¡Adorado sea el Santísimo Sacramento del Altar!

Hemos celebrado en las cuatro parroquias la Santa Misa y la procesión en honor de Jesús Eucaristía. Es el centro del culto a Dios de los cristianos. Si el centro de la Fe es la muerte y la Resurrección del Señor, el día del Corpus constituye el culmen en honor al regalo de Jesús de quedarse con nosotros en un pedacito de pan para ser alimento de nuestras almas.

     Sin embargo, decía el obispo de Toledo en la Misa anterior a la procesión del pasado jueves, que hay dos peligros: El primero quedarnos en la mera ornamentación exterior, de las alfombras, los tapices, los trajes y la fiesta popular. No por ese motivo hemos de quitarlos, porque nos ayudan a dar culto como se merece a Jesús Sacramentado. Nuestros mejores trajes, nuestros cantos, la banda de música nos lleva a honrar a través de lo que también entra por los sentidos. Si fuéramos ángeles, no sería necesario. No debe quitarse la forma, con intención de preservar el fondo, pero tampoco quedarnos en la forma externa sin llegar al fondo.

     En segundo lugar, hay otro peligro. No acercarnos a recibir a Jesús Eucaristía dignamente preparados. La confesión de nuestros pecados, la vida conforme a la voluntad de Dios, el ayuno eucarístico, y saber que recibimos al Señor de Cielos y tierra, deben tenerse en cuenta cada vez que nos acercamos a la Sagrada Comunión. El rito mozárbe canta, antes de la Comunión: LO SANTO PARA LOS SANTOS. Es cierto que todos somos pecadores, pero los sacramentos nos santifican. Si no hemos querido o podido acercarnos a confesar, si rechazamos el compromiso matrimonial debemos hacer una Comunión Espiritual, para que el Señor, que todo lo puede, venga a nosotros pero no a través del Sacramento. Le hablamos, le pedimos, la alabamos como si lo hubiéramos recibido.

    Quisiera agradecer a todas las personas que hacen posible el culto debido a Jesús y a la Virgen Santísima en el pueblo, en cada pueblo, y para cada ceremonia. Vuestro apoyo, vuestro cariño , la respuesta innumerable en este día y, sobre todo, vuestra oración. Que el Señor, realmente presente en cuerpo, sangre, alma y divinidad os colme de sus bendiciones y os de la FE necesaria para confesar hasta la muerte: ADORADO SEA EL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR: POR SIEMPRE SEA BENDITO Y ADORADO. 

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