Las tres prácticas relacionadas. Tesis Doctoral XIV

El objetivo principal de este capítulo es encontrar las semejanzas y las diferencias entre la Confesión, la Cuenta de Conciencia y el Sacramento de la Penitencia.

Las semejanzas estriban en quién lo ejerce, casi siempre el ministro sagrado, aunque existe la posibilidad de que los laicos actúen como directores espirituales, o también como superiores, en algunos institutos. El secreto de lo tratado, aunque es cierto que ese secreto tiene grados distintos y los tres pilares de la libertad. Libertad para llevarse a cabo, libertad para elegir con quién y libertad en el tiempo. Por último, la integridad en cada una de las prácticas, debería ser respetada, a fin de que fueran provechosas. A continuación, veremos cada caso.

Las diferencias entre una y otra también van a ser tratadas aquí. Así como las consecuencias del abuso en alguna de ellas, siendo más o menos graves en unas o en otras, y con remedios distintos. Intentaremos llegar a cada punto.

Es interesante la lectura de unos párrafos del documento de la Congregación para el Clero, que iluminan su contenido fundamental. Creo que es importante que sea, prácticamente, lo último publicado, y puede decir que, cronológicamente, este principio es el final.

En el ministerio de ser “médico y consejero espiritual”, no se trata sólo de perdonar los pecados, sino también de orientar la vida cristiana para corresponder generosamente al proyecto de Dios Amor. La generosidad con la que el sacerdote ministro responde a este proyecto, facilita el florecimiento efectivo de las gracias que el Espíritu Santo da a su Iglesia en cada época[1].

La pastoral de la santidad, que se anuncia en la predicación y se realiza de forma particular con el sacramento de la reconciliación y con la dirección espiritual, siempre en relación con la Eucaristía, se actúa principalmente con el ministerio sacerdotal. Se requieren ministros que vivan gozosamente este servicio que producirá ciertamente grandes frutos y disipará dudas y desánimos[2].

Puede decirse, según lo que hemos visto, que la cuenta de conciencia, dentro de un marco más específico, en todos los casos, persigue el mismo fin que la confesión y la dirección espiritual. Cuando las diferencias de Constituciones y Directorios hacen pensar que se prefiere un interés distinto o más amplio que seguir adelante en el camino de la santidad, podemos estar en contra de dicho objetivo.

Así pues, Confesión, Dirección Espiritual y Cuenta de Conciencia, pueden compartir, en términos aristotélicos, causa final, causa eficiente y causa material. La forma de esta cuenta es lo que varía a lo largo de los siglos. Algunas costumbres también hacen variar los aspectos en la vida religiosa de la confesión y la dirección espiritual, sobre todo, en lo que se refiere a la libertad del religioso.

La causa final sería, en definitiva, la respuesta a la llamada a la santidad por parte de cada cristiano, utilizando uno u otro medio según cada caso. La causa eficiente sería, en el caso de la confesión, la absolución dada por el sacerdote, en la dirección el seguimiento de los consejos concretos o generales, y en la cuenta de conciencia las directrices establecidas por el superior según lo que el religioso haya explicado y para esa persona en concreto. La causa material sería la conversación necesaria en los tres casos, con matices distintos en cada uno, pero conversación, al fin y al cabo. No distinguir la causa formal, a saber, la absolución de los pecados por Dios y su Iglesia, llegar a la contemplación en la vida de oración a través de la dirección espiritual, y la perfección de vida por medio de la cuenta de conciencia, es lo que puede provocar la mezcla de fuero interno y externo, así como los problemas de conciencia en algunos casos.

Creo que muchas Constituciones están previstas para cuando todo va bien. Las normas y costumbres son muchas veces pensadas para que los superiores actúen in persona Christi, para que nadie abuse de poder, para que la humildad sea la virtud principal del que manda… pero cuando las cosas no suceden así no está previsto hasta qué punto puede perjudicar a un novicio, o a un religioso de votos perpetuos; tampoco pensamos hasta dónde se puede llegar cuando un religioso, o incluso, cualquier otra persona, abre su corazón y despliega su alma a cualquier sacerdote o superiora, en el caso de que no se ponga la gloria de Dios y el bien de las almas como criterio primordial, tanto en el Sacramento de la Penitencia, como en la Dirección Espiritual o en la Cuenta de Conciencia.

Quizás por este motivo ha ido evolucionando la doctrina a lo largo de, sobre todo, el siglo XX y principios del XXI.

La libertad de escoger con quién se confiesa, se explica o se consulta. La voluntad personal de hacerlo en el momento en que cada uno necesite o desee, siempre que no se retarde más de una vez al año. Aunque sería recomendable que fuese algo más a menudo, aunque no fuera de forma obligatoria. Y también, la integridad de lo que se confiesa, consulta o explica, pueden ser, en estos momentos, los tres pilares de estas prácticas. Sin embargo, antes no era así, en el caso de la cuenta de conciencia; aunque sí en las otras prácticas. El rigor de la obligatoriedad en la cuenta de conciencia, incluso en la Compañía de Jesús –como hemos visto más arriba- se ha ido relajando en los últimos decenios, quedando bien claros los cánones que impiden a los superiores obligar a sus súbditos a revelarles cualquier cosa de su interior. Los estatutos y constituciones de las congregaciones religiosas, así como de los institutos de vida consagrada y sociedades de vida apostólica se han ido haciendo eco de esta reforma.

En el canon de 1917, podemos leer Todo fiel puede confesar sus pecados al confesor legítimamente aprobado que fuere más de su agrado, aunque sea de otro rito[3].  En el canon vigente se mantiene la norma: Todo fiel tiene derecho a confesarse con el confesor legítimamente aprobado que prefiera, aunque sea de otro rito[4].

También el secreto de lo oído en confesión, que entra dentro del sigilo sacramental, como hemos dicho más arriba, e incluso de lo sabido por confesión, se podría aplicar, aunque no como sigilo, sí como secreto “de oficio” lo conocido en la dirección espiritual, o en la cuenta de conciencia. Algunos han pensado que por dar a conocer lo sabido se ayudaba a la persona, pero es fácil de constatar que los males que pueden seguirse son superiores a los bienes, aunque solamente sea por la falta de confianza en el que habla que generaría una actuación de esa forma. El ejercicio del poder de jurisdicción en la Iglesia debe respetar siempre la reserva y el silencio del director espiritual[5].

Creemos que, tanto por lo oído en la cuenta de conciencia, como en la confesión, el superior o el sacerdote que confiesa no pueden actuar ni en perjuicio ni en beneficio del penitente; en el segundo caso, el superior podría ayudar en algo, si el súbdito se lo pidiera, y en el segundo, no podría hacerlo, ni siquiera si éste se lo pidiera, a menos que esto ocurriera fuera de la confesión.

En el seminario, y podríamos decir, en cualquier ámbito relacionado con la vida de comunidad en el camino de la santidad, es fundamental durante la preparación para el sacerdocio o para cualquier ministerio, vivir lo que luego se tendrá que poner en práctica, viéndolo en el respeto que los sacerdotes tienen en tutelar aquello que los candidatos les han explicado.

La confianza de los seminaristas en lo que se dice confidencialmente en la dirección espiritual –y, por supuesto, en el sacramento de la penitencia- no saldrá nunca de ese ámbito y en que no se hará uso de ello en el fuero externo es un bien superior a cualquier otro que pudiera seguirse del uso, aun legítimo, de conocimientos adquiridos en el fuero interno y que, eventualmente, se pudiese hacer en términos estrictos de legitimidad. Por eso, la prudencia aconseja evitar siempre todo aquello que pueda dar lugar a la más mínima sospecha de que se hace uso en el fuero externo de lo que se ha manifestado confidencialmente en la dirección espiritual, fortaleciendo así la confianza de los seminaristas en la dirección espiritual, actitud indispensable para que ésta pueda dar sus frutos y el seminarista pueda ser verdaderamente ayudado desde el fuero interno en su camino de formación y discernimiento vocacional[6].

 

7.1. Relaciones entre el Sacramento de la Penitencia y la Dirección Espiritual

7.1.1. Diferencias entre ambas.

La unidad indivisible de alma y cuerpo, hacen que las cosas del alma se mezclen con los problemas de la vida, la enfermedad, la soledad, la incomprensión, la inseguridad, las consecuencias del pecado, los problemas de la familia… y el que acompaña no debe abandonar en momentos difíciles, cuando más falta hace. La Fe y los Sacramentos harán mucho bien en decisiones, dudas, y problemas. Por este motivo, no es perjudicial que aquél que perdona los pecados, sea el mismo que da los consejos. Y a su vez, puede darse el caso de que un sacerdote dirija un alma en los pasos previos a la apertura total a la Fe, a personas alejadas de los Sacramentos, siempre y cuando no olvide el director la dimensión espiritual de su ministerio concreto; porque

El desarrollo debe abarcar, además de un progreso material, uno espiritual, porque el hombre es “uno en cuerpo y alma”, nacido del amor creador de Dios y destinado a vivir eternamente […] No hay desarrollo pleno ni un bien común universal sin el bien espiritual y moral de las personas, consideradas en su totalidad de alma y cuerpo[7].

Por este motivo, en muchas ocasiones, el Sacramento de la Penitencia va unido a la dirección espiritual en los consejos que se reciben después de la acusación de los pecados; sin que haya ninguna duda en que se complementan y se enriquecen mutuamente.

Sin embargo, debemos tener en cuenta que el objetivo fundamental de la confesión es obtener de Dios el perdón de los pecados. El sacerdote al darnos la absolución actúa in persona Christi y sus virtudes personales, su ciencia, su caridad, no añaden ni quitan nada a la validez de la absolución. En cambio, como hemos visto anteriormente, los consejos del director espiritual pueden ser mucho más acertados, según, por ejemplo, la ciencia y la experiencia del director.

En segundo lugar, la confesión es obligatoria una vez al año, en caso de que haya conciencia de pecado mortal, mientras nada se dice de la dirección espiritual, para todos los cristianos, como obligatoriedad. Las prescripciones en unos u otros reglamentos dependen de cada caso, pero nunca estaríamos hablando de una obligatoriedad bajo pecado. De igual manera, si la materia a decir en confesión está referida al incumplimiento de los mandamientos, como contenido fundamental de la moral, y al seguimiento o no de las obras de misericordia, fundamentales en la vida cristiana; la materia de la dirección espiritual puede ser mucho más amplia, y puede no obligar en conciencia, lo escuchado en ella. Es decir, los consejos de un director espiritual no obligan de la misma manera que los mandamientos de la ley de Dios.

Conviene resaltar esto porque algunos directores exigen obediencia olvidando que hay muchas cosas en las que el dirigido puede obrar como crea oportuno en la presencia de Dios, escuchar otros consejos, cambiar de idea; cosa que no ocurre con aquello que es materia de confesión, porque la moral no cambia, pero sí puede variar una situación concreta en un momento en que no podemos consultar al director.

7.1.2. Semejanzas entre Confesión y Dirección Espiritual

Ambas prácticas se enmarcan en una conversación. La comunicación entre dos personas se realiza a través de una charla en la que los dos participan y en la que si se está presente se adquiere de una forma mucho más completa, el sentido de lo que se está diciendo.

Cuando es necesario escribir alguna cosa o entregarla por escrito no es recomendable guardarlo en el caso de la confesión, porque pondría en peligro el secreto de lo que pone en el papel. En el caso de la dirección espiritual, podría guardarse el escrito a fin de ayudar a la misma persona, el mismo director, en caso de que fuera necesario, aunque tampoco parece lo más conveniente. Siendo, eso sí, muy común la dirección epistolar, y tradición en la historia de la Iglesia, sólo podría ser guardada con permiso del autor, que debería también obtenerse en caso de querer publicarla. Es decir, que lo que es normal en la dirección espiritual, y constituye algo excepcional en la confesión, como el caso de un mudo que quiere recibir la absolución, aunque no está obligado a hacerlo, o un religioso que comunica sus cuitas a su Superior, nunca puede ser transmitido ni debería ser guardado en el segundo y tercer caso, y mucho menos, nunca debe obligarse a hacerlo.

Otra semejanza que salta a la vista es la necesidad de que la relación entre Dios y pecador, director y dirigido sea individual. El secreto de lo tratado, podríamos incluirlo en esta individualidad. Es cierto que las consecuencias de revelar lo contenido en el sigilo sacramental son mucho más graves, pero hablar de más en lo conocido por la dirección espiritual, sería también una forma de quebrantar lo que podríamos llamar confidencialidad o secreto profesional.

Sin embargo, la Iglesia ha protegido siempre que estuviera garantizado ese secreto y esa individualidad. Como el médico ante el enfermo, no se contempla la posibilidad de prácticas colectivas en ambos casos, salvo en contadas excepciones.

La forma colectiva de la administración del Sacramento de la Penitencia[8], introducida en el canon 961, solamente está prevista para casos excepcionales, que en rara ocasión pueden darse en Europa y en gran parte de América, debido a la existencia de clero suficiente para atender a las confesiones de los fieles, incluso en momentos de peregrinaciones masivas, si se preparan con tiempo, como las Jornadas Mundiales de la Juventud o peregrinaciones a santuarios marianos.

Por este motivo, hablando del uso general, y por razones obvias, que vamos a detallar, la confesión y la dirección espiritual, incluso la cuenta de conciencia, deben hacerse de forma individual. Pablo VI repitió en varias ocasiones el carácter excepcional de la absolución en la forma colectiva[9]. San Juan Pablo II[10] y también Benedicto XVI[11] han insistido en este punto.

La Iglesia recientemente[12], por graves razones pastorales y bajo normas precisas e indispensables, para facilitar el bien supremo de la gracia a muchas almas, ha ampliado el uso de la absolución colectiva. Pero quiero recordar la escrupulosa observancia de las condiciones citadas, reafirmar que, en caso de pecado mortal, también después de la absolución colectiva, persiste la obligación de una acusación específica sacramental del pecado, y confirmar que, en cualquier caso, los fieles tienen derecho a la propia confesión privada[13]. Y dice también años después, insistiendo en lo mismo: La celebración con absolución general colectiva requiere particular cuidado, por no ser la forma ordinaria de celebrar el sacramento. Como allí se indica, se trata de una forma para solucionar situaciones de grave necesidad. En algunas regiones y en determinados momentos se comprende y legitima el recurso a ella. Este hecho, sin embargo, no puede llevar a olvidar que el modo de celebración normal es siempre el de la confesión individual. Corresponde al obispo, en el ámbito de la propia diócesis, juzgar si existen realmente situaciones de grave necesidad teniendo en cuenta los criterios establecidos por la Conferencia Episcopal[14].

Por otra parte, aunque es cierto que varias prácticas como la lectura espiritual, las homilías o los retiros pueden formar parte de la dirección espiritual, la conversación o diálogo fraterno, ese momento en que director y dirigido tratan sobre los temas del alma, deben tenerse en privado. Nunca se podría llegar a una total confianza o apertura si uno estuviera obligado a manifestar su conciencia o a pedir consejo delante de otros. Las reuniones de grupo y otras prácticas de algunos movimientos pueden hacer mucho bien, pero no estamos tratando ahora de este tema, sino de la tradicional forma de la Iglesia conocida como Dirección Espiritual. Y, aunque un director podrá tener varios dirigidos, debe tratarlos a cada uno en su peculiaridad e individualidad, así como tampoco sería bueno que un dirigido tuviera varios directores. Debe huirse de la práctica de ir buscando la respuesta que nos conviene preguntando a varios hasta que oímos como respuesta aquello que más se adapta a nuestra voluntad, olvidando que siempre hay que adaptar nuestra voluntad a la de Dios[15].

En segundo lugar, otra característica fundamental y común es la explicación con sinceridad y confianza que debe acompañar el relato de lo que ocurre, asemejándose la confesión de cualquier pecado a la que de una enfermedad se le hace al médico. Así también de cualquier problema u obstáculo explicado al director espiritual. No tendría sentido que al doctor no le explicáramos lo que nos duele, al ir a visitarlo. El remedio sería mucho más difícil y no solucionaría la enfermedad o efecto provocado por ella. Al igual ocurre con las tentaciones, los pecados y las dificultades que encontramos en nuestro caminar hacia Cristo, en el camino de la santidad.

También es cierto que mentir en confesión, en materia de pecado, sería mucho más grave que en la dirección espiritual, debido a que a Dios no podemos engañarlo y estaríamos añadiendo un pecado mayor; sin embargo, tampoco aportaría nada engañar al director espiritual. Es una forma de engañarnos a nosotros mismos en ambos casos.

 

7.2. Relaciones entre la Dirección Espiritual y la Cuenta de Conciencia

7.2.1 Diferencias entre ambas prácticas

  1. a) Personas diferentes

Algunos tratados asemejan las dos personas al tratar la conveniencia de manifestar la conciencia para vencer la tentación. Sin embargo, conviene diferenciar las dos personas e incluso lo que se dice a cada una, por todo lo que llevamos expuesto.

Dependiendo de la situación, la persona elegida y el momento, nos puede convenir acudir a uno o a otro, y ser tan francos como creamos oportuno, sin olvidar que a ninguno de los dos debemos llevar a error porque nos engañaríamos a nosotros mismos.

Es decir, el director espiritual y el superior, no conviene que sean la misma persona. La mezcla de fuero interno y externo puede ser el principal escollo en el desarrollo del seguimiento de esa persona concreta.

  1. b) Menos temas tratados en la cuenta de conciencia

Den todas las hermanas a la priora, cada mes una vez, cuenta de la manera que se han aprovechado en la oración, cómo las lleva Nuestro Señor: que Su Majestad la dará luz que, si no van bien, las guíe; y es humildad y mortificación hacer esto y para mucho aprovechamiento[16].

Así explica Santa Teresa lo que se refiere a la cuenta de conciencia en el Carmelo. Creemos que puede ser de utilidad para las religiosas, pero cabe destacar que solamente se refiere a la vida de oración. Es decir, que la vida de oración podría tratarse en la cuenta de conciencia, pero habernos excedido en este punto, tocando otros temas más propios de la dirección espiritual, es lo que ha provocado intromisión de los superiores en la vida de sus súbditos.

Por tanto, podemos decir que la cuenta de conciencia tiene un abanico más pequeño que la dirección espiritual, ya que, en la primera, normalmente, el Superior nos viene dado, mientras que el director espiritual es escogido.

En la Compañía de Jesús, como diremos más adelante, se está refiriendo actualmente la cuenta de conciencia a los destinos pastorales, llegando la dirección espiritual a todas las realidades de la vida interior.

En la medida en que queramos, debido a la libertad necesaria, explicaremos al Superior nuestro estado, y más bien, en la medida en que queramos acertar en el camino de hacer la voluntad del Señor, abriremos nuestra conciencia al director espiritual. Cuanta más luz demos a éste en lo que se refiere a nuestro interior, mejor podrá aconsejarnos.

Lo que refiramos al Superior como cuenta de conciencia tiene más un sentido práctico en torno al aprovechamiento de la misión encomendada que al crecimiento espiritual de cada uno, así como al discernimiento de la voluntad de Dios en cada momento concreto, que es competencia, especialmente, del director espiritual.

7.2.2. Semejanzas entre la Dirección Espiritual y la Cuenta de Conciencia

  1. a) Cuidado y atención humanas

Tanto para la dirección espiritual como para la cuenta de conciencia podríamos tener en cuenta que es necesario cuidar la parte humana de aquellos que se nos confían, ya sea en religión, o para un momento. Es importante que las palabras del Maestro:

En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos, o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más –casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, la vida eterna (Mc.10,29-30),

Se refieren a que nosotros, los compañeros en el sacerdocio, o en la vida de comunidad, o los miembros del Instituto religioso, deberíamos ayudar en ese camino de la vida eterna, siendo parte del cien veces más, antes que de las persecuciones. Es peligroso que aquellos que lo han dejado todo, por culpa nuestra, no se sientan como en casa.

  1. b) Beneficios de la vida en común

Las palabras de la Exhortación Apostólica Vita Consecrata pueden aplicarse en este punto y con más razón en lo concerniente a superiores y directores espirituales, y a todos aquellos que ejerzan alguna autoridad, sobre todo, en el trato con los demás religiosos:

En la vida comunitaria, la energía del Espíritu que hay en uno pasa contemporáneamente a todos. Aquí no solamente se disfruta del propio don, sino que se multiplica al hacer a los otros partícipes de él, y se goza del fruto de los dones del otro como si fuera del propio en la vida de comunidad, además, debe hacerse tangible de algún modo que la comunión fraterna, antes de ser instrumento para una determinada misión, es espacio teologal en el que se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado[17]. Esto sucede merced al amor recíproco de cuantos forman la comunidad, un amor alimentado por la Palabra y la Eucaristía, purificado en el Sacramento de la Reconciliación, sostenido por la súplica de la unidad, don especial del Espíritu para quien introduce el alma en la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, comunión en la que está la fuente de la vida fraterna[18].

Esta realidad no solamente debe quedarse en los documentos, sino hacerse presente entre todos, sobre todo, cuando aparecen las dificultades.

  1. c) Actitudes requeridas

Al igual que en el apartado anterior, también aquí son necesarias la sinceridad y la confianza. Estas dos harán que no se haga indeseable el tratar las cosas con el Superior, o con el director espiritual. Los consejos que ambos podrían darnos, o en caso de la cuenta de conciencia, las disposiciones que podrían tomar con respecto a nuestros destinos o planes pastorales, no irían encaminados al bien común o al bien de las almas, debido a estar fundamentados en el error o el engaño. A la hora de decidir hablar con el Superior o con el director espiritual, no deberíamos pensar que están muy ocupados o que nuestro problema o circunstancia es poco importante, ni siquiera porque ya nos parece que sabemos lo que nos va a contestar.

  1. d) No deben ser obligatorias

Ninguna de las dos prácticas es obligatoria en ningún caso. Son medios que están en nuestras manos como ayuda, pero a los que no se puede obligar. No respetar esa libertad sería desastroso tanto para el súbdito como para la comunidad.

No realizar la cuenta de conciencia o no hacer llevar dirección espiritual, no podría ser motivo de pecado, ni de ningún otro tipo de advertencia, ya que, tanto una práctica como la otra son totalmente libres y dependen de la voluntad de cada cristiano.

 

7.3. Relaciones entre la Cuenta de Conciencia y el Sacramento de la Penitencia

7.3.1. Semejanzas entre ambas prácticas

Empiezo en esta ocasión por las semejanzas por ser más sencillo, y muy importante lo que se refiere al próximo punto, que trataremos con más detenimiento, por no referirse específicamente a las diferencias solamente, sino también a las consecuencias de no saber distinguirlas.

En primer lugar, en ambos casos, se trata de una conversación. Es la forma más normal para lo que se pretende. Otras formas de comunicación, como el teléfono o las redes sociales, no parecen oportunas para ninguna de las dos. Pero si tuviéramos que escribir los pecados, práctica no recomendable pero que puede darse, o aspectos de nuestra conciencia, tendrán que destruirse porque es responsabilidad del sacerdote que recibe el escrito o del superior que eso no trascienda. También el contenido de esta conversación debe ser secreto. Lo que ocurre entre la conciencia de cada uno y Dios solamente pertenece a ellos. El ministro está presente como intermediario y no puede revelarlo en ningún caso.

En segundo lugar, debe ser una conversación libre. No tiene sentido que se realice de forma obligatoria ninguna de las dos. Sí se obligaba a los religiosos en la antigüedad, pero ya hemos tratado esto en su capítulo de forma extensa.

En tercer lugar, confesión y cuenta de conciencia deben ser sinceras. Ni la cuenta de conciencia ni la confesión tienen sentido si no se dice la verdad. De nada serviría no ser sincero al llevarlas a cabo. Más valdría no confesarse o no ir a hablar con el Superior; sin embargo, en el caso de la cuenta de conciencia no constituye pecado ninguno ocultar, y mentir directamente, lo sería por faltar a la verdad, pero no por lo que respecta a esta práctica, ya que nadie está obligado a realizarla; pero mentir u ocultar algo en el Sacramento de la Penitencia sí sería objeto de pecado. Así dice el Catecismo, citando el Concilio de Trento y a San Jerónimo:

Cuando los fieles de Cristo se esfuerzan por confesar todos los pecados que recuerdan, no se puede dudar que están presentando ante la misericordia divina para su perdón todos los pecados que han cometido. Quienes actúan de otro modo o callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote. Porque si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora (S. Jerónimo, Eccl. 10,11).

 

7.3.2. Consecuencias y errores en estas prácticas por no diferenciarlas correctamente

La prohibición de confesarse con el Superior está dirigida fundamentalmente a no confundir estas dos prácticas. La posibilidad de que el Superior tuviera en cuenta, aunque fuera inconscientemente aquello que se le ha dicho en confesión a la hora de decidir cualquier cuestión, podría hacer odioso el Sacramento.

El buen remedio de explicar al confesor las tentaciones, en lo que podría ser una especia de cuenta de conciencia dentro de la confesión, nos indica que si es mejor para el Superior no confesarnos. Mucha virtud debería tener para olvidarse de aquello que le estamos diciendo, en caso de que fuera importante, a la hora de mandarnos algún ministerio o enviarnos a otro destino. San Francisco de Sales nos invita a abrir la conciencia del todo ante el confesor:

No mudes fácilmente de confesor; sino en escogiendo uno, continúes en darle cuenta de tu conciencia en los días señalados para esto, diciéndole desnudamente los pecados que hubieres cometido; y de tiempo en tiempo, como digamos de mes a mes, o de dos en dos meses. Dile también el estado de tus inclinaciones, aunque por ellas no hayas pecado, como si te hayas atormentado de tristeza, de congoja; si te dejas llevar a la demasiada alegría y deseo de adquirir hacienda, y semejantes inclinaciones[19].

            Puede parecer que se está recomendando dar cuenta de conciencia, pero no es el caso, debido a que, normalmente, no está confesando el superior, por lo que no hay peligro de que utilice lo que oye para cualquier decisión, sino solamente para enmarcar mejor el consejo concreto aplicado a la situación real de quien se está confesando.

  1. a) Exigir o pedir materia de confesión en la cuenta de conciencia.

Sin embargo, y de forma muy urgente, hay que advertir que, con buena intención, algunos superiores, e incluso superioras, invitan a sus religiosos o religiosas a explicarles también aquello que es materia de confesión, con el fin de mejor ayudarles. Esa mezcla de fuero externo e interno, puede provocar en la conciencia de ese súbdito una dependencia extraña o un vano temor del superior, que puede llegar a convertirse en una obsesión. Así, el perjuicio de mezclar ambas prácticas, fuera del confesonario, es decir, el peligro de revelar pecados, de forma semi-obligada, al Superior, no solamente está en la posibilidad de influir en el ánimo de éste, sino también en el interior del religioso.

Algo diferente sería advertir al Superior del peligro si, por iniciativa propia, alguna persona quisiera hacerlo, pero no hay que olvidar, tampoco en ese caso, que nada debe interponerse entre nuestra conciencia y Dios. Que en ese sagrario interior que todos tenemos, los superiores deberían enseñarnos a estar solamente con el Señor. No debe ser práctica corriente, pero prevalece el derecho del penitente a elegir confesor y decir lo que él crea conveniente.

  1. b) Usar la confesión para el gobierno

No sería correcto, por parte del Superior, aprovechar la cuenta de conciencia de un religioso, que hace voluntariamente, para indagar cuestiones relacionadas con el gobierno, o simplemente, con el funcionamiento de la comunidad. Es importante que el religioso vea que se le está atendiendo sin la intención de sacar otro provecho de la conversación, que no sea el de su alma. Utilizar para eso el Sacramento de la Penitencia, no solamente no debe hacerse, sino que sería un error grave, ya que no es ese el fin de la confesión. Todas aquellas cosas que no se necesitan saber para conocer la especie del pecado y sus circunstancias, no deben preguntarse. El Papa Francisco ha insistido en ese punto en la bula Misericordiae Vultus:

No harán preguntas impertinentes, sino como el padre de la parábola interrumpirán el discurso preparado por el hijo pródigo, porque serán capaces de percibir en el corazón de cada penitente la invocación de ayuda y súplica de perdón[20].

 En diversas ocasiones la práctica de la confesión se ha hecho odiosa por preguntar más de la cuenta. Lo único que debe importarnos es esa disposición al arrepentimiento, así como colaborar con los penitentes a su propósito de enmienda. No es el lugar de una recogida de información. Como tampoco lo es el espacio reservado para la cuenta de conciencia. Para ese cometido hay otros modos y otros momentos, que no vienen al caso.  Sería parte del abuso que hemos explicado anteriormente al exigir cuenta de conciencia de lo que pertenece al Sacramento de la Penitencia.

  1. c) Transmitir información revelada en la cuenta de conciencia

Especialmente reprobable sería la práctica, algo común en algunos ambientes, de pasar por escrito de un superior a otro, aquello que conoce de cada uno, y mucho más grave, sería hacerlo con listas de pecados o faltas.

El bien aparente que se podría seguir es muy pequeño en comparación de lo que supone la vulneración del secreto y la falta de confianza por parte de los súbditos de que eso pudiera llegar a hacerse.

Otros artículos relacionados: Dirección Espiritual en la Vida Religiosa. Tesis Doctoral XITesis Doctoral II: INTRODUCCIÓN

[1] Congregación para el Clero, El Sacerdote-Confesor y Director Espiritual-Ministro de la Misericordia Divina (Roma, 2011) 136.

[2] Ibid. 137.

[3] CIC 1917, c. 905.

[4] CIC 1993, c. 991.

[5] Congregación para el Clero, El Sacerdote, 103.

[6] Serres López de Guereñu, Ibid. 653.

[7] Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in Veritate (29-6-2009) 76.

[8] Cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, Ritual de la Penitencia (25-1-1975) 31-34 y 148-156.

[9] Cf. Pablo VI, Discurso a los prelados de América Septentrional en visita ad limina (20-4-1978) AAS 70 (1978) 328-332.

[10] Cf. San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentiae (2-12-1984) AAS 77 (1985) 269, 33.

[11] Cf. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (22-2-2007) 21.

[12] SCDF, Normae Pastorales circa apsolutionem sacramentalem generali modo impertiendam (16-6-1972) AAS 64 (1972) 510-514.

[13] San Juan Pablo II, Discurso a los Penitenciarios de Roma (30-1-1981) en: AAS  73 (1981) 201-204.

[14] San Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de la Región Sur-1 de Brasil en visita ad limina (20-3-1990) en: AAS 82 (1990) 976-977.

[15] Cf. Ignacio de Loyola, EE.EE. 154. El segundo binario quiere quitar el affecto, mas ansí le quiere quitar, que quede con la cosa acquisita, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de dexarla, para ir a Dios, aunque fuese el mejor estado para él.

[16] Teresa de Jesús, Constituciones. (De lo que está obligada a hacer cada una en su oficio)

[17] Mt. 18, 20. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

[18] San Juan Pablo II, Vita Consecrata: AAS 88 (1996) 337-486, 42.

[19] San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, XIX.

[20] Francisco, Bula Misericordiae Vultus (11-4-2015) 17 en: AAS 107 (2015).

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