El Reino de los Cielos se parece a la mostaza

     Recuerdo el día que me encontré con el primer grano de mostaza que había visto en la vida. Estaba junto a la Iglesia de Betania, aquel pueblo en que Jesús iba a descansar junto con María, Marta y Lázaro. Os quiero hablar de dos cosas. La primera del descanso, que también puede servirnos para estar más ratos con Dios.

     El evangelio de San Mateo, en el capítulo trece, que acompaña al relato que acabamos de leer, nos va refiriendo ejemplos de lo que es o a lo que se parece el Reino de los Cielos. Dice que se parece a un sembrador que sembró buena semilla y después sembraron cizaña (Evangelio del domingo pasado), también se parece a un grano de mostaza que, siendo una de las semillas más pequeñas, después crece hasta que los pájaros anidan en ella, a la levadura que una mujer amasa para hacer el pan, se parece a un tesoro escondido o a un comerciante en perlas finas (Evangelio de hoy) o a una red repleta de peces, de los cuales unos sirven y otros no.

    Resulta que nos da miedo compararnos y -como decía mi abuela- las comparaciones siempre son odiosas, pero sí que podemos plantearnos que, si Dios fuese el pescador, nos iba a tirar al barco como un buen pescado o al mar, quizás para darnos una segunda oportunidad. Tengo un buen amigo que, siendo tutor del Programa de Garantía Social, algo parecido a lo que ahora es 4º de ESO de Diversificación, (vamos, a los que les cuesta un poco eso de estudiar) uno de sus alumnos, de un corazón de oro, por un descuido murió en un accidente de moto. Aún recuerdo el impactante entierro. Uno de sus compañeros estaba compungido. Aquel muchacho estaba aprobando todo por primera vez en su vida. Había encontrado un profesor que sacaba lo mejor de sí mismo y moría de repente.

    Pues bien, el compañero, en su bloqueo le dijo al profesor: no entiendo por qué se ha llevado Dios al mejor de clase. A lo que el profesor respondió: pues quizás porque si te hubiera llevado a ti, te hubieras ido al infierno. También es cierto –respondió el chico-. Quizás no era la mejor respuesta posible pero al chico le sirvió. En muchas ocasiones vivimos pensando que hacemos las cosas bien y no es así. Viene bien reflexionar sobre tres puntos.

  1. ¿Estaría contado entre los buenos pescados?
  2. ¿Busco entre todo lo que Dios pone en mi camino aquello que me acerca a Él?
  3. En caso de encontrar algo, o de sucederme algo, ¿lo veo como enviado de su mano?

   Quiero distinguirles entre la voz activa y la voz pasiva. En la activa hacemos cosas, y en la pasiva, como su nombre indica, las padecemos. Juan limpiaba la mesa, es una voz activa; y si Juan es curado por el médico, se trata de voz pasiva. En la vida interior, en los acontecimientos que nos suceden, en le día a día de nuestro vivir, somos sujetos activos y pasivos, también en la relación con Dios. Hoy nos cuestas dejarnos querer por Él, nos cuesta dejarle hacer en nuestra vida, y nos contrariamos por cualquier cosa. Digamos que tenemos a mano aquello que puede solucionar nuestro trato con Dios pero no lo aprovechamos. En otras ocasiones nos hemos acostumbrado a tenerlo, nos hemos habituado, igual que el libro viejo que se nos llena de polvo. La Biblia encuadernada con el lomo dorado que nunca abrimos. Por último, nos quejamos de algunas cosas, pero sin hacer nada para rectificarlas.

    La vida sacramental adelanta el Reino de Dios porque trae a Cristo de nuevo entre nosotros, lo que ocurre es que, como todos tenemos la vida llena, hemos de hacerle sitio para que quepa. En un coche de cinco plazas, suele ser difícil que entren ocho personas. Hay que quitar a tres. Si nuestro horario, nuestro corazón, nuestro tiempo libre, nuestra mente, están llenos de muchas cosas, puede ser que Dios no quepa. Él es respetuoso y espera que tú le hagas sitio. Lo peligroso es que, si no ha cabido durante la vida, es posible que no quepa a la hora de la muerte.

    Da, pues, lugar a Cristo, y a todo lo demás niega la entrada. El comerciante vende todo para comprar la perla, y el agricultor también para comprar el campo donde está el tesoro. ¿Le has dicho a Jesús que lo prefieres a Él que todo lo demás? O quizás sólo le dejas entrar en tu vida si no quita nada de todo lo demás. Es una reflexión que nos sirve a todos. Hazle un hueco al menos, sin miedo, como la mostaza, Él se hará grande en tu interior, hasta el punto de que puedas llevarlo a los demás, y ser también tú el cobijo de otros.

 

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