Nadie tiene amor más grande

     Si llegas a Santa María del Campo Rus, hace cinco años, o hace veinte años o, me atrevería a decir, hace cuarenta años, y preguntas ¿quién es Pepe?, es probable que te digan: el marido de Julia, la peluquera. Hoy no me veo preparado para explicarle a nadie del pueblo quién era Pepe. En el hospital de Albacete no lo sabían, porque oficialmente respondía al nombre de Luis. Sin embargo, voy a tratar de decirles, aunque esté presente, quién es Julia, la mujer de Pepe.

     Supongo que la conocí en la pelu o en la Iglesia. Donde fuera fue agradable conmigo, como siempre. Después la he visto en muchas situaciones y muy diferentes. Dentro de un coche, marchando a Valencia, dentro de su casa o en un hospital. Últimamente cada visita me impactaba mucho. Quizás por la semejanza con mi madre enferma, o por lo que veía en esa casa. Lo que voy a intentar es hablaros de las virtudes teologales, las que son un regalo de Dios, y por eso se llaman así, a través de sus mismas palabras.

    Hoy no la veis muy fuerte porque ha estado muy enferma. La fortaleza puede ser solamente humana, aunque también Dios nos la aumente. Sin embargo, la Fe, la Esperanza y la Caridad, son dadas por Dios y nosotros solamente podemos disponernos a recibirlas. He dicho muchas veces aquí que cuando una familia ha hecho todo lo posible y lo imposible por los suyos, dice “descanse en paz” en el cementerio a sus seres queridos, y queda también en paz. Así podéis decirlo.

    En lo que se refiere a la Fe, sabéis que los papás os enseñaron a rezar, con el ejemplo, con su palabra. Os enseñaron a esperar, no sólo la salud y el bien para cada una de vosotras, sino la vida eterna para los abuelos y para ellos mismos. Ayer hablaba mamá de su oración al Señor. La Fe fuerte nos da una esperanza firme. La regala Dios cuando nos ve dispuestos. “Llévate a uno de los dos, Señor”. Rompe la tela de este dulce encuentro decía San Juan de la Cruz en su Llama de amor viva. No debe quedar la Esperanza, no sólo de que ya descansa, sino también de que nos espera.

    Y otra esperanza nos queda. La esperanza de Santa María, y ahora hablo en su nombre. ¡Qué contenta estoy de todo el pueblo! De sus preguntas, de sus visitas, de su oración, de su estar pendiente. Toda la gente me veía y preguntaba, se pasaba, venía a casa. ¡Qué acompañada me he sentido de todo el pueblo! Es cierto que han estado muy enfermos, pero cómo consuela que alguien diga eso del pueblo entero, como lo dijo el otro día José, el papá de Héctor y de Víctor. ¡Qué orgulloso estaba! Tendremos cosas regulares o mejorables, pero en estar cuando alguien lo necesita, no creo que nos dejen atrás muchos pueblos. Gracias a todos en su nombre.

     Y nos queda la Caridad. La que ha hecho que eligiera el Evangelio que leí en mi primera Misa. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Amiga eras de Pepe, desde siempre. Y tu vida le has dado hasta el final, hasta poner el susto en el cuerpo de que te ibas tú primero a prepararle el rodal, allí en el Cielo. No quiero terminar sin explicar, que su permiso lo tengo, la escena de una de sus llegadas a casa, tras largas semanas de hospital. Debí ir a darles la Comunión, rezamos algo y nos quedamos charlando. Me enseñó sus medicinas, cómo y dónde hacía la comida.  Él ya dormía abajo, antes de hacer la habitación nueva y cambiar la puerta, ¿os acordáis?

     Después de recordar escenas de mi propia casa, después de decirle que parecía un médico en activo de cómo lo cuidaba, con qué cariño, con qué primor, le pregunté:  “¿Julia, dónde duermes?” Se sonrió y me dijo: “Se lo voy a decir”. Estiró de una cuerda y apareció un colchón. Lo pongo a los pies de la cama, para llegar antes si me necesita. En el suelo –me dijo-. ¿Y la cuerda? Le pregunté. Es para estirarlo, que si no, no tengo fuerza. No dije nada más. Sonreí, la miré con admiración y marché a casa. Esto es lo que debía querer decir Jesús, cuando dijo estas palabras del Evangelio. Hoy le pedimos en la Santa Misa que sepamos vivirlo siempre, todo el pueblo, no solamente cuando no haya más remedio, sino cada día. Descanse en paz. Y felicidades a las dos por la madre que tenéis. Haced vosotras lo mismo, que no dudo que lo hacéis.

   Recuerdo que las Misas de estos días, siguen siendo por María y encomendaremos también a Pepe.

Por si queréis leer alguno más: Gumersindo, descanse en paz

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s