¡Ven, Espíritu Santo!

Hoy celebramos muchas cosas y debo recordar otras. Entramos en la última semana del Mes de María, y creo que podríamos hacer un esfuerzo para asistir al Rosario, rezar las flores y venir a Misa. Ya sé que tenemos la vida llena, yo también. Pero en qué lugar colocamos a nuestra Patrona, o nos hemos acostumbrado a que no puedo venir ningún día, y nada más.

También estamos celebrando la Misa por el eterno descanso de Milagros; agradezco de corazón que esté aquí casi toda su familia, y pienso que cuando lleguéis al último momento, junto a Dios, podréis presentar al Señor tantos kilómetros que habéis hecho por vuestra gente querida, cuando vivían aquí, a Murcia o cuando han estado enfermos. Hijos y nietos no habéis ahorrado esfuerzos por los vuestros.

Por último, estamos en la celebración de Pentecostés. Hoy, Martín, apagará el Cirio Pascual porque termina la Pascua. Mientras tanto, en la celebración de hoy podemos pedirle para ustedes y para mí, por lo menos un don y un fruto. Voy a intentar explicarles la diferencia. El Catecismo lo resume perfectamente, y quiero leérselo. Los dones nos hacen dóciles a las inspiraciones divinas. Esos pequeños empujoncitos internos que nos ayudan a ser mejores. Por ejemplo, llamando mañana a Ángel para ver cómo le ha ido la operación a su hija Nuria, o rezando por ella desde casa, porque la operan otra vez. – “Pues vaya, Padre, si no lo he llamado en la vida”. – Pues por eso, señora, por eso, porque nunca ha llamado, llámele mañana que tiene un motivo. Dios nos da esos dones para entender el lenguaje sobrenatural. No es una ayuda para quedar a comer chuletas, sino para entender los mensajes de Dios, para vivir con FORTALEZA la Fe. Para explicar con SABIDURÍA la Palabra de Dios, pero no con explicaciones racionales, sino como salida de la boca de Dios, con sus milagros y sus enseñanzas, sin adulterarla.

Uno de los dones es el de CONSEJO. El que da un amigo a otro, o un padre a su hijo. Miren, en casa, siempre hemos hecho lo que hemos querido, digamos que nunca decía papá que no. Hasta que un día mi hermano dijo: “Papás, me voy al ejército”. Y mi padre respondió que no. Nos quedamos parados, porque era la primera vez. Le dijo que no, porque había empezado una carrera y “lo que se empieza se acaba”. Cuando terminó sus estudios ya no le quedaban amigos en la milicia, y ya no fue. ¿Qué le da la seguridad a mi padre para decir ese claro NO? El don de Consejo recibido el día de su boda. Por eso no da lo mismo casarse por la Iglesia que no hacerlo. Porque Dios se hace presente en los Sacramentos por medio del Espíritu Santo. Podríamos poner más ejemplos pero no vamos a estar aquí toda la mañana.

Los Frutos son plasmaciones en nosotros, como primicias de la gloria eterna. Es decir, como hacemos en las peñas con las camisetas, con nuestras letras o símbolos. Todas iguales, como fotos que no lo son, cuadros que no son pinturas; pero que quedan selladas. Esas características que nos hacen parecidos a como seremos en el Cielo. Esa sensación que da la persona que vive en Dios. Sabemos que es una persona especial y lo contagia. Se los voy a leer porque, muchas veces, son palabras que no sabemos qué significan. Hemos apartado a Dios de la sociedad de tal manera, que no sabemos ni lo que quieren decir sus dones.

Son doce y explicaré sólo dos cosas. CARIDAD, GOZO Y PAZ; PACIENCIA, LONGANIMIDAD Y BONDAD; BENIGNIDAD, MANSEDUMBRE Y FIDELIDAD; MODESTIA, CONTINENCIA Y CASTIDAD. Vamos con estas últimas que se refieren al respeto al propio cuerpo. ¿Quién sabe hoy lo que significa modestia? En el vestir, en el mirar, en la sexualidad, en el pensar, respetando el propio cuerpo para poder pedir que lo respeten, porque es Templo del Espíritu Santo, porque no somos dueños de nuestro propio cuerpo. Por eso el suicidio no está bien, porque la vida pertenece a Dios.

Y termino con una anécdota sobre la PAZ. El que la tiene la transmite, como haría Jesús. Por eso la pido para mí, y pido que recen por mí para ser capaz de vivir siempre en paz. Cierto día en un pueblo, una señora entró en casa como entra el agua de los bomberos en un incendio, con varias atmósferas. Yo entonces gritaba más que ahora, ¡qué tiempos! ¿se acuerdan? Como ella me gritó, le grité más. Pero no lo cuento por eso, sino porque días después me dio una lección. Me dijo: “Yo fui a su casa a buscar paz, es verdad que entré gritando, pero buscaba la paz de Jesús y usted no me la dio”. Aquellas palabras me impactaron tanto que vi lo que significa parecerse a Jesús. Hoy le decimos, pues, todos: ¡Ven, Espíritu Santo! ¡Ven!

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