7 de julio de 2017

    Haber vivido seis entierros en ocho días, terminando con Lucio, en Pinarejo, esta tarde, si Dios quiere, ayuda a meditar mucho sobre la muerte. El promedio no es extraño, porque si nacían, hace setenta años, una media de treinta personas en cada pueblo al año, y la mayoría vienen a enterrarse al pueblo, además de los que viven, es normal que haya muchos, pero al ir conociendo más a las familias, va costando subir al Altar a rezar con todos y a llorar con algunos.

     Siempre me ha gustado resaltar lo bueno de lo que va ocurriendo, lo bueno de las fiestas, lo bueno de las familias, lo bueno de las personas. Si lo hiciéramos todos así, quizás no estaríamos hablando todo el día en plan de crítica y quejándonos de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Ayer tuve que suspender el entierro de Emilia y algunas personas empezaron a decir que se iba en coche desde la casa de la difunta a la Iglesia porque “el cura no se atrevía a ir andando”. Normalmente, cuando un párroco, o un alcalde, o un jefe de empresa, o cualquier persona que se encargue de algo, decide hacer lo que a él le parece mejor, no suele ser porque no se atreva a hacer lo contrario. Lo malo es que antes de pensar, la boca ya se ha abierto más de la cuenta y criticamos sin saber, simplemente por manifestar nuestra opinión, en ocasiones haciendo daño.

     Esta actitud puede dejar huella en las mismas personas que la tienen y se va forjando una personalidad amargada que no trae nada bueno a nadie. La tromba de agua que cayó sobre los que bajaron andando a la Iglesia, que continuó con granizo y que hizo por dos horas impracticable el pueblo, provocó que aplazáramos la Misa a este mediodía, con el siguiente entierro. Emilia se ha quedado en la Iglesia, en lo más parecido a una “Capilla ardiente”. Ayer tarde, sólo pudimos rezar el Rosario, porque incluso algunos familiares no pudieron llegar a la Iglesia ni andando ni en coche. Quisiera resaltar la disposición de hijos, yerno y nueras en todo momento para hacer lo que fuera más conveniente. Nunca me había pasado nada parecido.Carla Sta. María 20170708_113559

     Quizás Emilia era igual. Se adaptaba a lo que iba ocurriendo, hasta que ha llegado la hora de partir con su esposo, que nos dejaba hace tan solo nueve meses. África ha perdido a sus tres abuelos en muy poco tiempo, pero nosotros no queremos perder a vuestra familia. Sé que habéis pasado por muchas cosas, sé que es difícil y que hay situaciones en las que no se sabe ni siquiera lo que hay que hacer, pero ahora que aquellos que os unían han marchado, os aseguro que ellos quieren veros juntos. Haced lo posible por seguir juntandoos, haced lo posible por seguir viniendo. La casa de los papás, donde ya hemos pasado juntos ratos muy intensos, os seguirá juntando a una familia que es el gozo de aquellos que tienen la suerte de compartirla.

      Ahora puede ser que estéis impactados por la enfermedad, por la tromba de ayer, por la pérdida, pero poco a poco van viniendo los buenos recuerdos de vuestra infancia, de la convivencia, del buen carácter de los papás. Dios os conceda poder imitarlos siempre.

     Pero el día no fue solamente esto. Por la mañana habíamos enterrado a Ángel, el sastre. Creo fundamental tener en cuenta que el sufrimiento purifica. Para entrar en el Cielo hay que tener el alma blanca del todo. No puede quedar ningún resto de nada que hayamos hecho mal. Vosotros habéis sufrido, papá ha sufrido mucho, desde el accidente hasta hoy. Quizás ahora goza del Cielo junto al mismo Cristo, gracias a todo lo que sufrió en la vida, cuando iba andando a San Clemente, y luego en bicicleta, para aprender el oficio de sastre, después con su sacrificio y su amor al oficio, en esa época en que, casi todo el pueblo, había pasado por su casa para vestirse bien, lo mejor posible.

      En las múltiples conversaciones que hemos tenido nunca hablaba mal de nadie. Ni una palabra contra nadie en su casa ni por teléfono, con un sentido del humor especial cuando decía: “Hola Padre, ¿sabe quién soy? Le llamo para saber por quién ha doblado usted”. “Sí, Ángel sé quién eres”. “¿Me conoce?”, “Sí, sí”. Y entonces decía, una y otra vez:

     “Hace más de cincuenta años que vivo con mi mujer y no la conozco”. Es cierto. Cada día disfrutaba de aprender como eran los suyos para poder hacerlos felices. Si todos tuviéramos esta actitud, se acabarían pronto muchos de los problemas causados hoy porque nadie aguanta a nadie. Si tuviéramos un poco de interés en conocer al prójimo para saber lo que le gusta y como llevarlo a término.

     Hoy le pido a Dios para cada uno de nosotros para que nos dé, al menos, una de estas tres cosas: O el saber hablar siempre bien de todos, el conocer a quién nos rodea para poder hacerle más feliz la vida, o un amor a nuestro trabajo como amaba Ángel su oficio. Descansen en paz, Ángel Galindo, Emilia González y tantos otros que nos van dejando en lo que ya parece una carrera en llegar al Paraíso, donde no hay ni llanto, ni luto, ni dolor, sino paz y alegría eternas.

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