretezza col sigillo del più sacro silenzio. Pío XII, Mensaje radiofónico sobre la recta formación de la conciencia cristiana de los jóvenes (23-3-1952) en: AAS 44 (1952) 271.

[12] J. Aixal, Cuenta de Conciencia en: Charles Edwards O´Neil (Coor), Diccionario Histórico de la Compañía de Jesús II (Roma – Madrid 2001) 1019-1020.

[13] Cf. J. L. Sánchez Girón, Sentido y finalidad de un privilegio en: Estudios Eclesiásticos, 81 (2006) 319, 727.

[14] Cf. Ibid. 732.

[15] Juan Casiano, Institutos, c. 9 en Alonso Rodríguez, Ejercicio de Perfección y virtudes cristianas (Madrid ²1990) 1582.

[16] Juan Clímaco, De obedientia 4, en: Ibid.

[17] Ignacio de Loyola, “Constitutionis Societatis Iesu” (Roma 1937) c. 4, 34. 29.

[18]  Bernardo, Sermones sobre los Cantares IX en: P. Gregorio Díez Ramos, OSB. Obras Completas de San Bernardo II, (Madrid 1955) 47.

[19] Ibid. Nota a pie de página.

[20] Sánchez Girón, Ibid. 730.

[21] L. Miguélez – S. Alonso – M. Cabreros, Código de Derecho Canónico (Madrid 1945) 190-191.

[22] L. MIGUÉLEZ – S. AlONSO – M. CABREROS, Ibid.

[23] Idem.

[24] San Juan Pablo II, Carta Apostólica Sanctorum Altrix (11-7-1990) 6, AAS 72 (1980) 788.

[25] Pablo VI, Decreto “Perfectae Caritatis”, AAS 58 (1966) 702-712.

[26] El espíritu jesuita de Francisco se trasluce al hablar de la obediencia. Cf. Francisco, “Incontro del Santo Patre Francesco con i participanti al Giubileo della vita Consacrata” (1-2-2016) en: http://w2.vatican.va/content/francesco/it/speeches/2016/february/documents/papa-francesco _20160201_giubileo-vita-consacrata.html.  “Sì, ma secondo le regole devo fare questo, questo e questo. E secondo le disposizioni questo, questo e questo. E se non vedo chiaro qualcosa, parlo con il superiore, con la superiora, e, dopo il dialogo, obbedisco”. Questa è la profezia, contro il seme dell’anarchia, che semina il diavolo. “Tu che fai?” – “Io faccio quello che mi piace”. L’anarchia della volontà è figlia del demonio, non è figlia di Dio. Il Figlio di Dio non è stato anarchico, non ha chiamato i suoi a fare una forza di resistenza contro i suoi nemici; Lui stesso lo ha detto a Pilato: “Se io fossi un re di questo mondo avrei chiamato i miei soldati per difendermi”. Ma Lui ha fatto l’obbedienza del Padre. Ha chiesto soltanto: “Padre, per favore, no, questo calice no… Ma si faccia quello che Tu vuoi”. Quando voi accettate per obbedienza una cosa, che forse tante volte non ci piace… [fa il gesto di ingoiare] …si deve ingoiare quell’obbedienza, ma si fa. Dunque, la profezia. La profezia è dire alla gente che c’è una strada di felicità, di grandezza, una strada che ti riempie di gioia, che è proprio la strada di Gesù.

[27] Pablo VI, Ibid.

[28] Idem.

[29] Idem.

[30] Idem,

[31] Idem.

[32] Cf. Domingo J. Andrés, CECDC., 1578-1579. Es interesante constatar como en el comentario a este canon, en un solo párrafo, el autor nombra las tres prácticas de esta Tesis, que trataremos en sus relaciones entre sí en el próximo capítulo.

[33] CIVCSVA, Instrucción Caminar desde Cristo. Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio (14-6-2002) 7.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s