Evolución de la Doctrina. Tesis Doctoral XV

El respeto a la libertad del hombre no es solamente tarea de las leyes humanas, sino que viene dado desde la misma creación. Al principio el Señor creó al hombre, y lo dejó a su propio albedrío. Si quieres, guardarás los mandamientos y permanecerás fiel a su voluntad. Él te ha puesto delante fuego y agua, extiende tu mano a lo que quieras (Ecl.15,14-16). Y San Pablo en su carta a los Romanos añade:

La creación, en efecto, fue sometida a la caducidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rm. 8, 20-21)

La existencia del pecado es la que nos somete, pero las consecuencias del pecado original, pueden provocar en las relaciones personales, un abuso de la misma autoridad dada por Cristo, que repercuta en la libertad de los súbditos. Sobre esta idea volveremos más adelante. El Catecismo nos habla también, claramente, de la libertad, así como los grandes maestros. Veamos algunos puntos que nos ayudarán a la comprensión del presente capítulo, sin pretender abarcar todos los contenidos y aspectos que darían para otra tesis o tratado.

La libertad es el poder, radicado en la razón y en la voluntad, de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas. Por el libre arbitrio cada uno dispone de sí mismo. La libertad es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza[1].

También el Concilio Vaticano II sintetiza los aspectos relativos a la libertad de forma clara y concreta:

Este Sínodo Vaticano declara que la persona humana tiene derecho a la libertad religiosa. Esta libertad consiste en que todos los hombres deben estar inmunes de coacción tanto por parte de personas particulares, como por parte de grupos sociales y de cualquier potestad humana, y esto de tal manera que en lo religioso ni se obligue a nadie a actuar contra su conciencia, ni se le impida que actúe conforme a ella en privado y en público, sólo o asociado con otros, dentro de los límites debidos. Declara además que el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se conoce por la palabra de Dios revelada y por la misma razón natural (DH.2).

Muy claro lo dice el Santo Padre en una de las Misas matutinas en la capilla de la Domus Sanctae Marthae:

Si existiera un “documento de identidad” para los cristianos, ciertamente la libertad sería un rasgo característico. La libertad de los hijos de Dios es el fruto de la reconciliación con el Padre obrada por Jesús, quien asumió sobre sí los pecados de todos los hombres y redimió el mundo con su muerte e la cruz. Nadie nos puede privar de esa identidad[2].

Sin embargo, la libertad no debe ser aplicada y buscada sin límites y, cada hombre o mujer puede renunciar a ella, en lo que se refiere a sus decisiones propias, siguiendo los consejos evangélicos como nos explica el Papa León XIII:

Pero, querido hijo, en el presente asunto del que estamos hablando, hay aún un peligro mayor, y una más manifiesta oposición a la doctrina y disciplina católicas, en aquella opinión de los amantes de la novedad según la cual sostienen que se debe admitir una suerte tal de libertad en la Iglesia que, disminuyendo de alguna manera su supervisión y cuidado, se permita a los fieles seguir más libremente la guía de sus propias mentes y el sendero de su propia actividad. Aquellos son de la opinión de que dicha libertad tiene su contraparte en la libertad civil recientemente dada, que es ahora el derecho y fundamento de casi todo estado secular[3].

Hay que tener en cuenta que la libertad es un don absolutamente definidor del hombre, sin ella no hay ser humano, por eso Dios la respeta de forma absoluta. Pero la libertad puede ser bien o mal usada, en este último caso, con consecuencias nefastas: por eso existe el infierno.

Ahora bien, la libertad sólo se desarrolla y vive en autenticidad cuando se usa para el bien. La autoridad en la vida consagrada puede facilitar al religioso su recto uso, pero no debe llegar a impedir, por la fuerza u otros métodos, el desarrollo del carisma en cada persona. Hay peligro de que el miedo, incluso la envidia, o alguna otra causa, provoquen que los superiores puedan enterrar el talento del que nos habla Cristo en el Evangelio: tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo (Mt. 25, 25). El cumplimiento exacto de las normas, olvidando el espíritu de ellas, o las directrices del Papa en este momento histórico puede ser una forma de devolverle al Señor lo suyo, pero sin nada más.

Las “propias seguridades” también pueden estar vividas en la regla de cada uno que, en ningún momento invitamos a saltarse, pero sí a meditar el contenido de lo que ha dicho últimamente el Papa Francisco:

Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrase a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termina clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos[4].

8.1. Constatación de un cambio, camino hacia la libertad

Partiendo de la base de que aquellos que lo eligen entran en una disciplina concreta, sujeta a los superiores, al abrazar la vida religiosa, es importante tener en cuenta que ese hecho no da derecho a dichos superiores, al abuso de su autoridad, ni al dominio de sus súbditos, refiriendo sus órdenes al propio interés y no al bien común del instituto o a la misión de la Iglesia, en el marco concreto que cada uno se encuentre.

Quisiera tratar en este punto lo que podría ser el tema fundamental que nos ocupa. La legislación en torno a los temas tratados ha ido evolucionando, sobre todo en torno a la cuenta de conciencia. Algunos Institutos también han usurpado la dirección espiritual a los sacerdotes y confesores, incluso limitando la tarea del sacerdote dentro del confesonario. Los directorios y normas particulares, en algunos casos, privan del derecho de los miembros a abrir su conciencia a quien deseen e invitan insistentemente, en la teoría y en la práctica a que lo hagan con los superiores.

Deben tenerse en cuenta dos puntos principalmente en torno a la libertad de los religiosos. En primer lugar, hay que resaltar que todos ellos, hombres y mujeres, pueden acudir libremente al consejo y confesión, muchas veces, de quien ellos prefieran. Esta práctica está teóricamente respetada en todas las normas, pero puede ocurrir que no se lleve a la práctica dicha libertad, incluso de forma tácita. Nos referimos a comunidades en las que se impide confesar con el sacerdote que prefieras, o se marca de forma explícita el día que hay que confesarse, o la persona a la que hay que preguntarle las dudas. También puede ocurrir que se pongan impedimentos, sobre todo en las casas de clausura en las que no se puede salir.

En segundo lugar, hay que cuidar que, bajo capa de obediencia, se esté impidiendo a los religiosos algo que para ellos es fundamental en la elección de confesor y director espiritual, llevándoles a cierto agobio interno, más o menos grave, según cada caso; y, a su vez, que por este motivo los religiosos entren en una independencia nada buena para el recto orden de su apostolado y vida interior. El diablo sabe aprovechar algunas situaciones para enfrentar a los súbditos con sus superiores bajo capa de bien.

El justo medio entre la conciencia bien formada y la libertad de conciencia, entre la obediencia a los criterios de los superiores y la libertad que concede el código a las prácticas del sacramento de la Penitencia, la dirección espiritual y la cuenta de conciencia, debe ser buscado y bien enmarcado en cada caso. La virtud está en saber vivir esos derechos sin caer en una liberalidad extrema que perturbe el buen funcionamiento de las costumbres de cada comunidad.

En ese sentido han evolucionado escritos sobre el tema, y cambios en las Constituciones y Directorios de algunos institutos, sobre todo en los últimos años. Es importante tener en cuenta que no se debe caer en una relajación de las normas, hasta el punto de que cada uno haga lo que le parezca en cada momento, porque se perdería así el valor de la obediencia y la fidelidad al carisma propio de cada uno.

Dentro de cada carisma puede haber más o menos libertad en la forma de actuar, pero no se puede vulnerar el derecho de lo más íntimo del ser humano: la conciencia. La norma debe ser aplicada con juicio y misericordia, así como con sentido común. Podríamos decir que no ha cambiado el fondo, pero sí la manera de aplicarlo. No el contenido sobre la libertad, pero sí el modo de llevar a término lo que, en el marco de esa libertad, se refiere a la conciencia.

Ante la duda de actuación, es más recomendable, y así se está legislando en los cambios de Constituciones, como veremos a continuación, tutelar la libertad en ese campo, que imponer el criterio del superior, por encima de la elección del religioso.

8.2. Normas de Derecho Propio

Es imposible abarcar un detalle de la multitud de constituciones y normas de la gran cantidad de fundaciones que existen en la Iglesia. Dentro de todos los ejemplos que podríamos abarcar como botón de muestra extenso de lo que hemos tratado, quiero hablar específicamente de una Orden Religiosa de las grandes órdenes del siglo de oro: la Compañía de Jesús. Una Congregación Religiosa, aprobada en el siglo XIX: los Salesianos, fundados por San Juan Bosco. Un Instituto de reciente creación, pero de un crecimiento enorme en la Iglesia: los Legionarios de Cristo, y una de las agrupaciones existentes a partir del nuevo código que, aunque no es una orden religiosa, sí incluye muchas prácticas de las que aquí nos ocupan, como ejemplo de las Asociaciones de Fieles, y que se ha dado en llamar: Prelatura Personal del Opus Dei, también de una gran expansión y que resulta muy significativo en el pueblo de Dios en general, con un carisma claramente laical, pero con normas y derechos propios, aprobados con carácter pontificio.  Entendemos que hay que tratarlo porque esta tesis da directamente en la línea de flotación de la forma de entender la dirección espiritual y la cuenta de conciencia; dejando al juicio de la Iglesia la interpretación de cada norma, y sin pasar a ningún juicio de valor, simplemente enumerando los puntos que parecen interesantes para una futura investigación. Podemos comparar este tipo de vida, por su papel relevante en la Iglesia, con la vida religiosa tradicional a lo largo de la historia.

Creemos que, con estos cuatro ejemplos, será suficiente para analizar puntualmente los posibles problemas, la reforma de las normas y las posibles tareas que quedan aún por aclarar en este campo. Se trata de Constituciones que pueden llamarse marco por su importancia y relevancia en la Iglesia, representando cada una algunos aspectos relevantes en lo tratado en este estudio.

8.2.1. Los privilegios y la evolución de la norma en la Compañía de Jesús

8.2.1.1. Antecedentes

El día 2 de febrero del año 1528, llegaba a la Universidad de París, donde permaneció hasta 1535, Ignacio de Loyola. En este periodo se fue perfilando la idea de reunir a aquellos que tuvieran los mismos ideales que él. Sus dos compañeros de habitación, el saboyano Pedro Fabro y el español Francisco Javier, se rindieron pronto al invencible atractivo de la espiritualidad de Ignacio. Ellos y otros cuatro, movidos por el ideal de entregarse a la conversión de los infieles, el día 15 de agosto de 1534, en una capilla al pie de Montmartre, hicieron los votos de pobreza y castidad y añadieron un tercero, obligándose a ir a Jerusalén, pero si no conseguían embarcación en el periodo de un año, se pondrían a las órdenes del Papa, como ocurrió finalmente. El día 27 de septiembre de 1540, el Papa Paulo III dio su aprobación a la nueva Orden. Tal es en realidad la fecha definitiva y oficial de la fundación de la Compañía de Jesús[5].

8.2.1.2. Evolución legislativa

Es imprescindible incluir en este trabajo aquello que se refiere a las normas en la Compañía de Jesús y su evolución hasta nuestros días. Puede ser, en lo referente a la cuenta de conciencia, la orden religiosa que más haya variado desde sus principios y, a su vez, la que mejor mantenga su identidad en torno a este punto. Lo veremos a continuación, pero es necesario, antes, referirnos a la confesión y a la dirección espiritual.

Las Constituciones lo explican claramente:

Usen el examinar cada día sus conciencias, y cada ocho días a lo menos confesarse y comunicarse, si por alguna razón otro no ordenase el superior; y sea uno el Confesor de todos, de mano del que tiene cargo de los otros; o si esto no se puede, tenga cada uno a lo menos su Confesor firme, a quien tenga toda su conciencia descubierta[6].

Sin embargo, la Compañía de Jesús adaptó sus Constituciones al nuevo código, añadiendo una nota a pie de página en la que se lee “modificado por CIC 663 §2 y CCEO 473, 474 §1”. En ellos podemos leer que la Eucaristía debería recibirse, en la medida de lo posible, diariamente y la confesión, frecuentemente, sin especificar el número de días que supone esa frecuencia.

En todo el tiempo que pasó desde la fundación hasta el Concilio Vaticano II, la Compañía de Jesús mantuvo sus Constituciones sin variar nada en este punto. También es derogada la norma sea uno el Confesor de todos, de mano del que tiene cargo de los otros, refiriéndose al canon 630 §1 que reconoce la libertad de los religiosos en lo que se refiere al Sacramento de la Penitencia.

Cuando legisla en lo que San Ignacio llama “Examen” sobre los candidatos dice:

Así mismo después que sea en casa, no debe salir della sin licencia; y, siendo lego, se ha de confessar y recibir el sanctísimo Sacramento de ocho en ocho días, si al Confessor no le pareciese haber algún impedimento para la Comunión; siendo Sacerdote, confesándose a lo más cada ocho días, celebrará más a menudo, cumpliendo algunas otras ordenaciones o constituciones de la Casa, según que en las Reglas della le será mostrado[7].

Las Constituciones actualmente también advierten de que los aspectos que se refieren a los ocho días están derogados. Podríamos decir que poner una fecha a la frecuencia no parece que vaya contra las disposiciones del CIC que nos recomienda esa frecuencia, y que puede ser concretada por la legislación particular; sin embargo, la Compañía ha querido de esta manera garantizar al máximo la libertad del religioso en este punto.

Por último, hay otro punto que está también derogado a causa del canon 630 §1. En el examen San Ignacio escribe:

El que sintiere que en todo lo dicho le da Dios nuestro Señor ánimo y fuerzas, y juzga ser a mayor gloria divina y más saludable a su conciencia ser incorporado en esta Compañía […], conviene que haga una Confessión general de toda la vida pasada con un sacerdote “que el Superior ordenare”, por muchas utilidades que en esto hay[8].

El texto entre comillas está derogado.

No se distingue en casi nada este apartado de lo que recomienda el Código de Derecho Canónico en los cánones sobre el Sacramento de la Penitencia (959 y ss.), aunque sí que precisa la frecuencia, no se extiende en el modo, limitándose a recomendar la apertura al confesor con confianza. Es importante que estos cambios, aunque parezcan mínimos, se lleven a cabo para respetar la tendencia que se quiere aplicar en lo referente a la libertad de los fieles, cualesquiera que fuesen, también religiosos, en esta materia. Vulnerar, tanto dentro del monasterio o la vida religiosa, como fuera, estas normas sería un grave perjuicio, y debe defenderse este derecho en todos los casos.

En la dirección espiritual hay un específico modo de actuar en la Compañía de Jesús, debido a que, en multitud de ocasiones, lo asemejan a la cuenta de conciencia al superior, y también al maestro de novicios. La legislación en torno a esta figura no ha cambiado. Solamente encontramos una pequeña referencia que adjuntamos:

Ayudará que haya una persona fiel y suficiente que instruya y enseñe cómo se han de haber en lo interior y exterior, y mueva a ello y lo acuerde y amorosamente amoneste, a quien todos los que están en probación, amen, y a quien recurran en sus tentaciones y se descubran confiadamente, sperando dél en el Señor nuestro, consuelo y ayuda en todo. Y sean avisados que no deben tener secreta alguna tentación que no la digan al tal o a su Confesor o al Superior, holgando que toda su ánima les sea manifiesta enteramente. Y no solamente los defectos, pero aun las penitencias o mortificaciones o las devociones y virtudes todas, con pura voluntad de ser enderezados donde quiera que algo torciesen, no queriendo guiarse por su cabeza, si no concurre el parescer del que tienen lugar de Cristo nuestro Señor[9].

Parece que éste es el punto más similar al director espiritual, que asemeja con el maestro de novicios, y que no ha evolucionado en la legislación. Por eso, la reflexión y la evolución gira en torno de la cuenta de conciencia, en el caso de la Compañía de Jesús, principalmente. Es interesante ver la evolución de esta práctica en los diferentes momentos históricos de la Compañía[10], debido a que es una muestra más de la línea actual en lo que se refiere a la intención del legislador y a lo que el Espíritu Santo inspira en el actuar de los que gobiernan.

El modo de gobierno espiritual de la Compañía, así como la obediencia a que da lugar, se apoyan de manera especial en el conocimiento del súbdito por parte del Superior. Para ello, la cuenta de conciencia es decisiva. Concebida como una apertura plena y total, busca que el jesuita manifieste al Superior todo lo que considere relevante a su persona y en su vida para transmitirle adecuadamente su experiencia (sea bueno o malo, conocido o secreto), sin dejar por ello de tenerle al tanto de todo lo que, en caso de ignorarlo, podría llevarle a tomar decisiones de gobierno distintas a las que adoptaría en caso de conocerlo. […] Ocultando algo relevante al Superior el jesuita nunca podría alcanzar el honesto convencimiento de estar respondiendo a la voluntad de Dios con lo que le mande. Es claro, pues, que la cuenta de conciencia al Superior es un bien para él, siempre que no intente hacer de ella un modo de autogobierno manifestando y ocultando al Superior lo que crea conveniente para evitar que le mande algo que no quiere u obtener de él aquello a lo que aspira[11].

El P. Alonso Rodríguez explica esta práctica de forma sencilla:

Importa mucho esto, dice nuestro padre, para que así el superior pueda mejor ordenar y proveer lo que conviene al cuerpo universal de la Compañía, por cuyo bien y honor, juntamente con el vuestro está obligado a mirar. Y cuando vos os declaráis con él, y le dais entera cuenta de vuestra alma entonces el superior, mirando en toda vuestra honra, y sin nota ninguna vuestra, puede mirar por el bien universal de todo el cuerpo de la Compañía; y si no os declaráis bien con él, por ventura pondréis a peligro vuestra honra y vuestra alma, y también la honra de la Religión, que depende de la vuestra[12].

Hay que tener en cuenta que, para la Compañía de Jesús, la cuenta de conciencia no se trataba de algo voluntario y conveniente, sino que era una práctica obligatoria, que formaba parte de la esencia de la Orden. San Ignacio quería que los superiores se sirvieran de lo conocido en la cuenta de conciencia para mayor provecho del religioso y de la misión que le había sido encomendada. Es muy importante destacar que en 1918 se derogó la obligatoriedad de esta práctica atendiendo a la prohibición del código de 1917 en el canon 530. Pasó entonces a tener carácter voluntario, siendo solamente una recomendación[13].

Pocos años después, en 1923, el Padre General Ledóchoswski, solicitó a Pío XI que confirmara lo establecido en las Constituciones acerca de la cuenta de conciencia al Superior, pese a ir directamente contra la prescripción del recientemente aprobado Código de Derecho Canónico. Esta solicitud que fue atendida por el Papa mediante un rescripto de 29 de junio de ese año:

Quae Sanctus Ignatius de Loyola in Cosntitutionibus Societatis Iesu totíes ab Antecessoribus Nostris probatis et confirmatis de ratione conscientiae reddenda statuit, suprema Nostra Apostolica acutoritate iterum aprobamus et confirmamus[14].

Por este motivo, la Compañía de Jesús, obtenía un privilegio en virtud del cual no quedaba sometida a la prohibición del canon 530, recién promulgado. En repetidas ocasiones el General Padre H. Kolvenbach, advirtió que el privilegio seguía vigente[15]. Por tanto, a pesar del c. 630 §5 del CIC 83, es conforme al ordenamiento jurídico de la Iglesia que esta práctica mantenga actualmente en la Orden el carácter obligatorio que recuperó con el rescripto papal de 1923[16]. Sin embargo, aunque esto sea un hecho, si consultamos las Constituciones, a partir de la Congregación General XXXIV, se llevaron a cabo las siguientes modificaciones que a continuación explicamos:

EXA 1:92. […] que el Superior tenga plena noticia de las inclinaciones y mociones, y a qué defectos o peccados han seído o son más movidos e inclinados los que están a su cargo, para según aquellos enderezarlos a ellos mejor, no los poniendo fuera de su medida en mayores peligros o trabajos de los que el Señor nuestro podrían amorosamente sufrir; y también porque (guardando lo que oye), mejor pueda el Superior ordenar y proveer lo que conviene al cuerpo universal de la Compañía.

1:93 Por tanto cualquier que esta Compañía en el Señor nuestro quisiera gloria, antes que entre en la primera probación, o después de entrado, antes de ser examinado generalmente, o después dentro de algunos meses si al Superior pareciese differir [en Confessión] o en secreto o de otra manera que más le plugiere o se consolare en su ánima, sea obligado de manifestar su conciencia con mucha humildad, puridad y caridad.

La palabra entre corchetes ha sido abolida, debido a que va contra lo prescrito en el canon 984 §2 del CIC: Quien está constituido en autoridad, no puede en modo alguno hacer uso, para el gobierno exterior, del conocimiento de pecados que haya adquirido por confesión en cualquier momento, y en el canon 734 §2 del CCEO, debido a que no puede hacerse en confesión, además de no ser el fin que persigue el canon 92 del examen antes escrito. Podría entenderse que el privilegio de Pío XI ya no incluye la salvedad a este canon, de forma que existe una evolución en la legislación. Así que hay que quitar de la confesión la práctica de la cuenta de conciencia. De igual modo ocurre en la Constitución 6:551. [17]

Pese a este privilegio es interesante resaltar que se ha de extremar el cuidado en escoger superiores dotados para el acompañamiento y el discernimiento espirituales, en garantizar la custodia del secreto, así como el derecho a la intimidad, Superiores capaces de no utilizar esta práctica para indagar o sacar información para otros fines que no sean el bien del súbdito, a fin de que esta obligatoriedad no sea tomada como algo simplemente asumible sino como un bien[18]; no tener en cuenta este aspecto en la elección de superiores, puede hacer indeseable la práctica de conciencia y apartarse del fin que pretendía San Ignacio al redactar el uso obligatorio de esta práctica.

Esta manera que hemos venido describiendo del uso de la cuenta de conciencia tiene mucha importancia en la Compañía, llegando a ser parte esencial del carisma.

Se entiende que no tenga la misma trascendencia en contextos de la vida religiosa donde estos aspectos no se den o, más bien, no tengan el mismo peso. Por ejemplo: allí donde la vida esté más regulada mediante normas que requieren observancia, por considerarse que determinan aspectos imprescindibles para el carisma. También, donde el apostolado no esté tan abierto a cualquier tipo de servicio, donde la espiritualidad no se centre tanto en un discernimiento tan abierto a encontrar la voluntad de Dios en una variedad tan amplia de posibles concreciones con la ayuda de un acompañamiento espiritual, o donde el gobierno no recaiga tanto sobre las decisiones personales del Superior, quedando más sujeto a parecer de órganos colectivos[19].

Por tanto, realizando una recopilación del tema que vamos tratando, la práctica de la cuenta de conciencia que ha sido despojada de su carácter obligatorio para toda la Iglesia, sigue vigente en la Compañía de Jesús, por su esencialidad en la misma; sin embargo, no puede hacerse durante la confesión como sí podía hacerse anteriormente, porque el código actual prohíbe hacer uso para el gobierno de aquello escuchado en confesión, y los Superiores de la Compañía pueden utilizar aquello que el súbdito les explica para decidir destinos u otros menesteres, habiendo sido, por tanto, abolido en las Constituciones todo lo referente a utilizar la confesión para este fin.

8.2.2. Sociedad de San Francisco de Sales

8.2.2.1. Antecedentes

Juan Bosco entró en el Seminario de Chieri en 1835, a los veinte años de edad, y se ordenó sacerdote en 1841. Comenzó en seguida, en diciembre de aquel año, con un grupo de seis niños lo que él llamó el Oratorio de San Francisco de Sales, reunión festiva y piadosa que tenía por objeto recoger en los días de fiesta a los jóvenes que, por descuido de los padres o por no tener quien los atendiera, andaban por las calles y plazas, expuestos a los mayores peligros. En 1853 abrió el primer taller de zapateros para el aprendizaje de sus muchachos, y luego uno de sastrería y hasta una escuela tipográfica. Durante aquellos años Víctor Manuel había decretado la supresión de las Congregaciones religiosas. Sin embargo, cierto día, el ministro de la corona Urbano Ratazzi, político liberal, amigo del ministro Cavour, le dijo a Don Bosco si había pensado cómo perpetuar su obra en caso de que él faltase. Aconsejado y, sobre todo, animado por el Papa Pío IX, se decidiría a escribir las reglas de la Pía Sociedad Salesiana.

Ya en 1852 se le habían agregado tres jóvenes, deseosos de ser sus colaboradores; uno de ellos se llamaba Miguel Rúa, que andando el tiempo sería su primer sucesor. En una reunión que tuvo Don Bosco con sus colaboradores, en diciembre de 1859, decidieron instituir una sociedad o congregación cuyo fin fuese, al mismo tiempo que la mutua ayuda, para la propia santificación, el promover la gloria de Dios y la salvación de las almas, especialmente de las más necesitadas de instrucción y educación. En 1864 la Pía Sociedad Salesiana fue alabada por la Santa Sede, y en 1874 Pío IX le dio la aprobación definitiva. Al morir Don Bosco en Turín, el 31 de enero de 1888, la Sociedad Salesiana contaba con más de mil religiosos, y al morir su sucesor Miguel Rúa eran más de cuatro mil. Estaba consolidada una congregación religiosa apta para los tiempos modernos[20].

8.2.2.2. Evolución legislativa

Si bien, no es estrictamente una evolución importante de las normas, sí que conviene resaltar algunos matices de éstas, así como el buen tino de San Juan Bosco en los consejos, cartas y normas que da a los miembros de la Sociedad. Veamos algunos ejemplos:

El año 1863, Juan Bosco fundó un Colegio en Turín, enviando a Miguel Rúa como director, escribiéndole una carta[21] y adjuntándole unos consejos para el gobierno, que luego serían publicados con el título Recuerdos Confidenciales a los Directores[22]. En las normas con los alumnos escribe:

En nuestras casas, el confesor ordinario es el director; por lo mismo, que se le vea oír gustosamente en confesión a cualquiera; pero dé [amplia] libertad a todos para que se confiesen con quien más les plazca. Que se sepa bien que tú no tomas parte votaciones sobre el comportamiento moral, y aleja diligentemente toda sospecha de que puedas servirte, ni aun recordarte, de cuanto hayas oído en confesión[23].

La palabra entre corchetes “amplia” fue añadida en 1886, cuando se editó para los demás superiores esta recopilación de consejos. Por lo tanto, ya comienza una tendencia a lo que después sería la norma codicial que hemos dicho anteriormente de prohibir confesar a los súbditos, a menos que lo pidan espontáneamente, que hemos visto más arriba.

En otra obra de gran calado para la juventud, nos dice:

La confesión y comunión frecuente y la misa diaria son las columnas que deben sostener el edificio educativo del cual se quieran tener alejados la amenaza y el palo. No se ha de obligar jamás a los alumnos a frecuentar los santos sacramentos: pero sí se les debe animar y darles comodidad para aprovecharse de ellos[24].

Es interesante resaltar lo que San Juan Bosco resume como sistema preventivo de la educación:

Consiste en dar a conocer las prescripciones y reglamentos de un instituto y vigilar después de manera que los alumnos tengan siempre sobre sí el ojo vigilante del director o de los asistentes, los cuales, como padres amorosos, hablen, sirvan de guía en toda circunstancia, den consejos y corrijan con amabilidad; que es como decir: consiste en poner a los niños en la imposibilidad de faltar. Este sistema descansa por entero en la razón, en la religión y en el amor; excluye, por consiguiente, todo castigo violento y procura alejar aun los suaves[25].

 Está claro que no en toda vida religiosa puede actuarse así con los súbditos, sin embargo, se entiende el espíritu de la norma y el consejo, y llevarlo a cabo, en la medida de lo posible, sería útil, al menos en el trato con novicios y postulantes.

Considerando las Constituciones y Reglamentos de la Sociedad antes del Concilio observamos dos puntos principales en torno a la cuenta de conciencia al Superior que, en algunos puntos incluye aspectos que hoy reservaríamos a la dirección espiritual, así como incluso aspectos que podrían tratarse en confesión, como por ejemplo la manera de cumplir las obligaciones encomendadas, la frecuencia con la que se acerca a recibir el Sacramento de la Penitencia, las dificultades en la práctica de la observancia religiosa. El capítulo quinto, bajo el título de Voto de Obediencia decía así:

Todos deben tener gran confianza en el Superior; y por tanto, será útil a los Socios el dar de vez en cuando a sus Superiores, cuenta de la vida exterior. Así pues, manifestará cada uno a sus Superiores con sencillez y espontaneidad las infidelidades y faltas externas contra las Constituciones; aún más: es bueno que cada uno, aunque a ello no está obligado, les manifieste también con libertad el adelanto en la virtud y las dudas y ansiedades de su conciencia, para recibir de ellos consejos y consuelos, y si es el caso, las amonestaciones convenientes. Por tanto, al menos una vez al mes, dará cada uno cuenta de su vida exterior al Director, o a aquellos en quienes se hubiere delegado este encargo. Dicha cuenta se referirá a estos puntos: Salud, estudios y ocupaciones, si puede desempeñar sus deberes y qué diligencia pone en ellos, si tiene comodidad para cumplir las prácticas de piedad y con qué empeño las cumple, con qué frecuencia se acerca a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, si practica las Constituciones y si ha encontrado dificultad en la observancia religiosa, si cumple bien los deberes externos de la caridad fraterna, si conoce algún desorden en casa que sea necesario remediar, particularmente si se trata de impedir el pecado.

Es destacable la minuciosidad a la que se refiere en la manera de hablar con el superior sobre particularidades que, como veremos más adelante, no es necesario que explique actualmente.

Queda resaltar algunos aspectos sobre el gobierno que enumeraremos a continuación por verles relación a lo tratado sobre la autoridad y los Superiores.

He de confesar con cierto dolor que en la poca sumisión de estos muchachos tenemos nosotros nuestra parte de culpa. He comprobado repetidas veces que quienes exigían a rajatabla silencio, disciplina, exactitud y obediencia, pronta y ciega, de sus alumnos, eran, en cambio, los que conculcaban los saludables avisos que yo u otro superior les dábamos. Estoy persuadido que los maestros que no perdonan lo más mínimo a sus alumnos suelen perdonárselo todo a sí mismos. Por ende, si queremos aprender a mandar, aprendamos antes a obedecer, y busquemos con preferencia ser más bien mandados que temidos[26].

En la carta circular sobre los castigos[27] dice algunos aspectos que pueden estar relacionados con la cuenta de conciencia e incluso con la dirección espiritual:

Es menester evitar la ansiedad y los temores suscitados por la corrección, y añadir unas palabras de consuelo. En olvidar y hacer que olviden los tristes días de sus yerros consiste el soberano arte del experto educador. No se lee que Jesús haya recordado sus desvaríos a la Magdalena. Asimismo, con suma paternal bondad hizo confesar y lavarse a Pedro de su debilidad.

Más adelante escribe en la otra carta:

Sólo desconfía el que tiene secretos que ocultar, quien teme que estos secretos sean descubiertos, pues sabe que, de ponerse de manifiesto, se derivará de ellos una gran vergüenza y no pocas desgracias. Al mismo tiempo, si el corazón no está en paz con Dios, vive angustiado, inquieto, rebelde a toda obediencia, se irrita por nada, se cree que todo marcha mal, y como él no ama, juzga que los superiores tampoco aman. […] Si, por lo tanto, se desea que en el Oratorio reine la antigua felicidad, hay que poner en vigor el antiguo sistema: El superior sea todo para todos, siempre dispuesto a escuchar toda duda o lamentación de los jóvenes, todo ojos para vigilar paternalmente su conducta, todo corazón para buscar el bien espiritual de sus subalternos y el bienestar temporal de aquellos a quienes la Providencia ha confiado a sus cuidados. Entonces los corazones no permanecerán cerrados y no se ocultarán ciertas cosas que causan la muerte de las almas. […] Observadas las debidas proporciones vuelvan a florecer los días felices del antiguo Oratorio. Las jornadas del afecto y de la confianza entre los jóvenes y los superiores; los días del espíritu de condescendencia y de mutua tolerancia por amor a Jesucristo; los días de los corazones abiertos a la sencillez y al candor; los días de la caridad y de la verdadera alegría para todos.

Incluso con este espíritu y con la condescendencia conocida por todos con la juventud, aunque es cierto que muchas de esas normas eran para el trato con muchachos no religiosos ni pertenecientes al instituto, la Sociedad vio necesario cambiar algunos puntos de las Constituciones para ser fieles al espíritu de las nuevas normas que quería se aplicaran desde Roma.

La reforma post conciliar, disminuyó mucho el detalle de estos apartados en lo que se podría considerar una relajación de la norma. Así titulado como “Coloquio con el Superior” nos encontramos con este párrafo:

Fiel a la recomendación de Don Bosco, todo hermano mantiene frecuentes y fraternales coloquios con su Superior, para su propio bien y para la buena marcha de la comunidad. En ellos trata de su vida exterior con total confianza y, si lo desea, de la vida espiritual. Es un momento privilegiado de diálogo[28].

Contrasta el “manifestará” de las Constituciones tratadas en primer lugar con el “si lo desea”, así como la generalidad de la norma reformada, deja mucha más libertad al religioso. “El adelanto en la virtud y las dudas y ansiedades de su conciencia” es mucho más concreto que el término vida espiritual. Quedan sin especificar consejos, consuelos y amonestaciones, que pueden correr a cargo de director espiritual y confesor en cada caso, sin que sea necesariamente encargado el superior o director. Y, por último, desaparece por completo la enumeración de puntos a tratar en ese diálogo, quedando bajo el criterio de cada religioso.

Está claro que la diferencia es notable y que el cambio puede haberse ido gestando con el paso del tiempo, como está ocurriendo con otros institutos en estos últimos años. En este caso, se reformó este punto después del Concilio Vaticano II, en la edición de las Constituciones y Reglamentos del año 1972. Negarse a ver la manera de explicar el punto de la cuenta de conciencia en este reglamento o la necesidad de que se aplique, puede ser una forma de mirar para otro lado y no admitir que, en estos momentos, lo que suscita el Espíritu Santo a la autoridad legítima es una disminución de la exigencia en este punto, e incluso su supresión, como ya hemos dicho que está escrito en el canon 630.

8.2.3. Los Legionarios de Cristo

8.2.3.1. Antecedentes

Los Legionarios de Cristo, cuya Dirección General se encuentra en Roma (Italia), fueron fundados, como don del Espíritu Santo a la Iglesia, por el Reverendo Padre Marcial Maciel[29], actual Superior General, en la Diócesis de Cuernavaca (México), con el fin de luchar por la instauración del Reino de Cristo en la Sociedad, por medio de la formación de líderes cristianos, de la educación de la niñez y de la juventud, de la formación cristiana de la familia y de la propagación del mensaje de Jesucristo a través de los grandes medios de comunicación social.

Fiel al espíritu del Concilio Vaticano II y a las exigencias actuales de la Iglesia, el Fundador ha preparado cuidadosamente el texto definitivo de las Constituciones, que después de haber sido revisado en el último Capítulo General, y a petición del mismo, ha presentado a la Sede Apostólica solicitando humildemente su aprobación.

Este Sagrado Dicasterio para los Religiosos e Institutos seculares, después de haber examinado atentamente el texto, el día 31 de mayo del corriente año, celebró el Congreso que emitió voto favorable, pero juzgó conveniente presentarlo al Santo Padre, a fin de obtener la dispensa en cuanto prescribe el motu proprio “Ecclesia Sanctae” (II, 4) y el Can. 587 § 3 y 4 del Código de Derecho Canónico; recibido el beneplácito de Su Santidad el 28 de junio del corriente año, con el presente Decreto aprueba y confirma dicho texto, con las modificaciones establecidas por el mismo Congreso, según el ejemplar redactado en lengua castellana, que se conserva en su Archivo, observando lo que por derecho se debe observar.

Fieles a su carisma específico y a su especial vocación, procuren los Legionarios de Cristo buscar incansablemente revestirse de Cristo en su mente, en su corazón y en sus obras, dejarse penetrar hondamente por la caridad de Cristo hacia la humanidad, amar filialmente e imitar a la Santísima Virgen María, Madre y Modelo de la Congregación, colaborar activamente en la misión de la Iglesia, adherirse de corazón y servir con gran fidelidad y total obediencia al Romano Pontífice, y buscar, en el mundo, por todos los medios, la renovación interior del hombre, a fin de que Cristo sea todo en todos.

Dado en Roma, en el Año Santo Extraordinario de la Redención, el 29 de junio de 1983, Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo.

Este es el Decreto de Aprobación de las Constituciones, firmada por el Cardenal Pironio, Prefecto entonces de la Sagrada Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares.

A partir del comunicado de 1 de mayo de 2010 del Papa Benedicto XVI, sobre los resultados de la visita apostólica a la Legión de Cristo, y también desde la publicación del comunicado de la Doctrina de la Fe del día 19 de mayo del año 2006[30], los acontecimientos se han ido sucediendo a gran velocidad, quedando fuera del objeto de esta tesis, analizar los hechos y las consecuencias seguidas de estos del Padre fundador. Sin embargo, sí debemos estudiar el alcance de la interpretación de sus constituciones, e incluso la repercusión en la conciencia de los miembros del instituto.

8.2.3.2. Evolución legislativa

Después del trabajo exhaustivo de reforma de las Constituciones bajo la atenta solicitud del Cardenal Velasio de Paolis, se han sugerido y aprobado unos cambios en las Constituciones que veremos a continuación; limitándonos exclusivamente a aquellos que se refieren directamente a los temas tratados en esta tesis.

Una aproximación generalizada nos hace descubrir a primera vista que se ha suprimido casi por completo la parte tercera de las antiguas Constituciones titulada “El Espíritu y la disciplina de la Congregación”, conservando solamente unos breves cánones sobre la obligación del derecho propio, que casi no se parece en nada a los anteriores del mismo tema[31], y también alguna referencia a la vida pobre, casta y obediente en la parte que se refiere a la naturaleza, fin y espíritu de la Congregación.

Las nuevas Constituciones han reformado muchos aspectos referentes a la libertad de los miembros, han eliminado el control epistolar, aumentado las visitas a la familia, y especialmente todo lo que se refiere a nuestro tema.

Es interesante, en lo referente a la cuenta de conciencia resaltar el canon 345 de las anteriores constituciones:

  • 1. Todos los nuestros, para conservar intacto el espíritu religioso, tengan plena confianza en sus superiores, movidos por la fe y el amor a Jesucristo, sin comparar la sabiduría, edad y perfección propia con la del superior, apoyando su mente y su corazón en las palabras del Evangelio: “El que a vosotros escucha, a mí me escucha”. Por tanto:

1º. Los novicios, los estudiantes de humanidades y ciencias, y los religiosos que pasen directamente del noviciado al centro de estudios superiores durante su primer año de filosofía, acudan cada ocho días a diálogo personal con el instructor o rector;

2º. Los demás religiosos acudan al propio rector o superior por lo menos dos veces al mes;

3º. Los sacerdotes, por lo menos cada mes.

  • 2. Los rectores y los superiores de los centros, los instructores de novicios y los instructores de renovación, conscientes de la importancia fundamental que tiene para la formación y perseverancia de los nuestros la observancia de esta disposición, cumplan este deber de conciencia con responsabilidad y puntualmente, motivando a los súbditos para que lo hagan voluntariamente, e invitando con solicitud a quienes se descuiden u olviden.
  • 3. Los superiores a los que se refiere el párrafo anterior, que no cumplan esta norma o la descuiden, deben ser advertidos por ello y, si persisten en su actitud, deben ser privados del cargo.[32]

 

Estos párrafos se diferencian notablemente de la forma y contenido del párrafo que engloba los aspectos aquí tratados, dedicando el canon 216 a la misión y obligaciones de los superiores, que en su segundo apartado dice así: “Por ello, cada superior sea para su comunidad y cada uno de sus súbditos hombre de Dios, maestro, padre, amigo y hermano que sabe acoger, escuchar, comprender y, sobre todo, salir al encuentro del alma atribulada”.

Y también es de destacar la diferencia del canon 595 sobre las funciones del director territorial, especialmente en su punto segundo, con el nuevo canon 186. Los escribo uno a continuación del otro.

Compete al director territorial: §2. Para que todos los rectores de los centros de formación, los instructores de novicios y los superiores de los centros de apostolado se atengan fielmente al cumplimiento del nº. 345, revisar cada dos meses por lo menos, personalmente o por medio del asistente para el área de la vida religiosa, los libros de registro del diálogo personal, dando las oportunas indicaciones a quienes encuentre negligentes en cumplir con la norma con la asiduidad marcada, y solicitando del director general la privación del cargo para aquellos que, por descuido reiterado o por imposibilidad, no cumplan con tal vital y fundamental principio[33].

El cumplimiento de este canon vulneraría la libertad de llevar a cabo la cuenta de conciencia, e incluso, en algún caso, el secreto pertinente de lo dicho en ese diálogo, debido a que sería sencillo que en el libro de registro se escribiera algún dato que al religioso no le hubiera gustado reflejar en ningún lugar accesible a cualquier persona distinta a quien se lo estuviera explicando.

Esta práctica es muy distinta a la que marcan las nuevas constituciones:

Preste el director territorial solícita atención personal a los superiores, así como a los religiosos y novicios del territorio, especialmente a los más necesitados. Para ello: 1º. Procure conocerlos bien, buscando ocasiones para hablar con cada uno, convivir con las comunidades y conocer de cerca el desarrollo de sus apostolados; 2º. Esté disponible para recibir a todos aquellos que pidan hablar con él.[34]

En lo que se refiere a la dirección espiritual los cambios son muy notables porque las anteriores constituciones delegaban esta tarea a los superiores, y en las actuales se refiere a esta práctica dando total libertad en el tema, como podemos ver a continuación. Canon 59:

Movidos por el deseo de conocer y acoger la voluntad de Dios, de progresar espiritualmente, los legionarios busquen la dirección espiritual de un sacerdote experimentado: […] 2º. Los religiosos en formación tengan un director espiritual escogido de entre aquellos designados por el director territorial u otro sacerdote elegido con el consentimiento del propio rector o superior; 3º. Los sacerdotes escojan un director espiritual, informando al propio rector o superior.

En torno a la confesión también hay aspectos diferentes. Lo que el punto segundo del nuevo canon 50 deja clarísimo: Los superiores reconozcan a los miembros la debida libertad por lo que se refiere a este sacramento, sin perjuicio de la disciplina del instituto, no queda tan claro en las anteriores constituciones, que junto con los cánones que añadiremos a continuación, y que no existen en las nuevas nos muestran una vez más el cambio actual en la legislación, en la intención del legislador y en la tendencia que viene produciéndose en los últimos años.

Canon 333, §1. Únicamente el director general puede conceder, no sólo a los sacerdotes de la Congregación, sino también a cualquier sacerdote que haya sido autorizado por su Ordinario o superior mayor, la facultad de oír las confesiones de los novicios, religiosos y huéspedes de los centros de formación, de los centros de apostolado y de las obras de apostolado, observando las prescripciones del Derecho Común. Puede igualmente circunscribir dicha facultad.[35]

Las normas referentes a la correspondencia también han desaparecido, pero conviene resaltar la tendencia de cambio leyendo cómo eran anteriormente:

375 §1. El rector o superior del centro, u otro religioso designado por él, revise todas las cartas y entregue las que juzgue oportuno. §2. En las obras de apostolado, esta revisión no es competencia del director, sino del superior o del gerente del centro de apostolado al que pertenece el director de la obra.

376 §1. Sin un permiso especial del rector o superior del centro, nadie imparta o reciba por carta dirección espiritual. Los rectores o superiores concedan este permiso muy rara vez y solamente a religiosos de gran virtud y prudencia.

 (Así, es sencillo conculcar la libertad de dirección espiritual de los religiosos. Le basta al superior destinar a otra casa a aquél que no desea que dirija espiritualmente este padre o el otro)

  1. Los superiores o los religiosos designados por ellos, guarden secreto de todas las noticias que obtengan mediante la revisión de la correspondencia, y no comuniquen nada sin expreso permiso de los interesados, excepto en el caso en que haya que acudir a un superior mayor por exigencias de un bien más elevado.[36]

En este canon quedan al descubierto los derechos de secreto e intimidad de cualquier persona, e incluso aquellos que pertenezcan a la dirección espiritual de terceras personas. Por eso ya no está vigente.

Estas prácticas pueden ser de mucho fruto espiritual si tenemos garantizada la serenidad, equilibrio y virtudes del superior o director, sin embargo, a la vista están los desmanes ocurridos cuando no ha sido así y el perjuicio de los súbditos. La legislación no solamente debe proteger el bien de todos cuando todos actúan correctamente, sino que deben ser útiles cuando las cosas van mal.

Así mismo, no solamente se trata de lo que está legislado, sino de la práctica de cada comunidad o congregación o instituto religioso. He podido vivir en primera persona abusos tapados en casas religiosas que impiden a algunos su libertad de conciencia justa y el carisma de cada uno, dentro del espíritu fundacional, así como la anchura de corazón y la paz del alma. Veo muy importante y urgente que se hagan cumplir las normativas particulares y generales en este campo, y mucho más que no se viva de una manera lo que está legislado de otra.

8.2.4. La Prelatura Personal del Opus Dei

8.2.4.1. Antecedentes

La fundación de San José María Escrivá de Balaguer aparece como algo nuevo en la Iglesia, enmarcado por el nuevo código de 1983 como una Prelatura Personal. Está fuera del propósito de esta investigación valorar el alcance de esta realidad en la vida diaria de la Iglesia. Sin embargo, la implicación y repercusión que su normativa particular tiene en el tema que nos ocupa, y cómo sus miembros pueden verse afectados según se aplique, así como sus semejanzas con las normas y constituciones de cualquier orden religiosa, nos obliga a estudiarlo a continuación. Teniendo en cuenta, además, que la usamos como modelo de las asociaciones laicales existentes en nuestro tiempo, de nueva formación, aclarando que no forman parte de la vida religiosa de la Iglesia. Sin embargo, hay gran semejanza en lo que se refiere a la normativa en estas prácticas de confesión, dirección espiritual y cuenta de conciencia con la propia de las órdenes religiosas y congregaciones.

Por otra parte, está muy extendido el carisma, siendo un referente para toda la Iglesia. Además, las exigencias de vida son similares: castidad virginal, obediencia, no posesión de bienes. Creo que puede ser enriquecedor estudiar sus normas y consejos en los puntos trabajados en esta tesis.

Aunque actualmente ya no corresponde al estatuto jurídico de la Prelatura, hay un rescripto de la Sagrada Congregación de Religiosos del día 7 de julio de 1947, equiparando la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus Dei a los Institutos clericales[37]. Sin embargo, no es éste el momento de analizar este punto, sino lo que tratamos respecto a la importancia del secreto y la libertad en materia de fuero interno.

Los primeros puntos de sus estatutos nos muestran lo que venimos afirmando:

2- §1. La Prelatura se propone la santificación de sus fieles, según las normas de su derecho particular, mediante el ejercicio de las virtudes cristianas en el estado, profesión y circunstancias propios de cada uno, según su espiritualidad propia que es plenamente laical.

  • 2. Igualmente, la Prelatura se propone dedicarse con todas sus fuerzas para que personas de toda condición y estado de la sociedad civil, y sobre todo los llamados intelectuales, acepten con todo el corazón los preceptos de Cristo el Señor y los pongan en práctica, mediante la santificación del propio trabajo profesional de cada uno en medio del mundo, para que todo se ordene a la Voluntad del Creador; y a formar a los hombres y mujeres por igual para ejercer el apostolado en la sociedad civil.

3- §1. Los medios que los fieles de la Prelatura usan para conseguir estos fines sobrenaturales son los siguientes:

1º una intensa vida espiritual de oración y de sacrificio según el espíritu del Opus Dei: pues su vocación es esencialmente contemplativa, basada en un humilde y sincero sentido de la filiación divina y mantenida en todo momento por un ascetismo sonriente;

2º una profunda y continua formación religiosa, ascética y doctrinal, adaptada a las circunstancias personales de cada uno y sólidamente fundada en el Magisterio eclesiástico, así como un constante empeño por adquirir y perfeccionar la formación profesional necesaria y la propia cultura;

3º la imitación de la vida oculta de Nuestro Señor Jesucristo en Nazaret, también la santificación del propio trabajo profesional ordinario, que tratan de convertir, con el ejemplo y con la palabra, en instrumento de apostolado, alcanzando cada uno un radio de influencia, según su cultura y su capacidad, sabiendo que han de ser como el fermento escondido en la masa de la sociedad humana; igualmente los fieles se santifican con la perfección en el cumplimiento de ese trabajo, desarrollado en continua unión con Dios; y, además, a través de ese mismo trabajo santificar a los demás.

Sin embargo, adentrados ya en la normativa específica del tema que nos ocupa, podemos observar algunos aspectos, que pueden dificultar el ejercicio de la libertad de conciencia, en el caso de una posible interpretación estricta de ésta.

8.2.4.2. Normativas actuales

En lo referente al Sacramento de la Penitencia no hay ninguna diferencia en su aplicación y legislación particular; al contrario, su práctica y esmero avalan a los sacerdotes de la prelatura por cualquier lugar donde realicen su apostolado. Además, los consejos espirituales sobre este Sacramento no han variado en nada. Adjuntamos aquí la legislación breve sobre el tema en los estatutos:

  • 2. Esa ascética y espíritu de penitencia también llevan consigo otras exigencias en la vida de los fieles de la Prelatura, especialmente el examen de conciencia diario, la dirección espiritual y la práctica semanal de la confesión sacramental[38].

Referido también a la confesión, y siempre sin faltar a la libertad de los penitentes, sí que encontramos algunos aspectos que recomiendan que los confesores sean miembros concretos designados por la Prelatura, pero entendemos que no son, en ningún caso, más que consejos dentro de la normalidad de cualquier instituto o asociación de fieles.

Los miembros de la Obra, como los demás fieles, gozan de plena libertad para confesarse con cualquier sacerdote que tenga facultad de oír confesiones. Sin embargo, su buen espíritu les lleva a confesarse, siempre que sea posible; con el sacerdote designado para atender el Centro respectivo.

El sacerdote designado ha recibido la preparación y misión específicas para ayudar espiritualmente a sus hermanos. La Confesión, además de ser sacramento, es un medio de formación, que muy difícilmente podría proporcionar a los fieles del Opus Dei quien – por desconocer o por no del Opus Dei[39]. practicar las exigencias de la vocación a la Obra – no participe del espíritu y del plan de vida de los miembros

Referido a la dirección espiritual trata el “Catecismo” citado de la dirección espiritual colectiva como el conjunto de toda la formación que recibe el dirigido, incluidos retiros, charlas, lecturas, etc. Ésta es una nomenclatura que puede aplicarse a todos los campos de la iglesia y que no dificulta para nada las prácticas que venimos tratando ni su libertad o secreto[40].

La dirección espiritual puede seguirse con un sacerdote, de la forma tradicional que hemos venido estudiando. Además, se tutela la libertad en ella de cada uno de los dirigidos, así como su responsabilidad. Podemos leer en el libro Para llegar a puerto, libro recomendado por los miembros de esta institución para los aspectos referidos a la dirección espiritual, escrito por Francisco Fernández-Carvajal, sacerdote de la Prelatura del Opus Dei y Doctor en Derecho que:

La dirección espiritual se orientará más bien a quitar, si lo hubiera, el miedo a ejercer la libertad, a tomar decisiones que comprometen, a tener iniciativa en la propia vida interior, en la manera de santificar la familia, en el apostolado, en el modo de realizar el trabajo[41].

Sin embargo, ésta práctica de la dirección espiritual, en muchos lugares, corresponde a laicos, realizándose de forma similar a lo que aquí hemos llamado “cuenta de conciencia”. Aunque la distinguen específicamente de ésta, tiene muchas similitudes. Podríamos decir que, de igual modo que los retiros mensuales o los ejercicios espirituales pueden formar parte de la dirección espiritual, la “charla fraterna” también tiene ese fin. Dicha charla es más parte de la dirección espiritual que de la relación superior-súbdito, como ocurre en otras realidades eclesiales.

En esta línea del consejo fraterno y amigable, tan recomendado en la Sagrada Escritura y por los Santos, la Iglesia ofrece a los fíeles la posibilidad de una dirección o acompañamiento espiritual individual, por medio de personas bien preparadas y experimentadas (cfr., por ejemplo, Cat. I. C. 1435 y 2690). Quienes reciben esa ayuda han de preparar cada uno de esos encuentros con empeño, con sinceros deseos de mejora en su vida interior, para no quedarse nunca aislados en la lucha por la santidad[42].

Hasta aquí podemos decir que se refiere claramente a la dirección espiritual, sin embargo, en lo que sigue puede estarse refiriendo a una práctica más parecida a la cuenta de conciencia.

En la Prelatura, ese aliento espiritual se obtiene a través de una charla privada y fraterna, una apertura del corazón para recibir consejo y orientación en el camino hacia Dios. Se trata siempre de un medio de formación sobrenatural; por eso, los fieles de la Prelatura no tienen inconveniente en hablar con quienes les sugieren los Directores -aunque esa persona sea más joven-, porque saben que quien la recibe está bien capacitado para desempeñar su misión y, sobre todo, cuenta con la ayuda de Dios para conducirles en su vida espiritual, de modo verdadero y eficaz[43].

El contenido de esta charla está pormenorizado de una manera concreta y abarca grandes campos de la vida personal de cada miembro:

Para hacer bien la Confidencia, convendrá tratar de qué modo se viven: las Normas y Costumbres; la fe, la pureza y la vocación; el apostolado personal y el encargo apostólico concreto; la santificación del trabajo; los encargos recibidos del Consejo local.

Además, convendrá tratar también: del amor a la Santa Iglesia y a la Obra; de la petición por el Romano Pontífice y por los Obispos; del espíritu de filiación a nuestro Fundador y al Padre, de fraternidad y de proselitismo; de las preocupaciones, tristezas o alegrías; de la oración y mortificación por el Padre y por todos los fieles de la Obra y todo con brevedad y humildemente, con la máxima sencillez, pruebas indudables de buen espíritu y medios para progresar en el camino de la santidad[44].

Es importante que la libertad de conciencia al tratar estos temas quede preservada, así como una gran confianza en el buen uso, por parte del que la recibe o, más bien, en el no uso de todo lo que se le dice, más que para aconsejar. De no ser así, la gran cantidad de temas a tratar, podría provocar un conflicto interno en la persona, que no podría actuar con libertad, no sólo en el trato con el confidente, sino en su vida diaria.

Podemos ver, por otra parte, que el interlocutor está nombrado por la prelatura, pareciendo, a primera vista que se vulnera en parte la libertad de elección, en el caso de que se tratara de dirección espiritual. Pero si fuera algo más parecido a la “cuenta de conciencia” no haría falta esa libertad, ya que también los superiores están determinados en los institutos donde se practica y no se vulnera con ello ninguna norma.

Sin embargo, el estudio de lo que en estas normas se legisla, nos ayuda a darnos cuenta que, o bien se puede perjudicar al que la realiza con una confusión de fuero interno o externo, o bien se le puede perjudicar directamente, si las personas no actúan con la debida prudencia y virtud en esta práctica puntual.

Es decir, podemos concluir que lo que nosotros hemos llamado “cuenta de conciencia” se realiza en el Opus con un encargado personal, que no actúa como superior, pero sí aconseja a aquellos que le encomiendan. Al ser una misión concreta y delegada, no puede elegirse por la persona que explica lo que necesita, como tampoco un superior, pero sí que puede decidir si algo no es explicado, en el recto uso de su libertad. También ilumina lo que decimos la carta a la que nos referimos detalladamente a continuación.

Parece claro que si la práctica de la iglesia es libre en lo que se refiere a explicar las propias cosas en aquellos que son religiosos, mucho más lo será en aquellos que no lo son. Una carta pastoral del prelado del Opus Dei de 7 de abril de 2011[45], tiene notables diferencias a lo legislado en 2005,[46], aunque sean solamente consejos en ambos casos, se percibe el cambio.

En las experiencias de los consejos locales, compendio de consejos para aplicar en las casas donde viven los numerarios[47], que dedican su vida a santificarse dentro del mundo laboral, según les corresponda y a la formación de otros miembros de la Prelatura; normas que se han ido renovando y que solamente actúan como referente a seguir, pero que pueden esclarecer algo de la evolución que venimos tratando, se nos dice:

A todos se debe explicar –de modo que sean conscientes y obren con libertad- que la persona con la que se habla podrá consultar al Director pertinente –cuando lo considere oportuno y exclusivamente dentro del ámbito de la dirección espiritual- para ayudarle mejor: es una garantía más de que los consejos e indicaciones no provienen de la opinión o de la experiencia de una sola persona. También han de saber todos que, en algunas ocasiones, será necesario informar al director inmediatamente superior sobre el estado interior de quien habla en la charla, para que cualquier medida de gobierno que le pueda afectar, sea la adecuada a sus circunstancias: por ejemplo, proponer un cambio de ciudad, el destino a otra región, dar un encargo apostólico determinado, etc. Para estas informaciones se procede siempre con absoluta discreción y delicadeza, y sólo se transmiten a quien, por razón de su cargo en el Opus Dei, deba intervenir para ayudar a esa persona. De acuerdo con la moral cristiana, quien recibe esa información guarda estricto silencio de oficio[48].

Sobre este aspecto concreto, que está al límite de lo estrictamente prohibido en la relación de fuero interno y externo, no se vuelve a hablar en la posterior carta pastoral del prelado; más bien se dice, específicamente lo contrario. Actuar como dice más arriba, sería vulnerar directamente el sentido de la confidencia, y obligar al que la tiene a perder el dominio sobre la intimidad de su alma, que la está confiando, no para que ese dato corra a juicio del que la recibe, sino solamente para recibir consejo.

La carta pastoral dicha, en cambio, afirma lo siguiente:

En definitiva, la Confidencia es una conversación entre hermanos, y no la de un súbdito con su superior. Los que atienden esas charlas fraternas actúan con una delicadeza extraordinaria, fruto de la preocupación exclusiva por la vida interior y las tareas apostólicas de sus hermanos, sin pretender jamás influir en los asuntos temporales –de carácter profesional, social, cultural, político, etc. – de cada uno.

En la Obra, la separación entre el ejercicio de la jurisdicción y la dirección espiritual se asegura en la práctica, entre otras cosas, por el hecho de que precisamente quienes reciben charlas de dirección espiritual –los Directores locales y algunos otros fieles especialmente preparados, y los sacerdotes al celebrar el sacramento de la Penitencia- no tienen ninguna potestad de gobierno sobre las personas que atienden. El Régimen local, en lo que comporta de capacidad de gobierno, no se refiere a las personas, sino sólo a la organización de los Centros y de las actividades apostólicas; la función de los Directores locales, en lo que se refiere a sus hermanos es de consejo fraterno. No coinciden en un mismo sujeto, por lo tanto, las funciones de jurisdicción y de ayuda espiritual. En la Prelatura, la única base de la autoridad de gobierno sobre las personas es la jurisdicción, que reside sólo en el Prelado y sus Vicarios[49].

Cabe destacar que, al ser el Prelado podría interpretarse que tiene carácter legislativo, al menos, en lo referente al modus operandi, aunque no sea estrictamente un decreto, y deja sin valor la práctica contraria anterior, de la que se separa diametralmente, mostrándonos una vez más, el camino que quiere seguir la legislación eclesiástica en la salvaguarda del secreto y la libertad en el uso de estas prácticas.

8.3. Aplicaciones legislativas de lo expuesto

Después de todo lo dicho hasta el momento, habiendo analizado los casos particulares que no aplicaron este camino hacia la libertad de conciencia, teniendo en cuenta estos cuatro caso que sirven de ejemplo de tantas instituciones y congregaciones que sí los llevaron a cabo, creo necesario añadir que, sin perder el sentido común en estas reformas, evitando que nos dejemos llevar por una dialéctica que no llevaría al fin pretendido y con la humildad de saber que la Iglesia madre sabrá en qué momento y en qué puntos debe aplicarse, me parece urgente que se tengan en cuenta estos estudios y las situaciones de gran actualidad, para que, en lo sucesivo, no vuelvan a repetirse.

Especialmente, por el peligro que corren las almas, por el daño que reciben las personas, quedando en situaciones de difícil solución anímica y espiritual, y por el bien propio de los mismos institutos.

Podría decirse que la severidad en su aplicación ha llevado a algunos miembros a anular su libertad y su capacidad de autoconciencia, lo cual ha provocado directamente el abandono de la congregación, e incluso de la vida religiosa. En el punto siguiente analizaremos los cambios que han sufrido las Constituciones y la causa de estos. Podremos ver cómo se colocan en la línea de una más amplia libertad para las conciencias de los religiosos, así como la necesidad de apoyarse en el espíritu y no en la letra.

Es importante tener en cuenta que los estatutos, reglas y todas las normas en general, pero también y, sobre todo, las de la vida religiosa, tienen que ser interpretables con suficiente claridad, para que su recto uso no dependa de la santidad del superior el momento, ni tan siquiera de la buena voluntad o de las virtudes del súbdito o religioso.

Cuando escribimos sobre el papel y para los años venideros las normas de comportamiento, no debemos suponer que siempre se leerán y aplicarán con la intención recta que fueron escritas. Por ese motivo, debe cuidarse que no sea posible dañar a nadie, y menos aún, a aquellos que intentan cumplirlas desde su libertad y con buena voluntad. Es decir, hay que preparar el texto de unas constituciones para que sea aplicable, no solamente cuando todo va bien, sino también, cuando las cosas van mal. Cuando un superior abusa de su cargo, o se ciega contra algún miembro, o lleva a término la acepción de personas, no debería permitírsele hacerlo apoyándose en el texto de sus propias constituciones.

[1] C.I.Cat., 1731.

[2] Homilía día 4 de julio de 2013.  Observatore Romano, ed. sem. en lengua española, 28 (12-7-2013)

[3] León XIII, Testem Benevolentiae, Carta al Emmo. Card. James Gibbons, sobre el “Americanismo” (22-1-1899).

[4] Francisco, Evangelii Gaudium 49.

[5]Cf.  Llorca et alii, Historia de la Iglesia Católica III: Edad Nueva (Madrid 1967) 849-851.

[6] Ignacio de Loyola, Constituciones de la Compañía de Jesús, 261.

[7] Ibidem., EXA 1:80.

[8] Ibidem., EXA 1:98.

[9] Ibidem., 263.

[10] Para la redacción de estos párrafos nos hemos guiado, en líneas generales en la Tesis Doctoral que fue premio Bellarmino en 2007, aunque trata el tema con gran amplitud, nos sirve para lo que aquí se pretende: José Luis Sánchez-Girón Renedo, La Cuenta de Conciencia al Superior en el Derecho de la Compañía de Jesús (Roma 2007).

[11] José Luis Sánchez-Girón, Sentido y finalidad de un privilegio. 743-744.

[12] Rodríguez, Ejercicio de Perfección III, 7, 1. 1585-1586.

[13] Cf. Acta Romana SJ 2 (1915-1920) 575-579.

[14] Lo que San Ignacio de Loyola estableció en las Constituciones de la Compañía, aprobadas y confirmadas por Nuestros Antecesores, sobre la cuenta de conciencia que se ha de dar, aprobamos y confirmamos nuevamente con Nuestra Apostólica suprema autoridad. Pío XI, 29-jun-1923. AR 4 (1923) 261.

[15] Compañía de Jesús, Acta Romana SJ 19 (1984-1987) 183. También lo expone en la carta del 21 de febrero de 2005, dedicada a la práctica que estamos tratando: Acta Romana SJ 23 (2005) 560-561: En virtud de los cánones mencionados (530 y 630 §5), la Iglesia pretende respetar al máximo la separación de los fueros interno y externo y la libertad interior de cada uno, y defender los derechos de la persona contra los abusos de poder o las manipulaciones por parte de los Superiores. Así, la Iglesia no condena la obligación de la cuenta de conciencia como tal, sino los abusos que pudieran seguirse de ella. La excepción a favor de la Compañía implica de nuestra parte la fidelidad a la inspiración de San Ignacio, a quien debemos esta innovación: “Considerando en el Señor nuestro, nos ha parecido en la su divina Majestad, que mucho y en gran manera importa que los Superiores tengan entera inteligencia de los inferiores, para que con ella les puedan mejor regir y gobernar, y mirando por ellos, enderezarlos mejor in viam Domini” (Const. 91). Que tanto el que tiene la responsabilidad de enviar en nombre del Señor como el que tienen la gracia de ser enviado den gracias al Señor por el instrumento privilegiado que es la “cuenta de conciencia” ignaciana, que nos posibilita “cooperar a la moción y vocación divina” (Cont. 144).

Fraternalmente en el Señor, Peter-Han Kolvenbach, S.J. Prepósito General.

[16] Cf. J. S. Sánchez-Girón, Sentido y finalidad de un privilegio. 745-746.

[17] Ignacio de Loyola, Constituciones de la Compañía de Jesús, 1995.

[18] Cf. Sánchez-Girón, Ibidem. 754.

[19] Idem. 753.

[20] Cf. B. LLorca, S.I. et alii, Historia de la Iglesia Católica IV. Edad Moderna (Madrid 1951) 784-789.

[21] Cf. Juan Bosco, Epistolario 1, 288.

[22] Cf. Juan Bosco, Memorias Biográficas 10, 1041-1046.

[23] Idem.

[24] Juan Bosco, El Sistema preventivo en la educación de la Juventud, MB 13, 918-923.

[25] Idem.

[26] Juan Bosco, Carta-circular sobre los castigos a infligir en las casas salesianas. Epistolario 4. 201-209.

[27] Juan Bosco, Carta sobre el espíritu de familia, 10-5-1884.

[28] SOCIEDAD DE SAN FRANCISCO DE SALES, Constituciones y Reglamentos, 1972, 96.

[29] La Fundación tuvo lugar en enero de 1941, y su aprobación definitiva en mayo de 1948.

[30] A partir de 1998, la Congregación para la Doctrina de la Fe recibió acusaciones, que en parte ya se habían hecho públicas, contra el reverendo Marcial Maciel Degollado, fundador de la Congregación de los Legionarios de Cristo, por delitos reservados a la competencia exclusiva del Dicasterio. En 2002, el reverendo Maciel publicó una declaración para negar las acusaciones y para expresar su disgusto por las ofensas en su contra de algunos antiguos Legionarios de Cristo. En 2005, por motivos de edad avanzada, el reverendo Maciel se retiró del cargo de superior general de la Congregación de los Legionarios de Cristo.

Todos estos elementos han sido objeto de maduro examen por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe y, en virtud del «motu proprio» «Sacramentorum sanctitatis tutela» promulgado el 30 de abril de 2001 por el siervo de Dios San Juan Pablo II, el entonces prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Su Eminencia el cardenal Joseph Ratzinger, autorizó una investigación de las acusaciones. Mientras tanto tiene lugar la muerte del Papa San Juan Pablo II y la elección del cardenal Ratzinger como nuevo pontífice.

Después de haber sometido los resultados de la investigación a atento estudio, la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo la guía del nuevo prefecto, Su Eminencia el cardenal William Levada, ha decidido –teniendo en cuenta tanto la edad avanzada del reverendo Maciel como su débil salud– renunciar a un proceso canónico e invitar al padre a una vida reservada de oración y penitencia, renunciando a todo ministerio público. El Santo Padre ha aprobado estas decisiones.

Independientemente de la persona del fundador, se reconoce con gratitud el benemérito apostolado de los Legionarios de Cristo y de la asociación «Regnum Christi».

[31] Solamente se han quedado en cuatro breves puntos, incluido el que dice que los superiores pueden dispensar del cumplimiento de las normas (234 §2) los quince extensos puntos de las Constituciones anteriores. Cf. Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Soceidades de Vida Apostólica, Constituciones de la Legión de Cristo (Roma 21998).

[32]CIVCSVA. Ibid. 115-116.

[33] Ibid. 211.

[34]CIVCSVA, Ibid. c. 186.

[35] Cf. Ibid. 111.

[36] Ibid. 124.

[37] Sagrada Congregación de Religiosos, Prot. Nº. 6649/47.

[38] Prelatura Personal del Opus Dei, Estatutos (Roma, 1982) 84 §2.

[39] Prelatura Personal del Opus Dei, Catecismo de la Prelatura Personal y el Opus Dei (Roma, 2010) 216.

[40] Ibid. 210-214. En el número 215 se lee que es el mismo Opus Dei el que imparte la dirección espiritual y nadie puede atribuirse el derecho exclusivo de ejercerla. Esto puede entenderse en el ámbito de la dirección espiritual colectiva que hemos dicho. Aplicado a la dirección espiritual personal, como aquí está escrito, entendemos que sería mejor revisarlo, como se ha hecho en la carta que se acompaña del Prelado Monseñor Echevarría.

[41] F. Fernández-Carvajal, Para llegar a puerto (Madrid, 2010) 80-81.

[42] Prelatura Personal del Opus Dei, Experiencias de los consejos locales (Roma 2005) 84.

[43] Idem.

[44] Prelatura, Catecismo, 218.

[45] J. Echevarría, J. Carta Pastoral del Prelado del Opus Dei (2-10-2011).

[46] Prelatura personal del Opus Dei, Experiencias de los Consejos Locales (Roma 2005).

[47] Cf. Prelatura personal del Opus Dei, Estatutos (Roma 1982) 8. §1. Se llaman Numerarios aquellos clérigos y laicos que, guardando el celibato apostólico por una especial moción y don de Dios (cfr. Mt 19, 11), se dedican a las tareas apostólicas propias de la Prelatura con todas sus fuerzas y con la máxima disponibilidad personal, y ordinariamente viven en las sedes de los Centros del Opus Dei, para ocuparse de esas tareas apostólicas y dedicarse a la formación de los otros fieles de la Prelatura.

[48] Ibid. 86

[49] Echevarriía, Ibid. 15.

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