Bodas de plata de Ángel y Silvia

     Este sábado pasado disfruté mucho, pero mucho. Estuve bautizando a María, la hija de unos buenos amigos, de esos de toda la vida, como dicen en los pueblos. Era amigo de los dos, después se casaron y ahora soy amigo de las dos familias. Aunque esa historia, ya se la contaré otro día. Gracias al GPS llegué con siete minutos de sobra a Belmonte, para celebrar las Bodas de Plata de Silvia y Ángel. D. José Luis lo tenía todo preparado, hasta las cosas para el Bautizo del niño que bautizaría después.

     Al terminar todo, salimos a la calle y nos ofrecieron algo tan hermoso que lo he resumido en un pequeño vídeo que les adjunto. Sin embargo, me divertí como hacía muchos años haciendo un monólogo especial en el tablao como hacía muchos años, allá cuando éramos jóvenes. Sin embargo, he pensado en escribirles la homilía que hicimos entre los novios y yo. La letra cursiva es de ellos y el resto iba de mi parte.

       El día que me di cuenta de la posición que iba a ocupar en esta familia fue en uno de los fríos pasillos de Uclés, una noche fría, después de una helada conversación tras el reparto de notas. “Padre -me dijo Gabriel- me ayuda a hablar con mi madre”. Pensé que me pedía el móvil, como hacían muchos chicos, y se lo di. Pero no. “Que quiero que hable usted conmigo, móvil tengo yo. Padre, me han quedado cinco”. Entonces lo entendí. Llamamos a casa y hablamos los cuatro. Creo que desde ese día empezó algo nuevo para esta familia y también para mí. Por eso me escriben esto que han pedido que les lea:

Un te quiero para ti, para nuestro amigo Sacerdote Antonio María, gracias por haber dicho que sí, sin pensarlo siquiera un segundo, gracias por tus palabras de oración tan necesarias y tus bendiciones para mi familia. Nuestro deseo: que te quedes en nuestras vidas, todavía quedan muchos momentos por celebrar: Gracias por estar aquí hoy. 

     “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. El dar la vida es una nueva forma para ser santo que acaba de añadir el Papa. Sin embargo, se puede dar la vida de golpe o poco a poco. Estamos aquí invitados porque quieren que nos demos cada día, porque quieren que nos impliquemos, porque saben que estaremos con ellos en las alegrías y las penas, en la salud y en la enfermedad:

Un te quiero para ti… para nuestros amigos, los que te reconfortan, te sacan sonrisas, te sosiegan y te mantienen fuerte en la vida, compañeros en buenos y malos momentos. Hoy estáis aquí los importantes, cómplices y testigos de fiestas, cenas, vacaciones, disfraces, tardes de tortitas, con chocolate, confidentes en charlas en las que el tiempo no es excusa. A todos: gracias por estar aquí hoy. 

   San Juan Pablo II dijo en el aeropuerto de Zaragoza: “dice San Agustín que el que canta reza dos veces, ¿cuántas veces reza el que baila?”. Y yo me pregunto cuánto rezáis cuando tocáis vuestros instrumentos junto a Dios. En procesiones, Misas y fiestas. La banda os acerca a Dios. No dejéis de acercar, los que estéis más cerca, que nunca se sabe quiénes son, o los que os sintáis cerca, a los demás.

Un te quiero para ti… para nuestros músicos, los que estáis y los que estuvisteis en algún momento compartiendo melodías con nosotros. A nuestra Banda de música… a vosotros os diríamos tantas cosas, pero nuestras palabras son tan cortas que necesitaríamos MÚSICA para expresar lo que sentimos, qué orgullo para los cuatro pertenecer a ella. Agradeceros estar aquí en calidad de amigos y compañeros, expresando con MÚSICA lo que también significamos para vosotros. Gracias por estar aquí hoy. 

    Un TE QUIERO cada día, como las promesas sacerdotales, que tienen que renovarse. En el Seminario todos vibran por ser sacerdotes, cuando nos preparábamos para ir a las misiones o cuando despedíamos a alguno con un santo orgullo, dejábamos después constancia de que, al llegar, un sacerdote les recibía que llevaba allí media vida, otro estaba ya en aquél cementerio improvisado y el de más allá, nunca volvería. El entusiasmo de la entrega, en el Matrimonio también, entre los hermanos, padre e hijos se ha de renovar cada día. Se ha de poder decir “¡Cuánto te quiero y cuánto te he querido!” en un amor que continúa.

    Un te quiero para ti, para nuestra familia, no por ser los últimos sois menos importantes, es porque aquí sí que tendríamos que extendernos en palabras, pues necesitaríamos millones de conciertos para expresar  con música todo lo que significáis para nosotros. Todo esto empezó un 25 de julio de 1992 uniendo a dos familias, y hoy 25 años después aquí estamos todos, igual de unidos en las victorias y en las caídas, por eso un “te quiero” no sería suficiente para vosotros… Os amamos a todos. Gracias por estar aquí hoy. 

Y un te quiero para ti, mi Dios, que hoy cogidos de la mano volvemos a estar ante ti para renovar nuestros votos. Gracias por un matrimonio feliz y unos hijos maravillosos. Siempre te lo pido en mis oraciones y hoy te lo pido por escrito, para que perdure pos siempre. Bendice a mi familia y amigos, llévanos siempre por el camino de la paz y la unidad, del entendimiento y del amor… Que el telón de esta historia no baje nunca. Gracias a todos, os queremos. 

   El día que veamos en el Cielo, todas las cosas que han pasado para que este día sea posible y todas las que no han pasado para que ninguna desgracia hiciera imposible la felicidad de hoy, entenderemos que el Paraíso sea eterno para poder dar las gracias.

     Las gracias dio Juanky, un compañero de Gabi, del Seminario de Uclés, a ésta, su familia, con la que pasaba los días de asueto porque los suyos no podían venir. No puedo escribir todo lo que dijo porque me alargaría pero os dejo lo que para mí fue el mejor párrafo: Veinticinco años a regañadientes y enamorados. De un constante tira y afloja, cada uno con sus opiniones y gustos, con su forma de ver las cosas. Ponerse de acuerdo, amarse, disgustarse de nuevo, volver a perdonarse. Toda una vida. Enamorarse hasta de los defectos. Tentaciones no faltan, dejarlo. “Ya está bien, estás tonto”. “Estás loca”. ¿Qué tonterías se piensan o se dicen a veces? El afecto no es tan intenso. Otra bobada y de las grandes. Basta estar en casa, y sentir su presencia, pese al enfado de antes. El amor es el que trabaja, el que te ocupa la mente a media tarde con un “tengo ganas de verle” o un simple “gracias”. El amor es el que regala una mirada cómplice o recoge la mesa. El amor, darse, prescindir del propio gusto. La felicidad cuesta, de no costar sería como mucho una fantasía cursi o un estremecimiento anodino, que no lleva a ninguna parte. 

   Gracias Juanky por tus palabras y tu tiempo, gracias Silvia y Ángel por invitarme y, si Dios quiere, hasta pronto y hasta siempre.

P. Antonio María Domenech

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