El Centenario de lo ordinario

    El Pasado día 13 de mayo, el Papa Francisco canonizó en Fátima a Jacinta y Francisco. Estos dos hermanos, junto con su prima Lucía habían visto a la Virgen durante varios meses en los alrededores de su pequeño pueblo portugués.

    Sin embargo, es importante resaltar que la causa de su canonización no fue ver a la Virgen, sino haber santificado cada gesto, cada actitud, desde que recibieron sus mensajes. Los hermanos morirían muy pronto, ofreciendo sus sufrimientos por los muchos pecadores que se condenan y van al infierno porque no hay quien rece y se sacrifique por ellos, como había dicho la Virgen Santísima.

    Lucía eligió el camino de la consagración a Dios, primero en la Congregación de Santa Dorotea, donde ingresó un 24 de octubre de 1925 y después en las Carmelitas Descalzas. ¿Cómo sabe un alma cuál es la voluntad de Dios en cada momento? ¿Cómo supo la hermana Lucía de los Dolores que debía cambiar de congregación? Allí en Pontevedra se le había aparecido de nuevo el Niño Jesús con su Madre María. Allí podía entregarse a Dios, pero el Señor la llamaba de nuevo a Coímbra, un 25 de marzo de 1948. La voluntad de Dios se manifiesta también a través de las cosas pequeñas. Solamente hay que saber verla.

    La vida del Carmelo es una vida sencilla, dedicada, exclusivamente, a ganarse el pan y a darle el tiempo y el espacio a Dios. El mundo de hoy no entiende ni de silencio ni de encierro, pero el Carmelo sigue vivo y dando ejemplo de que lo ordinario de cada día se puede hacer extraordinario, como lo hicieron los pastorcitos. Quizás más importante que el tercer secreto, tan mediático y recurrente por los medios de comunicación; quizás un hecho incomprendido por muchos que celebramos a Santa Teresa cada año y a la Virgen del Carmen, pero que no llegamos a entender, con la profundidad que se requiere, que un puñado de mujeres digan que quieren vivir la castidad, la obediencia y la pobreza de la orden hasta la muerte.

    Ahora, cuatrocientos años después de su llegada, nos damos cuenta de que nada en el pueblo ha durado tanto en el mismo sitio y de la misma manera. Ni los partidos que han gobernado, ni el mercado, ni los clubes deportivos, ni los locales de eventos, ni siquiera, tristemente, las familias. Hoy le decimos con los Apóstoles al Señor Jesucristo: Tú sólo tienes palabras de vida eterna.

    Al celebrar los dos centenarios, el de Fátima y el de la llegada de las Madres Carmelitas, pedimos a la Virgen Santísima la constancia de ofrecer a Dios las cosas pequeñas de cada día, sabiendo que nada quedará sin recompensa y que lo que rezamos en el Padrenuestro de hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo, se concreta en nuestras obligaciones cotidianas de cristianos, de familia, de trabajo y de lo que Dios quiera.

    Felicidades a las hermanas, felicidades a los santos pastorcitos, y a todos aquellos que se alegran con María Virgen en sus advocaciones del Carmen, de Fátima, de Rus y de una España mariana que San Juan Pablo II llamó con razón: TIERRA DE MARíA.

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