Nos toca ya el final de esta oración tan preciosa, cuando dice: «Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la Misericordia»: Israel es un profeta. Casi casi podríamos decir, el primero, de Israel vienen las doce tribus. Si se acuerdan, en el Antiguo Testamento lo explica, Rubén, Leví, Judá, Benjamín, José, el que después fue a Egipto e hizo que el faraón, después de haber interpretado los sueños de las vacas gordas y las vacas flacas dijera: «Id a José». Éste es Israel, Israel que da después nombre a todo su pueblo, al pueblo elegido por Dios, un pueblo que todavía dura. La civilización que ha permanecido durante más tiempo. Seis mil, ocho mil años de judíos, que los han intentado aniquilar y que no han podido, porque aunque no lo reconocieron, aunque «vino a los suyos y no lo recibieron», sigue siendo el Pueblo Escogido, y se convertirán. Israel también somos nosotros porque el Señor dijo que tenía que ir a otros pueblos, y se refería a todos.

E igual que llama a los Apóstoles y los llama por su nombre, Pedro, Santiago, Juan, Bartolomé, Mateo. Hoy, a cada uno de nosotros también nos llama por nuestros nombres, porque también nos auxilia, y también nos llama siervos, si queremos hacer lo que hace un siervo: lo que le gusta a su Señor. Y tantas veces, por lo menos lo intentamos, hacer lo que le gusta a Dios, nuestro Señor. «Acordándose de la Misericordia, como lo había prometido a nuestros padres». Sí, a Abraham le había dicho que de él haría un gran pueblo, y todos somos hijos de Abraham, y esa Alianza que hace con Abraham, la va repitiendo después, con Noé, y con Moisés, y con la Iglesia, y con nosotros en el Bautismo. Y nosotros podemos ser fieles a esa Misericordia, o no serlo, pero es tan grande esa Misericordia, que equivale a lo mismo que hubiera sucedido si los que hubiéramos muerto en la Cruz por todos los hombres, fuéramos cada uno de nosotros. Esto ¿qué quiere decir? Esto quiere decir que si, el día que nos llegue el momento de presentarnos delante de Dios, nos encontráramos con San Pedro, como dicen que está con las llaves en la puerta, podríamos decirle: «Déjame pasar, que he muerto en la Cruz por todos mis hermanos, he derramado toda mi sangre», porque esa ofrenda que hace Cristo al Padre nos la regala, como si fuera nuestra. Por eso nosotros vamos a ser santos por los méritos de Jesucristo, no por las cosas que hagamos. Porque las cosas que hagamos, pues están bien, pero al lado de la sangre de Cristo, pues no se pueden ni comparar; y es tan hermoso que podamos disfrutar de los beneficios del Señor, por su Misericordia.

Y esto, es verdad que no nos hace dignos, decimos en la Comunión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa», porque hoy, como la Virgen está gozosa de que Dios ha entrado en su seno, igual que está gozosa de que nosotros entramos en su ermita, hoy lo que nos está pidiendo es que acojamos en nuestra casa, en nuestra familia, en nuestro pueblo, en nuestro corazón al Señor, que le tengamos como huésped, a Jesús y a María, porque repito, aunque no somos dignos, dice el Apocalipsis: «Mira que estoy a la puerta y llamo con la mano, si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo». Ir a cenar con alguien implica muchas cosas, de confianza, de cariño, de celebración, tantas veces. Cuando era pequeño le decía a mi padre que yo quería ser cura de pueblo, que por lo menos tuviera treinta vecinos, porque así iría a cenar cada día a casa de uno, y podría cenar con todos. Y aquí empecé así. Lo que pasa es que luego ya, dices, no, mejor casi casi me quedo en casa porque no son treinta, son trescientos y porque no hace falta, como decís aquí tantas veces: «Cada uno en su casa y Dios en la de todos», y todo el mundo lo vive con paz. Lo cual no quita que invitar a cenar sea un gesto de cercanía y cuando el Señor habla en el Apocalipsis de cenaré con él y él conmigo, se está refiriendo a lo que significa la hospitalidad judía, que llega a acoger a los enemigos en guerra, si lo necesitan, y les da la cena, un poco de estufa, calor, les deja que vayan al frente, a la mañana siguiente, a buscar a los suyos. Si Él quiere venir a tu casa, lo único que tienes que hacer es abrirle la puerta, y si no quieres, no pasará porque es muy respetuoso. Y cuando digamos «no soy digno de que entres», Él nos dirá como en el Cantar de los Cantares: «Ven, esposa mía, amada mía». Porque lo único que quiere es establecer con nuestra alma la misma unión que tenían Él y su Santísima Madre, la misma unión que tienen Él y la Santa Iglesia. Y eso es el culmen de la vida cristiana, ese es el fruto principal de su Misericordia, establecer una amistad íntima con el Señor y con la Virgen María, de la que nosotros disfrutamos aquí, como una antesala, como un Cielo en la tierra, pero que será lo que tendremos allí, cuando le veamos cara a cara, y podamos decir con Ella: «Proclama mi alma la grandeza del Señor». Que así sea.

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