Sacramentos en 24 horas

    Cuando me siento a escribir estas líneas me doy cuenta de que ha sido imposible escribirlas antes de la homilía de hoy. Algunas personas me dicen: “no escribas tantas cosas”, y yo pienso: “pues no las lea usted si no puede, o si no quiere”. Otros dicen: “Escribes más rápido que yo leo”. También me piden que no mezcle temas. Pero vamos a ver. ¿Cómo hubieran predicado hoy ustedes después de esto?:

  1. 17:00 del viernes tarde. D. Román, párroco del pueblo vecino La Alberca del Záncara llama por teléfono diciendo que el médico le ha dicho que debe guardar reposo. -Tranquilo, ¿qué necesitas? (mientras decía esto pensaba: solamente tengo libre a partir de las 20:30 de hoy). – Quiero que vengas a confesar a los niños de Comunión y a sus familiares. Con algo de miedo dije: – ¿Hora? – Las 20:30. Perfecto. Cuenta conmigo.
  2. 18:15 Preparar la Misa, Rosario y mes de María en la ermita de la Virgen del Amparo. Confesiones para las comuniones de mañana. Victoria y familia.
  3. 19:00 Santa Misa
  4. 19:30 Ensayo de la boda sin explicarle a los novios todo lo que la boda suponía o lo que en la boda iba a ocurrir: peticiones, cantos, etc.
  5. 20:30 La Alberca del Záncara.
  6. 8:00 de la mañana del sábado. Se muere Martín
  7. 12:30 Boda de Luz Mari y Dani. Probablemente podrán ver pronto un pequeño vídeo, si tengo tiempo de hacerlo y algo de lo que dije en la homilía.
  8. 14:30 Saludos a Pablo y familiares en San Clemente. (Primera Comunión)
  9. 15:00 Comida en Bodega la Venta con los novios
  10. 19:00 Misa en Carrascosa de Haro (40 km)
  11. 20:00 Unciones de enfermos en la residencia. Se muere Mateo
  12. 2:00 de la mañana. Se muere Doroteo.
  13. 10:30 del domingo: Misa en Villar de la Encina
  14. 11:30 del domingo: Misa en Pinarejo
  15. 13:00 Tanatorio en San Clemente. Responsos por los difuntos.
  16. 18:30 Entierro de Mateo…

    Casi podríamos haber hecho los dos entierros juntos. Si no fuera por un cuñado que viaja desde Barcelona. Los dos hermanos de la Hermandad de Jesús Nazareno de Santa María del Campo Rus se van juntos, casi de la mano. Uno de repente y el otro tras una larga enfermedad. Hombres de Fe firme. Colaboradores, cumplidores, sufrientes como el Señor. Les espera la corona merecida. Dios los tenga en su gloria. A la gloria que subió Él dejándonos un mensaje de Fe, una Misión y una esperanza.

    La esperanza que volvería y que nos enviaría al Espíritu Santo. Para los momentos en los que algunos dudan, como dice el Evangelio, la gracia del Espíritu Santo nos ayuda a creer en la Resurrección de los muertos. No son palabras bonitas. Son los misterios de nuestra Fe. No nos cuesta creer que Jesús subió a los cielos, nos cuesta vivir sabiendo que subiremos nosotros, despedir a nuestros muertos con un “hasta luego”.

     Hoy podemos pedir, especialmente, por los sacerdotes y los obispos. Porque todos tenemos que tener Fe, todos debemos transmitir el mensaje de Jesucristo, a todos nos dijo que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. El final de los tiempos del mundo, el definitivo; y el final del tiempo de cada uno. Si no lo echamos de nuestra vida, Él se queda con nosotros. Sin embargo la tarea de obispos y sacerdotes es doble.

     El Señor lo dice claramente, haced discípulos a todos los pueblos bautizándolos y enseñándoles a vivir como os he mandado. No cabe duda que nuestro tiempo admite, al menos en general, que la Iglesia debe administrar los sacramentos. Ayer, la compañera de habitación de la enferma a la que fui a ver, me pidió también la Unción para ella. A nadie le extraña ver a un sacerdote dando las Primeras Comuniones, o presidiendo las bodas, ni mucho menos extraña, que vaya camino de un Cementerio aunque sea revestido y rezando el Rosario.

    La segunda parte es que la que no vemos tan clara. Eso de que nos enseñe a guardar lo que Jesús nos ha mandado. “A mí no tiene que enseñarme nadie nada”. “Consejos vendo que para mí no tengo”, esas frases, el contra-ejemplo que muchas veces damos, y la falta de testigos hasta la muerte, como los del autobús de coptos en Egipto que van muriendo estos días, hacen que haya pocas posibilidades de enseñar las virtudes cristianas a nadie en nuestro tiempo.

    Lo que sí quiero es decirles una de las virtudes que me impresiona de estas tierras y que he aprendido de ustedes: la entereza, la constancia, el cariño, los meses y los años como cuidan a nuestros mayores. Por ello pueden ir tranquilos al camposanto y dando gracias a Dios: porque lo dan todo. Hay varias formas de dar la vida, de golpe o poco a poco. Tengo el firme convencimiento que aquellos que habéis ayudado a vivir y morir a vuestros mayores tendréis quién salga a recibiros a la puerta del Paraíso. Ese “en la salud y en la enfermedad” lo lleváis en la sangre. Pedid a Dios por mí, para que no deje nunca de predicar la verdad, como nos mandó el Señor, y mucho más de vivirla, como pide el sacerdocio recibido.

     Descansen en paz.

 

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